Por culpa de las palabras

Por lo general, me conformo con escribir mentalmente. Es más fácil. En la cabeza, todo se desarrolla sin dificultades. Pero, tan pronto uno empieza a escribir, las ideas se transforman, se deforman, y todo deviene falso. Por culpa de las palabras.

Agota Kristof, “Ayer”, edición digital. Traducción de Manuel Percira.

“Lo que queda” en la Feria del Libro

El sonido de una notificación, las imágenes, mi alegría. Lo que queda empieza a circular y ya está en la la 46º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Quienes estén interesados en conseguir la novela, pueden acercarse al stand de la Cámara Argentina del Libro, el 322 en el Pabellón Azul, donde más de veinte editoriales asociadas exhiben sus catálogos.

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Qué cuenta “Lo que queda”

Tapa de “Lo que queda”.

Lo que queda es una historia de pérdidas. Personales y colectivas. Es mi tercera novela, una suerte de continuación de El porvenir es una ilusión, diez años después. Si leíste el libro anterior, reconocerás a los personajes. Y si no, no importa. Las historias pueden leerse de manera independiente.

Una familia transita el dolor de lo irreparable y busca volver a empezar, mientras afuera, un mundo desmembrado, fragmentario y egoísta parece devorarlo todo. Y de algún modo, esa pérdida está emparentadas con otras, colectivas y sociales.

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Cada mudanza una aventura

Créditos: Twitter.

“El viento es libre en la tierra plana, gobierna a su antojo los pastos, las nubes, los hombres. Si nace con el sol, lleva agua, tormentas y fortunas adversas para sus habitantes.

Cuentan los pampas que Gualichu pierde el sueño y su aliento caliente invade las tolderías, arrastrando la arena que irrita los ojos. A veces libera lágrimas de amores no correspondidos, nostalgia de soles viejos con correrías memoriosas, sudores y aguardiente áspero quemando la garganta.

Es el pampero. El dueño de la tierra, el amigo del desierto que mueve las arenas y obliga a correr los toldos. Cada mudanza es una aventura, la búsqueda de nuevas tierras tiene el sabor del desconcierto, de los caprichos de la llanura y los espíritus silbadores”.

(Fragmento de “La tierra plana”. La foto es de una tormenta de arena en Metileo, provincia de La Pampa)

Aplastar la desesperanza (fragmento)

Imagen (modificada) de Nicole Köhler en Pixabay

He pensado en la desesperanza, en la forma en que se aloja dentro de uno. Al principio no te das cuenta, crece desde el pie, como la canción de Zitarrosa. Pero en sentido contrario, para limar su contracara, despojarte de las fuerzas necesarias para continuar.

¿Continuar adónde? El afuera daña. Y cada vez con más fuerza. Al principio solo fueron piedras, luego se transformó en una andanada. Intifada de la desesperanza.

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Ana, el respaldo (Adelanto)

Imagen de Larisa Koshkina en Pixabay

Un día decidí entrar al santuario de papá. Había pasado demasiado tiempo, el mismo que me costó darme cuenta que me despertaba y él no estaba trabajando en su estudio. Ni que había sonidos de teclas o música clásica en un volumen muy bajo.

Sé que fue un sábado, muy temprano. Grisáceo, encapotado. No podía ser de otra manera. Mamá y la Colo dormían. Atravesé la puerta y me estremecí. Seguía ahí. O por lo menos me pareció sentir su presencia, ese almizcle entre yerba y su perfume que se confundía con el olor a papel de los libros de variados tamaños y colores. Nuevos y viejos, con el lapicero, la libreta, el diccionario de la RAE a un costado y las foto de las tres en el otro.

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Zona de colaboraciones: fragmento de “Gil Wolf”, de Humberto Bas

 
 
Gil Wolf – Fragmento

¿Cómo fue con Gil Wolf?

¿Cómo…?

Nada puede saciar mi curiosidad; ni la explicitación detallada de cómo fue con Gil… Si algo se aproxima es intentando seguir sus huellas yemales, salivales, seminales; rasqueteando las hendiduras por donde anduvieron sus manos y su…

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Esperanza ingenua

Ignoro cuando apareció. Pero me despierta muy temprano. Cantos melodiosos, discontinuos, antojadizos. Minutos de trinos al mundo. En algún momento hace una pausa y replica, para dejarse vencer por el silencio. Es lo primero que oigo a la mañana y alivia la pérdida, deja atrás el chapoteo barroso de las preguntas, tu hueco en mi cama.

Escucho su melodía, su canción casi alborozada, como si le fuera indispensable cantar en mi ventana.

No lo he visto, pero lo imagino multicolor, un saludo colorido al mundo.

A veces regresa cuando deambulo por la casa, quizás para cerciorarse que estoy despierta, que aleje pensamientos aciagos y que mi diálogo con vos ya no es en términos de reproches y preguntas, sino de anécdotas, de puesta común, hasta de sonrisas.

Pájaro que canta y sostiene un relato de la pérdida, que busca tener a raya un dolor que no inmovilice, que se permita otras palabras. Alborea una esperanza ingenua. Suficiente para mí.

(Fragmento de «Lo que queda», novela inédita)

Hay una hora en la mañana donde el sol se refleja en mis anteojos, impide la visibilidad y también ilumina, momento de leve zozobra, de fastidio, de inquietud. La escritura tiene estos instantes de remar contra la corriente, de pies hundidos en el barro.

Pero así como aparece se diluye. Y surge la esperanza ingenua con la que a veces escribo. Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, «sin esperanza y sin desesperación», cita Carver. Es un poco así.

Feliz día a quienes escriben.

Saldar cuentas


La fiebre cedió. Sudor frío al despertar y esa voz que no se callaba en mi cabeza, fluía libre, acaso el hilo que falta para una novela inconclusa. O quizás es demasiado prematuro apostar a un murmullo que apareció cuando estaba convaleciente.
¿Escribir es un estado febril? ¿O solo se trata de planificación, de corte y confección cual cirujano exitoso? Ambas opciones (y tantas son válidas), aventuro.
Duele el cuerpo, memoria imprecisa de domingo al abrir los ojos. El barrio en silencio, la gata ronroneando en mi oído. Necesita ir al baño. Tiene cara de “dale o te dejo mi sello acá”.
Descubrir a Neuman y su “Fractura”. Hermosa novela. “los que aparecen ante mí son los que miran con desánimo las vías. Gente rota que, aunque se retuerza y pelee, ya ha sido arrojada a una fosa de la que jamás podrá escapar”, cuenta el protagonista citando a Tamiki Hara. A propósito, qué descubrimiento la literatura japonesa, muchísimo más allá de Murakami.  
Creo que le he escrito con anterioridad.
O esta cita, pensando en hechos recientes: “Él hablaba un francés lleno de síes y escaso de noes. Eso aquí se nota enseguida, porque vivimos dando negativas y refutando al vecino. Para comunicarnos con alguien, necesitamos discrepar. Discrepar y protestar. Yoshie me lo decía a menudo. Que en Francia la protesta es una forma de felicidad. Como para él esa actitud resultaba inconcebible, me llevaba la contraria con asentimientos parciales. Eso me confundía. O peor, me permitía entender lo que deseaba entender. Él me reprochaba que mis respuestas fuesen siempre tan tajantes. Que no supiera expresarle mis negativas con más tacto. Esa ausencia de ambigüedad, digamos, lo despechaba. Creo que la percibía como una cierta falta de amor”.
Novela sobre el amor.“Cuando surgieron las primeras tensiones, nos asustamos mucho. Jamás habíamos tenido la menor discusión, así que ninguno de los dos tenía idea de cómo reaccionar. Llegué a pensar que aquello era el fin. Error. Aquello era el auténtico principio. Sin máscaras ni fantasías. Él y yo. Una pareja. Dos tontos. El amor”.
De algún modo, esta publicación se desvió a Neuman. Quizás porque estuve todo el día en la cama leyendo, afiebrado, adormilado y sudando quejas a través del cuerpo, que me dio una tregua y permitió levantarme.
Retomar la novela. Sentarse y escribir. Arremangarse y revisar desde los cimientos, demoler lo que haga falta. Y no lo escribo pensando en la figura del escritor atormentado. La detesto. Sentarse y escribir para saldar cuentas. Conmigo, con los personajes que han quedado boyando por ahí, con la historia. Y si no se puede, o no convence, al menos darle un cierre digno, aunque la obra no vea la luz. Nada peor que borradores inconclusos.

Imagen Pixabay

Lo que queda

La avenida estaba vacía. La arena avanzaba sobre los canteros y el rumor del viento era el sonido de una orquesta disonante, empecinada en terminar la función. La puerta estaba destrozada y en el altar no había rastros de la mantilla. Tampoco crucifijo, ni santos. A uno de los costados, se abría una abertura que —intuyó— sería la habitación del clérigo.
La madera se quejó bajo sus pies. Fue un sonido lúgubre, de profanación y sorpresa. Llegó hasta el único banco que quedaba y miró el púlpito. ¿Qué hacía allí? De los vitrales quedaba un hueco oscuro, como del caserío.
Pensó en su padre y la decisión de recorrer los mismos kilómetros por caminos intransitables. Se preguntó por qué había entrado primero a la capilla si era escéptica por naturaleza. Quizás buscaba algún indicio de aquel viaje que nunca entendió pero que él necesitó para amigarse con sus fantasmas.
Salió a la calle. Enfrente estaba el almacén de ramos generales. Su casa. Levantó la cámara. Una, dos fotos. A la izquierda la estación del tren. A la derecha, la tierra plana contra el horizonte. Y ella en el medio. Todavía dolía el velorio, las lágrimas de su madre, el estupor de su hermana, la muerte y la sorpresa de su vigencia.
¿Hacia dónde ir? Eligió el lugar donde dio sus primeros pasos. No tenía techo y los pastos lo cubrían todo. No había nada familiar y se estremeció. Se sintió ridícula, parada sobre los despojos de un mundo que intentaba recordar con desesperación.
En uno de los rincones de la galería había un macetero de cemento ovalado. Una vaga imagen de haberse apoyado en él para no caerse se le cruzó por la mente. ¿Memorias del cuerpo? Podía sentir la rugosidad del material sobre sus dedos. ¿O era la necesidad de aferrarse a algo? Prefirió asirse al pantallazo pero nada más llegó. Lo miró desde la lente. Y disparó.
Volvió a los restos de la avenida que ahora era una senda ancha con canteros rotos. “Vane 88”, leyó en uno. Restos de un fogón, botellas rotas, una que otra colilla. El santuario de alguien. No había adoquines. Solo la gramilla que sobrevivía entre la arena.
Miró la planicie al fondo. Todavía con el dolor de la pérdida, descubrió el manuscrito de su padre cuando ordenaba su escritorio. El porvenir es una ilusión, rezaba. Estaba sin terminar y era un tributo al poblado, a una época, un esbozo de amistad. Tenía notas en los márgenes, signos de interrogación, tachones, notas al pie.
Se lo devoró en una noche y no pudo quitarse de encima una sensación trunca de algo quebrado, como el silencio de la pampa por el lamento de las aves. Quizás por eso regresó al caserío, con la esperanza de reencontrarse con él y buscar respuestas.
Hasta ahora nada. Solo el presentimiento de que no había sido la mejor de las ideas. Se vio parada en el borde de un mundo que había desaparecido, que intentaba develar a través de una lente y sintió pena. Había muchas maneras de huir del dolor.
Tomó fotos mecánicamente. La estación del tren, el cartel de sala de espera, la vía sin durmientes. Restos de casas. Más llanura. Entrevió el cementerio pero no quiso acercarse. Ya cargaba con una muerte. La que importaba.
¿Nos queda algo de los que se van? ¿Se entierran los cuerpos y los recuerdos? Pensó en el macetero, la presión sobre sus dedos. ¿Es una forma de diálogo con quiénes no están?
Revisaba las fotos en el visor de la cámara cuando vio la figura sentada en el andén. No necesitó ampliarla para reconocer su pelo ensortijado, esa expresión entre ausente y a punto de estallar que dejaba traslucir cuando preparaba sus clases. ¿Había venido a despedirse? ¿O nunca había huido de El Porvenir?
Intuyó que si levantaba la vista no lo encontraría en la estación. O sí. Respiró profundo y se dejó enamorar por el aroma de los pastos. Unas nubes densas taparon el sol y oscurecieron la tarde.

(Disparador de la novela en la que trabajo. El texto está incluido en “Alivio contra la ferocidad”, libro que podés descargar gratis, acá. 

Nota: si bien este libro es gratis porque la intención es la circulación de la palabra en tiempos de ferocidad, no dudes en apoyar a las editoriales que hacen lo posible por sobrevivir en Argentina.

Según una nota publicada hoy por el diario Página/12, un informe de la Cámara Argentina del Libro muestra que las ventas cayeron entre un 25 y 35 por ciento desde el 2015, con tiradas que fueron reducidas a la mitad y caídas de las ventas en un 35%. Además se perdieron un 20 por ciento del empleo en editoriales y cinco mil puestos en la industria de impresión.