El velo

Aquella Navidad Daniela llegó alrededor de las siete de la tarde. Sentada en el comedor, imponía su presencia con un vestido largo de tonalidades claras. Se la notaba nerviosa, pero eso no me impidió taparle los ojos y susurrarle al oído. Se dio vuelta y sonrió. «Andá a jugar, José», dijo y me acarició la cabeza.

Nunca me gustaron las fiestas de fin de año. No sé si tenía que ver con la ficción de la familia unida o el apuro de mamá para maquillar los moretones, en una renovación anual de que las cosas podían mejorar. La impostura de la esperanza, supongo.

Daniela y mi hermana fueron a su cuarto. La tía Berta preparaba la ensalada rusa y papá y el abuelo cocinaban un lechón adobado, a tono con sus carcajadas y el pingüino de vino que circulaba desde temprano. En la cocina, el tío Ernesto —el que andaba «en algo raro» según el viejo— ayudaba con la mesa y preparaba la picada.

Varios primos correteaban por ahí y se defendían del ataque de los apaches. Yo los miraba desde la cocina y le contaba al tío Ernesto las desventuras de Sandokan y su pasión por Marianna, allá en la Malasia.

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Varados (O Diario del desastre IV)

Había escrito dos o tres líneas sobre barcos de papel en el anaquel de una biblioteca polvorienta. Varados, con una ligera inclinación en un imaginario mar de madera. Se preguntaban por qué estaban ahí lejos de las olas, añorando un espacio que no conocen.

No sé dónde quedó ese fragmento. Me lo increpo, mientras Pilar Cimadevilla (*) se pregunta si se puede pensar un espacio a la distancia. «Es la primera vez que escribo sobre la Patagonia desde la Patagonia. ¿Se puede pensar un espacio desde lejos?». Comparto la inquietud.

Una estudiante que regresa a su casa para finalizar su tesis. Según la ficha bibliográfica, es una Crónica de Viajes. Pero es una novela.

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Lo veo siempre

Lo veo siempre. No sé si soy el único. A veces pienso que sí, aunque se empecine en plantarse en el medio de la calle, la mirada desafiante, el bolso en bandolera, con chucherías que nadie compra y un cartel de “desocupado” en el pecho. No es metafórico, lo lleva colgado, tiznado con el humo espeso de los neumáticos quemados, que escupen hacia arriba la bronca y el hartazgo de la protesta, desvirtuando las fronteras entre el cielo y el infierno.

Un pequeño volantazo para no atropellarlo y seguir mi camino. Como tantos. A veces creo que me reconoce. Al fin y al cabo, paso siempre por ahí y alguna que otra vez le atiné un movimiento de cabeza a modo de saludo, aunque lo más acertado sea pensar que me ignora, devolviendo gestos y gentilezas.

Lo veo siempre y verlo es consolidar una rutina, apropiarme de algo que no tiene, aunque llegar a fin de mes sea el milagro de los días. Verlo es estar en la otra vereda, que al fin y al cabo es la misma, porque nadie debiera ser pleno mientras otros son empujados a la calle para sobrevivir o morir en el intento.

Lo veo siempre. No sé si soy el único. Y le escribo aunque no lo sepa, quizás para dar cuenta de su existencia o para sentirme menos culpable, no lo sé. Pero lo veo a diario. Entrado en años, plantado en el medio de la calle, esperanzado en que nadie lo ignore. Lleva un cartel colgado en el pecho, la mirada desafiante, el bolso en bandolera.


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Con letra propia
Con letra propia

Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.

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Textos reunidos, a 50 años del Golpe Cívico-Militar

El 24 de marzo se conmemora el 50° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, cuando -en representación del estado argentino- se cometieron delitos de lesa humanidad y secuestraron a hombres y mujeres, para trasladarlos a centros clandestinos de represión donde fueron torturados y asesinados.

Escribí varios textos que dan cuenta de aquellos años. Comparto algunos.

El día que nunca terminó de encajar

Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.

El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.

En la cocina, el primer hervor del agua terminó por despabilarla, se dejó embriagar por el aroma del café en saquitos.

No vayas a trabajar, recordó.

Su negativa. «Por qué no, si no hice nada malo».

Aquel día nunca terminó de encajar ni languideció con las ocupaciones cotidianas, las que dan algún sentido y tranquilidad. Y supo que algo andaba mal cuando él no regresó a casa. En la radio, voces ásperas, el país bajo el control operativo de las Fuerzas Armadas.

Los primeros llamados a los compañeros de trabajo. Nadie sabía nada en la fábrica, convenientemente custodiada por soldados y un carro de asalto. La denuncia policial, la artera esperanza de que regresaría, el inicio de la espera y la búsqueda, el velo del no te metás, la incertidumbre.

Fueron años que prefiere no recordar y en los que sobrevivió gracias al barrio, al recuerdo de Beto, que los empujó a organizarse para reclamar por cloacas y agua, la garita del ómnibus.

Un día el velo se rasgó y supo del secuestro de delegados y delegadas, reconstruyó su historia particular en el dolor colectivo. Y se reconoció en otras olvidadas. Fue natural reclamar en la calle. Desde entonces.

En la radio, voces de conmemoración y actos en todo el país. Alguien pide una canción. Ella se mira las arrugas. Desparramando fe, las Madres del amor.

Mensaje de hija que no había visto, emojis con muchos corazones, el «descansá» de todas las noches. «Te paso a buscar a las seis». Asintió, como si ella pudiera verla y se dejó arropar por el olor a pan tostado, Beto, su compañía.

Anuncian buen tiempo para la tarde.
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Diario del desastre

Apuntes en un diario, porque en alguna página hay que derramarse.

Esta cita de «Carol», novela pendiente, una deuda que saldo.

El capitalismo y su alienación. Al inicio del libro, la joven protagonista reflexiona sobre la vida de una compañera de trabajo de unos cincuenta años, espejo de lo que puede ser la suya.

«Therese abrió la boca para hablar, pero su mente estaba demasiado lejos. Su mente estaba en un punto muy distante, en un lejano torbellino que se abría al escenario de la terrible habitación, tenuemente iluminada, donde las dos parecían resistir en una lucha denodada. Y en aquel punto de la vorágine en que se hallaba su mente la desesperanza era lo que más la aterraba. Era la desesperanza del dolorido cuerpo de la señora Robichek, de su fealdad, de su trabajo en los almacenes, de la pila de vestidos del baúl, la desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida».

La subrayo y copio. «Y la desesperanza que había en la propia Therese de no llegar a ser nunca la persona que quería ser ni hacer las cosas que quería hacer. ¿Acaso toda su vida había sido sólo un sueño y aquello era la realidad? Era el terror de aquella desesperanza lo que la hizo desear quitarse el vestido y huir antes de que fuera demasiado tarde, antes de que las cadenas cayeran sobre ella y se cerraran».

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Cuerpos

Cuerpos. Desmembrados, enterrados, devorados, fusilados, desangrados.

Cuerpos en el río de la Plata.

Cuerpo de baile y cuerpos bailados, la danza de los cuerpos, las memorias que el cuerpo guarda.

Cuerpos pintados, pañuelos verdes que gritan no morir en quirófanos sucios.

La hipocresía de otros cuerpos.

Poner el cuerpo, escribir con el cuerpo*. Cuerpos de palabras.

Las palabras y el pulso.

La escritura.

Atisbos para no acostumbrarse a la ferocidad.

* Clarice Lispector, en “La hora de la estrella”.

“Demasiado lejos” y tan cerca, la novela de Malvinas de Sacheri

Agoniza marzo. Dos mozos observan la represión en Plaza de Mayo desde Casa Rosada. Hacía tiempo que no se veían cosas de estas, dice uno de ellos.

Así comienza Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri. Novela que entrelaza la vida de tres familias, un equipo diplomático cuatro parroquianos, dos mozos en Casa Rosada y la Junta Militar en una sola causa: recuperar Malvinas.

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Cosas con las que no podía reconciliarse

El mundo estaba lleno de cosas con las que no podía reconciliarse.

El cuerpo de un indigente hallado muerto en el banco de una plaza bajo varias capas de papel de periódico un día claro de primavera; los ojos apagados de la gente que viaja en el metro a última hora de la noche, mirando hacia otro lado mientras se rozan sus hombros sudorosos; el interminable desfile de coches sobre la autopista, con las luces rojas de los faros traseros encendidas un día de tormenta; los días que se suceden uno tras otro, arañados por miles de afilados patines de hielo; los cuerpos, que se desmoronan tan fácilmente; el intercambio de bromas tontas y endebles que se dicen para hacernos olvidar todo eso; las palabras que escribimos con fuerza sobre el papel para que nada quede en el olvido; y la fetidez que emana de esas palabras como espuma putrefacta.

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A tiro de un abrazo

Llegó en la madrugada. Cabizbajo, de herida abierta. Me había escrito unos días antes, si podía pasar unos días en el campo. Hacía años que no lo veía. Desde la muerte de Belén. Y ahí estaba, parado en la tranquera, esperando a pasar. «Te busco en la Terminal». No, prefiero caminar. Te mando un mensaje cuando llegue.

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