Primavera en un solo acto

Primavera en un solo acto

Estaba pintando la pared de la casa, situada a orillas del río Limay. De aguas muy claras y profundos; como hay pocos. La costanera angosta y sinuosa llegaba hasta la toma de viviendas precarias, vestidas de octubre gris. Apenas unas flores de retama iban comenzando a adornar los techos. Los álamos, erguidos, marcaban territorio.
El terreno estaba cercado. Era árido, con tierra suelta y arenosa. El viento insaciable le traía pimpollos rojos y le robaba semillas que se iban perdiendo en las costas. Batallaba contra la meseta, solitaria y poderosa. Allí el sol se ponía muy tarde. Se le habían quemado las manos cuando levantó la tapa del tanque de agua. Y el último invierno lo había pasado sin salamandra.

Cuando los sauces comenzaron a verdear, ella decidió irse. Él la alcanzó a ver entre los que lloraban más que nunca, mientras subía a la balsa. Sólo le dejó una nota que decía que no quería luchar como Don Quijote.  En octubre, los frutales enquistados en el valle,  seguían siendo víctimas de las heladas matinales. Un manzano muy bajo iba echando al mundo sus primeros hijos y un ciruelo gigante imponía su carácter. Se acordaba de Lina y de Roberto y de Lucho y Marina, luego del festejo de la bajada en canoa. Era celeste, medio despintada, de madera blanda y noble.
El día del ciclón, alguien que pasaba por ahí le preguntó si seguía con la idea de quedarse. Él, sin responderle, juntó los restos de unas flores castigadas y se las regaló. Luego entró a la casa; se acercó a la salamandra y avivó el fuego. Se fue a dormir temprano. Al día siguiente iba a arreglar el cerco de las rosas.

El cuento integra el libro “Vertiginosamente”, de Beatriz Mezzelani, de Neuquén capital, “un registro de elecciones sucesivas a través del tiempo; ése que nos suele jugar malas pasadas”, se manifiesta en la contratapa.

Con textos anclados en lo real y otros fantásticos donde lo extraño irrumpe en lo cotidiano, Beatriz propone un viaje vertiginoso. Primavera en un solo acto, De viajes y refugios, Benito Gómez, La sala “A”, El túnel, Desatino, Fotofobia, o Las luces y las estaciones, donde un tren avanza alocadamente y no se detiene en ninguna estación, forman parte de una travesía recomendable.

Acerca de la autora
Beatriz Mezzelani nació en Neuquén capital.
Ha publicado en antologías de la región y CABA. Por sus cuentos ha sido premiada en dos oportunidades. Algunos de ellos se han publicado en revistas on line y sitios web. Varios de sus textos breves fueron seleccionados para participar en la categoría de Escritora lectora en el Congreso Internacional de Minificción, realizado en la Universidad Nacional del Comahue en 2016.
Actualmente trabaja en la producción de una obra sobre su ciudad natal.

Las cosas de la memoria se convierten en algo que no fueron antes

Un viaje a París dispara los recuerdos y remite a Berie a su adolescencia en un poblado norteamericano, su trabajo a los quince años en el parque de diversiones Storyland y su relación de amistad con su amiga Silsby Chaussée.

En cierto modo mi infancia estuvo hecha de desperdiciar el tiempo, de deambular soñadoramente por el bosque e ilegalmente por las cloacas de cemento, gateando, o placenteramente sola en la casa (nadie en casa ¡por una hora!) chupando la sal de pedacitos de papel o escondida debajo de las mantas durante la tarde para crear un lugar nuevo, un espacio que no había existido en la cama antes, como en un ensayo para el amor. Quizás en Horsehearts -un pueblo que había recibido su nombre de una vieja batalla entre los franceses y los indios, una ciudad llena de caballos masacrados cuyos cuerpos ensangrentaban el lago y cuyos corazones se decía estaban enterrados en Miller Hill, un poco hacia el sur- las únicas cosas posibles eran la postergación y la fantasía. Mi infancia no tuvo narrativa; todo era apenas una combinación de aire y falta de aire: esperar que la vida empezara, que el cuerpo creciera, que la mente se volviera temeraria. No había historias ni ideas, no todavía, no realmente. Solo cosas desenterradas de otro lado y rearmadas más tarde para ayudar a la mente a moverse. En esa época, sin embargo, era líquida, como una canción, no era gran cosa. Era simplemente un espacio con algunas personas dentro.
Pero se puede contar una historia de todas maneras.
Con una prosa intimista, melancólica y con pinceladas de humor, Lorrie Moore en ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, editado por Eterna Cadencia, nos sumerge en los recuerdos de una joven norteamericana, en tiempos de Vietnam, LSD y el desprecio a la autoridad y los poderes vigentes, donde todo era un boleto de salida; todo estaba mezclándose, en proceso, yéndose de casa, en todas las formas que esto sucedía.

Moore repasa la relación entre dos amigas como aquello que hemos perdido y que quizás nos hacía mejores. Las cosas en la memoria, lo sé, se vuelven rígidas y se desplazan, se convierten en algo que no fueron nunca antes. Como cuando un ejército interviene un país. O un jardín de verano se vuelve rojo con las hojas del otoño. El pasado se convoca en gran medida por un acto de brujería; las artes de una prostituta, collage y brebaje, ojo de lagartija, corazón de caballo. Aun así, la casa de mi niñez está grabada en mi memoria como si fuera la forma de mi propia mente: una mente con forma de casa; ¿por qué no? Fue a partir de esta mente particular que yo me atreví a cualquier peligro salvaje o postura sentimental o salto hacia algo lejano. Pero esta mente albergaba la semilla germinada de cada acto. Yo flotaba sobre ella, pero cerca, como las figuras en un Chagall.

Y en esas cosas de memoria la protagonista recupera su relación con Sils, incluso el reencuentro diez años después. Otras mujeres, otros cuerpos, el mismo pueblo, la certeza de haber crecido y no ser las mismas. Los jardines parecían más grandes y vacíos de lo que los recordaba, las casas más separadas y tristes, aunque bonitas. Un par de veces nos bajamos y caminamos. No había nadie en la calle. Las viejas tenían teman destellos de cuarzo hasta que caminábamos por alguna que había sido reparada o reemplazada con baldosas más opacas. Cuando pasamos por mi vieja casa, pareció desagraciada y obscena en su extrañeza; en mi mente las proporciones de la casa eran más cálidas, diferentes; en mi mente no era esto. Parecía ajena. Parecía confiscada. “Salgamos de aquí”, dije. Las carreteras eran carreteras rurales, todavía boscosas y llenas de anhelo y desesperación y de esa búsqueda de algo, cualquier cosa que estuviera pasando; o eran carreteras de rumores, llenas de curvas, carreteras inquietas, que por momentos parecían extenderse hacia adelante pero después simplemente daban vuelta sobre sí mismas, como serpientes comiéndose la cola.
¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? No solo es una historia conmovedora sobre la amistad. También da cuenta de los sueños, de un tiempo de lazos pensados para siempre. Manejando sola por la autopista, más turbada de lo que podía tolerar, lloré en el auto como lloramos cuando dejamos a alguien de una manera amarga e intolerable. No sé por qué elegí esa oportunidad para llorar las pérdidas, para convocar todo ante mí: mi propia monstruosidad, mis afectos de dos pesos, de tres, de cuatro… Pero fue allí: lloré por Sils y por LaRoue, toda esa devoción y ese remordimiento, las estrellas derramando luz un millón de años después de muerta; lloré por los novios con los que ya no estaban, por los lugares y las personas que ya no conocía bien…
Consciente de los pactos para vivir que hacemos a diario, Moore nos propone la búsqueda de aquello que perdimos y alguna vez nos hizo plenos, en un relato intimista que es un coro de despedida a nuestra niñez. Hubo una tarde de abril, cuando yo estaba en tercer año, cuando el Coro de Niñas tenía que reunirse para el ensayo final antes del concierto de primavera. El sol se volcaba por las ventanas del gimnasio, y cuando ocupamos nuestros lugares en la tribuna estábamos paradas dentro de él, como si algo celestial hubiera descendido. Nuestra directora, Miss Field, empezó a guiamos moviendo los brazos, y un hechizo extraño nos embargó. Los nervios se tensaron y los huesos de los oídos se alinearon. Era el arreglo de la propia Miss Field de una rapsodia de Schubert, y las notas, por una vez, remontaron vuelo. Yo no capté la mirada de Sils, no pude hacerlo —ella estaba con las sopranos—, pero no importó, no era necesario, porque esto no era personal, cantar así, esta luz, esto eran niñas, después de semanas de ensayo, celebrando el trabajo etéreo de sus voces, el sonido de campanas, de pájaros, el sonido infantil que todavía podían lograr todas juntas. Juntas por la misma frase de la canción, nos entregamos; con bocas de rosa y de lavanda formamos una sola cosa viva, como un jacinto. Pareció aún entonces un coro de despedida a nuestra niñez y nos golpeó con fuerza en la mente y más abajo, en la espina dorsal, como un llamado, y en su ola y su marea nos alzó hacia el techo llenas de asombro y regocijo, así de hermosas sonábamos. Todas podíamos oírlo, elevadas en el aire, rodeadas por el sonido, sin varones ni padres ni nadie para decírnoslo, aunque no volvimos a conseguir la belleza de ese sonido nunca más. En toda mi vida como mujer -que empezó muy poco después y no sin riqueza-, no volví a vivir un momento como ese. Aunque a veces en mi mente puedo volver a esa tarde, puedo revivirla, navegar hasta ahí arriba otra vez hacia los paneles acústicos, los aros de baloncesto y el viejo reloj de roble, las armonías esmeradas que se soltaron de nuestras voces tan puras y exactas y livianas hicieron que nos preguntáramos después, mientras juntábamos nuestras cosas para irnos, cuán alto y rápido y lejos se habrían ido.

Sobre la autora
Lorrie Moore nació Glens Falls (Nueva York), Estados Unidos, en 1957. Ha publicado las colecciones de relatos Autoayuda (1985), Como la vida (1990), Pájaros de América (1998) y Gracias por la compañía(2015); y las novelas Anagramas (1986, que será reeditada por Eterna Cadencia en 2020 con traducción de Cecilia Pavón) y Al pie de la escalera (2009). Sus artículos han aparecido en The New Yorker, The Best American Short Stories y Prize Stories: The O. Henry Awards. En 2018 publicó el libro See What Can Be Done, editado por Eterna Cadencia en 2019 con traducción de Cecilia Pavón. Entre otros premios, Lorrie Moore ha sido galardonada con el Irish Times International Prize for Literature, el Pen/Malamud Award y el Rea Award for the Short Story. Es miembro de la American Academy of Arts and Letters.
Foto: Imagen de Couleur en Pixabay

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Uno no puede hacer nada con la fe de los otros

En un pueblo donde los trenes eran un recuerdo que ni las vías se permitían nombrar, todos esperan un milagro para sentirse vivos.
Hasta allí llega Carlos Andrada, restaurador de imágenes sagradas, con el fin de reparar una estatuilla del siglo XIII. Lo esperan los pobladores que todavía resisten gracias a la fe, personajes con sus miserias y secretos que ven en la llegada del forastero la esperanza de un renacimiento.

Un rengo ex combatiente, un peluquero por necesidad, una bella mujer y un intendente que sueña con ser gobernador si se concede un milagro de dudosa reputación, son algunos de los personajes de esta novela de Rubio que cuestiona los poderes constituidos y retrata la agonía de quienes todavía no se resignan, que tejen rutinas para no saberse olvidados.
El micro me había dejado sobre la ruta y tuve que andar entre pastos procurando localizar un sendero angosto, hasta desembocar en el andén donde me recibió el escándalo de unos pájaros acostumbrados a las ausencias, manifiesta el narrador que, poco a poco vislumbra para qué ha sido convocado por el cura del pueblo.
Negocios abiertos a los que no entra nadie, diálogos en un cementerio y el andén abandonado como testigo de sueños truncos, forman parte de un paisaje entrañable y melancólico. Resoplé, dejé los ojos fijos en los durmientes. Esas vías no volverían a ser útiles; sin embargo, seguían mostrando una bravura que solo podía emocionar a los sensibles. En medio de la pampa húmeda recordé a mi viejo y el último tren del sur, medita el narrador para dar paso —quizás— a la escena más conmovedora de la novela, la del cierre de ramales ferroviarios que asesta un golpe lapidario a pueblos y personas.
Yo tenía veinticinco años cuando hice rodar el hierro sobre los rieles. El servicio ya había sido clausurado hacía unos años, un fin de verano. Ninguno en el pueblo quería que llegara un nuevo invierno, traer uno viejo era imposible. El día de la clausura, mi tío Eufragio vino a casa, yo me preparaba para irme a la Capital y empezar la universidad. Se lo veía cansado, tenía la espalda encorvada. Solo dijo “Es hoy, ya viene”. Mi padre fumaba, lo miró con una tristeza pálida que le había nublado la esperanza hacía años. “Lo sé, no tengo ganas de ir”, respondió. Mi padre peinaba una vejez insulsa, mi tío había sido feliz hasta ese día en que llegaría a la estación el último tren del sur. Ellos debían guardar la máquina en el galpón, dejarla bajo llave hasta nueva orden. Los vagones quedarían a la intemperie para que el tiempo hiciera lo suyo, para que todo el pueblo los viera agonizar. “Nos condenaron”, habían sido las palabras de mi padre al recibir el telegrama del gobierno ordenando terminar el servicio. “¿Cómo vamos a pasar los inviernos?”, había preguntado mi tío y como respuesta obtuvo un silencio opaco. Pregunté si había algo que pudiéramos hacer, mandarle una carta al presidente, tratar de hablar con algún ministro. “Ya está todo jugado”, respondió mi padre. Aquel día del verano se calzó por última vez su traje de jefe de estación, besó el retrato de mi madre y salió con mi tío a recibir al último de los trenes. Pedí acompañarlos y me dejaron. No solo eso, cuando el motorman entregó la máquina en medio de abrazos y lágrimas, mi viejo me hizo subir y me enseñó a manejar con la única promesa de que jamás olvidaría cómo hacerlo… A veces, en tardes como esta, sentado solo en algún pueblo, me juraba que un día iba a escribir la historia, esa historia, la del último tren del sur.
Y en este pueblo, los sueños no son con trenes. O sí y en forma de milagros. La fe es lo más peligroso que tiene el mundo. Se mata por la fe, se tortura, se condena. Uno es capaz de manejar la fe propia, pero no puede hacer nada con la de los otros. Y la de los otros produce lo improbable, atesora y revela secretos.
En El Cristo Roto la escritura de Rubio es un relato que recupera historias entre durmientes, andenes y veredas vacías, un acto de fe contra el olvido, un bálsamo contra el escepticismo para que alguna vez se sepa que hubo días mejores, en que los hombres soñaban junto a los trenes.

(Foto: Adrián Pascual Estación de Ferrocarril de Utracán – Facebook Patrimonio La Pampa)
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Inventar historias es la única forma de forjar nuevos sueños

En Laguna Profunda, los escasos pobladores que todavía permanecen tejen una rutina contra el olvido. Esperan un barco en una laguna seca, beben en un bar, almuerzan y cenan conejos como único menú.
El pueblo tuvo su momento de gloria con Ruiz, boxeador que hizo besar la lona a Muhamad Alí y cuando parecía que alcanzaba la gloria, decidió no continuar la pelea dos asaltos después y refugiarse en su tierra. Allí, cuarenta años más tarde, viaja el periodista Oscar Raimondi en busca de declaraciones exclusivas, bajo la amenaza de perder su trabajo.

Laguna Profunda tiene un comisario que hace changas de remisero, cazadores furtivos que mantienen a raya a los conejos, un hotel sin huéspedes y una curandera, entre otros personajes. El realismo mágico se filtra entre la neblina ya que «nunca se sabe que es lo que trae la niebla». Casi nada es lo que parece desde que la laguna se secó de un momento a otro, llevándose la vida pero dejando a los pobladores.
Lo que trae la niebla es una novela de búsqueda, con situaciones delirantes y personajes que construyen un sentido contra el abandono.Un pueblo de ausencias, como sostiene el conserje del hotel. También el nombre de Ruiz como gloria y misterio, mientras todos esperan la llegada de un barco sobre un lecho seco.
Haikus en cajas de fósforos y bonsái de sauces, forman parte de lo cotidiano, como si el arte fuera el anclaje para mantener la cordura: «—Yo creo que el arte debe ser así, breve, efímero. Las estatuas deberían ser de hielo, ser contempladas una sola vez. El artista podría volver a hacerlas, pero no serían iguales. Los libros, escritos en barras de jabón o en tabletas de barro, para leerse solo una vez. El arte siempre es mejor cuando uno lo recuerda, porque la mente selecciona lo que la conmovió. Releer es descubrir desencantos», plantea el comisario.
La misteriosa sequía de la laguna es uno de los temas de la obra y por la cual se tejen innumerables historias. Es que, como en El Decamerón , de Giovanni Boccaccio, se cuenta para no morir.
«Mire, yo no soy médico, pero fue como una autopsia, fue ver lo que uno no quiere, lo que uno se niega a sospechar. Sentir un nudo en la garganta y sembrar en los otros, en todos los otros, una esperanza. Uno advierte, a media que pasan los días, cómo la esperanza se marchita, que el agua no vuelve, y nunca más conjuga en futuro el verbo “volver”. Por más lluvias que caigan, nada será lo que fue. Y entonces nos inventamos historias. ¿Sabe para qué? —No —dije dando un bocado al conejo. —Porque es la única forma de forjar nuevos sueños. A un tipo se le puede prohibir todo, le aseguro, todo. Desde no ser feliz, no ser libre; le pueden desordenar la mente, pero no le pueden quitar los sueños».
Lo que trae la niebla es una novela de supervivientes cuando nada queda. Y para eso, es necesaria afirmar ciertas rutinas, como pescar en el lecho de una laguna seca. «Me quedé mirando unos minutos más a esos hombres agazapados. A veces basta con observar para comprender. Cuando perdemos el rumbo, lo único que nos ata a la tierra es lo cotidiano, esa abulia de la que tratamos de huir hasta que se nos vuelve indispensable. Los hombres no hacían más que tratar de no perder aquello que los mantenía vivos. Es necesario atarse a una esperanza, para sobrevivir, para apostar por otro mañana».
Y contar es pasar por la memoria, seguir en pie  porque no hay otra alternativa más allá de las palabras, porque inventar historias es la única forma de forjar nuevos sueños.
Lo que trae la niebla
La novela fue editada por Indómita Luz en el año 2018. Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada, Lo que trae la niebla y recientemente El Cristo roto.
(Foto libre de Pexels) 

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Opacar el ruido de un tren que no es un tren

La muerte de un familiar es una excusa para volver a casa. ¿Alguna vez terminamos de irnos?, ¿y si nos vamos, pensamos en regresar?, ¿nos arraigamos en nuevos lugares? Son algunas de las preguntas que se desprenden de la novela El sistema del tactode Alejandra Costamagna.

Ania, la protagonista, cumple con la petición de su padre de despedir a su tío Agustín y emprende un viaje desde el otra lado de la cordillera a la llanura, al pueblo en que regresaba durante su infancia, a visitar a sus abuelos.
«Que se va a morir, le dice el padre. Que su primo, el último pariente de su corteza que queda vivo, su único primo, agoniza al otro lado de la cordillera. Que él no puede viajar a Campana, dice, que por favor vaya a acompañar a Agustín en la agonía».
Recientemente despedida de la escuela en que trabajaba, Ania acepta el viaje, huir hacia adelante, preguntarse qué hacer con su futuro. «La verdad de las cosas, piensa Ania, el padre no es capaz de ver a Agustín en esa condición porque advierte ahí, seguramente, su propio declive. Ya nos vamos extinguiendo, nena, saca un hilito de voz el hombre para hablar. Y a la hija esas cinco palabras le atraviesan el pellejo. En ese momento, sin decirlo, acepta la petición».
El viaje de Ania es también un viaje al desarraigo personaly el de sus familiares, inmigrantes que llegaron al continente latinoamericano huyendo del hambre, la miseria la pobreza, con la esperanza de regresar y no sentirse extranjeros en unapatria ajena.
Novela sobre la pertenencia y la memoria, una máquina de escribir, cuadernos de dactilografía de su tío Agustín, cartas entre inmigrantes y erratas tipeadas con ahínco en una casa anclada en el tiempo, colmada de recortes y retratos de viaje. Allí se instalará durante unos días Ania: «Piensa que no tiene sentido estar acá, que debe volver a Chile y enfrentar de una vez las cosas. ¿Qué cosas? Su existencia, qué otra cosa. Pero se da cuenta de que el pensamiento no es enteramente suyo. Hay algo que se mueve sin su voluntad ahí adentro, en su cráneo, y que no alcanza a captar. A la cuarta noche se levanta, desenfunda la máquina de escribir y se pone a teclear lo primero que aparece: oraciones sin rienda, imágenes batidas a cuero pelado. Necesita opacar el ruido del tren que no es un tren. Se le ocurre que debería escuchar otras voces. Salir a comprar pilas para la radio de Agustín y escuchar cualquier señal, la que el mundo quiera mandarle ahora mismo».
Y durante un lapso de tiempo el pasado, el presente y el futuro se concentran en una vivienda abandonada, rodeada de recuerdos y susurros de voces que no están. «Ymientras lo piensa, piensa también que le gusta mucho la expresión a flor de piel. Una imagen bella y extraña. Como si los recuerdos brotaran desde los poros, crac, con tallos, pétalos y espinas. Respirar, eso necesita. Descansar, poner la mente en blanco. Aunque a lo mejor la palabra no es respiro ni descanso, sino arraigo. Le vendrá bien pasar unas noches en este rincón, se dice a sí misma, lejos de todo».
Lejos de todo. Como si fuera posible. Novela de búsqueda y reencuentro, de repensar los lazos familiares en una ciudad que oscila entre la pertenencia y lo desconocido: «Contrapuntos: no competir con el perro ni con la mujer de tu padre, no buscarse en las fotografías de los muros ajenos, no vivirse en la vida de los otros, no esperar a los muertos donde nadie los ha llamado, tener un jardín y regarlo por las noches, no mirar las montañas como accidentes geográficos sino como ramales biográficos, llorar en los entierros ajenos y en los propios, sobre todo en los propios, subir altillos como quien escala una cumbre. Eso debe hacer: atreverse a subir la escalera del altillo y confrontar el recuerdo con la ruina», manifiesta la protagonista.
«De pronto se le ocurre que el origen de sus problemas es que no tiene jardín. Ania piensa que regar un jardín de noche debe ser como rescatar un pájaro sin canto o atravesar un océano o golpear frenéticamente las teclas de una máquina de escribir. Y que sin jardín ni pájaros ni teclados ni mares abiertos donde poner la mente en remojo, todo se vuelve improbable. Pero está segura, segurísima, de que en el futuro cercano, después de que todo esto pase, tendrá un jardín y lo regará con esmero. Como si fuera un pequeño campo del interior, un territorio liberado de los recuerdos y la sangre. Lo regará con el sistema del tacto, como si se tratara de un corazón desfalleciente, con celo de taquígrafo. Y algunas noches le parecerá escuchar el canto de un tilonorrinco o la voz de su padre. Un sonido que se mezclará en su cabeza y la dejará despierta. Y se levantará de madrugada y ajustará la manguera y prenderá la llave y dejará que el agua corra sobre los mechones de pasto y vaya labrando un charco que delinee, gota a gota, los contornos de una laguna propia».
Y en los contornos de esta laguna propia, El sistema del tacto sugieren discursoscomplementarios, que interrogan sobre la búsqueda de la identidad, siempre en construcción con pilares en lo que denominamos familia y a veces es tan extraña en un tiempo trizado, bajo unaestación de ferrocarril donde no pasa el tren y «… la sirena de bomberos afina su melodía de las doce. Igual de aguda que las cigarras, que las risas de los viejos, que el repiqueteo del tren en la madrugada. Un pueblo que chilla, que no se calla nunca, a pesar del silencio que finge transmitir». Como la pertenencia y la memoria.

Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) ha publicado las novelas En voz baja (1996, Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral), Ciudadano en retiro (1998), Cansado ya del sol (2003) y Dile que no estoy (2007, finalista del Premio Planeta-Casa de América y Premio del Círculo de Críticos de Arte), el cuento largo Naturalezas muertas(2010), los libros de cuentos Malas noches(2000), Últimos fuegos(2005, Premio Altazor), Animales domésticos(2011), Había una vez un pájaro(2013) e Imposible salir de la Tierra(2016) y el libro de crónicas y ensayos Cruce de peatones(2012).
Ha escrito para las revistas Gatopardo, Letras Libres y El Malpensante, entre otros medios. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. En 2008 recibió en Alemania el Premio Anna Seghers de Literatura.
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Es posible que no haya nada cierto en este mundo, pero debemos creer en algo

Durante nueve meses un conocido retratista decide recorrer el norte de Japón, luego de separarse de su mujer. Luego de deambular por el país, acepta el ofrecimiento de un amigo y se instala en la casa de su padre, un pintor famoso que está internado y al borde de la demencia.
En aquella casa, el artista descubre un cuadro llamado “La muerte del comendador”, oculto en un desván y desde entonces, una serie de hechos inexplicables comienzan a cruzarse con lo real, y “admitir que en las costuras de la realidad debía de haberse producido un ligero desgarro”.
Y es en ese ligero desgarro cuando aparecen distintos personajes y hasta un enigmático pozo que atrae a los protagonistas que se sumergen en él, para quedar a solas con sus pensamientos, en escenas que remiten a Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo. “De vez en cuando necesito hacer cosas de ese tipo. O sea, quedarme encerrado en un lugar oscuro y estrecho, sumergirme en un perfecto silencio”.
Al tiempo que la realidad comienza a desdibujarse en mundos paralelos, el retratista retoma su pasión por la pintura. “Observé durante un rato el rostro que había dibujado casi sin levantar el pincel del lienzo. Me alejé un poco para tener perspectiva sobre el resultado. De momento no era más que un esbozo, pero sus contornos dejaban entrever cierto brote de vida. Quizás era el origen de algo que terminaría por emerger con naturalidad. Sentía como si una mano (me pregunto qué sería en realidad) se alargase para encender un interruptor dentro de mí. Tuve la impresión de que un animal dormido en lo más profundo de mi ser había despertado en el momento preciso y se disponía a salir de su letargo”.
Junto a su pasión por volver a pintar, la realidad convive con personajes, imaginarios y reales. “Siempre me había gustado contemplar, por la mañana temprano, un lienzo en blanco, donde aún no había nada pintado. A ese acto lo llamaba el momento zen del lienzo: no había nada, pero eso no quería decir que estuviera vacío. En la superficie completamente blanca se escondía algo por venir. Al aguzar la vista veía muchas posibilidades que en algún momento se concretarían en algo. Era un momento que siempre me había gustado: el momento en que lo que es real y lo que no lo es se confunden”.
Como en otros libros de Murakami no faltan las alusiones a la música clásica o el rock, en este caso con Bruce Springsteen. O el sumergirse en un país de las metáforas para beber agua y cruzar “un río que separaba la nada del todo… una buena metáfora consigue que aparezcan las posibilidades latentes que hay en todas las cosas. Es lo mismo que sucede con un buen poeta cuando crea escenas nuevas, distintas, en un paisaje conocido. Una buena metáfora puede convertirse en un buen poema, ni que decir tiene. Debe intentar no apartar sus ojos de ese nuevo paisaje”
Y en ese nuevo paisaje los personajes sufren transformaciones, comparten secretos y crean pinturas incompletas, quizás como la vida. También las certezas pierden solidez, adviritendo que “debemos creer en algo”, aferrarnos a lo que nos hace únicos, deleitarnos “en la contemplación de una lluvia suave y silenciosa cayendo sobre la superficie de un lago. Es una lluvia que nunca dejará de caer en mi corazón”, confiesa el protagonista en las páginas finales del libro.
“La muerte del comendador” no defrauda a las y los lectores de Murakami. Obra que reflexiona sobre la práctica del artista y el rol del arte, sostiene la necesidad de cimentar nuestras creencias en un mundo en el que lo real convive con lo imaginario, lo subterráneo, sin límites demasiados precisos y con un pasado que dialoga con el presente para develar algunos secretos.
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