¿Qué van a decir allá cuando volvamos?

Si en Demasiado lejos, Eduardo Sacheri relata la Guerra de Malvinas, con la visión de quienes están en el continente, en Qué quedará de nosotros, las miradas se anclan desde los soldados que fueron a Malvinas.

Militares que sabotean a sus propios camaradas de armas, soldados que cavan trincheras mientras esperan a los ingleses, escuchan el debut de Argentina y Camerún y combaten a un ejército profesional con hambre y la precariedad de fusiles de rezago.

La narración se centra en el transcurrir en las islas del “Trío Los Panchos”, un grupo de amigos que son enviados juntos a las Islas Malvinas.

—Che, Negro, me quedé pensando —dice de repente el Conejo—. Vos dijiste que ésta es la isla que está más lejos de la Argentina.
—Sí. ¿Y qué con eso?
—Que no podemos estar lejos de Argentina, boludo, porque estamos en Argentina. Bah, seguimos estando. Antonio lo piensa y es verdad. Ahora eso también es de Argentina. O fue siempre, pero ahora es más de Argentina porque están ellos. Como una respuesta adicional que no ha pedido, en el frente de una de las primeras casas, que parece más una oficina pública o algo así, hay un mástil alto en el que flamea una bandera celeste y blanca. Las casitas son de madera, con jardines delanteros con cerquitos que también son de madera. En uno de esos jardines hay tres personas de pie, que miran pasar a los soldados. Una vieja, un viejo y una mujer que debe tener la edad de Azucena, la madre de Magalí y del Conejo. Tienen pinta de ser isleños. Y tienen una cara de culo mortal.

Soldados que esperan. Esperanzados en que no haya conflicto y que puedan volver a casa. Pero la realidad dirá otra cosa. Y los ingleses desembarcarán. Y avanzarán sobre Puerto Argentino. Y estallará la guerra:

Esta noche de verdad los vio. A los ingleses. La primera vez, en Goose Green, entre el cagazo y la distancia, no. Los había adivinado. Pero esta noche los vio. Como a tres o cuatro vio, justo en el momento en el que más se acercaron. Son más grandes que ellos. Más viejos. O parecen. Pero deben ser más grandes. Como si tuvieran todos edad de tenientes, o cosa así. Menos mal que les dieron la orden de retirarse, porque se había quedado sin balas. Tanto que se las dio de veterano con sus amigos, recomendándoles que cuidaran la munición, y el que se quedó sin balas fue él. Pelotudo.

Por suerte el Conejo y Antonio están bien. Los ubicó cuando los reagruparon, casi amaneciendo. No les pasó nada. Estaban cansados. Serios. Tensos. Como todo el mundo. Pero estaban bien. Un poco impresionados por lo de Milossi y el Piragua, porque estaban cerca de sus pozos y oyeron cómo los mataban. Primero el Piragua, que le dieron de lejos. Y después a Milossi. Lo flanquearon mientras cubría la retirada, lo mismo que Quinteros.

Ahora están pasando con el rancho, pero Carlitos no tiene ni hambre. O sí, tiene hambre, pero no tiene ganas de comer. Es raro. No quiere cruzarse con nadie. Ni con sus amigos. No quiere hablar. No quiere escuchar hablar. No quiere que nada lo ponga a pensar, aunque se la pasa pensando y pensando sin poder evitarlo.

Ahora mismo no se puede sacar de la cabeza a esos ingleses que vio. Esos tres o cuatro que venían corriendo hasta que se tiraron cuerpo a tierra. Hasta ahora no tenía claro lo que significaba la guerra. Desde que los vio, desde que les tiró los últimos tiros que le quedaban, desde que se escapó de ellos justo a tiempo para que no lo mataran, Carlitos acaba de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra.

Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo. Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que se quedan con eso que querían los unos y los otros.

Es tan simple que a Carlitos lo asombra no haberlo entendido antes. Acá están las Malvinas. Las tenían los ingleses y los argentinos se las sacaron. Por eso ahora vienen los ingleses queriendo sacárselas de vuelta y empiezan a matarse los unos a los otros. El que más mate, gana la guerra. Y el que gana la guerra, se queda con las islas.

Una duda le queda, de todos modos, a Carlitos. Y esa duda es qué pensaran en Argentina. Cuando él estaba allá no tenía la más puta idea de lo que significaba la palabra «guerra». Ahora lo entiende porque está acá. ¿Pero lo entendería si se hubiera quedado allá? Ayer en la radio escucharon que está el papa de visita. Y millones de personas van a las misas que hace el papa. Y rezan por la paz. ¿Pero por qué paz están rezando? ¿Por una paz en la que ganan la guerra o una paz en la que pierden la guerra? ¿O por una paz en la que no les importa ganar o perder la guerra?

Carlitos, inmóvil en la misma piedra en la que lleva sentado toda la mañana, se promete que si vuelve vivo nunca va a decir una palabra de la guerra. Para qué. ¿Cómo te van a entender los que no estuvieron? O peor: capaz que te quieren consolar. O peor todavía: mirá si les da por quejarse. Si les da por quejarse de que los soldados argentinos perdieron la guerra.

Escucha un chistido desde su izquierda y se da vuelta hacia ahí. El Conejo y Antonio vienen caminando. El Conejo trae un plato de lata del que sale humo.

—Tenés que comer, pelotudo —le dice mientras se aproxima.

Y la novela se llena de preguntas. Y también de certezas:

—¿Le puedo hacer una pregunta más, mi teniente?

—Ya me preguntó algo terrible, soldado —el tono de Quinteros sigue siendo ligero—. Pero dele. Pregunte.

—Vamos a perder, ¿no?

El silencio que viene después es interminable. Carlitos sabía que era una pregunta de mierda, pero la tiene repicando en la cabeza desde que volvieron de Pradera del Ganso. O desde que encontraron la balsa de los comandos ingleses. O desde que se puso a mirar con atención las caras de los oficiales en el Estado Mayor.

—Sí, soldado.

Es raro. Porque Carlitos estaba seguro de que Quinteros le iba a contestar eso, pero hasta hace cinco segundos seguía ilusionado con que le respondiera otra cosa. Igual se da cuenta de que prefiere habérselo escuchado decir al teniente y no a cualquier otro.

—¿Sabe qué me da miedo, mi teniente? Qué van a decir allá, cuando volvamos.

—¿En el continente?

—Sí. Cuando volvamos. Y hayamos perdido las islas otra vez.

Quinteros da otra pitada.

—No sé, López. Ojalá la gente se lo tome bien. Pero no sé. Capaz que no.

Ahora es Carlitos el que se lleva el cigarrillo a los labios y da una calada prolongada.

—Eso es lo que más me jode —dice Carlitos, tan abstraído en lo que están hablando que se olvida de agregar el consabido «mi teniente».

—¿Qué cosa?

—Que vinimos, nos cagamos de frío, con perdón... pero nos cagamos de frío, nos enfrentamos a estos tipos. Y cuando nos vayamos... yo me pregunto, ¿no?

—Se pregunta ¿qué?

—¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos? Eso me pregunto, teniente. Me pregunto qué quedará de nosotros. Si es que queda algo, ¿vio? En la memoria de la gente, después…

Carlitos deja la frase por la mitad. Es raro. Lo viene pensando hace un montón, pero ésta es la primera vez que lo pone en palabras. Y cuando lo sacó de su cabeza para decirlo, le sale por la mitad, todo confundido y mezclado. El teniente da otra pitada. No dice nada. Una bengala, a lo lejos, sube en el cielo y después empieza a planear hasta que su luz se extingue. Los ingleses las tiran de vez en cuando. Al principio les daba impresión saber que están tan cerca, al otro lado del valle. Ahora ya se acostumbraron.

—No sé, López. La verdad es que no lo sé.

Terminan los cigarrillos en silencio. El teniente se levanta.

—Eso sí —dice, y de nuevo la voz de Quinteros recupera una nota de buen humor—. ¿Me parece a mí, o usted también nació viejo, soldado? Demasiado pensamiento...

Carlitos sonríe en la oscuridad. Quinteros apoya los codos en el borde de la trinchera para impulsarse y sale al exterior. Le da las buenas noches y se pierde más allá.

El final es conocido, la derrota inminente. Habrá soldados que sobrevivirán. Uno será el teniente Quinteros. Lo primero que hará es acompañar. «Se las ingeniará para regresar al continente acompañando a sus soldados, ahora prisioneros. Y dentro de unos días, en Campo de Mayo, va a vestir el uniforme sin una arruga y sin una mancha y va a salir al encuentro de cada una de las familias de los soldados de la compañía para darle, a cada una, noticias de sus hijos, sus hermanos o sus novios. Va a llevar en la mano un portapapeles con la lista que incluye cada nombre de cada soldado ileso, cada soldado herido y cada soldado muerto. Y delante de cada familia va a buscar en la nómina cada nombre que le pidan, y va a compartir con ella lo que toque, el alivio, la angustia o el dolor».

Y participará de encuentros con veteranos, por más que al principio no quiera juntarse con nadie a hablar de nada de lo sucedido en las Malvinas. «Recién con el transcurso de los años cambiará de idea, y comenzará a participar de los encuentros de sus veteranos. Porque esos soldados sobrevivientes, a medida que los días y los años se empiecen a apilar unos sobre otros, van a descubrir que les hace bien verse de vez en cuando. Verse y hablar. Del presente y sobre todo del pasado. De ese pasado. Y Quinteros va a empezar a asistir a esas reuniones. En esas juntadas muchos soldados van a repetir una y otra vez sus memorias de esas noches finales del asedio y de la derrota. Quinteros no será de los que tomen la palabra. Quinteros los va a escuchar con atención, pero no va a compartir sus propios recuerdos. Ni con ellos ni con nadie. Procederá así porque él nunca fue, ni será, propenso a contar sus cosas».

Y elegirá recuerdos para sobrevivir, dos momentos extremos. «A veces elegirá acordarse de ese momento de la última noche de la guerra en la que, en la cresta de una cima abandonada, cagaron bien a tiros a la vanguardia de los ingleses y los putearon bien puteados, y por un instante sintieron que esa guerra contenía, para ellos, algo más que la derrota».

Y también el último amanecer, el del 14 de junio de 1982. El registro de tres soldados mientras caen las bombas. El Trío Los Panchos, bajo un cañoneo interminable, buscando el camino de regreso a casa.


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Con letra propia
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Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.

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Acerca de las gratitudes

¿Tenemos la oportunidad?, ¿Nos hicimos el tiempo suficiente? ¿Pudimos devolver todo lo que nos dieron a quienes estuvieron a nuestro lado? Los agradecimientos, saldos pendientes y la solidaridad son algunos de los temas que se abordan en Las gratitudes, de Delphine de Vigan, novela sobre los vínculos y la tercera edad.

En la narración, Michèle Seld —Michka— vive en su casa. Se maneja por sus propios medios, recibe visitas de vez en cuando y lee a diario Le Monde. Con un pasado de correctora y editora transita su vejez con calma. Hasta que un día no puede moverse. Y ya no puede vivir sola.

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“Demasiado lejos” y tan cerca, la novela de Malvinas de Sacheri

Agoniza marzo. Dos mozos observan la represión en Plaza de Mayo desde Casa Rosada. Hacía tiempo que no se veían cosas de estas, dice uno de ellos.

Así comienza Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri. Novela que entrelaza la vida de tres familias, un equipo diplomático cuatro parroquianos, dos mozos en Casa Rosada y la Junta Militar en una sola causa: recuperar Malvinas.

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Un triciclo contra una locomotora

Ernesto milita en el ERP y Antonio, el Cabezón, en Montoneros. El primero integra el comando Ho Chi Minh y está clandestino. El segundo, en una Unidad Básica de Combate (UBC), sin clandestinidad total y con trabajos en la superficie. Amigos desde la infancia, necesitan verse de vez en cuando. A pesar del peligro y de que no es seguro.

Nosotros dos en la tormenta, de Eduardo Sacheri, retrata la década del setenta. Personas de a pie, militantes comprometidos y otros que que viven en su mundo, pero que no pueden escapar al torbellino de una época convulsa.

Ambientada en 1975 y dividida en las estaciones del año, la novela transita entre las actividades de las células guerrilleras y la vida cotidiana. Para Antonio —en algún momento— la alegría y la esperanza de un mundo más justo, ya no es completa. Y entonces duda.

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Comer tierra y que los ojos se acostumbren a ver

En Cometierra de Dolores Reyes, la pobreza se palpa. También el asesinato de mujeres, chicas jóvenes que solo les importan a sus familias. Y también está ella, flaca, de pelo largo y que traga tierra para adivinar qué les ocurrió a las olvidadas.

«Yo agarré tierra de la lata y me la fui metiendo en la boca. La casa se me oscureció como si la hubiesen tapado con una tela negra. Tuve ganas de prender la luz para que no nos tragara la noche que la tierra había desplegado alrededor nuestro. Tan oscuro todo, tan un pozo profundo al que nunca llegaba la luz del sol, que bueno no podía ser. Cuando estaba a punto de parar, de abandonar por el miedo y abrir los ojos, empezó a irse la oscuridad, como si alguien estuviera prendiendo velas, una atrás de la otra, y los ojos se acostumbraran a ver».

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“Recibimos visitas, mejor andá a dar una vuelta”

Recibimos visitas. Recién se fueron. Mejor andá a dar una vuelta. Tres oraciones que confirman una cotidianidad violenta. Cuándo el cerco es inminente, ¿Se puede pedir ayuda a quien convive con el poder? Lo mismo se pregunta Francisco Amaro Villafuerte, delegado gremial, periodista e intelectual de eizquierda, en el gélido invierno de 1976 en Argentina, meses después del golpe de Estado.

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Una belleza simple

«Paseo por el bosquecillo de bambús.
Estamos a principios de marzo. En la sombra, quedan restos de nieve aquí y allá. Camino lentamente sobre la tierra húmeda. Las camelias rojas de corazón amarillo aparecen entre los viejos bambús de color verde grisáceo. Es una belleza simple y serena que adoro desde que era niña.
Heredé este terreno de mi padre, junto con la casa y los campos que están más arriba. Siento un gran apego por este lugar salvaje y tranquilo y me gustaría dejarlo tal cual está. No obstante, es hora de limpiarlo para sembrar nuevos bambús. Si no, se convertirá en una maleza impenetrable y la operación al final resultará muy cara, así que debo actuar pronto.».
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Sucede la vida

En Eso que pasa mientras, novela de Carlos Salgado, sucede la vida. Hugo vive con Mili, su hija de seis años y se lamenta la pérdida de Abela, su mujer. Docente y papá, transcurre sus días dando clases y atento a las necesidades de su pequeña, el centro del mundo.

Junto a Sebas y William, un enigmático colaborador, sostienen la revista El viento, con artículos sobre Filosofía e Historia, una suerte de radar y refugio contra la cotidianidad y un mundo hostil.

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Un mosaico de resignificaciones y una historia oriental en Patagonia

Guiños a a Kabawata y sus bellas durmientes, una poética de la escritura y una narrativa que hurga en los intersticios del lenguaje para consolidar una pulida historia, son los cimientos de La casa un tiempo equis, de Hernán Lasque, novela breve editada por Ediciones de La Grieta.

Ambientada entre Plottier y China Muerta, el protagonista vive en una pensión que no es una pensión, bajo el embrujo sensual de Kyoko y Mei, mientras escribe su primera novela en un cuaderno, acompañado de un maniquí.

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Junta dos cosas que no se habían juntado antes y el mundo cambia

«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante». Así comienza Niveles de vida, de Julian Barnes.

Dividida en El pecado de la altura, En lo llano y La pérdida de la profundidad, la novela nos sumerge en los retos de los primeros vuelos de globos aerostáticos, la elevación del llano a través del amor y las pérdidas amorosas o irreparables.

En la primera de sus partes, se narra los deseos aventureros que querían conquistar el cielo con sus globos aerostáticos. «La primera ascensión de la historia en un globo de hidrógeno la realizó el físico Jacques Charles el 1 de diciembre de 1783. «Cuando sentí que me alejaba de la tierra», comentó, «mi reacción no fue de placer, sino de felicidad». Fue «un sentimiento moral», desliza una voz que emparenta las historias de quienes participaron en los primeros vuelos como Fred Burnaby, miembro del Consejo de la Sociedad Aeronáutica, la actriz Sara Bernhardt, Félix Tournachon (también conocido como Nadar, por sus trabajos fotográficos) y otros aeronautas como los hermanos Godard.

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