La tecla del punto

Imagen modificada de Pixabay.

La tecla del punto se mueve inquieta en el teclado. No sé si es que pide a gritos una pausa. O que faltan pausas. Pero me mira. Nos estudiamos como dos jugadores de naipes que juegan sus últimas cartas. De redención o bancarrota.

La tecla del punto se mueve inquieta en el teclado. Algo quiere contarme. Y espero. Solo espero, como el viejo sentado en la vereda. Él habla por sus arrugas, la mirada mansa, las manos sobre el bastón, el perro a sus pies. Les sonrío al pasar y él devuelve el saludo, entornando los párpados.

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Alivio contra la ferocidad

Los veo siempre. Ella más joven, no sé si llega a los veinte años.

Él, unos diez más. Ambos limpian vidrios en la colectora de la ruta.

A pesar de la negativa generalizada no pierden la sonrisa. De tanto en tanto la piba lo llama y le estampa un beso, acaso la energía necesaria para volver a enfrentarse a la jauría de autos polarizados.

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Todavía

La miríada de excluidos se adosan a la vida cotidiana. Para contrarrestar el desamparo un hombre sin cabeza hace piruetas con un paraguas y una malabarista juega con un sinnúmero de pelotas. Ninguna se cae. Tareas brillantes que requieren de precisión y la noción del tiempo que imponen los semáforos.

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Maullidos contra la indolencia

Cinco de la mañana.

Una de mis gatas y su maullido lastimero al mundo. Todos los días a la misma hora, un reclamo que no termino de comprender, aunque basta mirar alrededor para entender su inconformismo.

El cuerpo, sus facturas. Hoy fue indulgente con el dolor.

Sostiene Juan Mattio: “Hace unas semanas leí una frase de Joyce a Nora que me deslumbró: “dime que a mi lado no has visto tu corazón envejecer ni endurecerse”. Creo que es la forma de amor más exigente que se pueda concebir: que el amor no envejezca nuestros corazones”. Acaso allí apunta la queja de mi gata. “Hay que endurecerse sin perder la ternura”, el Che, en la misma sintonía.

Maullidos contra la indolencia, que la empatía no sea una batalla perdida.

Inundar el mundo de revoluciones, pianistas utópicos y minués inconclusos, planteó Soriano.

Demasiado tiempo sin escribir, sin escucharme. Ahí también una queja del cuerpo.

Sopla el viento

Aridez. Silencio. Dolores. El cuerpo y sus quejas.

Los pájaros y sus trinos. La ciudad y la furia.

Lista de palabras para eludir el cerco de lo real.

«¿Te puedo molestar?».

Quebrar el mutismo, una apuesta que parece imposible.

«Necesito llegar a Choele y el pasaje sale trescientos pesos».

Mira a la nada como adivinando mi respuesta. Cuidate, le digo.

Sopla el viento, no se lleva la angustia ni su desamparo.

Ya no llueve

Y uno piensa en los traspiés. O es la llovizna sobre el techo de chapa, la jauría de autos, la soledad de las ciudades.

La inmediatez de lo cotidiano. Una estación de trenes abandonada y cubierta de yuyos, la espera de la muerte, la angustia de sentirse vivo.

En la calle vendedores de bolsitas de residuos, alfajores y pañuelos se confunden con malabaristas. Un barbijo pisoteado, la mirada del oficial de policía. La ciudad y sus prisas, instantáneas de un flâneur en pandemia.

Rodeos y más rodeos para entrarle al hueso, la vida eso que sucede mientras no nos damos cuenta, los «debiera» que no cumplimos, los pequeños triunfos que celebramos en silencio.

Ya no llueve. Por lo menos desde el cielo.

Esta es la nueva forma de vivir

Foto: Facebook Ministerio de Salud, Neuquén.

Colegio Don Bosco, 17 horas, tarea incansable de voluntarios y voluntarias. Celeridad. Filas y filas de personas sentadas que esperamos una segunda dosis. De vez en cuando aplausos.

Pasó apenas media hora, me toca el vacunatorio dos. “¿Cómo les fue con la primera?”, pregunta una de las vacunadoras. “Tengo una mala noticia, los síntomas se repiten”, bromea. Alguien pregunta por tomar alcohol, “sé que hoy juegan Boca y River, pero un vaso, no se pasen”.

Un pinchazo apenas y en el mismo brazo, el menos útil por si hay molestias posteriores. “Yo no, prefiero el otro -dice una señora- para tener un huevo en cada brazo”. Risas. La certeza de que es el lugar donde hay que estar, para terminar con esta pesadilla. “Para volver a ser felices”, pienso bordeando un discurso de púlpito. Me lo creo, a pesar de, desoyendo a, optimismo pos vacunado.

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Cuál es tu guerra

—¿Cuál es tu guerra?

—La guerra es contra el olvido. O el paso del tiempo.

—¿Te parece?

Asentí. —Me parecen los enemigos a vencer.

Estábamos sentados en un parque con bancos de madera y leyendas adolescentes.

—¿Y la tuya? —pregunté.

Me miraste desde un fondo oscuro. —Detesto la hipocresía, las convenciones, hubo una época que temí a los tatuajes.

Recostamos cabezas y oí las respiraciones entrelazadas. La brisa traía una armónica que rompía la siesta del domingo.

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De lo que contás no conocemos nada

No recibí tu carta. ¿Cómo transito el sábado?. ¿Pudiste resolver aquel asunto? Espero que sí. Y que Fabi esté mejor de salud.

Del pueblo te diré que no ha cambiado demasiado en un mes. Se fue Elvira, bueno, se iba yendo desde hace rato. Quizás es mejor. No recuerdo si fue el miércoles o el viernes. Evitó mirarme, mientras se cargaba la mochila al hombro y no se quitaba los auriculares.

Solo quedamos viejos.

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