Guerra de aplausos

Viento y tierra. No podía ser de otra manera. Un audio falso sobre vacunas que podían vencerse, la desmentida de Salud y la ampliación del rango etario para persona sin factores de riesgo. Así llegué al Ruca Che, estadio de partidos de básquet, recitales y mitines políticos.

La cola en el playón exterior desalienta a más de uno. Carteles señalando el camino a calle Concordia y filas y filas de personas hasta llegar al ingreso. «Documento en mano, domicilio en Neuquén y certificados si son personas de riesgo», dice una de las organizadoras.

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La cofradía de los nadies

Silba cada vez que las pelotas suben al cielo y caen en forma de malabares. A veces cambia de esquina, repasa rutinas, inventa otras. Las tres o cuatro esferas de plástico se niegan a tocar el suelo y acompañan su habilidad.

La indiferencia lacera. La contrarresta con trabajo, piruetas y una nariz de payaso.
Lo acompaña una mujer vieja abrazada a un termo roto y un mate. De vez en cuando lo aplaude y él agradece con una reverencia.
La cofradía de los nadies, el desafío al tráfico y los bocinazos.

Imagen de Charles Jennings en Pixabay

Espectros

Ellos estaban ahí. Los veía a veces, cuando prestaba atención. Iban en silencio, con sus ropas gastadas y rostros diferentes. Muchos eran pálidos como la luna. Fríos. Detenidos en una época que no era la suya y que no les tenía compasión. Otros todavía conservaban algún brillo en la mirada, como si mantuvieran la esperanza.
 A veces pienso que era el único que los veía. De reojo. No es agradable mirar a un fantasma de frente. Uno se queda mudo, sin palabras. Y sin palabras no hay respuestas. Sólo gestos atónitos. Cuando me los cruzaba en la calle y me cortaban el paso, se corrían como buenos espectros. Muchos caminaban encorvados, acaso sin comprender el azar caprichoso que los había depositado entre dos mundos sin pertenecer a ninguno, olvidados por los vivos e indiferentes a los muertos.
Solo sé que me daban miedo. Miedo a ser como ellos. Aparecían en la madrugada o con las primeras luces del día. Arrastraban los pies con el sonido triste de los condenados y se mezclaban entre nosotros, taciturnos, con sus rostros de piedra, congelados en el recuerdo de tiempos mejores.
¿Será aquí?
Sí. No hay dudas, la fila es inmensa, como todos los días. Releo el aviso y doblo el diario bajo mi brazo. Una vidriera luminosa devuelve mi figura fantasmal, la de un desocupado más.
(Texto viejo, con leves correcciones).

Deambular

Deambular por la calle, escuchar voces ajenas, deseos de otros, charlas, enojos.
Caminar entre vendedores que buscan la diaria en cada esquina.
Deambular como si hubiese alternativas. Atajos contra el tiempo, aliviar la espera.
Allá el río, aquí la soledad en la marea humana.
Una librería y sus saldos, similares al cielo encapotado.
Un trueno.
Una tonada venezolana o colombiana que habla por teléfono, muy bella pero que contrasta con sus rasgos de tristeza y exilio.
Flâneur que recoge imágenes, olores, voces, un nadie de lujo en una ciudad viva. Y ajena a veces, por qué no.
El banco como reparo, pausa y tregua.

La pregunta

El sereno le alcanza un mate entre los espacios de un alambrado que separa dos mundos.
El otro acepta con un gesto de cabeza y comenta algo sobre el frío. Aprieta la calabaza con las dos manos, deja que el calor lo abrigue por un instante, demora la devolución del convite.

El alambrado divide unos pocos pesos del abismo, sobrevivir o deambular en agonía, la ocupación del no pertenecer, el trabajo de su falta.
Devuelve el mate y pregunta de nuevo. Debe preguntar, a pesar de que conoce la respuesta.
No hay vacantes advierte el cartel en la puerta del edificio en construcción.

Malabares en silencio

Pero hay un tipo de silencio que es casi tan fuerte como un grito. Eso fue lo que conseguí. Un silencio a todo mi alrededor, denso y total, oí correr el agua en la cocina. En el exterior, oí el ruido sordo de un periódico doblado al golpear la avenida, y luego el silbar suave, desafinado, del chico que se alejaba otra vez en su bicicleta*

Rumiaba pensamientos cuando lo vi. No más de diez años y con un talento inalcanzable lanzaba bastones al aire. Tres. Con uno en cada mano hacía girar a su antojo el tercero, que oscilaba arriba y abajo sin caerse, rodaba hacia los extremos, para volar y reiniciar la danza en plena calle. No más de diez años. Malabares para sobrevivir, el gesto serio y concentrado. Casi nada de juego, toda necesidad. Ni siquiera mi aplauso le robó una sonrisa.
Bocinazos, la furia por el espejo retrovisor ante mi demora. El enojo contra el par y la complacencia con bandoleros que reclaman esfuerzos mientras se empeñan en pisotearte los derechos. No ve el que no quiere. O no le conviene. O calla y lo aprueba.
Siguen los bocinazos. “Gracias”, dice el pibe. Retomo la marcha, desoigo los insultos del automovilista que venía detrás. Malabares para sobrevivir, pero no juega. Llego a casa, lo escribo, no lo publico, el lujo del flâneur  y el estómago lleno.
Quizás lo mejor es un blog sin entradas nuevas.
Hasta que el silencio grita.
(*) Chandler, Raymond, “El largo adiós”, 1953, Traducción: José Luis López Muñoz, edición digital.