Jubilado de la mínima

Camino por una ciudad abandonada (tentado de escribir arrasada). Es lunes, pero no lo parece. Solo veo desamparados, desposeídos de toda fe como limpiavidrios, motos de mensajería, algún que otro adolescente.

Un centro como grotesca película de terror. El banco parece un buen lugar para leer.

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Anotaciones de otoño. Esto pasará

Foto: Plan B Noticias

La voz rezuma angustia, acorde a los tiempos que corren.

Les quitaron las pensiones a un matrimonio de personas con hipoacusia. Vinieron acá, junto al empleado del banco que no pudo pagarles, a preguntar por qué. Y no tenemos respuestas, porque ni siquiera hay un delegado nacional que dé la cara por estas decisiones, cuenta una voz en Anses, la que se salvó de los despidos.

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Escribo en penumbras

Es una nana que se aloja en el esternón o en el estómago, depende de su humor.

A veces, esa nana duele más. En otras, se la ignora con el trajín diario, hasta que la trompada es tan fuerte que no podeś levantarte de la cama.

Escribo en penumbras. Casi como el país, veo al futuro repetir el pasado/veo un museo de grandes novedades. Algo así.

Hoy me desperté con esa opresión. Colabora un día gris. Parece que va a llover.

Quizás debiera escribir sobre la imposibilidad de escribir, la cerrazón de las palabras, el cacheteo diario de la realidad. O debiera cambiar de lecturas, apostar a Corin Tellado.

Sí debiera asistir a eventos y no quedar como un ingrato. Menos mal que queda el arte contra un afuera tan noventa y de espanto. Desconfiar de la palabra resistencia. Contragolpe. O contraataque, quizás.

Mi gata oye el tamborilear en el teclado y se sienta a mi lado, casi montando guardia. Ya hizo su recorrida, espantó gatos ajenos (y propios). Ahora descansa.

Afuera una claridad llana toma forma de día.

Son treinta mil. Las políticas de Memoria Verdad y Justicia encarcelaron a miserables que torturaron y asesinaron personas, robaron bebés, picanearon y violaron mujeres. Ocupar la calle el 24 de marzo contra el Terrorismo de Estado. No discutir con negacionistas, ni dejarse avasallar por ignorantes.

Manifestarse para no olvidar una realidad podrida que te hacía saber y sentir que estabas a la intemperie, en descampado y rodeado de animales feroces (*). También para construir hacia adelante, desde el llano. Y para eso hay que caminar, empecinados en no aceptar esa realidad egoísta, asfixiante, cruel.

Empecinarse. Escribir es empecinarse también.

«… lo que se incluye en todo relato son miradas, evocaciones de lecturas, sueños, informes fragmentarios de acontecimientos que pudieron suceder y que en verdad no importa si sucedieron a no, porque en la literatura lo interesante no está en lo verídico sino en lo posible. Que es más estimulante. Somos en este sentido Barteblys, sujetos que son más enigma y empecinamiento que obra.».(*). Hermosa novela a la que le demoro el final, quizás para no sentirme desamparado, como sucede con las buenas obras.

Las penumbras se alejan, al menos las del día.

(*) Citas y fragmentos de Esto nunca existió, de Mempo Giardinelli, Edhasa, 2022.

Muchachos

Vi Muchachos. Emotiva conmemoración. Pocos espectadores en un cine vacío. Lo que más me sorprendió fue que no hubo aplausos, el silencio cuando finalizó la película. Parecen tan lejanos los festejos. Otras cosas preocupan. La motosierra empuja a todos a la pobreza y buscan imponer la indigencia a palazos. No les será tan sencillo.

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Caminar al abismo como vacas ciegas

Apareció entre las hojas de un libro. Era un barco de papel aplastado. Tiré de las puntas con delicadeza y se abrió listo a flotar, no sin evocar recuerdos de origamis por la casa; encallados en la mesa, bajo la almohada, en bolsillos sin un peso, pero sostenidos «por el corazón sobre todo», canta Estelares.

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La diaria

Cuando llueve, el bidón queda escondido en un árbol o bajo los ligustros. De nada valdría dejar la casilla de cartón, donde la barda marca el fin del mundo y el calor del cuerpo de la China es el mejor plan. Pero el abrazo no alcanza para arrimar algo a la olla y hay que salir igual a hacerse la diaria.

Se encapucha y cierra la campera ligera, de buzo, descosida en los puños, El abrigo es una humorada y camina las cuadras que lo separan de la parada del ómnibus.

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Entrever (o anotaciones de invierno)

El campo es una herida absurda, agazapada, una inmensidad que no tiene fin, que de alguna manera siempre retorna.

«Después de cruzar el campo ondulado -al frente y por ambos lados- la tierra tan lejos como alcanzaba la vista, mostrábase absolutamente plana, en todas partes verde por los pastos invernales, pero sin flores en esa época del año y con resplandores de agua en toda su extensión.

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Azami

«Azami. Esa flor me parece única, con su forma peculiar y su color violeta. No se suele regalar a causa de las espinas puntiagudas que cubren sus hojas. Una flor bastante inabordable».(*), válida para el deseo, la aventura de los cuerpos.

También para la mano, su trazo en el papel, la correría de un texto.

Cubrirse el rostro con las manos. Abrir los ojos. Hurgar entre las sombras.

Sostener(se).

A diario.

(*) Azami, El club de Mitzuko, de Aki Shimazaki, traducción de Íñigo Jáuregui, edición digital).

Foto: Pixabay.

Al borde de la cornisa

Y uno bucea en textos que alivien el día, arrastren las penas, las escurran por las alcantarillas.

A veces, las lecturas dan una mano.

«… y la chatura de la pampa le pareció una forma de silencio, o mejor dicho, la otra cara del silencio que él nunca había visto. Hasta los pájaros hablaban en otro idioma y entre ellos.»*

Silencio ante tanto bullicio.

Un viejo poema proclamaba defender la alegría como una trinchera. Alguien se planta y pide recuperar palabras. Ternura es una de ellas.

Una protagonista y el asilo en un barrio de librerías para refugiarse del dolor.

—Y cuéntame, ¿qué has aprendido viajando y leyendo?

—Muchas cosas. A fuerza de viajar y de leer siempre me convencía de que no sabía nada. Así es la vida. Una duda continua. ¿No había una poesía de Taneda Santōka que hablaba de ello? «Te haces camino entre los montes y solo encuentras otros montes».**

En otras ocasiones no hay lecturas que alcancen y la vida muestra toda su ferocidad. Solo basta mirar alrededor para darse cuenta.

Y uno transita por el borde de esa cornisa diaria.

(*) Kamiya, Alejandra, en el cuento La garza, en La paciencia del agua sobre cada piedra, 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2023. Libro digital, EPUB.

(**) Yagisawa Satoshi, Mis días en la librería Morisaki, edición digital.

Cuídese, hay muchos locos en la ruta

Lo primero que vi fue la botella plástica con agua y detergente. Luego la mochila. No eran más de las siete de la mañana.

La voz me sorprendió. “Pensé que ibas a cerrar la ventanilla, no quise asustarte”, dice. “No te preocupes”, repliqué.

“Gracias. Vivo en situación de calle y trato de darle para adelante. ¿Sabés que mucha gente mira para otro lado cuando me acerco? Apenas me ven, se hacen los que consultan el celular, o me dan vuelta la cara, como si fuera a robarles. Si pensara eso, no estaría trabajando”, argumenta y me muestra la escobilla.

“Otras veces levantan el vidrio y miran para adelante, como si no existiera o no estuviera acá. Cuídese y que tenga un buen día, hay muchos locos en la ruta”.

(Palabras más, palabras menos, lunes 13 de marzo).

Y me recordó a otro texto:

Alivio contra la ferocidad – Con letra propia