La manera en que los chorlitos gritan adiós. La manera en que el zorro muerto sigue mirando hacia abajo en la colina con un ojo abierto. La manera en que caen las hojas, y luego la larga espera. La manera en que alguien dice: no nos veremos más. La manera en que el moho mancha el pastel, la manera en que la acidez se apodera de la crema. La manera en que corre el agua del río para no volver. La manera en que los días se van para no volver. La manera en que alguien regresa, mas solo en un sueño.
Varios textos que hablan de la alegría, como una trinchera para los tiempos en que te quieren desanimado.
No dudes
Si de repente y sin esperarlo sientes alegría, no dudes. Entrégate a ello. Hay muchas vidas y ciudades enteras destruidas o a punto de serlo. No somos sabios y no muy a menudo amables. Y demasiado no podrá ser nunca redimido. Aun así, la vida aún tiene alguna posibilidad. Quizás esta sea la manera de combatirlo, que a veces algo ocurre mejor que todas las riquezas o el poder del mundo. Podría ser cualquier cosa, pero muy probablemente lo percibes en el momento en que el amor empieza. Sea como sea, ese es a menudo el caso. De todos modos, sea lo que fuere, no temas su abundancia. La alegría no está hecha para ser una migaja.
De Mary Oliver, en “Cisne” (2010)
Uno más conocido:
Defensa de la Alegría
Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y las definitivas
defender la alegría como un principio defenderla del pasmo y las pesadillas de los neutrales y de los neutrones de las dulces infamias y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera defenderla del rayo y la melancolía de los ingenuos y de los canallas de la retórica y los paros cardiacos de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino defenderla del fuego y de los bomberos de los suicidas y los homicidas de las vacaciones y del agobio de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza defenderla del óxido y la roña de la famosa pátina del tiempo del relente y del oportunismo de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho defenderla de dios y del invierno de las mayúsculas y de la muerte de los apellidos y las lástimas del azar y también de la alegría
De Mario Benedetti, en “Botella al mar”
Otro de Mary Oliver
Temblamos de alegría
Temblamos de alegría, temblamos de pena Qué temporadas pasan, esas dos acogidas como están en el mismo cuerpo.
«…y en algún momento te escribí algo que terminaba ¿podremos sobrevivir al olvido? y tuve un presentimiento que me dejó desnuda: apenas me quedaban aquellos recuerdos que todos tienen —una fiesta, una noche de verano caminando interminablemente— , los más fáciles de recordar. Tal vez quede eso para siempre porque el resto es un hueco negro que se extiende y se ensancha con los bordes rojizos, como un collar de brasas minúsculas que te comen los ojos y la boca y ya no solo desaparece tu sonrisa sino que vas desapareciendo vos. Desde anoche te deshacías con mayor facilidad, tan rápido».
Sylvia Iparraguirre en «Lejos de Buenos Aires», en «Cuentos reunidos», edición digital.
«¿Por qué la poesía siempre me parece un trabajo del alma mucho más real que la prosa? Nunca me siento exultante tras escribir una página en prosa, por muy buena que sea y muy concentrado que haya sido mi empeño, y por mucho que la imaginación, como en el caso de las novelas, se haya comprometido en el proceso.
Tal vez se deba a que la prosa es aprendida y la poesía, dada. Ambas pueden ser revisadas casi indefinidamente. No quiero decir con esto, que no trabaje al escribir poesía. Cuando estoy realmente inspirada, puedo escribir cien borradores de un mismo poema y mantener el entusiasmo. Sin embargo, esa batalla sostenida solo es posible cuando me hallo en un estado de gracia, cuando los canales más profundos están abiertos, cuando estos y yo nos encontramos en un hondo movimiento en equilibrio. Entonces, la poesía acude como regalo de unos poderes que sobrepasan mi voluntad.
Muchas veces he pensado que, si prolongara indefinidamente este solitario confinamiento, y supiera que nadie iba a leer cuanto he escrito, seguiría escribiendo poesía, pero ya no escribiría novelas. ¿Por qué? Quizás porque el poema es, de una forma primigenia, un diálogo con el yo, mientras que la novela es un diálogo con otros. Ambos proceden de formas de ser completamente distintas.
Supongo que he escrito novelas para averiguar qué pensaba acerca de algo, y he escrito poemas para averiguar qué sentía acerca de algo».
Reviso unos borradores. Hay uno al que le tengo más fe. Pero no sé su comienzo. Y lo necesito para no continuar con la escritura fragmentaria, un anclaje que ordene o —al menos aparente— encausar el desorden de palabras que llegan a cuentagotas.
Mientras tanto leo. Siempre leo. Poesía y narrativa. La ilusión de que la lectura puede contagiar la escritura.
En su ensayo Nagori, la poeta, escritora y traductora japonesa, Ryoko Sekiguchi, se explaya sobre la relación de su pueblo con las estaciones. En el libro, entre otros tópicos, plantea tres términos diferentes para describir en qué estado de la estacionalidad se encuentra un alimento: hashiri, sakari y nagori,que designan, respectivamente, el equivalente a «primeros frutos», a «plena temporada», y el último, nagori, al final de la temporada, «la nostalgia por la estación que termina».
Últimamente, las lecturas van por los deseos. Pulsiones de vida, resistencias posibles —pienso en otra palabra menos bastardeada que todavía no se arrima— contra las pulsiones de muerte que impulsan una desintegración social.
Estrategias y pequeños deseos. Contra lo ordinario.
Contra lo ordinario
Nadie ha podido demostrar hasta ahora de manera fehaciente que los pequeños deseos son más fáciles de conseguir que los grandes. Solo se ha podido demostrar de manera fehaciente que son más numerosos.
El poema es de Cristina Peri Rossi, en «Estrategias del deseo», edición digital.
El mundo estaba lleno de cosas con las que no podía reconciliarse.
El cuerpo de un indigente hallado muerto en el banco de una plaza bajo varias capas de papel de periódico un día claro de primavera; los ojos apagados de la gente que viaja en el metro a última hora de la noche, mirando hacia otro lado mientras se rozan sus hombros sudorosos; el interminable desfile de coches sobre la autopista, con las luces rojas de los faros traseros encendidas un día de tormenta; los días que se suceden uno tras otro, arañados por miles de afilados patines de hielo; los cuerpos, que se desmoronan tan fácilmente; el intercambio de bromas tontas y endebles que se dicen para hacernos olvidar todo eso; las palabras que escribimos con fuerza sobre el papel para que nada quede en el olvido; y la fetidez que emana de esas palabras como espuma putrefacta.
Leo a Rosa Luxemburgo, que deambula por patios de cárceles, pensando en flores y jardines, reclamando por derechos para las mujeres, pintando óleos, recopilando flores en cuadernos (más de 250 plantas registradas en herbarios, confiesa en 1915).
Rosa, la que recuerda, la que recibe lluvia de pétalos, escribe cartas además de ensayos y se deja llevar por la brisa, «hacia un extraño estado de ánimo».