De lo que contás no conocemos nada

No recibí tu carta. ¿Cómo transito el sábado?. ¿Pudiste resolver aquel asunto? Espero que sí. Y que Fabi esté mejor de salud.

Del pueblo te diré que no ha cambiado demasiado en un mes. Se fue Elvira, bueno, se iba yendo desde hace rato. Quizás es mejor. No recuerdo si fue el miércoles o el viernes. Evitó mirarme, mientras se cargaba la mochila al hombro y no se quitaba los auriculares.

Solo quedamos viejos.

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Libros en los escalones (audio) por AM750 Neuquén

Invitado por el poeta, escritor y periodista Gerardo Burton, participé de “Viento Terco”, un espacio de música y palabras de la Patagonia, con el relato Libros en los escalones.

El micro radial fue emitido por la AM750 de Neuquén capital

Comparto el audio. Y gracias por la invitación.

Libros en los escalones

La casa estaba cubierta de pastos altos y el silencio era interrumpido por chajás, grillos y gorriones. Ernesto miró la llave y se preguntó si debía entrar. ¿Qué vas a hacer ahí? Necesito volver, fue la respuesta. La cerradura cedió.

Sus pasos profanaron la tranquilidad de los fantasmas si es que todavía quedaba alguno. Dejó el bolso en una de las sillas y espantó una fina capa de polvo. La llave de luz está en el pasillo, recordó.

Un pájaro pasó ante el sol y produjo un parpadeo extraño. ¿Le pareció o el ambiente tenía su olor? Intentó en no pensar en los días finales, aunque él estaba convencido que La Elisa, como le decían en la villa, había empezado a irse con los gritos de los secuestradores y la vajilla rota mientras él se agarraba a la pollera de su madre. Siguieron vivos gracias al cura y la solidaridad de algunos vecinos.

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El colectivo abandonado

Por fin llovió. Las nubes plomizas están a punto de aplastarme. Alicia se echa a mi lado agitada. A pesar de los años, insiste en acompañarme y disfruta del paseo.

Llego hasta el colectivo abandonado, en ese punto de la ciudad donde comienza el campo y la frontera desdibuja límites, da pie a los interrogantes, profundiza los secretos.

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El sonido de las teclas

Caro teclea rápido. Hosca en las mañanas, está enojada con su padre por no haber resistido a la muerte y dejarse vencer por una sensibilidad vana en un mundo de fieras y cazadores.

Un café recargado y varios minutos en silencio parecen ser la medida justa para entablar algún diálogo que no sea respondido con gruñidos o monosílabos. A pesar de sus tatuajes y el negro en la vestimenta, abraza y protege. O atenaza y destruye, como si tuviera dos personalidades.

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La joven en los escombros

Lo que te cuento ocurrió hace tiempo, en una vieja ciudad sin nombre pero siempre en guerra. Nos encontrábamos junto a un grupo de colegas, intercambiando rollos fotográficos y comida cuando pasó frente a nosotros una mujer vestida de negro. Llevaba un niño muerto en sus brazos.

La joven venía tropezándose entre la maraña de escombros. La vista perdida. Mirada de hielo; la resignación adherida a la piel. Instantáneamente tomé la cámara e hice unas tomas. ¿Ataques de conciencia? Alguno, pero alcanzaba con responderme que alguien debía retratar estas miserias. Alcanzaba entonces.
Ella no tendría más de 20 años y caminaba entre los saldos del bombardeo en una ciudad tomada por los muertos y las ratas que pululaban por el suelo. Sobre la cabeza del niño  zumbaban moscardones verdes. Enfoqué el lente y disparé tres o cuatro veces. En la última toma, la mujer me miró y  sus ojos negros me hicieron retroceder unos pasos. Al instante giró su cabeza a la derecha y murmuró por lo bajo. Noté que se quedaba en silencio y asentía. Esa sonrisa era el refugio de su locura.
Llegué al hotel y luego de una ducha rápida improvisé mi laboratorio en el baño. Lentamente, la cubeta me reveló los ecos de día y la figura de de la mujer con el niño en sus brazos. A su derecha comenzaba a gestarse una forma tenue, vestida de militar. Colgaba un fusil en el hombro y parecía escucharla con atención.
Algo andaba mal.
Pensé en una superposición de imágenes pero no recordaba haber visto ningún soldado. En la toma en primer plano él le susurraba al oído y ella sonreía, mirando a la cámara. De más está decir que su mirada me persiguió durante muchos años, pero conseguí que el olvido echara un manto de piedad y continué con mi vida.
Hasta que hoy la vi cruzar la ciudad arrasada por el bombardeo norteamericano.
Las mismas ropas, el niño en brazos, los gestos conocidos. Idéntico resultado si tomaba unas fotos. Pero no lo hice, la seguí con la mirada hasta que se perdió en la orilla del horizonte.
(P.D.: Relata muy viejo. Solo le cambié el título. Publicado en la Antología del Círculo de Escritores del Comahue, 2010).

Imagen de Michal Jarmoluk en Pixabay

Aproximaciones al mar V

Fue un despertar cálido, una cercanía que se fue esfumando con el correr de los minutos.
Últimamente regresás en sueños, pliegues y arrugas de un lecho desordenado y vacío.

¿Había olas, arena, estrellas mironas, tus hombros sin breteles?. No estoy seguro. Sí que fue un verano inolvidable, a pesar de mi resistencia al mar.
De los días felices quedó tu olor salino, las caminatas por la playa, las carcajadas. También los silencios de penas que no contabas, miradas a las que debí prestar atención.
Por ahora no pienso regresar. Para qué, si ahí no hay nada.
Aquí adivino las montañas, el lago, el espacio al que huí para que las olas no trajeran tu nombre.
Puedo decir que todavía respiro, trabajo. Hasta voy al cine. Me pregunto si vivo.
Clarea y la luz despeja la insensatez de acompañarte.

Aproximaciones al mar III, aquí y  IV, acá

Sed

Hubo una pausa. Una más entre la risa y el choque de vasos jubilosos.  Y se dio cuenta. Una señal de alarma, leve, imperceptible como la brisa que se colaba bajo la puerta, persistente y letal.
El trago sabía a celada premeditada, como la suya a su mujer, que lo esperaba en vela mientras él andaba de juerga con los amigos. Con el sueldo recién cobrado bastó una llamada para encontrarse con el Gitano y el Chino; en cuestión de minutos la segunda ronda de cervezas saturaba la mesa y elevaba las discusiones, que no llegaban a mayores gracias a una complicidad tácita entre los parroquianos.

El bar cerró y el Gitano que apenas se mantenía en pie se despidió con un cabeceo indefinido que podía ser un saludo o el peso de la borrachera que lo arrastraba hacia el asfalto. Fue entonces cuando el Chino le propuso visitar a unos cumpas, en el otro extremo de la ciudad. El Negro dudó. Se acercaba la medianoche y la vuelta a casa parecía una travesía interminable. El Chino insistió, hasta era posible que consiguieran unos cuerpos cálidos. Todo atisbo de resistencia se derrumbó ante la promesa de un convite amoroso.
Un taxi que pagó de su bolsillo, una casilla de cartón, caras difusas, voces ásperas de tabaco y desconfianza y unas partidas de naipes coparon la parada. Uno de los dueños de casa trajo la damajuana y llenó los vasos, el mismo vaso que él había dejado intacto desde que aquella señal de alarma se encendió en su interior.
Miró alrededor: el Chino había desaparecido. —Truco —dijo arrojando el as de espada sobre la mesa. Oyó su voz dura y amenazadora. —¿Algún problema amigo?.
—¿Dónde está El Chino? —preguntó.
—En el baño —contestó una figura maciza y retacona. —Quiero retruco —agregó.
—Juegue nomás —respondió el Negro.
Los jugadores descartaron las cartas de menor valor y lo miraron.
—Quiero vale cuatro —dijo y empujó la mesa contra la figura retacona. Vio el brillo de unas navajas y unos tajos que esquivó con destreza. Alguien lo tomó por detrás y su codo destrozó una nariz; un gancho certero – reflejo de su época de boxeador – se estrelló contra un mentón barbudo y la situación que parecía tan adversa se emparejó con dos contrincantes menos.
Miró a los tres restantes. Estaban aturdidos, quizá sorprendidos por su agilidad y lucidez. No sabían, nunca podrían saberlo que él era un hombre avisado en trampas y ratoneras. Blandió un cuchillo que encontró en el suelo y los esperó. “Tranquilo amigo”, dijo la figura retacona.
—¿Dónde está el Chino? —repitió.
– En la pieza, durmiendo la mona – dijo otro.
—Díganle que el Negro está muerto para él. Que la próxima vez que lo vea lo tajeo como a un perro.
Retrocedió unos pasos y llegó hasta la puerta. Los hombres lo siguieron con la mirada. Supo, por el brillo de sus pupilas, que no lo seguirían. No tenían pasta de valientes. Sólo de ventajeros.
Cuando llegó a su rancho vio el corte en el abdomen y se dio cuenta de que el calor que se le escapaba por el vientre no era su bronca, ni siquiera el reproche por haber caído en una trampa tan burda, era la vida que le jugaba otra mala pasada. Una más.
—Estoy cansado —le dijo a su mujer  y agregó: —Tomá y perdoname.
Tiró los billetes sobre la mesa. Iba a completar la frase con otra promesa de que no bebería tanto pero no pudo hacerlo. El mundo se convirtió en una cortina negra y silenciosa que lo arrastraba a su piso alisado y sin mosaicos.

Cuando despertó, un enfermero amable cambiaba la bolsa de suero y le sonreía con delicadeza. —Bienvenido—dijo a modo de saludo. El Negro devolvió la sonrisa y supo que estaba de regreso.
(Publicado en la Antología del Círculo de Escritores del Comahue, 2010).

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El otro día, en el cole. Dos hombres,  un cartón de vino, casi una pelea con un vendedor de alfajores. Desesperados contra desesperados, infiernos entre pares.

Me acordé de este cuento

Diálogo en la lluvia

Diluvia. Desde hace horas. Los transeúntes cruzan las calles convertidas en una suerte de Venecia renacentista en decadencia. Algunos se resignan y se quitan los zapatos. Otras insinúan la belleza de los pies a través de las medias. Hay prisa en los andares y nadie me ve, pese a que estoy siempre en la misma esquina.

A veces temo que la indiferencia me haga enloquecer. ¿Estoy vivo? Es una pregunta que me hago a diario y cuando la duda corroe el estómago y se aloja en mi cabeza, cruzo al negocio de enfrente, para ver mi rostro en una vidriera de ropa cara y trabajo esclavo.

El reflejo devuelve una barba acorde con la indiferencia de la sociedad y el niste opaco de la exclusión. Si no fuera por mis ojos, juraría que estoy muerto. A lo mejor lo estoy y no me doy cuenta. Aventuro que comencé a apagarme cuando me dejaste. No era para menos. Luego de que la fábrica cerrara y nos dejara a todos en la calle, se hizo cuesta arriba conseguir un nuevo empleo. Por lo menos uno que tuviera una pizca de dignidad.

Pero se inició antes. Cuando desguazaron las oficinas en el centro y llegaron aquellos consultores jóvenes hablando de globalización, reconversión productiva, competitividad, altos costos laborales. Debí darme cuenta que no había espacio para mí en ese esquema.

De pronto, esa vida a la que estábamos acostumbrados se esfumó entre los dedos, casi como el agua que desemboca en esta alcantarilla y acorraló lo poco que quedaba de nosotros. Una tarde regresé a casa, agotado de colas con desocupados y el cualquier cosa, le avisamos.

Me sorprendió oír el fluir del agua. Hasta que mis pies chapotearon sobre los cerámicos. No era bueno. No podía serlo. Y allí estabas: recostada en una bañera teñida de rojo. Horas que prefiero no recordar pero que esta lluvia y la corriente se empecinan en traer a mi memoria.

Luego quedó tu ausencia. Palpable, pedregosa, implacable. Lo terrible de la falta es el silencio, que tratamos de exorcizar con música, mascotas, paseos, voces. ¿Habrá algún espacio habitado por recuerdos olvidados, que arrastren lo cotidiano, aquello que nos hace nosotros?

Me preguntarás cómo se sigue adelante. No lo sé. La insana tozudez de algunos para no rendirnos. Malvendí el departamento (al fin y al cabo, son pocos los que deciden vivir en un sitio habitado por la muerte) y me recluí en una pensión de dudosa reputación, a la que regreso por las noches, mientras en el día deambulo por una ciudad cada vez más ajena, como todas cuando pierden la razón de nuestra llegada.

Regreso a la pensión (pido disculpas si estoy más errático que de costumbre), si vieras las historias que hay allí; a vos, que te gustaba contarlas. ¿Sabés? Hay días en que la tentación de acompañarte es tan grande que salgo con desesperación a la calle, a ver si algún conductor imprudente me hace el favor. Pero no he tenido suerte. Y mirá que hay bestias al volante.

Extraño los trenes. Una vía sólida nos trajo hasta aquí pero enmudeció desde hace tiempo. A veces me siento en el andén y espero. Solo espero. Hay otros días, menos oscuros, con un destello de ilusión donde me siento extrañamente vivo. A ellos también me aferro para no ceder. Además, sé que te enojarías mucho si me ves llegar, dónde sea que estés. O no. Jugar con la tentación de la muerte es una forma de estar vivo.

Diluvia. Desde hace horas. Y aunque no lo hiciera, seguiríamos dialogando ¿No?, un esbozo de sentido que roza la locura pero que todavía me mantiene en pie, mientras hurgo entre las bolsas de basura, en estas calles convertidas en una suerte de Venecia renacentista en decadencia.

(Texto del 2014, con algunas correcciones).

Imagen de Benfe en Pixabay

Parque Central

Se abrochó la campera. Felicitó su decisión de la mañana y se sentó en el banco de cemento. En el cielo, uno de los tantos planetas brillaba como nunca. No recordaba cuál. Tampoco importaba. Miró la bolsa con alimentos. Demasiado liviana para su gusto.

Repasó mentalmente las existencias de la heladera. Algo podría hacer con esos huesos. Y había fideos. Confiaba en que hija haya puesto el agua como le pidió. Seguro que sí. Demasiada adulta para sus diez años, para sus viajes en colectivo, sola a las seis y media de la mañana hasta la escuela, como la mayoría de sus amigas de la barriada. Le aterra que algo le suceda.

El colectivo que no viene. Alguien destila aliento a vino y se sienta a su lado. No necesita verlo para saber quién es. Se lo cruza siempre. A cada paso. Teme ser como él.

En la pantalla publicitaria una chica sonríe desde su auto nuevo. Lleva un perro atrás, de esos chiquitos, disfruta de la vida y llama a la depiladora, para prepararse para una cita. Un regusto amargo le llena la boca. La vida que sus hijas no tendrán. Casi seguro. Y hablan de méritos, como si ella no se deslomara todo el día en la casa de la Señora.

—¿Podría pagarme un boleto? —pregunta. Los ojos rojos revelan que sigue vivo.

—Sí. ¿No hubo suerte? — y señala los hilos, las agujas, la nada.

El canoso niega. Quizás por eso el aliento a vino.

—¿Hace mucho que espera?

—Recién llego. —No debería tardar en venir.

—¿Cómo anda su marido?

Ella sonríe. La misma pregunta. —Bien. Hoy estaba contento, había conseguido una changa —miente y piensa donde estará. Meses sin verlo. La última vez fue con la política, acompañaba a ése que entró de concejal y lo dejó a la deriva. Ya aparecerá. Siempre lo hace. Y será con algo de dinero. No es un mal hombre. Y la quiere como nadie.

—Ahí viene —dice el hombre canoso.

Ella mira esa mole que parece destartalarse. Llena, como de costumbre. Mensaje de hija. “Tengo la salsa. Te esperamos”. Ella sonríe y paga los dos boletos. Todavía queda un largo trecho hasta la barriada allá en la última parada, donde la ciudad se extingue y acosa el desierto.

Este texto integra Alivio contra la ferocidad libro de relatos que podés descargar del siguiente enlace.

La bocina del tren

Imagen de Brigitte makes custom works from your photos, thanks a lot en Pixabay

¿Era la bocina del tren? Aguzó el oído. Nada. Pensó en la Flaca y su sonrisa vital. Tampoco entendía por qué había soñado con ella, si hace años que no se ven.

Una carcajada desconocida. Esa sí que no la recordaba. Luego choque de vasos. Alguien que gritaba ¡Felices Fiestas! Esperó a oír el petardo. Pero nunca llegó.

El parpadeo. El Rosendo y su cara que desmejoraba a medida que los boletos eran cada vez menos. ¿Cerrarán la estación? Él le decía que no, que se quedara tranquilo. ¿Cómo la iban a cerrar si en el pueblo había gente? Nadie en su sano juicio lo haría.

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