Libros en los escalones (audio) por AM750 Neuquén

Invitado por el poeta, escritor y periodista Gerardo Burton, participé de “Viento Terco”, un espacio de música y palabras de la Patagonia, con el relato Libros en los escalones.

El micro radial fue emitido por la AM750 de Neuquén capital

Comparto el audio. Y gracias por la invitación.

Libros en los escalones

La casa estaba cubierta de pastos altos y el silencio era interrumpido por chajás, grillos y gorriones. Ernesto miró la llave y se preguntó si debía entrar. ¿Qué vas a hacer ahí? Necesito volver, fue la respuesta. La cerradura cedió.

Sus pasos profanaron la tranquilidad de los fantasmas si es que todavía quedaba alguno. Dejó el bolso en una de las sillas y espantó una fina capa de polvo. La llave de luz está en el pasillo, recordó.

Un pájaro pasó ante el sol y produjo un parpadeo extraño. ¿Le pareció o el ambiente tenía su olor? Intentó en no pensar en los días finales, aunque él estaba convencido que La Elisa, como le decían en la villa, había empezado a irse con los gritos de los secuestradores y la vajilla rota mientras él se agarraba a la pollera de su madre. Siguieron vivos gracias al cura y la solidaridad de algunos vecinos.

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El colectivo abandonado

Por fin llovió. Las nubes plomizas están a punto de aplastarme. Alicia se echa a mi lado agitada. A pesar de los años, insiste en acompañarme y disfruta del paseo.

Llego hasta el colectivo abandonado, en ese punto de la ciudad donde comienza el campo y la frontera desdibuja límites, da pie a los interrogantes, profundiza los secretos.

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Parque Central

Se abrochó la campera. Felicitó su decisión de la mañana y se sentó en el banco de cemento. En el cielo, uno de los tantos planetas brillaba como nunca. No recordaba cuál. Tampoco importaba. Miró la bolsa con alimentos. Demasiado liviana para su gusto.

Repasó mentalmente las existencias de la heladera. Algo podría hacer con esos huesos. Y había fideos. Confiaba en que hija haya puesto el agua como le pidió. Seguro que sí. Demasiada adulta para sus diez años, para sus viajes en colectivo, sola a las seis y media de la mañana hasta la escuela, como la mayoría de sus amigas de la barriada. Le aterra que algo le suceda.

El colectivo que no viene. Alguien destila aliento a vino y se sienta a su lado. No necesita verlo para saber quién es. Se lo cruza siempre. A cada paso. Teme ser como él.

En la pantalla publicitaria una chica sonríe desde su auto nuevo. Lleva un perro atrás, de esos chiquitos, disfruta de la vida y llama a la depiladora, para prepararse para una cita. Un regusto amargo le llena la boca. La vida que sus hijas no tendrán. Casi seguro. Y hablan de méritos, como si ella no se deslomara todo el día en la casa de la Señora.

—¿Podría pagarme un boleto? —pregunta. Los ojos rojos revelan que sigue vivo.

—Sí. ¿No hubo suerte? — y señala los hilos, las agujas, la nada.

El canoso niega. Quizás por eso el aliento a vino.

—¿Hace mucho que espera?

—Recién llego. —No debería tardar en venir.

—¿Cómo anda su marido?

Ella sonríe. La misma pregunta. —Bien. Hoy estaba contento, había conseguido una changa —miente y piensa donde estará. Meses sin verlo. La última vez fue con la política, acompañaba a ése que entró de concejal y lo dejó a la deriva. Ya aparecerá. Siempre lo hace. Y será con algo de dinero. No es un mal hombre. Y la quiere como nadie.

—Ahí viene —dice el hombre canoso.

Ella mira esa mole que parece destartalarse. Llena, como de costumbre. Mensaje de hija. “Tengo la salsa. Te esperamos”. Ella sonríe y paga los dos boletos. Todavía queda un largo trecho hasta la barriada allá en la última parada, donde la ciudad se extingue y acosa el desierto.

Este texto integra Alivio contra la ferocidad libro de relatos que podés descargar del siguiente enlace.

La bocina del tren

¿Era la bocina del tren? Aguzó el oído. Nada. Pensó en la Flaca y su sonrisa vital. Tampoco entendía por qué había soñado con ella, si hace años que no se ven.

Una carcajada desconocida. Esa sí que no la recordaba. Luego choque de vasos. Alguien que gritaba ¡Felices Fiestas! Esperó a oír el petardo. Pero nunca llegó.

El parpadeo. El Rosendo y su cara que desmejoraba a medida que los boletos eran cada vez menos. ¿Cerrarán la estación? Él le decía que no, que se quedara tranquilo. ¿Cómo la iban a cerrar si en el pueblo había gente? Nadie en su sano juicio lo haría.

Un bocinazo más. Prolongado. Esta vez era de noche. El sueño y su reinado. No pudo dilucidar las imágenes, pero sintió la angustia. Demasiada.

Otro parpadeo y se descubrió en el andén. El cura estaba de temprano. Fumaba un armado y miraba los pastos amarillentos. De espalda al pueblo intentaba desentrañar el horizonte. Y el olor del cigarro se le metió en la piel, como el ataque al corazón del Rosendo que todos los días lustraba la campana y mantenía la oficina reluciente. “Va a haber novedades” le había dicho a su regreso de La Capital.

Al principio le costó habituarse a la idea y empezó a cuestionarse su cordura. Las imágenes se entrechocaban. ¿Terminó sus días en un geriátrico? Era probable, si lo fueron a buscar al pueblo con la fuerza pública, cuando ya reinaba el silencio y los pastos avanzaban. Recordaba unas paredes descascaradas y una enfermera, rodeado de viejos temblorosos y lagrimales húmedos. Una noche se hartó y se escapó. Pero no vio venir al camión cargado de cereales.

Todavía se pregunta por que regresaba ahí, si no queda nada. Como si los aparecidos tuvieran algún lugar al que regresar. Descartó a sus familiares aunque debiera haberlos molestado por su ingratitud. Quizás por eso la estación le pareció un buen espacio donde esconderse.

Pero el problema empezó cuando lo vio al Rosendo mirándolo fijo. —¿Vos también? —le preguntó.

—Y adónde querés que fuera?

—Sí. Tenés razón.

Su amigo miraba la campana oxidada. —Se robaron el badajo. ¿Has visto a alguien más?

Él negó con la cabeza. —Por suerte no.

Rosendo sonrió. —¿Te diste cuenta que no deberíamos estar en este lugar, ¿No?

—O sí. Quién sabe.

—Yo de vez en cuando me le aparezco al que cerró el ferrocarril.

—Qué jodido.

—No, jodido ese tipo.

Se sentaron en el andén, podían ver los durmientes podridos, los pastos cubriéndolo todo. Les pareció oír el bocinazo del Sarmiento.

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Apalabrar y juntar a los que quedan

Contra las bardas calles de ripio y construcciones a medio terminar: la pieza que no fue, los escombros en el patio, la arena que el viento desparrama por la tarde y cuenta lo que todavía falta.
La inocencia a medias, una vida más dura de lo debido para los pibes morenos y descalzos, que juegan en arcos improvisados con piedras apiladas y goles a una tribuna imaginaria.
Detrás la cigüeña petrolera y su voracidad continua, parecido al hambre que rodea la barriada.
Todavía resiste dibujado con una fibra el afiche del candidato, con los consabidos anteojos y los huecos negros en la dentadura. Algún ladronescrito a las apuradas, sin acento pero con rabia.
Irrumpe una camioneta que parece una nave espacial, de vidrios polarizados y polvo que invade sin permiso las casas de puertas abiertas.
Un perro da inicio al coro afinado.
Ella hace números y piensa en la noche. La matemática es implacable. Como la soledad.
Apalabrar la ausencia, juntar a los que quedan y compartir lo que haya, de eso se trata o eso recuerda por lo menos.
El sol amenaza ser un infierno en la previa de Navidad.
Este texto integra “Alivio contra la ferocidad”. Cuentos y relatos cortos que podés descargar gratis en pdf y en pliegos, listo para imprimir y leer: https://bit.ly/2CqpxNt
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Ofensiva

Diciembre, sus saldos hacia la nada. Un almanaque atorado en el cuerpo, la desconfianza absoluta en el clima festivo.
En el país de la ferocidad propone la licencia para matar y siguen los femicidios.
Un pibe se suicida, deja una mochila repleta de currículums. Defina desesperación. 
Ayer, nos tocó ir a ver al chico que se suicidó en la línea E. Ya llevo bastantes pero este era distinto, dejo la mochila en un costado y el documento arriba (para que se lo identifique), y esperó hasta que pase el Subte. Tenía 21 años y varias fotocopias de su CV en la mochila.

— Nicolas Vidal (@NicVidaal) 30 de noviembre de 2018

La noticia me acompaña desde hace días y deja la pena, que amenaza quedarse más de la cuenta. Inmoviliza. Quizás es lo que se busca. La ofensiva del desánimo.
Salir de ahí. O intentarlo. Dejar en repeat “Amor” de los Decadentes de acá a fin de año y acallar el insufrible jo jo jo.

Mientras tanto, reviso viejos textos. O intento, en esto de porfiar en la escritura, aunque coincida con Bolaño que está entre las lecturas pendientes.
«Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima.»#RobertoBolaño

— Eva Reed (@lecturaerotica) 16 de mayo de 2018

La segunda muerte


Septiembre demorado I
Se demora septiembre. No hay muchachas en flor ni hombros dorados por el sol. Faltan las sonrisas cálidas y miradas brillantes, las promesas de pieles a punto de incendiarse gracias a los favores de Cupido o el perfume que hace la vida un poco menos hostil. Falta la vida y sobra la muerte, como sobran las mentiras por televisión.
Se demora septiembre y el frío se queda con las certezas. Me corrijo, arrincona la esperanza, arroja un velo sombrío sobre la Patagonia y dispara las preguntas. Pienso en ellas mientras te espero y el viento le da una mano al bastidor, para secar la serigrafía en el taller improvisado en plena calle.
La figura se hace nítida sobre la tela. Una cara, un nombre, una pregunta que espanta la promoción de la alegría. A favor -flaco consuelo- los jóvenes que se congregan frente al monumento y siguen el camino sembrado por los pañuelos blancos, como si no hubiera otro lugar donde estar, recuperar consignas que ya son colectivas. Otra vez, en este mes que nada tiene de flores y suspiros, de picardía y besos robados en los zaguanes.
Se demora la primavera y una voz pide por aparición con vida. Somos muchos acá, a pesar del viento frío, del propio septiembre y sus imposturas. Y vos que te haces desear. Hasta que te veo a la distancia y levanto los brazos, en este septiembre demorado y sin Santiago.
(A Santiago Maldonado)
Septiembre demorado II
demoler el relato de una muerte
recoger los fragmentos
para ovillar la memoria
el otro como par
compañero
camarada
pura solidaridad
es Santiago
el grito en un río helado
que todavía espera justicia.
La foto ilustra la tapa de Página/12 del día de hoy.
Los textos están incluidos en «Alivio contra la ferocidad» que podés descargar aquí.

Lo que queda

La avenida estaba vacía. La arena avanzaba sobre los canteros y el rumor del viento era el sonido de una orquesta disonante, empecinada en terminar la función. La puerta estaba destrozada y en el altar no había rastros de la mantilla. Tampoco crucifijo, ni santos. A uno de los costados, se abría una abertura que —intuyó— sería la habitación del clérigo.
La madera se quejó bajo sus pies. Fue un sonido lúgubre, de profanación y sorpresa. Llegó hasta el único banco que quedaba y miró el púlpito. ¿Qué hacía allí? De los vitrales quedaba un hueco oscuro, como del caserío.
Pensó en su padre y la decisión de recorrer los mismos kilómetros por caminos intransitables. Se preguntó por qué había entrado primero a la capilla si era escéptica por naturaleza. Quizás buscaba algún indicio de aquel viaje que nunca entendió pero que él necesitó para amigarse con sus fantasmas.
Salió a la calle. Enfrente estaba el almacén de ramos generales. Su casa. Levantó la cámara. Una, dos fotos. A la izquierda la estación del tren. A la derecha, la tierra plana contra el horizonte. Y ella en el medio. Todavía dolía el velorio, las lágrimas de su madre, el estupor de su hermana, la muerte y la sorpresa de su vigencia.
¿Hacia dónde ir? Eligió el lugar donde dio sus primeros pasos. No tenía techo y los pastos lo cubrían todo. No había nada familiar y se estremeció. Se sintió ridícula, parada sobre los despojos de un mundo que intentaba recordar con desesperación.
En uno de los rincones de la galería había un macetero de cemento ovalado. Una vaga imagen de haberse apoyado en él para no caerse se le cruzó por la mente. ¿Memorias del cuerpo? Podía sentir la rugosidad del material sobre sus dedos. ¿O era la necesidad de aferrarse a algo? Prefirió asirse al pantallazo pero nada más llegó. Lo miró desde la lente. Y disparó.
Volvió a los restos de la avenida que ahora era una senda ancha con canteros rotos. “Vane 88”, leyó en uno. Restos de un fogón, botellas rotas, una que otra colilla. El santuario de alguien. No había adoquines. Solo la gramilla que sobrevivía entre la arena.
Miró la planicie al fondo. Todavía con el dolor de la pérdida, descubrió el manuscrito de su padre cuando ordenaba su escritorio. El porvenir es una ilusión, rezaba. Estaba sin terminar y era un tributo al poblado, a una época, un esbozo de amistad. Tenía notas en los márgenes, signos de interrogación, tachones, notas al pie.
Se lo devoró en una noche y no pudo quitarse de encima una sensación trunca de algo quebrado, como el silencio de la pampa por el lamento de las aves. Quizás por eso regresó al caserío, con la esperanza de reencontrarse con él y buscar respuestas.
Hasta ahora nada. Solo el presentimiento de que no había sido la mejor de las ideas. Se vio parada en el borde de un mundo que había desaparecido, que intentaba develar a través de una lente y sintió pena. Había muchas maneras de huir del dolor.
Tomó fotos mecánicamente. La estación del tren, el cartel de sala de espera, la vía sin durmientes. Restos de casas. Más llanura. Entrevió el cementerio pero no quiso acercarse. Ya cargaba con una muerte. La que importaba.
¿Nos queda algo de los que se van? ¿Se entierran los cuerpos y los recuerdos? Pensó en el macetero, la presión sobre sus dedos. ¿Es una forma de diálogo con quiénes no están?
Revisaba las fotos en el visor de la cámara cuando vio la figura sentada en el andén. No necesitó ampliarla para reconocer su pelo ensortijado, esa expresión entre ausente y a punto de estallar que dejaba traslucir cuando preparaba sus clases. ¿Había venido a despedirse? ¿O nunca había huido de El Porvenir?
Intuyó que si levantaba la vista no lo encontraría en la estación. O sí. Respiró profundo y se dejó enamorar por el aroma de los pastos. Unas nubes densas taparon el sol y oscurecieron la tarde.

(Disparador de la novela en la que trabajo. El texto está incluido en «Alivio contra la ferocidad», libro que podés descargar gratis, acá. 

Nota: si bien este libro es gratis porque la intención es la circulación de la palabra en tiempos de ferocidad, no dudes en apoyar a las editoriales que hacen lo posible por sobrevivir en Argentina.

Según una nota publicada hoy por el diario Página/12, un informe de la Cámara Argentina del Libro muestra que las ventas cayeron entre un 25 y 35 por ciento desde el 2015, con tiradas que fueron reducidas a la mitad y caídas de las ventas en un 35%. Además se perdieron un 20 por ciento del empleo en editoriales y cinco mil puestos en la industria de impresión.


Alivio contra la ferocidad (o Acerca de este libro)

En tiempos de ferocidad es imperativo contar con cercanías que pongan a raya el egoísmo y la hipocresía. Juntarse, arremolinarse, apalabrar a los quedan, buscar alivio silencioso en los abrazos, y apretar los dientes —*los de arriba contra los de abajo*— a la espera de otros tiempos.

Por eso este libro. Textos urgentes para desconfiar de los buenos modales que arrasan derechos. Palabras que decidieron juntarse para susurrar lo que queda de un colectivo abandonado, entre el batir de alas de los cuervos en la oscuridad.
Sabiendo que todo pasa. Incluso esta ferocidad.

Textos incluidos
Lo que queda
El colectivo abandonado
El cartel de la calle
La bocina del tren
Aleteos en la oscuridad
Cita contra la desmemoria
El Maxi
Parque Central
Frío, mucho frío
Libros en los escalones
Alivio contra la ferocidad I
Alivio contra la ferocidad II
Alivio contra la ferocidad III
Septiembre demorado I
Septiembre demorado II
Aproximaciones al mar I
Aproximaciones al mar II
El remanso
Los abrazos
Apalabrar y juntar

El libro es de descarga gratuita y el único requisito opcional es que te suscribas por correo electrónico a Con letra propia. ¿Cómo? Debajo del título del blog, hacé click en «Suscribirse»(revisá tu carpeta de Spam, por las dudas).
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Cómo descargar “Alivio contra la ferocidad”

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(*) Me fui pensando, también, pensando que acaso entender nuestra tragedia es como el viento que cruza Comala: una sensación, un temor, un espanto, una suma de corajes y de muertes imprecisas. Me di cuenta de que yo también me mordía los dientes con fuerza. Los de arriba contra los de abajo. Como siempre pasa.

(Giardinelli, Mempo, “Que solos se quedan los muertos”).