La marca en la pared (O semillas de una novela)

Cada vez que pasaba por ahí no podía evitar echarle un vistazo. La escalera estaba apoyada en la única pared que había quedado en pie, sobreviviente inmune al fuego, en una suerte de resistencia sublime o de porfía del tiempo, según cómo se mire.

La pared conservaba las huellas del incendio y era el único testimonio de una estación de tren que contó alguna vez con su techo a dos aguas y sus andenes cargados de viajes, sueños y huidas.

La escalera había perdido sus dos primeros escalones y detrás de ella podían adivinarse las huellas blancas de unos dedos que desentonaban con el tizne del muro. Nadie se animó a derribarla quizás como recuerdo de la locura de Ramírez, que hacía tiempo que venía tomando alcohol puro y aquella noche no tuvo mejor idea que acercarse con una botella y comenzar a hacer cruces en las paredes para purificarse de sus pecados.

Fue cuestión de minutos para que la madera ardiera hasta el infinito, pese a nuestros baldes con agua, gritos y corridas.

De Ramírez nos quedó esa marca en la pared y de la estación, la escalera, la pared y quizás algún que otro recuerdo exagerado de los parroquianos que se juntan en el bar del Gallego.

Según papá, aquello fue el principio del fin. Luego llegaron los decretos del cierre de los ramales y el pueblo se fue muriendo de a poco, sin ternura, con una lenta agonía y la certeza que la zozobra comenzó después, cuando abandonamos nuestra tierra porque la economía no sabía de personas ni historias y algunos celebraban el dólar barato y la estabilidad de los electrodomésticos en cuotas.


(Vías, ramales, estaciones abandonadas. Una novela construida de pequeños indicios que prefiguran otros textos).

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Textos reunidos, a 50 años del Golpe Cívico-Militar

El 24 de marzo se conmemora el 50° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, cuando -en representación del estado argentino- se cometieron delitos de lesa humanidad y secuestraron a hombres y mujeres, para trasladarlos a centros clandestinos de represión donde fueron torturados y asesinados.

Escribí varios textos que dan cuenta de aquellos años. Comparto algunos.

El día que nunca terminó de encajar

Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.

El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.

En la cocina, el primer hervor del agua terminó por despabilarla, se dejó embriagar por el aroma del café en saquitos.

No vayas a trabajar, recordó.

Su negativa. «Por qué no, si no hice nada malo».

Aquel día nunca terminó de encajar ni languideció con las ocupaciones cotidianas, las que dan algún sentido y tranquilidad. Y supo que algo andaba mal cuando él no regresó a casa. En la radio, voces ásperas, el país bajo el control operativo de las Fuerzas Armadas.

Los primeros llamados a los compañeros de trabajo. Nadie sabía nada en la fábrica, convenientemente custodiada por soldados y un carro de asalto. La denuncia policial, la artera esperanza de que regresaría, el inicio de la espera y la búsqueda, el velo del no te metás, la incertidumbre.

Fueron años que prefiere no recordar y en los que sobrevivió gracias al barrio, al recuerdo de Beto, que los empujó a organizarse para reclamar por cloacas y agua, la garita del ómnibus.

Un día el velo se rasgó y supo del secuestro de delegados y delegadas, reconstruyó su historia particular en el dolor colectivo. Y se reconoció en otras olvidadas. Fue natural reclamar en la calle. Desde entonces.

En la radio, voces de conmemoración y actos en todo el país. Alguien pide una canción. Ella se mira las arrugas. Desparramando fe, las Madres del amor.

Mensaje de hija que no había visto, emojis con muchos corazones, el «descansá» de todas las noches. «Te paso a buscar a las seis». Asintió, como si ella pudiera verla y se dejó arropar por el olor a pan tostado, Beto, su compañía.

Anuncian buen tiempo para la tarde.
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El Renault 4 (otro comienzo para «El porvenir es una ilusión»

La charla le llegaba a ramalazos. Debía irse del bar. Iba para dos horas que estaba ahí.

—Ahora se puede caminar más tranquilo.

El otro asintió y bebió un sorbo de café.

—Faltaba orden. Mirá que no le tenía mucha confianza.

—Y libertad—concedió y llamó al mozo con el brazo levantado.

—Dejá yo invito —dijo el más joven.

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XIII — Hilario, El Porvenir

Hilario miró el cielo. Un famélico celeste se escondía detrás de las ondulaciones del terreno y sus pastos verdes mientras el caballo se detenía, como si supiese que quería disfrutar del paisaje. Él conocía de memoria esa tierra y sus curvas. Leguas de llanura detrás y en el horizonte las cruces. La bienvenida previa a la Colonia, si uno se adentraba desde el campo y no venía por las rutas conocidas.

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Ana, el respaldo (Adelanto)

Imagen de Larisa Koshkina en Pixabay

Un día decidí entrar al santuario de papá. Había pasado demasiado tiempo, el mismo que me costó darme cuenta que me despertaba y él no estaba trabajando en su estudio. Ni que había sonidos de teclas o música clásica en un volumen muy bajo.

Sé que fue un sábado, muy temprano. Grisáceo, encapotado. No podía ser de otra manera. Mamá y la Colo dormían. Atravesé la puerta y me estremecí. Seguía ahí. O por lo menos me pareció sentir su presencia, ese almizcle entre yerba y su perfume que se confundía con el olor a papel de los libros de variados tamaños y colores. Nuevos y viejos, con el lapicero, la libreta, el diccionario de la RAE a un costado y las foto de las tres en el otro.

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