“Lo que queda” en la Feria del Libro

El sonido de una notificación, las imágenes, mi alegría. Lo que queda empieza a circular y ya está en la la 46º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Quienes estén interesados en conseguir la novela, pueden acercarse al stand de la Cámara Argentina del Libro, el 322 en el Pabellón Azul, donde más de veinte editoriales asociadas exhiben sus catálogos.

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¿Los ves?

Don Bravo se despertó con las primeras luces del alba. Se calzó las bombachas, las alpargatas de yute, la boina negra y salió del rancho. A unos metros, lo esperaba la casilla del baño con techo a las estrellas.

El mugido resonó en la lejanía. Cumplimentados los primeros menesteres, fue a mojarse la cara en la palangana, levantó la vista y el trozo de espejo que colgaba de la pared de su ruca, como le dijo alguna vez su amigo cona, devolvió las arrugas como surcos de arado a medio terminar y una incipiente barba.

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La pregunta es cómo perderse

Imagen de:

«Desorientarse en la ciudad […] puede ser muy poco interesante, lo necesario es tener tan solo desconocimiento y nada más —dice el filósofo y ensayista del siglo XX Walter Benjamin—. Mas de verdad perderse en la ciudad —como te puedes perder dentro de un bosque— requiere bien distinto aprendizaje». Perderse: una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja. Según la concepción de Benjamin, perderse es estar plenamente presente, y estar plenamente presente es ser capaz de encontrarse sumergido en la incertidumbre y el misterio. Y no es acabar perdido, sino perderse, lo cual implica que se trata de una elección consciente, una rendición voluntaria, un estado psíquico al que se accede a través de la geografía.

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Que la escritura arribe como un don

Descreer. Descreer del mundo equivale a interrogar las formas que lo sustentan.

Hacerlo es una forma de abandono, una renuncia a las ideas universales y la apuesta por una aventura a los límites de la mente.

Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.

Descreer para que la escritura arribe como un don. (*)

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Qué cuenta “Lo que queda”

Tapa de “Lo que queda”.

Lo que queda es una historia de pérdidas. Personales y colectivas. Es mi tercera novela, una suerte de continuación de El porvenir es una ilusión, diez años después. Si leíste el libro anterior, reconocerás a los personajes. Y si no, no importa. Las historias pueden leerse de manera independiente.

Una familia transita el dolor de lo irreparable y busca volver a empezar, mientras afuera, un mundo desmembrado, fragmentario y egoísta parece devorarlo todo. Y de algún modo, esa pérdida está emparentadas con otras, colectivas y sociales.

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Diario de Semana Santa

Neuquén, martes 3 de abril de 2007, por la mañana

Otro día más de reclamo. Mi compañera sigue de paro y las posiciones son encontradas. Mi empleo transpira rutina por todos lados. Mejor, me permite repensar mis prioridades. Mi hija sigue creciendo. Casi seis meses y una sorpresa diaria: una mirada, una sonrisa, un “ta” de vez en cuando, el bálsamo de estos días agitados. Radio Universidad CALF cuenta todo, con el oído donde debe estar.

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El día que nunca terminó de encajar

Foto: Pixabay

Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.

El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.

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Un mosaico de resignificaciones y una historia oriental en Patagonia

Guiños a a Kabawata y sus bellas durmientes, una poética de la escritura y una narrativa que hurga en los intersticios del lenguaje para consolidar una pulida historia, son los cimientos de La casa un tiempo equis, de Hernán Lasque, novela breve editada por Ediciones de La Grieta.

Ambientada entre Plottier y China Muerta, el protagonista vive en una pensión que no es una pensión, bajo el embrujo sensual de Kyoko y Mei, mientras escribe su primera novela en un cuaderno, acompañado de un maniquí.

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