Lo que queda es una historia de pérdidas. Personales y colectivas. Es mi tercera novela, una suerte de continuación de El porvenir es una ilusión, diez años después. Si leíste el libro anterior, reconocerás a los personajes. Y si no, no importa. Las historias pueden leerse de manera independiente.
Una familia transita el dolor de lo irreparable y busca volver a empezar, mientras afuera, un mundo desmembrado, fragmentario y egoísta parece devorarlo todo. Y de algún modo, esa pérdida está emparentadas con otras, colectivas y sociales.
Lo mejor que podíamos hacer los domingos al atardecer era desnudarnos para combatir la muerte. Yemas recorriendo espaldas, hombros, lunares, pliegues, protuberancias, secretos y memorias que escondemos bajo la ropa.
La ceremonia, si se la puede llamar así, comenzaba en ese instante que el sol empieza a ceder. Sin decir nada, rumbeabas al dormitorio. Yo seguía el rastro de tu ropa interior y me despojaba de la mía.
Frente a frente, te corría ese mechón de pelo que ocultaba uno de tus ojos. Y no podías evitar sonreír, mientras tus palmas me cubrían las mejillas. Cosquillas en tu vientre. «Eso es hacer trampa», musitabas.
No había prisas. El secreto estaba en la lentitud. En permanecer en la cama y revisitarnos, como las olas sobre los pies.
Había caricias. Y pausas. No faltaban carcajadas. Y en algún momento, cuando afuera todo era sombras, urgencias, ruedos, tu melena que abarcaba todo. Por supuesto que reediciones. Así enfrentábamos el lunes, exorcismo contra la chatura y las cabezas inclinadas sobre los móviles.
La mirada de esa piba me trajo la tuya, la de tus palmas en mis mejillas. Tentado de acercarme y decirle que sabía su secreto, «que es hermoso estar ahí». Pero desvié la vista y miré las callejuelas por donde el ómnibus daba vueltas imposibles, en una ciudad ajena y furiosa.
«Sabe la llanura que un manojo de signos no es más que el desierto regresando del fuego», escribe el poeta.
La poesía y la necesidad de esperar una forma de belleza, ante la aridez de lo cotidiano, poblado de mercaderes, hipocresía y egoísmo.
La poesía para nombrar el lado bueno de las cosas. Que las tienen, aunque sean difíciles de descubrir.
Una imagen del agua
Sumergido entre flores del Japón en un estanque oscuramente verde -aguas quietas, encantadas Por la ausencia de fragmentos y ruidos- sé por alguna razón que huir también es una forma del oxígeno.
El cuerpo absorbe como una cápsula voces, rumores realmente ajenos
y los despide transformados por el agua del estanque que hace su trabajo lentísimo.
Trato de concentrarme en el pasto que veré mañana el rocío fresco del alba
trato de esperar una forma de belleza y nombrar con serenidad el lado bueno de las cosas, aquello que podemos oír o tocar -el grillo de la noche, los tallos silvestres- apenas con un suavísimo roce, el movimiento crucial.
Cierta hora
Sobre la larga llanura verde sobre su extensísima superficie frutos maduros están por caer de las plantas y los espinos.
Nace una luz rosada detrás del horizonte que todo lo cubre, incluso los restos olvidados del corazón, sus restos desperdigados su parte más oscura. En medio de los sedimentos y el vendaval, que han hecho una labor minuciosa, la luz lo cubre todo después de los meses de crudo invierno:
deshace la visión del día, el espejismo de la razón.
Historia de la eternidad
Sabe la llanura que un manojo de signos no es más que el desierto regresando del fuego. Por alguna razón misteriosa, los seres alrededor de una hoguera quieren tener esperanza; la muerte era demasiado vasta y, por eso, como por arte de magia, sin trabajos ni muchos esfuerzos, sin fatigas ni hundimientos en la sombra, tenían todos los Seres allí reunidos -junto a las llamas que iluminaban la noche- una imagen que se parecía, casi de modo literal, a la primera visión de un dios.
Pasiones
Serena la lluvia que cae en esta mañana de la llanura. Los orígenes del fuego nunca se descifrarán, no obstante, con dulzura, con calma adquirida en las tormentas y los vendavales, una mujer sonríe, acaricia con dedos finos el cabello, la piel de un hombre que descansa, aligerado, en la tierra, cerca de una fuerza, no muy lejos del mar.
Los poemas son de La lengua de la llanura, editado en 2021 por Caleta Olivia.
Carlos Battilana nació en Paso de los Libres, Corrientes, en 1964. Entre otros libros, editó El fin del verano, El lado ciego, Presente continuo, La hiedra de la constancia, Velocidad crucero y Una mañana boreal. Su poesía reunida está en Ramitas, editado por Caleta Olivia.
Es docente universitario y coordina talleres literarios.
¿Escritura analógica o digital?. Las cartas como una forma de comunicación y la necesidad de hablar. También, una reflexión sobre la literatura y la creación literaria. Algunos de los temas que plantea esta novela.
Transcribo un fragmento.
«-Dicen que la gente miente más cuando escribe emails que cuando escribe cartas en papel. No me gusta la correspondencia digital. Prefiero lo analógico. Puedes tenerlas contigo, sacarlas y leerlas en cualquier momento y lugar. No es conveniente tener que encender el ordenador cada vez que quieres leer un email, no se siente el afecto y además es un desperdicio tener que pagar la factura de la electricidad aparte para escribir y recibir cartas. ¿Cómo es posible que incluso una actividad humana tan básica como escribir requiera las personas requiera dinero?… Además, lo creas o no, el carácter y la dignidad de las personas se manifiestan en su escritura. Mediante ella se puede obtener información vital del otro. Sé que lo digital es bueno y conveniente, pero nunca puede mostrar su valor sin la electricidad. No es fiable. Lo analógico es especialmente apropiado para viajeros como yo.
Shushu que me mira desde la silla. Parece gustarle. Cierra los ojos. Pocas veces la oí ronronear.
Últimamente, me aferro a la poesía. Para exorcizar, para espantar el pesimismo. Busco en los versos el silencio que la narrativa impone.
No sé si llegaré a buen puerto, pero lo intento.
Hace tiempo que las palabras me esquivan. De nada sirve echar mano a viejas recetas.
¿Son los versos piedras para derrumbar un bloqueo?
Decididamente, le gusta Davis. Apoya el hocico contra el almohadón. No sé cómo hace para respirar, pero lo logra. Como si me escuchara, levanta la cabeza y comienza a lavarse.
¿Brisas?, varias.
El recital de Susy Shock: «Lo que venga, llámese como se llame, no puede estar exento de una espiritualidad que nos ponga en otros órdenes nuevos, en otras armonías nuevas… Somos un país, dimos vuelta un país, mirá si no lo vamos a reconstruir mejor todavía».
«El ejercicio furioso de no olvidar», también anoté.
La imponente marcha por la educación pública, bajo la lluvia, para dotarle una épica.
«…y en algún momento te escribí algo que terminaba ¿podremos sobrevivir al olvido? y tuve un presentimiento que me dejó desnuda: apenas me quedaban aquellos recuerdos que todos tienen —una fiesta, una noche de verano caminando interminablemente— , los más fáciles de recordar. Tal vez quede eso para siempre porque el resto es un hueco negro que se extiende y se ensancha con los bordes rojizos, como un collar de brasas minúsculas que te comen los ojos y la boca y ya no solo desaparece tu sonrisa sino que vas desapareciendo vos. Desde anoche te deshacías con mayor facilidad, tan rápido».
Sylvia Iparraguirre en «Lejos de Buenos Aires», en «Cuentos reunidos», edición digital.
«¿Por qué la poesía siempre me parece un trabajo del alma mucho más real que la prosa? Nunca me siento exultante tras escribir una página en prosa, por muy buena que sea y muy concentrado que haya sido mi empeño, y por mucho que la imaginación, como en el caso de las novelas, se haya comprometido en el proceso.
Tal vez se deba a que la prosa es aprendida y la poesía, dada. Ambas pueden ser revisadas casi indefinidamente. No quiero decir con esto, que no trabaje al escribir poesía. Cuando estoy realmente inspirada, puedo escribir cien borradores de un mismo poema y mantener el entusiasmo. Sin embargo, esa batalla sostenida solo es posible cuando me hallo en un estado de gracia, cuando los canales más profundos están abiertos, cuando estos y yo nos encontramos en un hondo movimiento en equilibrio. Entonces, la poesía acude como regalo de unos poderes que sobrepasan mi voluntad.
Muchas veces he pensado que, si prolongara indefinidamente este solitario confinamiento, y supiera que nadie iba a leer cuanto he escrito, seguiría escribiendo poesía, pero ya no escribiría novelas. ¿Por qué? Quizás porque el poema es, de una forma primigenia, un diálogo con el yo, mientras que la novela es un diálogo con otros. Ambos proceden de formas de ser completamente distintas.
Supongo que he escrito novelas para averiguar qué pensaba acerca de algo, y he escrito poemas para averiguar qué sentía acerca de algo».
El invierno que se resiste a quedar atrás. La primavera, su luminosidad.
No pudimos salvar a nadie, llegamos tarde. Los versos de un poema.
La poesía como tiempo de escucha, la pausa para vislumbrar lo que hay detrás del ruido cotidiano, para combatir lo roto.
El sueño nocturno deja huellas de un ancho camino de tierra, paralelo a las vías del ferrocarril. De un lado, la nostalgia de rieles oxidados, del otro, una cadena de eucaliptos.
¿Había una búsqueda?
Supongo que siempre la hay.
Afuera el bullicio sucio de la ciudad. Adentro, la necesidad de reparación.
Reviso unos borradores. Hay uno al que le tengo más fe. Pero no sé su comienzo. Y lo necesito para no continuar con la escritura fragmentaria, un anclaje que ordene o —al menos aparente— encausar el desorden de palabras que llegan a cuentagotas.
Mientras tanto leo. Siempre leo. Poesía y narrativa. La ilusión de que la lectura puede contagiar la escritura.