Promesa de realización

«Me levanté y encendí una luz suave. Me sentía calmado y lúcido, como un loto que se abre. No caminaba agitadamente de acá para allá, no me arrancaba los pelos por las raíces. Me recliné despacio en una silla junto a la mesa y con un lápiz empecé a escribir. Describí con palabras sencillas lo que sentía al tomar la mano de mi madre y caminar por los campos bañados por el sol, cómo me sentía al ver a Joey y Tony corriendo hacia mí con los brazos abiertos y la cara radiante de alegría. Coloqué un ladrillo sobre otro como un honrado albañil. Algo de naturaleza vertical estaba produciéndose: no briznas de hierba creciendo, sino algo estructural, algo proyectado. No me forcé para acabarlo; me detuve, cuando había dicho todo lo que podía. Releí tranquilamente lo que había escrito. Me sentí tan emocionado, que se me saltaron las lágrimas. No era algo para enseñar a un editor: era algo para guardar en un cajón, para conservar como recordatorio de los procesos naturales, como promesa de realización».

Henry Miller en “Sexus”, edición digital.

(Foto de hannah grace en Unsplash).

Paliar una carencia de lectura

«… Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna carencia de lectura. Ahí donde advertimos un hueco en nuestra biblioteca, la falta de cierto libro en particular, se justifica que tomemos la pluma para, de la manera más decorosa posible, escribirlo nosotros. Escribir, pues, como un correctivo. Escribir para seguir leyendo».

Morábito Fabio, “El idioma materno”, Buenos Aires, Ediciones Gog y Magog, 2014.

Volver a creer es una guerra

En cuanto a la felicidad, la felicidad verdadera, la felicidad no adulterada… trató de pensar en la última vez que había sido feliz, pero lo único que recordó fue la mano de su padre sobre su cabeza. El mundo era tan armonioso entonces. Había un cielo y había un infierno y había un camino infalible para pasar de uno a otro. Él tenía todas las respuestas, tenía las llaves del reino: de los reinos, porque eran tres. La Oscuridad Exterior le respiraba en la nuca pero él jamás se dejaría tentar, a menos que renegara de lo que sabía. Pero después renegó de lo que sabía. Mejor no haber sabido nunca antes que saber y renunciar: eso era imperdonable. Ese era el pecado imposible de perdonar.

Trató de encontrar el camino de regreso, pero si creer es una batalla cuesta arriba, volver a creer es una guerra: fuego cruzado de mosquetes y bayonetas sedientos de sangre.

Del cuento, “La amputada”, en el libro “El cielo de los animales”, de David James Poissant.

Sobre territorios borrosos

El tiempo se desgarra. ¿Dónde reencontrar los territorios borrosos de la infancia? ¿Los soles elípticos coagulados en el espacio negro? ¿Dónde reencontrar el camino volcado en el vacío? Las estaciones han perdido su significado. ¿Mañana, ayer, qué quieren decir esas palabras? No existe sino el presente. Unas veces, nieva. Otras, llueve. Luego hay sol, viento. Todo eso es ahora. Eso no ha sido, no será. Eso es. Siempre. De una vez. Porque las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y, en mí, todo es presente.

Ayer, de Agota Kristof. Edición digital.

Cosas perdidas

Foto: NASA en Pixabay.

Quizá todas las cosas ya estén perdidas de antemano secretamente en algún lugar remoto. Al menos existe un lugar tranquilo donde todas las cosas van fundiéndose, unas sobre otras, hasta conformar una única imagen. A medida que vamos viviendo no hacemos más que descubrir, una tras otra, como si tirásemos de un hilo muy fino, esas coincidencias. Cerré los ojos e intenté recordar el mayor número de cosas bellas perdidas. Intenté retenerlas en mi mano. Aunque sólo fuera un instante.

Haruki Murakami, en “Sputnik, mi amor”

Esconder la crueldad del mundo

«La gente se niega a mirar la verdad a los ojos: que el mundo está lleno de cristales rotos y que el sufrimiento profundo agudiza la percepción y le otorga un valor a la vida. —No, no todo el mundo es escritor. —Es cierto que uno siempre trata de esconder la crueldad del mundo tras la búsqueda de la belleza».

Auður Ava Ólafsdóttir, “La excepción”, edición digital.

Por culpa de las palabras

Por lo general, me conformo con escribir mentalmente. Es más fácil. En la cabeza, todo se desarrolla sin dificultades. Pero, tan pronto uno empieza a escribir, las ideas se transforman, se deforman, y todo deviene falso. Por culpa de las palabras.

Agota Kristof, “Ayer”, edición digital. Traducción de Manuel Percira.

Surcos

Imagen: Pixabay

Para huir del tedio del salón de clase acostumbraba en mis primeros años escolares trazar en una hoja una carretera imaginaria, una línea sinuosa que la cruzaba de un extremo a otro y a la que después yo añadía unas desviaciones para que ganara complejidad. La recorría con el lápiz una y otra vez, hasta que las líneas se convertían en surcos, luego abría nuevas desviaciones que se convertían en nuevos surcos, y así hasta cubrir la hoja con una red intrincada de caminos. Tenía cuidado de lograr una profundidad pareja en todos los trazos, ya que el juego consistía en agarrar el lápiz y, casi sin ejercer presión alguna, deslizarlo por la hoja para que la propia carretera me guiara por su laberinto de desviaciones y ramales. Era preciso no ahondar en ningún trazo y dejar, por así decirlo, que el surco decidiera. Cuando lo conseguía, el lápiz parecía viajar solo, impulsado por los surcos y no por mi mano. Debe de haber sido mi primera experiencia de lo que llamamos inspiración. Iba descubriendo en cada “viaje” la ruta más secreta entre todas las rutas posibles, pero no tan secreta como para que no fuera susceptible de modificarse en algún punto particularmente blando o en alguna desviación de hondura menos pronunciada.

Así, cada trayecto era distinto del anterior; siempre y cuando el pulso se mantuviera estable, pues bastaba un descuido, un aumento imperceptible de la presión sobre el lápiz, para que prevaleciera un único recorrido, una sola verdad sobre la pluralidad de caminos. Ignoro en qué medida ese pasatiempo contribuyó a mi inclinación por la escritura y qué tanto me proveyó de un método para, varios años después, escribir cuentos y poemas, pero seguramente en algo contribuyó a que entendiera que también la escritura es una cuestión de pulso, de no forzar la red de caminos, de ponerse en la condición de ser guiado por una huella sinuosa y comprobar que escribir es descubrir esa huella y que basta ejercer un poco más de presión de lo debido e intervenir un poco más de lo necesario, para quedar preso en un solo surco y repetir lo ya dicho.

(Morábito Fabio, “El idioma materno”, Buenos Aires, Ediciones Gog y Magog, 2014. pp-83-84)

Feliz día a quienes escriben.

Esconder, desvelar, iluminar las penumbras

De “Arenas Movedizas”.

Arenas movedizas es un gran libro de Henning Mankell, que comienza cuando le diagnostican una enfermedad terminal. Una suerte de memoria que incluye distintas reflexiones y recuerdos inconexos -o no- desencadenados por una noticia y que el autor relaciona con la muerte y cómo nos enfrentamos a ella.

También es un libro sobre las creencias, los espacios en que depositamos la fe o qué estamos haciendo con un mundo cada día más contaminado, con residuos radioactivos que nos sobrevivirán miles de años. En suma, un libro recomendable.

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