Informe metereológico, garra y entusiasmo, Ray Bradbury

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¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo? ¿Qué ama, o qué detesta?

Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad —y tanto en el amor como en el odio hay garra—, encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.

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El rumor del agua

Caminábamos entre hileras de álamos, altos como el cielo y cómplices de nuestra charla.

Me contabas de las pérdidas, también del estar “bien de la cabeza”, a pesar de todo.

Yo te escuchaba. La felicidad del encuentro fortuito y la pregunta obligada, por qué habíamos tardado tanto.

Miraba los movimientos de tus manos, pero sobre todo oía tu voz. Llegamos a una exclusa abierta, la dicha del riego.

El rumor del agua corría mansa, arrastraba silencios y desencuentros.

Junta dos cosas que no se habían juntado antes y el mundo cambia

«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante». Así comienza Niveles de vida, de Julian Barnes.

Dividida en El pecado de la altura, En lo llano y La pérdida de la profundidad, la novela nos sumerge en los retos de los primeros vuelos de globos aerostáticos, la elevación del llano a través del amor y las pérdidas amorosas o irreparables.

En la primera de sus partes, se narra los deseos aventureros que querían conquistar el cielo con sus globos aerostáticos. «La primera ascensión de la historia en un globo de hidrógeno la realizó el físico Jacques Charles el 1 de diciembre de 1783. «Cuando sentí que me alejaba de la tierra», comentó, «mi reacción no fue de placer, sino de felicidad». Fue «un sentimiento moral», desliza una voz que emparenta las historias de quienes participaron en los primeros vuelos como Fred Burnaby, miembro del Consejo de la Sociedad Aeronáutica, la actriz Sara Bernhardt, Félix Tournachon (también conocido como Nadar, por sus trabajos fotográficos) y otros aeronautas como los hermanos Godard.

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Ya no llueve

Y uno piensa en los traspiés. O es la llovizna sobre el techo de chapa, la jauría de autos, la soledad de las ciudades.

La inmediatez de lo cotidiano. Una estación de trenes abandonada y cubierta de yuyos, la espera de la muerte, la angustia de sentirse vivo.

En la calle vendedores de bolsitas de residuos, alfajores y pañuelos se confunden con malabaristas. Un barbijo pisoteado, la mirada del oficial de policía. La ciudad y sus prisas, instantáneas de un flâneur en pandemia.

Rodeos y más rodeos para entrarle al hueso, la vida eso que sucede mientras no nos damos cuenta, los «debiera» que no cumplimos, los pequeños triunfos que celebramos en silencio.

Ya no llueve. Por lo menos desde el cielo.

“Breve guía sobre Distros”, un libro para que incursiones en GNU/Linux

Mis primeros acercamientos a GNU/Linux fueron con Ubuntu, con su dock al costado y unos iconos diferentes a Windows. No hace tantos años, allá por el 2015 o el 2016 y en un dual boot (o doble arranque) que me permitía iniciar Windows o Ubuntu, según mis preferencias.

Desde entonces probé diferentes distribuciones y entornos de escritorio. Retrocedamos. Una distribución podría definirse como  una versión de GNU/Linux (Debian, Ubuntu, Huayra -incluidas en las netbooks del Plan Federal Juana Manso-, Linux Mint, KDE, Manjaro, Elementary, etc.) y el entorno de escritorio, la presentación o entorno gráfico, haciendo un resumen grosero y seguramente con muchas falencias.

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Esta es la nueva forma de vivir

Foto: Facebook Ministerio de Salud, Neuquén.

Colegio Don Bosco, 17 horas, tarea incansable de voluntarios y voluntarias. Celeridad. Filas y filas de personas sentadas que esperamos una segunda dosis. De vez en cuando aplausos.

Pasó apenas media hora, me toca el vacunatorio dos. “¿Cómo les fue con la primera?”, pregunta una de las vacunadoras. “Tengo una mala noticia, los síntomas se repiten”, bromea. Alguien pregunta por tomar alcohol, “sé que hoy juegan Boca y River, pero un vaso, no se pasen”.

Un pinchazo apenas y en el mismo brazo, el menos útil por si hay molestias posteriores. “Yo no, prefiero el otro -dice una señora- para tener un huevo en cada brazo”. Risas. La certeza de que es el lugar donde hay que estar, para terminar con esta pesadilla. “Para volver a ser felices”, pienso bordeando un discurso de púlpito. Me lo creo, a pesar de, desoyendo a, optimismo pos vacunado.

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Cuál es tu guerra

—¿Cuál es tu guerra?

—La guerra es contra el olvido. O el paso del tiempo.

—¿Te parece?

Asentí. —Me parecen los enemigos a vencer.

Estábamos sentados en un parque con bancos de madera y leyendas adolescentes.

—¿Y la tuya? —pregunté.

Me miraste desde un fondo oscuro. —Detesto la hipocresía, las convenciones, hubo una época que temí a los tatuajes.

Recostamos cabezas y oí las respiraciones entrelazadas. La brisa traía una armónica que rompía la siesta del domingo.

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Con la certeza de que va a fallar

Escribir

Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan. Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después. Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie. Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa. Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.

Leila Guerriero, en «Teoría de la gravedad», Barcelona, Libros del Asteroide, 2019.

Foto de Comida creado por freepik – www.freepik.es

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Pasteur al 600

La vi apoyada contra el vehículo. Aire casual, manos en el tapado negro. Tenía la mirada ausente, como aguardando al tiempo. El frío me cortó el rostro y ajusté el cierre de la campera. No podía dejar de mirarla, su presencia contrastaba con los arboles sin hojas y la tristeza que parecía posarse sobre Buenos Aires.

La calle Pasteur estaba transitada, como todos los lunes. Habían pasado las 9,50 cuando llegué a la puerta de la Mutual. Ella me miró y amagó una mueca triste que no mudó en sonrisa.

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Esta lucidez de estreno

¿Saben?

¿Cómo se llama? Esto que me pasa ahora. Es sábado. Acomodo en las alacenas cosas que acabo de comprar: jengibre, osobuco, agua, flores. ¿Cómo se llama? Esto. La cocina está desordenada y linda, como una mujer bella y despeinada, con laxitud resacosa y ausente de melancolía. La luz entra por las ventanas con un borboteo lento. Las gatas duermen junto a la estufa sobre un hermoso nido de lana cruda que les traje de Canadá. ¿Cómo se llama? Esta vibración en el pecho, este ahogo transparente, este brío. Como si al final del día me esperara una fiesta fantástica. Este vibrato de alegría no química que podría ser también su reverso: una congoja crocante y hermosa. ¿Cómo se llama? Esto. Esta lucidez de estreno. Los cantos de los pájaros cuelgan como carámbanos de las copas de los árboles que parecen un incendio manso. Nada extravagante está por suceder pero siento el cerebro enfocado como una máquina dulce, indolora. ¿Cómo se llama? Esto. Que no es amor ni placidez, pero que es amor y es placidez. Esta cosa viva, viva, viva, que se me resbala del corazón como un agua. Este optimismo tranquilo. Esta ausencia de desazón. Imágenes de mi pueblo y de Venecia. El recuerdo de la risa de mi madre, ganas de verla. Todo ese pasado volviendo a mí con otro rostro, más limpio: la pampa, la pampa, la pampa. ¿Cómo se llama esto? La añoranza del olor de los caballos. El recuerdo del ruido de la puerta de cancel de la casa de mi abuela. Este tiempo que no transcurre hoy. Esta pequeña nuez dorada hecha de fragmentos magníficos. ¿Cómo se llama? Apenas me atrevo a moverme. Grabo el sonido del crepitar de las estufas y, en la suave tarde viajando hacia la noche, se lo envío al hombre lejano. ¿Cómo se llama? Esto. ¿Alguien puede decirme?

Leila Guerriero, en «Teoría de la gravedad», Barcelona, Libros del Asteroide, 2019.

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