Día de Feria (primera aproximación)

Domingo. Pero podría ser un día cualquiera.

Pienso en el tiempo vital que perdemos trabajando y ese borrador que no avanza, queja aburrida de cualquier escritor.

Ayer recorrí la Feria del Libro. Me sorprendió la convocatoria. Stands llenos, una marea que hojea libros, pregunta, compra.

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Deberíamos estar bien preparados

La manera en que los chorlitos gritan adiós.
La manera en que el zorro muerto sigue mirando hacia abajo en la colina con un ojo abierto.
La manera en que caen las hojas, y luego la larga espera.
La manera en que alguien dice: no nos veremos más.
La manera en que el moho mancha el pastel,
la manera en que la acidez se apodera de la crema.
La manera en que corre el agua del río para no volver.
La manera en que los días se van para no volver.
La manera en que alguien regresa, mas solo en un sueño.

Mary Oliver, en «Devociones», Poesía reunida.

El velo

Aquella Navidad Daniela llegó alrededor de las siete de la tarde. Sentada en el comedor, imponía su presencia con un vestido largo de tonalidades claras. Se la notaba nerviosa, pero eso no me impidió taparle los ojos y susurrarle al oído. Se dio vuelta y sonrió. «Andá a jugar, José», dijo y me acarició la cabeza.

Nunca me gustaron las fiestas de fin de año. No sé si tenía que ver con la ficción de la familia unida o el apuro de mamá para maquillar los moretones, en una renovación anual de que las cosas podían mejorar. La impostura de la esperanza, supongo.

Daniela y mi hermana fueron a su cuarto. La tía Berta preparaba la ensalada rusa y papá y el abuelo cocinaban un lechón adobado, a tono con sus carcajadas y el pingüino de vino que circulaba desde temprano. En la cocina, el tío Ernesto —el que andaba «en algo raro» según el viejo— ayudaba con la mesa y preparaba la picada.

Varios primos correteaban por ahí y se defendían del ataque de los apaches. Yo los miraba desde la cocina y le contaba al tío Ernesto las desventuras de Sandokan y su pasión por Marianna, allá en la Malasia.

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Alpinista

Escribir una línea es más difícil que escalar el Everest, como si las palabras se resistieran a asociarse, peñascos sueltos que miran de soslayo a un alpinista y su hoja en blanco.

Llueve. Creo que mis anteojos necesitan más aumento.

O solo es la sensación difusa de los primeros minutos de la mañana.

Elegir las palabras.

Aferrarse a las que dan sentido y despreciar otras. O al menos, mantenerlas a raya.

La marca en la pared (O semillas de una novela)

Cada vez que pasaba por ahí no podía evitar echarle un vistazo. La escalera estaba apoyada en la única pared que había quedado en pie, sobreviviente inmune al fuego, en una suerte de resistencia sublime o de porfía del tiempo, según cómo se mire.

La pared conservaba las huellas del incendio y era el único testimonio de una estación de tren que contó alguna vez con su techo a dos aguas y sus andenes cargados de viajes, sueños y huidas.

La escalera había perdido sus dos primeros escalones y detrás de ella podían adivinarse las huellas blancas de unos dedos que desentonaban con el tizne del muro. Nadie se animó a derribarla quizás como recuerdo de la locura de Ramírez, que hacía tiempo que venía tomando alcohol puro y aquella noche no tuvo mejor idea que acercarse con una botella y comenzar a hacer cruces en las paredes para purificarse de sus pecados.

Fue cuestión de minutos para que la madera ardiera hasta el infinito, pese a nuestros baldes con agua, gritos y corridas.

De Ramírez nos quedó esa marca en la pared y de la estación, la escalera, la pared y quizás algún que otro recuerdo exagerado de los parroquianos que se juntan en el bar del Gallego.

Según papá, aquello fue el principio del fin. Luego llegaron los decretos del cierre de los ramales y el pueblo se fue muriendo de a poco, sin ternura, con una lenta agonía y la certeza que la zozobra comenzó después, cuando abandonamos nuestra tierra porque la economía no sabía de personas ni historias y algunos celebraban el dólar barato y la estabilidad de los electrodomésticos en cuotas.


(Vías, ramales, estaciones abandonadas. Una novela construida de pequeños indicios que prefiguran otros textos).

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Escribir a tientas (o Diario del desastre V)

Hay un recuerdo apalabrado por la memoria y el murmullo de una voz. No termino de divisarlo. Ni escucharlo. Pero ronda entre mis dedos, se desliza entre los poros de la piel mientras el tipo me mira cuando abro mi libreta.

Podría decirle que todavía no sé de qué se trata, pero es inevitable detener mi andar, sentarme en el banco de madera y anotar con la esperanza de develar lo que me ronda. Acosar la palabra e ir tras ella por si aparece, con la certeza que va a fallar, según Leila. No pido que el sujeto lo entienda. No hace falta.

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Esa burlona voz

… Vivir se vive

lejos de la aldea: se aprovecha y se goza

y luego, al volver, como yo, cuarentón,

se encuentra todo nuevo

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La ciudad me ha enseñado infinitos temores:

un gentío, una calle me han hecho temblar,

un pensamiento, a veces, espiado sobre un rostro.

Siento aún en los ojos esa burlona voz

de miles de faroles sobre el ir y venir de los pasos.

(Del poema “Los mares del sur”, en “Trabajar cansa”, de Cesare Pavese).


Buscaba otro libro cuando apareció, como suele suceder. En otro poema, el desarraigo. Dos amigos beben en una taberna: Mi amigo tiene sueños/(son un poco monótonos los sueños ante el crujir del mar)/donde el agua no es más que el espejo, entre una y otra isla,/de colinas, manchadas por torrentes y flores salvajes.

Su vino es así. Se contempla, en el vaso,/levantando colinas verdes sobre el llano del mar.

Esa figura de contemplar en el vaso los sueños, el dejar tu tierra, tras un porvenir incierto.

Comparto el poema completo:

Gente desarraigada

Mucho mar. Hemos visto ya bastante mar,
De tarde, cuando el agua se extiende sin colores
y difusa en la nada, el amigo la mira,
y yo miro al amigo y no habla ninguno.

De noche terminamos encerrados los dos en una taberna,
Aislados en el humo, bebiendo. Mi amigo tiene sueños
(son un poco monótonos los sueños ante el crujir del mar)
donde el agua no es más que el espejo, entre una y otra isla,
de colinas, manchadas por torrentes y flores salvajes.
Su vino es así. Se contempla, en el vaso,
levantando colinas verdes sobre el llano del mar.
Las colinas me gustan; y que hable del mar
porque es un agua clara, que muestra hasta las piedras.


Veo sólo colinas y me llenan el cielo y la tierra
con las líneas seguras de sus flancos, distantes o cercanas.
Pero claro, las mías son ásperas, y estriadas de viñas
que fatigan el suelo reseco. Las acepta el amigo
y las quiere vestir de frutos y de flores salvajes
para encontrarles riendo muchachas más desnudas que los frutos.
No hace falta: a mis sueños más ásperos les sobra una sonrisa.
Si mañana temprano emprendemos camino
hacia esas colinas, podremos hallar en las viñas
una oscura muchacha, quemada por el sol,
y, empezando a charlar, comerle un poco de uva.

El fútbol, otra vez

No había alcanzado a conciliar el sueño, cuando escuché la vuvuzela. Un soplido largo, casi una catarsis. A los pocos minutos, los fuegos artificiales, estruendos, gritos. La algarabía de un gol en el Mundial. Y no era un gol cualquiera.

—No puede ser —pensé todavía en la cama.

Y el celular empezó a vibrar, como si tuviese vida propia. Un vistazo a los resultados en vivo. No tuve más remedio que levantarme.

Porque, te confieso, me fui a dormir luego del segundo gol de Egipto, el que anularon por la falta al Licha Martínez. Me había levantado demasiado temprano y todavía me daba vueltas una foto con un referente de La Derecha Diario. ¿Hacía falta? Esa contradicción entre fingir demencia y alentar a este equipo que se metió en la piel de la gente.

Me gusta el fútbol. Y los Mundiales son especiales.

A pesar de mis resquemores con este que se juega en la tierra que bombardea a niños en Irán y que presiona sin disimulo para revisar la expulsión de un jugador estadounidense. Pero, ¿Cómo no emocionarse con una remontada que nadie esperaba?

Ayer, Scaloni decía que en el grupo le dicen «La llorona». Y este equipo tiene la virtud de permitirte que te emociones, que te abraces con un desconocido, que saltes, grites y revivas una y otra vez goles y jugadas.

¿El fútbol opio de los pueblos? Puede ser.

O quizás no y pienso en las banderas palestinas que aparecen en las tribunas, en las denuncias que brotan desde las propias entrañas del imperio. El fútbol y un escenario de disputas.

También es un Mundial que me recuerda a otro, de equipo golpeado que llegó a la final en 1990, con un gobierno neoliberal como el de ahora. Las lágrimas de Diego contra Alemania. Las de Messi, al finalizar el encuentro con Egipto.

Porque no estamos jugando bien, ¿No?

Pero con estos —ya no tan pibes algunos— nunca se sabe.

Casi dos horas después, salí a caminar por el barrio.

Me contaban que el centro de la ciudad era una marea celeste y blanca, un océano de bocinazos y cánticos. Por acá —barriada popular en la cercanía— calles medio cortadas, banderas y camisetas celestes y blancas por donde mires.

Una nena en los hombros de su papá y sus mejillas con tres rayitas celestes y blancas.

Otro envuelto en un trapo que necesita renovación.

Que hermoso deporte que es el fútbol, pese a mis innatas cualidades de patadura, el que mandaban como defensor, porque había que ponerlo en algún lado, para raspar y tirar la pelota afuera.

Y ayer, parecía todo perdido, solo quedaba la porfía de ir hacia adelante.

Pasa un auto destartalado, un brazo asoma de una ventanilla con una botella de cerveza en la mano. ¡Aguante Argentina!

Retruco con un bocinazo.

Varados (O Diario del desastre IV)

Había escrito dos o tres líneas sobre barcos de papel en el anaquel de una biblioteca polvorienta. Varados, con una ligera inclinación en un imaginario mar de madera. Se preguntaban por qué estaban ahí lejos de las olas, añorando un espacio que no conocen.

No sé dónde quedó ese fragmento. Me lo increpo, mientras Pilar Cimadevilla (*) se pregunta si se puede pensar un espacio a la distancia. «Es la primera vez que escribo sobre la Patagonia desde la Patagonia. ¿Se puede pensar un espacio desde lejos?». Comparto la inquietud.

Una estudiante que regresa a su casa para finalizar su tesis. Según la ficha bibliográfica, es una Crónica de Viajes. Pero es una novela.

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Náufragos ciegos (o la casa)

Hay una casa donde los susurros se deslizan por los rincones. Repiten liturgias y escuchan los ecos de la memoria. Dicen que sus puertas están abiertas y que atravesarlas es una osadía.

Algunos aseguran que oyen canciones azules que no acaban nunca. Y versos de poetas que arrojan botellas al mar como náufragos ciegos.

Están los que juran que se escuchan los murmullos de voces originarias, rogativas que nos recuerdan su vigencia. Y que llegan de improviso para que no olvidemos su legado.

Otros sostienen que es difícil hallar un portal de ingreso. Y buscan intersticios para hacer trizas lo cotidiano y su terca presencia de muerte y desigualdad.

No sé si es cierto, sí que allí confluyen artistas, pinceles y cuadernos que apuestan a crear entre tanta neblina. A veces alcanza, a veces no. Como la escritura y su manojo de palabras y representación.