Que el amanecer no deje de conmovernos

«Cada vez estoy más convencida de que en la vida de las civilizaciones, así como en la vida de los individuos, gran parte de la materia-demasiada- que no puede digerirse, de la experiencia que no se ha imaginado, indagado y comprendido, acaba en un rechazo de todo, acaba en anomia. Las estructuras fallan y ya no queda nada a lo que aferrarse.

En estos tiempos, es comprensible que el fanatismo religioso emerja y los fundamentalismos se alcen furiosos. El odio lo domina todo, por encima del amor.

¿Y cómo manejamos todo eso? El mayor peligro, tal y como veo en mí misma, es el peligro de replegarse en los mundos más íntimos. Debemos mantener nuestros canales abiertos al dolor. Y a la vez, resulta esencial poder vivir verdaderos momentos de felicidad, que el amanecer no deje de conmovernos, puesto que la civilización depende de esa dicha verdadera, que nada tiene que ver con el dinero ni la abundancia: la naturaleza, el arte, el amor humano. Quizá por eso los pandas del zoo de Londres me devolvieron la poesía por primera vez en dos años».


(May Sarton, en “La casa junto al mar”. Traducción de Blanca Gago. El resaltado es de quien suscribe.

El arte como fantasma inverso: la resistencia de ESCORZO

(Por Hernán Lasque)

Algunas reflexiones luego de ir al teatro

Puesta en escena de cuatro objetos: un atril de pintor, un banquito de madera, una silla de madera y una cinta de papel adhesiva que vemos al promediar la función. Todo sucede en un trilátero invisible e irregular conformado por el atril, el banquito y la silla. Allí, Jazmín y Marcos cobran volumen y se mueven de manera coreográfica durante toda la obra (no hallo otra forma de decirlo para evitar adelantarle algo más que mis impresiones a potenciales espectadorxs). Sobre la fina selección musical que talla la atmósfera a lo largo de la obra, solo diré que no podría haber sido mejor, ni más adecuada; si arman un CD, saldría como pan caliente a la salida.

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Papá movía las manos

Soñé con papá. Hacía mucho que no aparecía en sueños. Estábamos sentados en el andén de la estación en su pueblo, del que nunca pudo despegarse y que terminó por llevárselo. Mi hermana dice que estoy loca, pero para mí, si algo acabó con él, fue este país.

No recuerdo qué me decía pero se lo veía radiante. Movía las manos como lo hacía al explicar el derrotero de los personajes de Soriano con los que pretendía entusiasmar a los pibes de las barriadas, en lecturas con una voz impostada que aún extraño.

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Día de Feria (primera aproximación)

Domingo. Pero podría ser un día cualquiera.

Pienso en el tiempo vital que perdemos trabajando y ese borrador que no avanza, queja aburrida de cualquier escritor.

Ayer recorrí la Feria del Libro. Me sorprendió la convocatoria. Stands llenos, una marea que hojea libros, pregunta, compra.

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Deberíamos estar bien preparados

La manera en que los chorlitos gritan adiós.
La manera en que el zorro muerto sigue mirando hacia abajo en la colina con un ojo abierto.
La manera en que caen las hojas, y luego la larga espera.
La manera en que alguien dice: no nos veremos más.
La manera en que el moho mancha el pastel,
la manera en que la acidez se apodera de la crema.
La manera en que corre el agua del río para no volver.
La manera en que los días se van para no volver.
La manera en que alguien regresa, mas solo en un sueño.

Mary Oliver, en «Devociones», Poesía reunida.

El velo

Aquella Navidad Daniela llegó alrededor de las siete de la tarde. Sentada en el comedor, imponía su presencia con un vestido largo de tonalidades claras. Se la notaba nerviosa, pero eso no me impidió taparle los ojos y susurrarle al oído. Se dio vuelta y sonrió. «Andá a jugar, José», dijo y me acarició la cabeza.

Nunca me gustaron las fiestas de fin de año. No sé si tenía que ver con la ficción de la familia unida o el apuro de mamá para maquillar los moretones, en una renovación anual de que las cosas podían mejorar. La impostura de la esperanza, supongo.

Daniela y mi hermana fueron a su cuarto. La tía Berta preparaba la ensalada rusa y papá y el abuelo cocinaban un lechón adobado, a tono con sus carcajadas y el pingüino de vino que circulaba desde temprano. En la cocina, el tío Ernesto —el que andaba «en algo raro» según el viejo— ayudaba con la mesa y preparaba la picada.

Varios primos correteaban por ahí y se defendían del ataque de los apaches. Yo los miraba desde la cocina y le contaba al tío Ernesto las desventuras de Sandokan y su pasión por Marianna, allá en la Malasia.

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Alpinista

Escribir una línea es más difícil que escalar el Everest, como si las palabras se resistieran a asociarse, peñascos sueltos que miran de soslayo a un alpinista y su hoja en blanco.

Llueve. Creo que mis anteojos necesitan más aumento.

O solo es la sensación difusa de los primeros minutos de la mañana.

Elegir las palabras.

Aferrarse a las que dan sentido y despreciar otras. O al menos, mantenerlas a raya.

La marca en la pared (O semillas de una novela)

Cada vez que pasaba por ahí no podía evitar echarle un vistazo. La escalera estaba apoyada en la única pared que había quedado en pie, sobreviviente inmune al fuego, en una suerte de resistencia sublime o de porfía del tiempo, según cómo se mire.

La pared conservaba las huellas del incendio y era el único testimonio de una estación de tren que contó alguna vez con su techo a dos aguas y sus andenes cargados de viajes, sueños y huidas.

La escalera había perdido sus dos primeros escalones y detrás de ella podían adivinarse las huellas blancas de unos dedos que desentonaban con el tizne del muro. Nadie se animó a derribarla quizás como recuerdo de la locura de Ramírez, que hacía tiempo que venía tomando alcohol puro y aquella noche no tuvo mejor idea que acercarse con una botella y comenzar a hacer cruces en las paredes para purificarse de sus pecados.

Fue cuestión de minutos para que la madera ardiera hasta el infinito, pese a nuestros baldes con agua, gritos y corridas.

De Ramírez nos quedó esa marca en la pared y de la estación, la escalera, la pared y quizás algún que otro recuerdo exagerado de los parroquianos que se juntan en el bar del Gallego.

Según papá, aquello fue el principio del fin. Luego llegaron los decretos del cierre de los ramales y el pueblo se fue muriendo de a poco, sin ternura, con una lenta agonía y la certeza que la zozobra comenzó después, cuando abandonamos nuestra tierra porque la economía no sabía de personas ni historias y algunos celebraban el dólar barato y la estabilidad de los electrodomésticos en cuotas.


(Vías, ramales, estaciones abandonadas. Una novela construida de pequeños indicios que prefiguran otros textos).

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Escribir a tientas (o Diario del desastre V)

Hay un recuerdo apalabrado por la memoria y el murmullo de una voz. No termino de divisarlo. Ni escucharlo. Pero ronda entre mis dedos, se desliza entre los poros de la piel mientras el tipo me mira cuando abro mi libreta.

Podría decirle que todavía no sé de qué se trata, pero es inevitable detener mi andar, sentarme en el banco de madera y anotar con la esperanza de develar lo que me ronda. Acosar la palabra e ir tras ella por si aparece, con la certeza que va a fallar, según Leila. No pido que el sujeto lo entienda. No hace falta.

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Esa burlona voz

… Vivir se vive

lejos de la aldea: se aprovecha y se goza

y luego, al volver, como yo, cuarentón,

se encuentra todo nuevo

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La ciudad me ha enseñado infinitos temores:

un gentío, una calle me han hecho temblar,

un pensamiento, a veces, espiado sobre un rostro.

Siento aún en los ojos esa burlona voz

de miles de faroles sobre el ir y venir de los pasos.

(Del poema “Los mares del sur”, en “Trabajar cansa”, de Cesare Pavese).


Buscaba otro libro cuando apareció, como suele suceder. En otro poema, el desarraigo. Dos amigos beben en una taberna: Mi amigo tiene sueños/(son un poco monótonos los sueños ante el crujir del mar)/donde el agua no es más que el espejo, entre una y otra isla,/de colinas, manchadas por torrentes y flores salvajes.

Su vino es así. Se contempla, en el vaso,/levantando colinas verdes sobre el llano del mar.

Esa figura de contemplar en el vaso los sueños, el dejar tu tierra, tras un porvenir incierto.

Comparto el poema completo:

Gente desarraigada

Mucho mar. Hemos visto ya bastante mar,
De tarde, cuando el agua se extiende sin colores
y difusa en la nada, el amigo la mira,
y yo miro al amigo y no habla ninguno.

De noche terminamos encerrados los dos en una taberna,
Aislados en el humo, bebiendo. Mi amigo tiene sueños
(son un poco monótonos los sueños ante el crujir del mar)
donde el agua no es más que el espejo, entre una y otra isla,
de colinas, manchadas por torrentes y flores salvajes.
Su vino es así. Se contempla, en el vaso,
levantando colinas verdes sobre el llano del mar.
Las colinas me gustan; y que hable del mar
porque es un agua clara, que muestra hasta las piedras.


Veo sólo colinas y me llenan el cielo y la tierra
con las líneas seguras de sus flancos, distantes o cercanas.
Pero claro, las mías son ásperas, y estriadas de viñas
que fatigan el suelo reseco. Las acepta el amigo
y las quiere vestir de frutos y de flores salvajes
para encontrarles riendo muchachas más desnudas que los frutos.
No hace falta: a mis sueños más ásperos les sobra una sonrisa.
Si mañana temprano emprendemos camino
hacia esas colinas, podremos hallar en las viñas
una oscura muchacha, quemada por el sol,
y, empezando a charlar, comerle un poco de uva.