Zona de colaboraciones: «Los viejos», de Cristian Carrasco

LOS VIEJOS

 

I

La vejez

tiene poco que ver

con la edad

 

un cuerpo entrado en años

habitado por una conciencia

que vive plenamente

libre para elegir su rol en el mundo

sin miedo a la novedad

no es un viejo

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Zona de colaboraciones: fragmento de «Gil Wolf», de Humberto Bas

 
 
Gil Wolf – Fragmento

¿Cómo fue con Gil Wolf?

¿Cómo…?

Nada puede saciar mi curiosidad; ni la explicitación detallada de cómo fue con Gil… Si algo se aproxima es intentando seguir sus huellas yemales, salivales, seminales; rasqueteando las hendiduras por donde anduvieron sus manos y su…

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Zona de colaboraciones: poemas de Gerardo Burton

hay una estrella en tu espalda
y el perfume que lleva la sombra en el aire
un viento mueve apenas
las espumas que la marea entre algas
deja a los pies de las vírgenes
un desierto mece en las orillas
el canto de los océanos
bajo nubes de tormenta

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Zona de colaboraciones: “Luz” y “El paño rojo”, de Marcelo Rubio

Hacía mucho que no llovía en el pueblo de Salina Seca; tanto tiempo había pasado que los mayores no recordaban la existencia de la palabra “lluvia”, y los más chicos ni siquiera podían imaginar lo que era ver el agua caer desde las alturas. A veces, muy de vez en vez, el cielo dejaba escapar algún rezongo y el horizonte se fisuraba en un relámpago imperfecto. Pero cierta noche de febrero sopló una brisa húmeda, deliciosa, las nubes se arremolinaron en el este para hacerse espesas y con una decisión propia de los cielos encapotados, avanzaron en silencio para dejarse llover. Quizá porque hacía tanto que no llovía en Salina Seca y hasta los cielos estaban confundidos, o porque no siempre las cosas tienen que ser idénticas hasta lo indecible, esa noche llovió luz. Gotas de luces de todos los colores que fueron iluminando las calles. Gotas gruesas, finas, hirientes como agujas, bamboleándose en las copas de los árboles, haciendo equilibrio en los cables, dando pinceladas iluminadas en los jardines. Los mayores creían recordar que las lluvias habitualmente no eran así, pero no estaban muy seguros.

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Zona de colaboraciones: “Plástica bilis”, de Hernán Lasque

Plástica bilis


Llena de viento una bolsa roza en su vuelo incierto la ventana de un primer piso.

La cortina esmerila transparencias sin privar a la sombra que en el interior una luz de velador anima.

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Zona de colaboraciones: «Nubes» y otros poemas, de Edith Galarza

Gracias a quienes se sumaron a esta propuesta. Los trabajos se irán publicando en el transcurso de los días, alternándose con mis publicaciones.
Luego de Mora Reina,inauguramos la sección de la Patagonia, región que me abriga en este lado del mundo.

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Zona de colaboraciones: «El sol huye al borde de la tierra»

Era jueves. “El día de los jardines” le decían. El día en que se acicalaban los jardines de las casas lindantes. No la mía, que no tenía ni jardín ni lindes. Un refugio prestado por alguien compasivo. Siempre tratando de encontrar no sé qué decidí caminar un rato. Me perdí. Todo parecía igual, manzana tras manzana, casa por casa, jardín por jardín. El destino quizás decidió que en esa  fragmentación confusa y tratando de encontrar un desvío que me devolviera al punto de partida o me sacara de mi abulia insoportable, apareciera de pronto el jardinero. Alto él, sobrio, recatadamente amable. Apenas lo conocía. Hablamos un rato. 

Qué fascinante mundo el de los canteros, pensé después de escucharlo un rato. Cercar tu propia obra la hace más tuya, más personal, más real. 

Yo le conté mi fascinación por las casas viejas, los grandes espacios, los detalles, meras observaciones de un diletante, alguien que quiso ser arquitecto y terminó viviendo en una garita. Se rió. Volvimos juntos.  No sé cómo o cuándo entre enredaderas y desencantos asomó la idea. Un pequeño gran atraco, tan sencillo como efectivo. Un atraco mediocre, previsible, posible. Tan vulgar era nuestra decente existencia que lo pensamos seriamente. Lo peor no era tan malo. Lo peor era bastante aceptable teniendo en cuenta de dónde había nacido el proyecto. Nuestras vidas no eran envidiables.

Se había hecho tarde. El sol se escondía despacito por algún lejos.

Nos volvimos a ver. La idea se fortalecía y las  dudas desaparecían. 

Una suntuosa casona, escoltada por frondosos tilos. La habíamos visto durante años, también a sus moradores. Fríos, siempre erguidos y distantes pero previsibles. Dos lujosos autos en la cochera no eran nuestro objetivo. Nuestro objetivo era mucho menos ambicioso. Joyas seguramente, quizás antigüedades y alguna pintura valiosa, lo que era imposible distinguir para nosotros, claro, aunque se tiene algo de instinto y se confía mucho en la suerte. La suerte, decía mi abuelo sonriendo apesadumbrado, lo es todo. 

Si él tenía razón no había de qué preocuparse. Tampoco tenía sentido esmerarse. 

Nos esmeramos de todos modos. Aunque esmerarse no es algo que pueda ser juzgado más que por uno mismo. Sólo uno sabe cuánto se esfuerza, sólo uno. No hay nada más singular y por tanto nada más estéril que el esfuerzo. Entonces volvíamos irremediablemente a la sentencia familiar. La suerte lo es todo. 

Llegó el día. En verdad podía ser cualquiera en un rango de poco más de una semana, eso nos daba cierta tranquilidad y tal vez hasta un auspicioso augurio. Los Brat repetían las vacaciones cada año con rigurosa exactitud. De modo que fijamos fecha. Sugerí un paseo por el Tigre un poco antes para relajarnos y ultimar los detalles. No eran tantos detalles. Mientras hablábamos pensaba si robar un banco sería en ultima instancia no tan difícil como se tiende a suponer. Es robar, qué puede cambiar. Ajustar el plan, tomar los recaudos y lo demás es azar. Por un momento se filtró la odiosa idea de ser descubiertos, acusados, privados indefinidamente de nuestra libertad y otros tormentos. Tampoco parecía tan terrible. Era eso o el éxito del propósito, hacernos de lo suficiente para darle una oportunidad a nuestras ya escritas, tristes y aburridas vidas. Qué podía ser peor. Llegó el día. Nos sonreímos al encontrarnos. Caminamos tranquilos, entramos por atrás, era fácil. Juan tenía la llave de una puerta exterior que conducía al gran parque trasero y a un galponcito donde guardaba sus herramientas y su ropa de trabajo. Además había observado que la ventana del baño del piso superior permanecía siempre abierta.  Como él mismo lo propuso, después de asegurar la escalera contra la pared, subí yo primero porque soy más flaco, según dijo, en caso de que él no pudiera meterse dado el exiguo espacio. En realidad creo que estaba un poco asustado y lo usó como excusa. Pasé rompiendo mi remera pero sin lastimarme y le chisté para que hiciera lo propio. No muy convencido asintió con la cabeza, trepó y entró forcejeando.  

No nos llamó la atención que no hubiera electricidad pero nos hubiera debido. Quién deja semejante casa sin alarmas. Salimos del baño y vimos la gran escalera. Alrededor de ella seis habitaciones con aberturas de cedro. Aproveché a contarle a Juan que tal detalle está considerado un signo de distinción. La madera es costosa y en las viviendas económicas se evitan y se reemplazan por metal o por placas de otros materiales. Me dio la espalda. Mi charla parecía molestarlo así que me reenfoqué en nuestro objetivo. Bajamos a la planta principal y allí la enorme cocina, la despensa, el baño de servicio, dos entradas laterales más la espectacular sala con el fastuoso hogar, el recibidor no muy lejos de la biblioteca y la ostentosa entrada principal. Enmudecimos. 

Vacía. Totalmente vacía. Volvimos a mirar sin comprender, la recorrimos hasta el último recoveco, subimos y bajamos varias veces para volver a confirmar el desatino. Vacía. Toda la casa estaba vacía, sin muebles, sin antigüedades, ni joyas ni pinturas, sin botín. No logramos pronunciar palabra alguna. Bajamos por la pequeña ventana y salimos. Cerca del garaje me resbalé en una gran huella profunda. Obviamente no correspondía a la rueda de un auto, más bien de algo de más porte, un camión, de mudanza, claro. 

Nos separamos sin mirarnos. 

Me escapé hasta el infinito. Me detuve agotado en algún margen, donde nadie ni nada se reconoce, para seguir siendo un nadie y un nada.

Aún así, pensé, escapando de todo, al menos jamás se sabrá de mi triste conato fallido. 

En el límite de mis fuerzas y sin saber cómo las recuperaría me consideré afortunado por no haber sido descubierto, no por mi delito sino por mi bochornoso infortunio. Nunca me había sentido tan definitivamente excluido del mundo. 

La luz se desvanecía. Recostado contemplando el inmenso horizonte mientras intentaba armar mi diminuta historia de cercos, huellas y confines recordé de mis viejas lecturas algo que solía inquietarme y ahora curiosamente me animaba. –Al final de cada día también el sol huye al borde de la tierra. 

Mora Reina

(Photo by Bruno Martins on Unsplash)

Acerca de Mora Reina

Mora Reina nació en Buenos Aires. Escribe narrativa y nouvelle y ha sido distinguida por algunos de sus textos como Sobremesa y El Cerco. Tiene estudios de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Göttingen. Obra publicada: Alguien puso algo en mi sueño, La Fachada, El Latido, Llamada Perdida, La Bestia, El cuarto ajeno y El árbol gris, estas dos últimas compartidas con Claudia Reinert, colaboraciones en antologías y en diversas publicaciones literarias.