Palabras como peces abisales

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Las palabras son como peces abisales que sólo te enseñan un destello de escamas entre las aguas negras. Si se desenganchan del anzuelo, lo más probable es que no puedas volverlas a pescar. Son mañosas las palabras, y rebeldes, y huidizas. No les gusta ser domesticadas. Domar una palabra (convertirla en un tópico) es acabar con ella.

Rosa Montero, «La loca de la casa»

Debe tener pies y cabeza

«Lo primero que tiene que saber el que va a escribir es cuál es su meta, con qué material se debe meter o puede meterse. Cada uno debe saber cuáles son sus limitaciones, decirse: no me puedo meter con este material, porque no lo puedo manejar. No todos los materiales son para mí. Yo debo saber que un tema me va a convocar y que se va a imponer sobre todos los demás. Es como elegir cualquier otra actividad de la vida…

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Esperanza ingenua

Ignoro cuando apareció. Pero me despierta muy temprano. Cantos melodiosos, discontinuos, antojadizos. Minutos de trinos al mundo. En algún momento hace una pausa y replica, para dejarse vencer por el silencio. Es lo primero que oigo a la mañana y alivia la pérdida, deja atrás el chapoteo barroso de las preguntas, tu hueco en mi cama.

Escucho su melodía, su canción casi alborozada, como si le fuera indispensable cantar en mi ventana.

No lo he visto, pero lo imagino multicolor, un saludo colorido al mundo.

A veces regresa cuando deambulo por la casa, quizás para cerciorarse que estoy despierta, que aleje pensamientos aciagos y que mi diálogo con vos ya no es en términos de reproches y preguntas, sino de anécdotas, de puesta común, hasta de sonrisas.

Pájaro que canta y sostiene un relato de la pérdida, que busca tener a raya un dolor que no inmovilice, que se permita otras palabras. Alborea una esperanza ingenua. Suficiente para mí.

(Fragmento de «Lo que queda», novela inédita)

Hay una hora en la mañana donde el sol se refleja en mis anteojos, impide la visibilidad y también ilumina, momento de leve zozobra, de fastidio, de inquietud. La escritura tiene estos instantes de remar contra la corriente, de pies hundidos en el barro.

Pero así como aparece se diluye. Y surge la esperanza ingenua con la que a veces escribo. Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, «sin esperanza y sin desesperación», cita Carver. Es un poco así.

Feliz día a quienes escriben.

La lectura como hospitalidad

Un fantasma recorre Europa, Latinoamérica, el mundo. La lectura como un territorio de hospitalidad, el espacio donde anclarse ante el vértigo.

Leer como esperando algo, leer para develar y desvelarse. Leer para escribir, que iluso.

Anochece. El oficio de la escritura. Ginzbur, en «Las pequeñas virtudes», un destello que comparto:

…Por lo demás, no podría ni siquiera imaginar mi vida sin este oficio. Ha estado siempre ahí, ni por un momento me ha dejado jamás, y cuando lo creía dormido, su mirada vigilante y brillante seguía puesta en mí.

Así es mi oficio. Dinero, ya veis que no produce mucho; más aún, siempre hace falta trabajar al mismo tiempo en otro oficio para vivir. A veces también produce un poco, y obtener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, es como recibir dinero y regalos de manos del ser amado. Así es mi oficio. Ya he dicho que no sé mucho sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme; o, mejor, de los resultados ya obtenidos conozco su valor relativo, no absoluto, desde luego. Cuando escribo algo, en general pienso que es muy importante y que yo soy un gran escritor. Creo que les pasa a todos. Pero hay un rincón de mi espíritu en el que sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, un pequeño, pequeño escritor. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres: he comprobado que si me pregunto: «Un pequeño escritor, ¿como quién?», me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que ninguno ha sido jamás como yo, por muy pequeño escritor que yo sea, aunque sea una pulga o un mosquito entre los escritores. Lo que es importante, sin embargo, es tener la convicción de que es precisamente un oficio, una profesión, algo que se hará por toda la vida. Pero, como oficio, no es una broma. Hay en él innumerables peligros además de los que he dicho. Estamos continuamente amenazados por graves peligros hasta en el acto mismo de redactar nuestra página. Hay el peligro de ponerse de pronto a coquetear y a cantar. Yo tengo siempre unas ganas locas de ponerme a cantar, y debo mantenerme muy atenta para no hacerlo. Y hay el peligro de estafar con palabras que no existen verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado aquí y allá, al azar, fuera de nosotros y que reunimos con habilidad porque hemos llegado a ser bastante vivos. Hay el peligro de ser demasiado vivos y estafar. Es un oficio bastante difícil, ya lo veis, pero es el más bonito que existe en el mundo. Los días y las cosas de nuestra vida, los días y las cosas de la vida de los demás a que nosotros asistimos, lecturas, imágenes, pensamientos y conversaciones: se alimenta de todo esto y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, come lo mejor y lo peor de nuestra vida, a su sangre afluyen lo mismo nuestros sentimientos buenos que los malos. Se nutre de nosotros y crece en nosotros.

Foto: Pinterest

Rellenar huecos, aumentar márgenes



Los golpes de remo
 Los golpes de remo se funden con la respiración.
Las distintas voces de Oskar conforman un todo que, en realidad, no existe.
El propio Oskar deforma su historia. Habla de fallos de memoria, de insignificancias, de desgana. Deslinda fragmentos de la historia y habla escuetamente tamborileando con el índice en el hule. Rara vez responde a las preguntas. No es que las evite, pero sus respuestas siempre son ambiguas y abiertas.
Su modo de evitar.
—Eso lo han descrito de forma excelente otras personas.
—Eso lo recuerdo fatal.
Pero no es posible que lo hayas olvidado.
Estamos sentados en el banco, delante de la sauna. Matamos moscas, echamos las redes, tomamos café, y a veces Oskar menciona algo de pasada. Yo oigo las palabras, relleno los huecos, aumento los márgenes.
Oskar Johansson, el dinamitero del cuerpo destrozado. Está ahí, y menciona de pasada alguna cosa acerca de no sé qué. Las frases se deslizan y se superponen entre sí.
El reloj sigue sonando estridente e inexorable, y la distancia hasta la sauna es siempre la misma.
Estamos en el bote de remos.
La cantinela monótona de Oskar al contar los peces que sacamos.
Los juegos de cartas, Radio Nord, frecuencias y tazas azules desportilladas.
¿Y el narrador?
Oskar piensa que está tirando de las redes con demasiada lentitud.

(Fragmento de “El hombre de la dinamita”, de Henning Mankell, Traducción del sueco de Carmen Montes, edición digital). Imagen libre de Pixabay.
A propósito del Día Internacional del Trabajo. Felicidades a quienes trabajan con la palabra.

Fondista

Memoria quebradiza, austera, esquiva, que deja escapar imágenes y olores.

Lecturas silenciosas y voraces, la calma de una mañana cualquiera, previa al sofocón de los recuerdos.

Cartas viejas, textos inconclusos, renuentes, el olvido de tu voz.

La maquinaria forzada y altiva de algunas palabras.

Descreimiento de poses y frases. Más lecturas.

Un poema conmovedor de Chantal Maillard: escribir/como quien muerde un rayo/con los brazos en cruz.

Una llanura que todavía conmueve, el país de los tíos, el continente de las flores y el arenal de la memoria.

Arremangarse y sumergirse en el borrador cual fondista al que le faltan pocos kilómetros y sabe que debe llegar o desfallecer en el intento.

Respirar profundo, recuperar aliento, burlarse de las premisas.

Escribir con la persistencia de la memoria y la tiranía de las palabras.

Imagen: Pixabay

Esconder, desvelar, iluminar las penumbras

«Arenas movedizas» es un gran libro de Henning Mankell, que comienza cuando le diagnostican una enfermedad terminal. Una suerte de memoria que incluye distintas reflexiones y recuerdos inconexos -o no- desencadenados por una noticia y que el autor relaciona con la muerte y cómo nos enfrentamos a ella.

También es un libro sobre las creencias, los  espacios en que depositamos la fe o qué estamos haciendo con un mundo cada día más contaminado, con residuos radioactivos que nos sobrevivirán miles de años. En suma, un libro recomendable.
Transcribo un par de fragmentos, acerca del oficio de laburar con la palabra.

Cuando todo se vuelve demasiado complicado y difícil de abarcar, suelo contemplar una fotografía en blanco y negro que tengo en la pared. Es una foto de cuando yo tenía nueve años. Estoy sentado en un pupitre, en el colegio de Sveg. Cuando veo esa cara llena de curiosidad y la certeza de que todo es posible en la vida, siento que vuelve la fuerza de querer comprender.
La breve glaciación interior queda atrás. Todo vuelve a ser como siempre. Todas las verdades siguen siendo provisionales. La búsqueda de la coherencia puede continuar.
No existe nada más importante, supongo.

Pensé que los últimos relatos verdaderamente importantes trataban de rupturas. De la ruptura de personas, de la ruptura de sociedades enteras a través de revoluciones o de catástrofes naturales. Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra, y en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.
    Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras el otro cava para desvelar.



Mankell, Henning, «Arenas movedizas», Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets Editores, 2015. Traducción de Carmen Montes Cano.

El guiso de lecturas a la hora de escribir

Sacheri estuvo en la Feria del Libro de Neuquén y dio una amena charla sobre el oficio. La diferencia entre cuento y novela, la paciencia a la hora de escribir para escuchar a los personajes, conocerlos, animarse a fracasar, que también forma parte de un guiso que se cocina en nuestras cabezas.
“Lo primero que escribí fue una carta a mi viejo, una carta simbólica, una carta inútil, una carta imposible de olvidar. Y me hizo bien escribirla, sin un destinatario más que yo mismo.”
“Empecé a escribir cuentos porque los podía escribir en uno o dos días. Y no es que sea más fácil escribir un cuento que una novela. Son complejidades diferentes, pero la ventaja de escribir cuentos, es que en poquito tiempo, te avivás si camina o no camina. Capaz que lo escribís en uno o dos días, aunque después lo corrijas un montón”
“Yo siempre lo comparo con cruzar un río. En el cuento ves la otra orilla. Te metés a nadar y ves la otra orilla. Y la corriente te lleva, terminás en un lado u otro. Si la cosa camina mal, pegás la vuelta, porque seguís viendo la orilla de la que partiste. Yo demoré unos cincuenta cuentos y tres libros para decir que me iba a animar a escribir una novela, porque la complejidad de la novela es que te metés a nadar en un río cuya otra orilla no ves. Y cuando te metés a nadar, trabajás dos, tres meses, levantás el cogote y lo que ves es agua, para donde mires, lo único que hay es agua”.
Me quedo con aquello de que escribir hace bien. Aunque uno no sepa bien para qué.