«¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido los caminos rurales, los prados, los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta».
Milan Kundera, “La lentitud”, edición digital.
P.D.: En Argentina, a principios del siglo XX teníamos los linyeras, una suerte de flâneur criollo.
Resumiendo digamos que oscilamos entre dicha y desdicha casi como decir entre el cielo y la tierra aunque el cielo de ahora y el de siempre se ausente sin aviso
las ideas se van volviendo sólidas sensaciones primarias palabras todavía en borrador corazones que laten como máquinas ¿serán nuestros o de otros? este llanto de invierno no es lo mismo que el sudor del verano
el dolor es un precio / no sabemos el costo inalcanzable de la sabiduría
pensamos y pensamos duramente y una pasión extraña nos invade cada vez más tenaz pero más triste
resumiendo no somos los que somos ni menos los que fuimos tenemos un desorden en el alma pero vale la pena sostenerla con las manos / los ojos / la memoria
tratemos por lo menos de engañarnos como si el buen amor fuera la vida
De Mario Benedetti, en Biografía para encontrarme, edición digital.
Sigue este blog en Mastodon o el Fediverso para recibir actualizaciones directamente en tu feed.
Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.
279 publicaciones
14 seguidores
Seguir Con letra propia
Mi perfil
Pega mi perfil en el campo de búsqueda de tu aplicación o plataforma de redes sociales favorita.
Tu perfil
O, si conoces tu propio perfil, podemos empezar así. ¿Por qué tengo que introducir mi perfil?
Este sitio es parte de la ⁂ red social abierta, una red de plataformas sociales interconectadas (como Mastodon, Pixelfed, Friendica y otras). A diferencia de las redes sociales centralizadas, tu cuenta vive en la plataforma que elijas y puedes interactuar con personas de diferentes plataformas.
Al introducir tu perfil, podemos enviarte a tu cuenta, donde podrás completar esta acción.
Lo veo siempre. No sé si soy el único. A veces pienso que sí, aunque se empecine en plantarse en el medio de la calle, la mirada desafiante, el bolso en bandolera, con chucherías que nadie compra y un cartel de “desocupado” en el pecho. No es metafórico, lo lleva colgado, tiznado con el humo espeso de los neumáticos quemados, que escupen hacia arriba la bronca y el hartazgo de la protesta, desvirtuando las fronteras entre el cielo y el infierno.
Un pequeño volantazo para no atropellarlo y seguir mi camino. Como tantos. A veces creo que me reconoce. Al fin y al cabo, paso siempre por ahí y alguna que otra vez le atiné un movimiento de cabeza a modo de saludo, aunque lo más acertado sea pensar que me ignora, devolviendo gestos y gentilezas.
Lo veo siempre y verlo es consolidar una rutina, apropiarme de algo que no tiene, aunque llegar a fin de mes sea el milagro de los días. Verlo es estar en la otra vereda, que al fin y al cabo es la misma, porque nadie debiera ser pleno mientras otros son empujados a la calle para sobrevivir o morir en el intento.
Lo veo siempre. No sé si soy el único. Y le escribo aunque no lo sepa, quizás para dar cuenta de su existencia o para sentirme menos culpable, no lo sé. Pero lo veo a diario. Entrado en años, plantado en el medio de la calle, esperanzado en que nadie lo ignore. Lleva un cartel colgado en el pecho, la mirada desafiante, el bolso en bandolera.
Sigue este blog en Mastodon o el Fediverso para recibir actualizaciones directamente en tu feed.
Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.
279 publicaciones
14 seguidores
Seguir Con letra propia
Mi perfil
Pega mi perfil en el campo de búsqueda de tu aplicación o plataforma de redes sociales favorita.
Tu perfil
O, si conoces tu propio perfil, podemos empezar así. ¿Por qué tengo que introducir mi perfil?
Este sitio es parte de la ⁂ red social abierta, una red de plataformas sociales interconectadas (como Mastodon, Pixelfed, Friendica y otras). A diferencia de las redes sociales centralizadas, tu cuenta vive en la plataforma que elijas y puedes interactuar con personas de diferentes plataformas.
Al introducir tu perfil, podemos enviarte a tu cuenta, donde podrás completar esta acción.
Si en Demasiado lejos, Eduardo Sacheri relata la Guerra de Malvinas, con la visión de quienes están en el continente, en Qué quedará de nosotros, las miradas se anclan desde los soldados que fueron a Malvinas.
Militares que sabotean a sus propios camaradas de armas, soldados que cavan trincheras mientras esperan a los ingleses, escuchan el debut de Argentina y Camerún y combaten a un ejército profesional con hambre y la precariedad de fusiles de rezago.
La narración se centra en el transcurrir en las islas del “Trío Los Panchos”, un grupo de amigos que son enviados juntos a las Islas Malvinas.
—Che, Negro, me quedé pensando —dice de repente el Conejo—. Vos dijiste que ésta es la isla que está más lejos de la Argentina. —Sí. ¿Y qué con eso? —Que no podemos estar lejos de Argentina, boludo, porque estamos en Argentina. Bah, seguimos estando. Antonio lo piensa y es verdad. Ahora eso también es de Argentina. O fue siempre, pero ahora es más de Argentina porque están ellos. Como una respuesta adicional que no ha pedido, en el frente de una de las primeras casas, que parece más una oficina pública o algo así, hay un mástil alto en el que flamea una bandera celeste y blanca. Las casitas son de madera, con jardines delanteros con cerquitos que también son de madera. En uno de esos jardines hay tres personas de pie, que miran pasar a los soldados. Una vieja, un viejo y una mujer que debe tener la edad de Azucena, la madre de Magalí y del Conejo. Tienen pinta de ser isleños. Y tienen una cara de culo mortal.
Soldados que esperan. Esperanzados en que no haya conflicto y que puedan volver a casa. Pero la realidad dirá otra cosa. Y los ingleses desembarcarán. Y avanzarán sobre Puerto Argentino. Y estallará la guerra:
Esta noche de verdad los vio. A los ingleses. La primera vez, en Goose Green, entre el cagazo y la distancia, no. Los había adivinado. Pero esta noche los vio. Como a tres o cuatro vio, justo en el momento en el que más se acercaron. Son más grandes que ellos. Más viejos. O parecen. Pero deben ser más grandes. Como si tuvieran todos edad de tenientes, o cosa así. Menos mal que les dieron la orden de retirarse, porque se había quedado sin balas. Tanto que se las dio de veterano con sus amigos, recomendándoles que cuidaran la munición, y el que se quedó sin balas fue él. Pelotudo.
Por suerte el Conejo y Antonio están bien. Los ubicó cuando los reagruparon, casi amaneciendo. No les pasó nada. Estaban cansados. Serios. Tensos. Como todo el mundo. Pero estaban bien. Un poco impresionados por lo de Milossi y el Piragua, porque estaban cerca de sus pozos y oyeron cómo los mataban. Primero el Piragua, que le dieron de lejos. Y después a Milossi. Lo flanquearon mientras cubría la retirada, lo mismo que Quinteros.
Ahora están pasando con el rancho, pero Carlitos no tiene ni hambre. O sí, tiene hambre, pero no tiene ganas de comer. Es raro. No quiere cruzarse con nadie. Ni con sus amigos. No quiere hablar. No quiere escuchar hablar. No quiere que nada lo ponga a pensar, aunque se la pasa pensando y pensando sin poder evitarlo.
Ahora mismo no se puede sacar de la cabeza a esos ingleses que vio. Esos tres o cuatro que venían corriendo hasta que se tiraron cuerpo a tierra. Hasta ahora no tenía claro lo que significaba la guerra. Desde que los vio, desde que les tiró los últimos tiros que le quedaban, desde que se escapó de ellos justo a tiempo para que no lo mataran, Carlitos acaba de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra.
Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo. Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que se quedan con eso que querían los unos y los otros.
Es tan simple que a Carlitos lo asombra no haberlo entendido antes. Acá están las Malvinas. Las tenían los ingleses y los argentinos se las sacaron. Por eso ahora vienen los ingleses queriendo sacárselas de vuelta y empiezan a matarse los unos a los otros. El que más mate, gana la guerra. Y el que gana la guerra, se queda con las islas.
Una duda le queda, de todos modos, a Carlitos. Y esa duda es qué pensaran en Argentina. Cuando él estaba allá no tenía la más puta idea de lo que significaba la palabra «guerra». Ahora lo entiende porque está acá. ¿Pero lo entendería si se hubiera quedado allá? Ayer en la radio escucharon que está el papa de visita. Y millones de personas van a las misas que hace el papa. Y rezan por la paz. ¿Pero por qué paz están rezando? ¿Por una paz en la que ganan la guerra o una paz en la que pierden la guerra? ¿O por una paz en la que no les importa ganar o perder la guerra?
Carlitos, inmóvil en la misma piedra en la que lleva sentado toda la mañana, se promete que si vuelve vivo nunca va a decir una palabra de la guerra. Para qué. ¿Cómo te van a entender los que no estuvieron? O peor: capaz que te quieren consolar. O peor todavía: mirá si les da por quejarse. Si les da por quejarse de que los soldados argentinos perdieron la guerra.
Escucha un chistido desde su izquierda y se da vuelta hacia ahí. El Conejo y Antonio vienen caminando. El Conejo trae un plato de lata del que sale humo.
—Tenés que comer, pelotudo —le dice mientras se aproxima.
Y la novela se llena de preguntas. Y también de certezas:
—¿Le puedo hacer una pregunta más, mi teniente?
—Ya me preguntó algo terrible, soldado —el tono de Quinteros sigue siendo ligero—. Pero dele. Pregunte.
—Vamos a perder, ¿no?
El silencio que viene después es interminable. Carlitos sabía que era una pregunta de mierda, pero la tiene repicando en la cabeza desde que volvieron de Pradera del Ganso. O desde que encontraron la balsa de los comandos ingleses. O desde que se puso a mirar con atención las caras de los oficiales en el Estado Mayor.
—Sí, soldado.
Es raro. Porque Carlitos estaba seguro de que Quinteros le iba a contestar eso, pero hasta hace cinco segundos seguía ilusionado con que le respondiera otra cosa. Igual se da cuenta de que prefiere habérselo escuchado decir al teniente y no a cualquier otro.
—¿Sabe qué me da miedo, mi teniente? Qué van a decir allá, cuando volvamos.
—¿En el continente?
—Sí. Cuando volvamos. Y hayamos perdido las islas otra vez.
Quinteros da otra pitada.
—No sé, López. Ojalá la gente se lo tome bien. Pero no sé. Capaz que no.
Ahora es Carlitos el que se lleva el cigarrillo a los labios y da una calada prolongada.
—Eso es lo que más me jode —dice Carlitos, tan abstraído en lo que están hablando que se olvida de agregar el consabido «mi teniente».
—¿Qué cosa?
—Que vinimos, nos cagamos de frío, con perdón... pero nos cagamos de frío, nos enfrentamos a estos tipos. Y cuando nos vayamos... yo me pregunto, ¿no?
—Se pregunta ¿qué?
—¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos? Eso me pregunto, teniente. Me pregunto qué quedará de nosotros. Si es que queda algo, ¿vio? En la memoria de la gente, después…
Carlitos deja la frase por la mitad. Es raro. Lo viene pensando hace un montón, pero ésta es la primera vez que lo pone en palabras. Y cuando lo sacó de su cabeza para decirlo, le sale por la mitad, todo confundido y mezclado. El teniente da otra pitada. No dice nada. Una bengala, a lo lejos, sube en el cielo y después empieza a planear hasta que su luz se extingue. Los ingleses las tiran de vez en cuando. Al principio les daba impresión saber que están tan cerca, al otro lado del valle. Ahora ya se acostumbraron.
—No sé, López. La verdad es que no lo sé.
Terminan los cigarrillos en silencio. El teniente se levanta.
—Eso sí —dice, y de nuevo la voz de Quinteros recupera una nota de buen humor—. ¿Me parece a mí, o usted también nació viejo, soldado? Demasiado pensamiento...
Carlitos sonríe en la oscuridad. Quinteros apoya los codos en el borde de la trinchera para impulsarse y sale al exterior. Le da las buenas noches y se pierde más allá.
El final es conocido, la derrota inminente. Habrá soldados que sobrevivirán. Uno será el teniente Quinteros. Lo primero que hará es acompañar. «Se las ingeniará para regresar al continente acompañando a sus soldados, ahora prisioneros. Y dentro de unos días, en Campo de Mayo, va a vestir el uniforme sin una arruga y sin una mancha y va a salir al encuentro de cada una de las familias de los soldados de la compañía para darle, a cada una, noticias de sus hijos, sus hermanos o sus novios. Va a llevar en la mano un portapapeles con la lista que incluye cada nombre de cada soldado ileso, cada soldado herido y cada soldado muerto. Y delante de cada familia va a buscar en la nómina cada nombre que le pidan, y va a compartir con ella lo que toque, el alivio, la angustia o el dolor».
Y participará de encuentros con veteranos, por más que al principio no quiera juntarse con nadie a hablar de nada de lo sucedido en las Malvinas. «Recién con el transcurso de los años cambiará de idea, y comenzará a participar de los encuentros de sus veteranos. Porque esos soldados sobrevivientes, a medida que los días y los años se empiecen a apilar unos sobre otros, van a descubrir que les hace bien verse de vez en cuando. Verse y hablar. Del presente y sobre todo del pasado. De ese pasado. Y Quinteros va a empezar a asistir a esas reuniones. En esas juntadas muchos soldados van a repetir una y otra vez sus memorias de esas noches finales del asedio y de la derrota. Quinteros no será de los que tomen la palabra. Quinteros los va a escuchar con atención, pero no va a compartir sus propios recuerdos. Ni con ellos ni con nadie. Procederá así porque él nunca fue, ni será, propenso a contar sus cosas».
Y elegirá recuerdos para sobrevivir, dos momentos extremos. «A veces elegirá acordarse de ese momento de la última noche de la guerra en la que, en la cresta de una cima abandonada, cagaron bien a tiros a la vanguardia de los ingleses y los putearon bien puteados, y por un instante sintieron que esa guerra contenía, para ellos, algo más que la derrota».
Y también el último amanecer, el del 14 de junio de 1982. El registro de tres soldados mientras caen las bombas. El Trío Los Panchos, bajo un cañoneo interminable, buscando el camino de regreso a casa.
Sigue este blog en Mastodon o el Fediverso para recibir actualizaciones directamente en tu feed.
Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.
279 publicaciones
14 seguidores
Seguir Con letra propia
Mi perfil
Pega mi perfil en el campo de búsqueda de tu aplicación o plataforma de redes sociales favorita.
Tu perfil
O, si conoces tu propio perfil, podemos empezar así. ¿Por qué tengo que introducir mi perfil?
Este sitio es parte de la ⁂ red social abierta, una red de plataformas sociales interconectadas (como Mastodon, Pixelfed, Friendica y otras). A diferencia de las redes sociales centralizadas, tu cuenta vive en la plataforma que elijas y puedes interactuar con personas de diferentes plataformas.
Al introducir tu perfil, podemos enviarte a tu cuenta, donde podrás completar esta acción.
El 24 de marzo se conmemora el 50° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, cuando -en representación del estado argentino- se cometieron delitos de lesa humanidad y secuestraron a hombres y mujeres, para trasladarlos a centros clandestinos de represión donde fueron torturados y asesinados.
Escribí varios textos que dan cuenta de aquellos años. Comparto algunos.
El día que nunca terminó de encajar
Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.
El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.
En la cocina, el primer hervor del agua terminó por despabilarla, se dejó embriagar por el aroma del café en saquitos.
No vayas a trabajar, recordó.
Su negativa. «Por qué no, si no hice nada malo».
Aquel día nunca terminó de encajar ni languideció con las ocupaciones cotidianas, las que dan algún sentido y tranquilidad. Y supo que algo andaba mal cuando él no regresó a casa. En la radio, voces ásperas, el país bajo el control operativo de las Fuerzas Armadas.
Los primeros llamados a los compañeros de trabajo. Nadie sabía nada en la fábrica, convenientemente custodiada por soldados y un carro de asalto. La denuncia policial, la artera esperanza de que regresaría, el inicio de la espera y la búsqueda, el velo del no te metás, la incertidumbre.
Fueron años que prefiere no recordar y en los que sobrevivió gracias al barrio, al recuerdo de Beto, que los empujó a organizarse para reclamar por cloacas y agua, la garita del ómnibus.
Un día el velo se rasgó y supo del secuestro de delegados y delegadas, reconstruyó su historia particular en el dolor colectivo. Y se reconoció en otras olvidadas. Fue natural reclamar en la calle. Desde entonces.
En la radio, voces de conmemoración y actos en todo el país. Alguien pide una canción. Ella se mira las arrugas. Desparramando fe, las Madres del amor.
Mensaje de hija que no había visto, emojis con muchos corazones, el «descansá» de todas las noches. «Te paso a buscar a las seis». Asintió, como si ella pudiera verla y se dejó arropar por el olor a pan tostado, Beto, su compañía.
Varios textos que hablan de la alegría, como una trinchera para los tiempos en que te quieren desanimado.
No dudes
Si de repente y sin esperarlo sientes alegría, no dudes. Entrégate a ello. Hay muchas vidas y ciudades enteras destruidas o a punto de serlo. No somos sabios y no muy a menudo amables. Y demasiado no podrá ser nunca redimido. Aun así, la vida aún tiene alguna posibilidad. Quizás esta sea la manera de combatirlo, que a veces algo ocurre mejor que todas las riquezas o el poder del mundo. Podría ser cualquier cosa, pero muy probablemente lo percibes en el momento en que el amor empieza. Sea como sea, ese es a menudo el caso. De todos modos, sea lo que fuere, no temas su abundancia. La alegría no está hecha para ser una migaja.
De Mary Oliver, en “Cisne” (2010)
Uno más conocido:
Defensa de la Alegría
Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y las definitivas
defender la alegría como un principio defenderla del pasmo y las pesadillas de los neutrales y de los neutrones de las dulces infamias y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera defenderla del rayo y la melancolía de los ingenuos y de los canallas de la retórica y los paros cardiacos de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino defenderla del fuego y de los bomberos de los suicidas y los homicidas de las vacaciones y del agobio de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza defenderla del óxido y la roña de la famosa pátina del tiempo del relente y del oportunismo de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho defenderla de dios y del invierno de las mayúsculas y de la muerte de los apellidos y las lástimas del azar y también de la alegría
De Mario Benedetti, en “Botella al mar”
Otro de Mary Oliver
Temblamos de alegría
Temblamos de alegría, temblamos de pena Qué temporadas pasan, esas dos acogidas como están en el mismo cuerpo.
El mate recién hecho, el silencio de un domingo. Refugiarse, como si fuera posible.
Uno de mis gatos, la fruición al tomar agua, le va la vida ahí.
«¿Estás escribiendo algo?».
«Nada».
Lecturas. Fundación de pueblos en el sur, refugios de maleantes, hombres y mujeres golpeados por la vida y marginados, entre amigos del poder que usurpaban tierras de indios. Temas que rozan dos narrativas de por acá que leí en los últimos días, recomendables. (1 y 2).
Me oye teclear. No es el aporreo frenético del trabajo, sí el pausado. Se detiene, deja caer su ratita de peluche y luego sigue con su juego, un siseo que rebota contra algunos muebles de la habitación, alguna embestida más fuerte y un que otro derrape que termina en las paredes.
El mono de la tinta Este animal abunda en las regiones del Norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo; está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta.
Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo.
WANG TA-HAI (1791).
(Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,“El mono de la tinta, en “El libro de los seres imaginarios”)
No hay monos, sí gatos. La reina de la casa acompaña cuando escribo, porque se da una vuelta y me topa, para seguir su camino. Si la cosa va en serio, se enrolla a mi lado mientras me mira desde sus enormes ojos negros y amarillos. Nunca parpadea, lo cual a veces inquieta un poco. No sé si es una orden de «No aflojés» o bien su sello que está más allá del bien y del mal.
—Te iba a pedir algo para comer, gracias —y guarda el dinero.
Entrechocamos puños. Me obsequia una sonrisa y se va.
Pasa por delante del vehículo para charlar con unos albañiles en una obra.
Lo vi levantar una piedrita del suelo. Ese gesto. Ahí percibí su flacura imposible. No llevaba medias y apoyaba sus talones sobre en los bordes aplastados de sus zapatillas.
Me lo crucé de nuevo por la tarde, en otro semáforo. «Me hice un rodete, ¿Ves?»
Apuntes en un diario, porque en alguna página hay que derramarse.
Esta cita de «Carol», novela pendiente, una deuda que saldo.
El capitalismo y su alienación. Al inicio del libro, la joven protagonista reflexiona sobre la vida de una compañera de trabajo de unos cincuenta años, espejo de lo que puede ser la suya.
«Therese abrió la boca para hablar, pero su mente estaba demasiado lejos. Su mente estaba en un punto muy distante, en un lejano torbellino que se abría al escenario de la terrible habitación, tenuemente iluminada, donde las dos parecían resistir en una lucha denodada. Y en aquel punto de la vorágine en que se hallaba su mente la desesperanza era lo que más la aterraba. Era la desesperanza del dolorido cuerpo de la señora Robichek, de su fealdad, de su trabajo en los almacenes, de la pila de vestidos del baúl, la desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida».
La subrayo y copio.«Y la desesperanza que había en la propia Therese de no llegar a ser nunca la persona que quería ser ni hacer las cosas que quería hacer. ¿Acaso toda su vida había sido sólo un sueño y aquello era la realidad? Era el terror de aquella desesperanza lo que la hizo desear quitarse el vestido y huir antes de que fuera demasiado tarde, antes de que las cadenas cayeran sobre ella y se cerraran».