Cuesta existir cuando no te reflejas en la mirada del otro

Grata sorpresa, mientras avanzo en la lectura, sutil, sin golpes bajos, por lo menos hasta ahora. Historia cómplice y confidente, aovillada. Seres disímiles que se cruzan, un relato que sostiene, resignifica, da cuenta de una falta. Cuando no. Lecturas que remiten a otras.

De alguna manera me transportó a casa. Las revistas de la Editorial Columba. Helena, en Intervalo, algún que otro libro de Danielle Steel, en la biblioteca y otros bestsellers de los ochenta. Textos que dialogan con otros. Y también con los recuerdos.

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Entrever (o anotaciones de invierno)

El campo es una herida absurda, agazapada, una inmensidad que no tiene fin, que de alguna manera siempre retorna.

«Después de cruzar el campo ondulado -al frente y por ambos lados- la tierra tan lejos como alcanzaba la vista, mostrábase absolutamente plana, en todas partes verde por los pastos invernales, pero sin flores en esa época del año y con resplandores de agua en toda su extensión.

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Literatura, supongo

… Era riojano, tal vez. O jujeño. O a lo mejor, ninguna de las dos cosas, pero a mí, no sé por qué, me gustó que fuese jujeño, del mismo modo que elegí tu risa: un matiz sombrío de tu risa, que si no existió debiera haber existido. Literatura, supongo. Las palabras que hacen tan fácil una lluvia, que se meten en la vida (mi vida) y la desplazan, desalojan tu cuerpo real y tus ojos -pardos, raros, parecidos a los de otra mujer y tal vez por eso te dije que te quería, o te quise- ojos que en algún momento de esa primera noche me hicieron decir una idiotez, salpicados como eran de puntitos negros, de gata, eso fue lo que dije. Y vos te burlaste. «Es fatal», dijiste sonriendo: «Los gatos, las brujas». Tenías la voz oscura, alargada en un canturreo. Cierto, dije molesto, la originalidad. Me mirabas. Que la originalidad se la regalo a los que no tienen otra cosa. Dijiste que no era para tanto y dejaste de sonreír. Después no sé.

Una de esas conversaciones caóticas y disparatadas que son como tanteos o como señales luminosas emitidas en la oscuridad por dos que se buscan, cuando uno ya siente que se orienta hacia el otro, que se aproxima al centro de otra incógnita. Una especie de juego en la que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento

Castillo, Abelardo, «Crónica de un iniciado», edición digital.

Azami

«Azami. Esa flor me parece única, con su forma peculiar y su color violeta. No se suele regalar a causa de las espinas puntiagudas que cubren sus hojas. Una flor bastante inabordable».(*), válida para el deseo, la aventura de los cuerpos.

También para la mano, su trazo en el papel, la correría de un texto.

Cubrirse el rostro con las manos. Abrir los ojos. Hurgar entre las sombras.

Sostener(se).

A diario.

(*) Azami, El club de Mitzuko, de Aki Shimazaki, traducción de Íñigo Jáuregui, edición digital).

Foto: Pixabay.

El papelito rosado

Mientras el sol del mediodía pinta de blanco el cemento de las veredas y construcciones, otros colores caen desde la ventana abierta de un edificios de oficinas, a treinta y cinco pisos de altura. Ahora, sobre la vereda impactada, un cuerpo envuelto en un traje oscuro barato exhibe el interior de sus órganos, manando sangre que repta con la lentitud propia de un líquido semiespeso.

Alrededor se forma un círculo de gente. Charlas, comentarios, celulares tomando fotos. La muerte se transforma en centro de atención. Observar un cadáver conforma la última línea de defensa contra la nada: ver la muerte en otro, verla y no experimentarla, estar en presencia de un cuerpo vaciado de vida que -por ahora, sólo por ahora- no es el propio. Esa incompatibilidad entre observar y morir es la razón por la que no hay espejos en las salas velatorias.

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Al borde de la cornisa

Y uno bucea en textos que alivien el día, arrastren las penas, las escurran por las alcantarillas.

A veces, las lecturas dan una mano.

«… y la chatura de la pampa le pareció una forma de silencio, o mejor dicho, la otra cara del silencio que él nunca había visto. Hasta los pájaros hablaban en otro idioma y entre ellos.»*

Silencio ante tanto bullicio.

Un viejo poema proclamaba defender la alegría como una trinchera. Alguien se planta y pide recuperar palabras. Ternura es una de ellas.

Una protagonista y el asilo en un barrio de librerías para refugiarse del dolor.

—Y cuéntame, ¿qué has aprendido viajando y leyendo?

—Muchas cosas. A fuerza de viajar y de leer siempre me convencía de que no sabía nada. Así es la vida. Una duda continua. ¿No había una poesía de Taneda Santōka que hablaba de ello? «Te haces camino entre los montes y solo encuentras otros montes».**

En otras ocasiones no hay lecturas que alcancen y la vida muestra toda su ferocidad. Solo basta mirar alrededor para darse cuenta.

Y uno transita por el borde de esa cornisa diaria.

(*) Kamiya, Alejandra, en el cuento La garza, en La paciencia del agua sobre cada piedra, 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2023. Libro digital, EPUB.

(**) Yagisawa Satoshi, Mis días en la librería Morisaki, edición digital.

Los golpes de remo

Los golpes de remo se funden con la respiración.

Las distintas voces de Oskar conforman un todo que, en realidad, no existe.

El propio Oskar deforma su historia. Habla de fallos de memoria, de insignificancias, de desgana. Deslinda fragmentos de la historia y habla escuetamente tamborileando con el índice en el hule. Rara vez responde a las preguntas. No es que las evite, pero sus respuestas siempre son ambiguas y abiertas.

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Sobre estilo y escritura

Y a veces, uno piensa que es una persona que escribe. No escritor, que conlleva algo de pose. Sí una persona que escribe.

A propósito de la escritura, Piglia en sus diarios:

Al principio las cosas fueron difíciles. No tenía nada que contar, su vida era absolutamente trivial. «Me gustan mucho los primeros años de mi diario justamente porque allí lucho con el vacío. No pasaba nada, nunca pasa nada en realidad, pero en aquel tiempo me preocupaba. Era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias», había dicho una tarde en el bar de Arenales y Riobamba.

Entonces empezó a robarle la experiencia a la gente conocida, las historias que se imaginaba que vivían cuando no estaban con él. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora. Tenía una convicción absoluta y el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener un estilo».

Ricardo Piglia, en “Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación”, edición digital.

(La foto es de Pexels).

La comunión de ciertas palabras

Despertó y supo que había soñado con ella. No recordaba nada, si la sensación de una visita cálida. Quizás era la oscuridad o solo la respiración pausada, la calma y tranquilidad que deja un roce en la cabeza, el silencio de algunos días.

Intentó recordar alguna imagen. Imposible.

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