Efímera tregua

Dejó de llover.
Las gotas caen pesadas desde el techo sobre las macetas, mueren en el suelo, desperezan la mañana.
Se oyen algunos pájaros.
El aire húmedo entra por la ventana. Todavía impera el silencio.

La gata ya hizo su recorrido por el patio esquivando charcos —supongo que habrá comprobado que todo está en orden— para regresar y adueñarse de la banqueta.
Retrae sus patas delanteras y se posa con suavidad sobre la cuerina.
La oscuridad empalidece y retrocede. Una vez más.
Efímera tregua en un día de ferocidad.

“¿Desde hace cuántos días cae, serena y silenciosa, la lluvia de primavera?
Como de costumbre, preparé los pinceles y la moleta de escribir; sin embargo, por más vueltas que le daba, no se me ocurría nada que contar. Eso de imitar viejas historias es cosa de principiantes. No obstante, dado que mi vida es igual a la de cualquier humilde montañés, ¿qué otras cosas podría yo contar? Me han engañado en torno a los sucesos del pasado, tanto de la Antigüedad como de nuestros días, con el resultado de que yo mismo, a mi vez, engaño a la gente sin saber siquiera que tales sucesos fueron falsos. No hay remedio. Aun así, considerando que hay quienes contando ficciones consiguen que los demás las tengamos en mucho como hechos verdaderos, voy a animarme a seguir escribiendo historias mientras escucho cómo cae, incesante, la lluvia de primavera.”

(Prefacio de “Cuentos de lluvia de primavera”, de Ueda Akinari, edición digital)

Tablón a la deriva

“No pretendo excusarme, pero en aquel momento no me sentía con ánimo para juzgar si lo que hacía era correcto o no. Tan solo me aferraba a un tablón a la deriva y me dejaba arrastrar por la corriente. A mi alrededor todo estaba a oscuras, en el cielo no se atisbaba una sola estrella ni había rastro de la luna. Agarrarme a ese tablón impedía que me ahogase, pero no sabía dónde estaba, adónde me dirigía.”

(Murakami, Haruki, “La muerte del comendador”)

El sol amaga con esconderse en esta mañana de domingo. Silencio, casi absoluto. Viento, una leve brisa por ahora, como corresponde a la Patagonia. Dejarse llevar por las palabras, quizás un intento de recuperar un pulso, de regresar a un camino conocido, sin atajos ni ataduras.
«No disimular nada ni ocultar nada. Escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor y a nuestra felicidad. Escribir sobre nuestra torpeza sexual. Sobre el sufrimiento de Tántalo. La magnitud de nuestro desaliento -creo entreverlo en sueños-. Nuestra desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia», dice Luis y replico. Ahora que lo pienso, esta es una entrada sobre réplicas y reproducciones. Dejarse llevar como el tablón a la deriva y tratar de no ahogarse en estos tiempos de ferocidad.
Quizás se trate de aferrarse a ese tablón con certezas que nos mantienen a flote, la obstinación de la escritura y este espacio de encuentro, en esta suerte de diario desatendido como escribí por ahí.
La mañana despierta y los ruidos de la calle llegan con intermitencia. El viento espantó las nubes, dejando un celeste claro, de esperanza atiplada, como suele suceder en las mañanas de domingo.

Lluvia, tregua, el ronroneo en una banqueta

Sábado. La gata ha cambiado de costumbre y ya no ronca con una impunidad absoluta mientras escribo. Desde hace días monta guardia en una banqueta que por los azares de la limpieza quedó al lado de mi mesa.

No duerme y me mira. A veces espía hacia la ventana y vigila el jardín lluvioso. Recorro algunos blogs, descubro otros, tregua momentánea y no tanta, porque en la radio siguen analizando los despojos de un país.
“…he olvidado casi todo lo que aprendí y me cuesta extraer como de un pozo lo poco que sé”, coincido. Más leo y cuando escribo menos expectativas deposito en el resultado, si es que hay alguno en este rejunte de palabras. Escribir es como respirar, me van a tener que seguir leyendo (iba a escribir soportando).
En lo estrictamente literario, más de treinta personas descargaron “Alivio contra la ferocidad”, en su primera semana. Picaron en punta el PDF y el archivo en pliegos, listo para imprimir, cual librito para llevar. Gracias a quienes se animaron.
Volviendo a las treguas, la lluvia paró, dejando un cielo encapotado, el olor del pasto mojado que dispara los recuerdos a otras tierras y otras lluvias. Siempre presentes. El cajón de la memoria y los tesoros bajo llave.
 En el mientras tanto, la escritura. Y este sábado de mate frío y que habrá que ensillar de nuevo.

Primavera

Hoy pude escuchar de nuevo aquellos discos. Sin que doliera o por lo menos sin que el dolor acongojara el pecho.
Las preguntas imposibles revolotean, las respuestas no. Quizás nunca aparezcan.
La congoja parece esfumarse. Ahora queda el nudo atorado, el que dificulta la respiración, de a ratos.
Allá el río, su corriente, el arrastre de los recuerdos.
Acá mis piernas cruzadas y el viento sobre la cara, rodeado de adolescentes , arrumacos y carcajadas.
Primavera a pleno. Destellos en mi oscuridad.
Harapos que revisan tachos de basura.
El lujo —caro— de mi tristeza.
El cielo rojo tras las bardas.
Una lata vacía. Voy por otra.
Salud.
A tu desmemoria.

Tengo toda la escritura por delante

«Escribir fragmentos, escribir notas en una libreta al vuelo de los días, es lo que más se acerca a una escritura que no sabe que miente. Luego, cuando se reelabora, se crean los subterfugios y establecen las maneras de no decir o no decir del todo. Pero aquí, en esta libreta negra, todavía no sé lo que no me permitiría confesar. No importa si lo que digo es cierto. Ni siquiera hace falta saberlo. No sé lo que pasará mañana. No sé lo que escribiré después. Tengo toda la escritura por delante.»

(Lalo, Eduardo, “Simone”, Buenos Aires, Corregidor, 2012, p. 58).
Me rindo ante Lalo, no hay caso. Pienso en la escritura fragmentaria, el derroche de palabras en una libreta, mientras paseo en la ciudad. La señora y su hijo esperan un colectivo que no llega, como yo. Él la abraza, ella simula quejarse, pero se deja contener. «Sos un payaso», escucho.
Enfrente, una pareja apoyada contra una vidriera de instrumentos musicales. Sus besos, la música de sus gestos.
Me olvidé los auriculares. Bocinazos, prisas, palabras que arrojo sin pensar, acaso como Simone. ¿Por qué todavía seguimos escribiendo?
Pasan los colectivos amarillos y el mío que no llega.
El cielo encapotado, el mimo del olor a lluvia.  ¿Es aquél? No tampoco.

La música en la estación

Caminaba la ciudad de noche, con el disco que en reproducción continua. Recorría la Avenida Spinetto de madrugada, rumbo a casa, bajo el frío del invierno y mientras la ciudad dormía.

Eran tiempos parecidos a estos, con la diferencia que había cierta estabilidad económica. Pero se repetían la hipocresía y las mentiras, el cinismo, las complicidades, crecían los silencios y los despojados que el neoliberalismo dejaba en las calles.
“Sur” era la poesía hecha cine y Piazzolla la revelación. “No ves que vivo en un país, que está de olvido, siempre gris”, cantaba Goyeneche.
Mi primer trabajo registrado, en horario nocturno, con francos semanales. Uno, en realidad. La extrañeza de trabajar los fines de semana primero, la costumbre después.
Cuando pude me compré un equipo de música, “La mosca y la sopa”, en CD. “Pasó de moda el Golfo, como todo, ¿viste vos? como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás”. Y “El amor después del amor”, recién salido del horno.
Caminar la ciudad fue siempre una costumbre. Y de una u otra manera terminaba en la estación de tren, abandonada, la que mira a las salas necrológicas, te regalo la metáfora. Podía pasarme un buen rato mirando los durmientes cubiertos de yuyos, esperando algo que no llegaba, acompañado de la falta y con la música para mantener a raya al pesimismo.
Pasaron los años, la estación es un espacio más agradable y la música me sigue acompañando, aunque quizás debiera renovar algunos discos. Piazzolla no, por supuesto.

Palabras cansadas

Las palabras están cansadas. Agotadas de que las nombren en vano, hartas de la hipocresía, los ninguneos y los ninguneados.

No hay tregua que sacie la voracidad de lo real. El asco de las mentiras que se repiten hasta el hartazgo por (casi) todos los canales de tevé, la escalada de una violencia verbal y gestual que parece no tener techo.
Me dijeron que el futuro se labraba/y yo por mucho que miro/sólo encuentro temor/y ningún motivo/para seguir contando mis pasos.
Buena síntesis de Loreto Sesma. La poesía y el blog como refugio. Para mi sorpresa todavía existen algunos y veo a varios y varias refugiarse allí.
“Alivio contra la ferocidad” está casi listo. Textos urgentes que se fueron buscando, apiñando entre ellos en un corpus que esperan por una última revisión.
Carlos Busqued (impresionante obra “Bajo un sol tremendo”) dice en un tuit que si alguien regala un libro es porque no valora lo que escribe. No acuerdo, pero me quedo pensando en ello.
Sábado. Las palabras siguen cansadas y el mate se enfrió. No había salido bueno tampoco. Habrá que ensillarlo, como también consolidar la tregua con lo real. Por lo menos por un rato, hacer las paces, tender puentes, trabajar en ese prólogo que se niega. Espantar los ruidos para oír las voces.

Diario desatendido

Y todo empezó con un correo electrónico, sobre confirmación para “seguir recibiendo notificaciones cuando se publiquen nuevos comentarios en el blog Con letra propia”.

De ahí a reflotar el espacio, la decisión que fue tomando forma. Fue mi primer refugio, allá a fines del 2009. Lugar donde conocí a personas que escriben. Algunas lo siguen haciendo. Otras no. Antes de que Facebook se lo comiera todo. Habría que hacer un espacio virtual para los blogs olvidados, una suerte de cementerio virtual.
En lo personal, estamos de nuevo. Con el primer amor. El único canal de comunicación, una suerte de diario desatendido, de notas contra la hipocresía de los tiempos actuales.
En este sentido “Alivio contra la ferocidad”, va tomando forma. Textos urgentes que trabajo sin prisas y con pausas, tan diferentes al sueño de anoche, donde el relato fluía entre los dedos, se escurría entre el teclado y avanzaba imparable a una resolución.
En la realidad, la página en blanco se muere de risa mientras retengo la respiración y las palabras pugnan por salir.
Alguien golpea las manos. No es buen tiempo para vender autos, pero lo escucho. “El precio de la cuota lo ponés vos”, dice. Acepto la publicidad. “Gracias por escucharme”, agradece a modo de despedida.
El aroma de las remolachas hervidas y el zapallo inundan la casa y se mezclan con la confusión de la página que sigue en blanco, obvio.
No puedo recordar el sueño, pero la sensación de que el texto fluía sigue presente. Y me aferro a ella mientras las primeras gotas mojan el patio y la gata duerme en el sillón. Ronca. Mi envidia absoluta.