Que el amanecer no deje de conmovernos

«Cada vez estoy más convencida de que en la vida de las civilizaciones, así como en la vida de los individuos, gran parte de la materia-demasiada- que no puede digerirse, de la experiencia que no se ha imaginado, indagado y comprendido, acaba en un rechazo de todo, acaba en anomia. Las estructuras fallan y ya no queda nada a lo que aferrarse.

En estos tiempos, es comprensible que el fanatismo religioso emerja y los fundamentalismos se alcen furiosos. El odio lo domina todo, por encima del amor.

¿Y cómo manejamos todo eso? El mayor peligro, tal y como veo en mí misma, es el peligro de replegarse en los mundos más íntimos. Debemos mantener nuestros canales abiertos al dolor. Y a la vez, resulta esencial poder vivir verdaderos momentos de felicidad, que el amanecer no deje de conmovernos, puesto que la civilización depende de esa dicha verdadera, que nada tiene que ver con el dinero ni la abundancia: la naturaleza, el arte, el amor humano. Quizá por eso los pandas del zoo de Londres me devolvieron la poesía por primera vez en dos años».


(May Sarton, en “La casa junto al mar”. Traducción de Blanca Gago. El resaltado es de quien suscribe.

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