
(Por Hernán Lasque)
Algunas reflexiones luego de ir al teatro
Puesta en escena de cuatro objetos: un atril de pintor, un banquito de madera, una silla de madera y una cinta de papel adhesiva que vemos al promediar la función. Todo sucede en un trilátero invisible e irregular conformado por el atril, el banquito y la silla. Allí, Jazmín y Marcos cobran volumen y se mueven de manera coreográfica durante toda la obra (no hallo otra forma de decirlo para evitar adelantarle algo más que mis impresiones a potenciales espectadorxs). Sobre la fina selección musical que talla la atmósfera a lo largo de la obra, solo diré que no podría haber sido mejor, ni más adecuada; si arman un CD, saldría como pan caliente a la salida.
El texto de la obra ESCORZO se lee como si fuera una novela, como si se leyera un libro, uno muy bueno. Así de simple (atenti, editoriales). Ir a verla, presenciar el traslado al lenguaje escénico, es la experiencia ante una obra de arte ocurriendo; es ver la pintura haciéndose y terminada a la vez: la fugacidad de la belleza. Quiero decir con esto que el espectador refleja al punto de sentirse dentro del suceso dramático y es así como la obra se expande. El drama es humano, común y en absoluto ajeno. El público se siente tocado, interpelado y, en ese tránsito, transforma lo dramático en comedia mediante una operación no consciente. Eso es teatro; el espectador pasa a ser también el que resiste, también el creador. El arte no utiliza un discurso comunicativo, no informa (no de manera estricta); sin embargo, resuena en quien lo contempla y multiplica su sentido en cada nueva contemplación.
Toda obra artística genuina conlleva en sí misma —a mí parecer, así lo exige su talla— una posicionamiento filosófico y político ante el resto de las cosas que componen y descomponen el mundo que habitamos. Esta posición es de resistencia, resistencia a lo dado, a lo consabido, a todo discurso de poder, cualquiera sea la sustancia con la que anestesia y pulveriza al individuo sujeto.
ESCORZO es una conversación fascinante, diría que el brillo de su dramaturgia radica, precisamente, en entender que la conversación es un arte. Un arte que debe conmover a los personajes que buscan resolver y sanar. Jazmín y Marcos conversan para crearse un nuevo espacio. Con un lenguaje asertivo y simple, la obra alcanza la transparencia que permite ver en profundidad hechos y personas. De este modo entraman el lenguaje escénico y los diálogos en la obra: el espectador va accediendo, de a poco, a la profundidad de ese vínculo que se desviste. Aquí la cosa nunca se pone solemne; muy por el contrario, los diálogos fluyen ágiles y sin excedentes. No hay discurso, hay intercambio; hay giros como en un baile de sentimientos, y los rincones dramáticos de una comedia adorable se nos van revelando uno a uno, hasta el final. La obra tiene ternura, humor, ironía, profundidad, perspectiva: escorzo.
Parafraseando el título de un cuento, «Todos los juegos el juego» es una frase que podría arriesgarse como resumen extremo del vínculo amoroso entre Jazmín y Marcos. Proliferan entre ellos los juegos de palabras, de preguntas, de diálogos empapados de complicidad y ternura. Se mueven, se buscan, bailan, se abrazan, se sueltan, nunca se evitan. Todo ocurre en esa extraña clave que tiene el humor para fortalecer la íntima fragilidad de existir. Porque ambos, Jazmín y Marcos (que podrían ser ella y ella, o él y él sin que nada se modifique), son testimonio de que aquella fuerza inusitada que los unió guarda en su profundidad el mismo grado de vulnerabilidad. La palabra funciona como puente absoluto entre la razón del juego y el sentir de los personajes; la palabra como un transporte al silencio, a la pausa, es decir -otra vez-, a la conversación.
El arte es lo único que resiste a la muerte, no lo toca, lo atraviesa: es su fantasma inverso. El arte asimila y confronta los traumas, las pérdidas, toda dolencia del alma; resiste contra la anulación de la subjetividad, ha dicho Deleuze. Coincido. Es el arte un espacio a crear, una cápsula ilimitada y protectora: herramienta alquímica primordial de las emociones. Ya sea que el trauma, el dolor o la anulación del sujeto provengan de un contexto acuciante que en alguna medida lo excede (político, social, bélico; todo lo insensato que el mundo contrae), o bien de su intimidad, tal y como les ocurre los personajes de ESCORZO, que recapitulan su propio punto de dolor. Llevan a cabo la reconstrucción de la ruptura (no de la relación perdida) a través de un diálogo retroactivo.
Las actuaciones no parecen tales, son brillantes; los personajes están enteramente vivos, SON Jazmín y Marcos. La paridad de energía entre ellos, pero también la de sus intérpretes, Diego Seage y Julieta Cabanes, es, sencillamente, perfecta. Equilibrada, sincrónica y diacrónicamente, la obra es el resultado atómico de una química y física naturales sometidas a la aceleración y depuración del laboratorio de un teatro de excelencia. Julieta, Diego, Javier, gracias por la magia.
Ficha técnica:
Obra: ESCORZO, dramaturgia de Julieta Cabanes
Actuaciones: Julieta Cabanes y Diego Seage
Dirección: Javier Santanera
Teatro: Espacio Pueblarte, Cipolletti, Río Negro
Función: Sábado 10/10/2026
Vuelve la sección Zona de colaboraciones, con distintas aportes y miradas del ámbito cultural. Esta vez, una reseña teatral a cargo de Hernán Lasque, poeta, músico, escritor y compañero de andanzas a la hora de escribir.