Un mosaico de resignificaciones y una historia oriental en Patagonia

Guiños a a Kabawata y sus bellas durmientes, una poética de la escritura y una narrativa que hurga en los intersticios del lenguaje para consolidar una pulida historia, son los cimientos de La casa un tiempo equis, de Hernán Lasque, novela breve editada por Ediciones de La Grieta.

Ambientada entre Plottier y China Muerta, el protagonista vive en una pensión que no es una pensión, bajo el embrujo sensual de Kyoko y Mei, mientras escribe su primera novela en un cuaderno, acompañado de un maniquí.

Obra que pregunta por rupturas, ¿quizás el amor?, la escritura, entre libros, lecturas y reflexiones. “Pensás en tu escritura, abrís el cuaderno y relees: Textos que no logran una estructura, que en subdesarrollo se caen a pedazos, enteramente confusos; láminas sueltas que se desmoronan desprovistas de un hilo que las conduzca, una línea argumentativa; nada que los comunice, nada que los concrete.

Lo que no se cuenta es lo que (se) importa, y eso no interesa a nadie sin el debido embargo de las formas, los recursos narrativos, el punzón y la gubia sobre la piedra: el narrador que importa una historia resignificada en la propia dificultad para contarla; el tránsito por ése tráfico es el hallazgo. El poeta no es un mercader del espacio que habita, ni el escritor un hacedor de moralejas; no nace un verso sin un tono que lo inspire; lo que atraviesa al poeta puede ser tanto un río, como también el caudal de otro poema”.

¿Cuál es la necesidad de completar cuadernos o anotar lo que nos conmueve?; ¿Qué rescatamos de lo cotidiano para transformar en un texto?, todo lo creado metido allí a golpe de martillo, afirma una voz, en un territorio poblado de madrugadas y de tanta cosa en la calle.

“Robo despiadadamente voces —escribiste a los 17— soy un maleante”, usaste la palabra. Parlamentos al azar, texturas, cadencias, agujeros del lenguaje que buscan el borde en una materia transparente, oscura y luminosa, encuentro y misterio, una anécdota corroída, voces que por las horas del día, que por los restaurantes y las cocinas, tejen, hilan fragmentos de conversaciones entreveradas en otras que por la calle como con cascabeles en los tobillos, urden el alarde y otros ritos que no escapan al ladrido de los perros que mide las distancias, ni a las máquinas macizas que abren el pavimento de las grandes ciudades como si el mismísimo infierno se escondiera allí…”.

Un parlamento que continúa y consigna la vida en la metrópoli y la tómbola del anonimato,los nervios de quienes tienen la valentía de no masticarse las orejas tras el degüello cruel del sinsabor de lo humano, las angustias, los desencuentros y desamores, las amistades que se apagan, el hábito de romperse, las esquirlas de los miedos que aparecen súbitamente, el tajo de un cuchillo en un cuello inocente (esa no es una forma de la muerte); ni ajeno a las voces del trazado que configura el circuito cerebral, todo lo creado metido allí a golpe de martillo, en los subterfugios de tu cabeza, guarida de rufianes, guarecida del afuera tallándose a sí misma diariamente como a su tronco un pájaro carpintero desquiciado, fetas de madera balsa en escuadras de ochavar, encajar unos en otros, emociones como derrumbe de brasas en el arder del cuero de la bestia: ese mosaico movedizo de palabras en extravío, de re significaciones en modo vintage, despersonalizado, perfilado, desvirtuado, segregado, olvidada víctima de su propia máscara ascética”.

Y en ese mosaico de palabras en extravío, viajes y una historia oriental en China Muerta, con una casa, Yari, Eguchi , Hanae y las jóvenes Kyoko y Mei, que duermen para ancianos insomnes, espacios donde priman los inciensos, velos y tules como biombos; un relato que dialoga con otros textos, a modo de excusa y homenaje para continuar escribiendo con la mirada de cada uno.

Bella historia que nos propone Hernán Lasque, en un tiempo equis, con la Patagonia como territorio, reflexiones sobre la escritura y la creación literaria.

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