Uno no puede hacer nada con la fe de los otros

En un pueblo donde los trenes eran un recuerdo que ni las vías se permitían nombrar, todos esperan un milagro para sentirse vivos.
Hasta allí llega Carlos Andrada, restaurador de imágenes sagradas, con el fin de reparar una estatuilla del siglo XIII. Lo esperan los pobladores que todavía resisten gracias a la fe, personajes con sus miserias y secretos que ven en la llegada del forastero la esperanza de un renacimiento.

Un rengo ex combatiente, un peluquero por necesidad, una bella mujer y un intendente que sueña con ser gobernador si se concede un milagro de dudosa reputación, son algunos de los personajes de esta novela de Rubio que cuestiona los poderes constituidos y retrata la agonía de quienes todavía no se resignan, que tejen rutinas para no saberse olvidados.
El micro me había dejado sobre la ruta y tuve que andar entre pastos procurando localizar un sendero angosto, hasta desembocar en el andén donde me recibió el escándalo de unos pájaros acostumbrados a las ausencias, manifiesta el narrador que, poco a poco vislumbra para qué ha sido convocado por el cura del pueblo.
Negocios abiertos a los que no entra nadie, diálogos en un cementerio y el andén abandonado como testigo de sueños truncos, forman parte de un paisaje entrañable y melancólico. Resoplé, dejé los ojos fijos en los durmientes. Esas vías no volverían a ser útiles; sin embargo, seguían mostrando una bravura que solo podía emocionar a los sensibles. En medio de la pampa húmeda recordé a mi viejo y el último tren del sur, medita el narrador para dar paso —quizás— a la escena más conmovedora de la novela, la del cierre de ramales ferroviarios que asesta un golpe lapidario a pueblos y personas.
Yo tenía veinticinco años cuando hice rodar el hierro sobre los rieles. El servicio ya había sido clausurado hacía unos años, un fin de verano. Ninguno en el pueblo quería que llegara un nuevo invierno, traer uno viejo era imposible. El día de la clausura, mi tío Eufragio vino a casa, yo me preparaba para irme a la Capital y empezar la universidad. Se lo veía cansado, tenía la espalda encorvada. Solo dijo “Es hoy, ya viene”. Mi padre fumaba, lo miró con una tristeza pálida que le había nublado la esperanza hacía años. “Lo sé, no tengo ganas de ir”, respondió. Mi padre peinaba una vejez insulsa, mi tío había sido feliz hasta ese día en que llegaría a la estación el último tren del sur. Ellos debían guardar la máquina en el galpón, dejarla bajo llave hasta nueva orden. Los vagones quedarían a la intemperie para que el tiempo hiciera lo suyo, para que todo el pueblo los viera agonizar. “Nos condenaron”, habían sido las palabras de mi padre al recibir el telegrama del gobierno ordenando terminar el servicio. “¿Cómo vamos a pasar los inviernos?”, había preguntado mi tío y como respuesta obtuvo un silencio opaco. Pregunté si había algo que pudiéramos hacer, mandarle una carta al presidente, tratar de hablar con algún ministro. “Ya está todo jugado”, respondió mi padre. Aquel día del verano se calzó por última vez su traje de jefe de estación, besó el retrato de mi madre y salió con mi tío a recibir al último de los trenes. Pedí acompañarlos y me dejaron. No solo eso, cuando el motorman entregó la máquina en medio de abrazos y lágrimas, mi viejo me hizo subir y me enseñó a manejar con la única promesa de que jamás olvidaría cómo hacerlo… A veces, en tardes como esta, sentado solo en algún pueblo, me juraba que un día iba a escribir la historia, esa historia, la del último tren del sur.
Y en este pueblo, los sueños no son con trenes. O sí y en forma de milagros. La fe es lo más peligroso que tiene el mundo. Se mata por la fe, se tortura, se condena. Uno es capaz de manejar la fe propia, pero no puede hacer nada con la de los otros. Y la de los otros produce lo improbable, atesora y revela secretos.
En El Cristo Roto la escritura de Rubio es un relato que recupera historias entre durmientes, andenes y veredas vacías, un acto de fe contra el olvido, un bálsamo contra el escepticismo para que alguna vez se sepa que hubo días mejores, en que los hombres soñaban junto a los trenes.

(Foto: Adrián Pascual Estación de Ferrocarril de Utracán – Facebook Patrimonio La Pampa)
Publicado en Plan B Noticias

2 opiniones en “Uno no puede hacer nada con la fe de los otros”

  1. Te gusta la atmósfera que rodea las vías y estaciones de tren abandonadas, ¿o estoy suponiendo mal?

    Hay algo de esta historia que me hace pensar que podrías haberla escrito tú.

    Un beso grande

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