Barriada

En la barriada el calor se alivia con sillas en la vereda, tereré o mate. También cerveza. Música tropical en un auto  con un fenomenal estéreo.
Una piba le escribe a alguien por celular. Gesto serio. Parece que no es la respuesta que esperaba mientras vigila a la nena que anda en bicicleta.
Alguien riega la vereda, dos gurrumines juegan al fútbol con arcos improvisados con ladrillos en el medio de la calle. Se escucha un grito de gol, los brazos en jarra del arquero.
El verano es clemente, por ahora.
Desando cuadras, me dejo acompañar por la brisa entre los álamos.
El colectivo frena en la parada y se desprende de caras agotadas.
No hay clima de fin de año. O es uno, al que estas fechas le son esquivas.
Ni Felices, ni Fiestas. Ni hablar del jo, jo, jo.
Diciembre y sus días.

Ofensiva

Diciembre, sus saldos hacia la nada. Un almanaque atorado en el cuerpo, la desconfianza absoluta en el clima festivo.
En el país de la ferocidad propone la licencia para matar y siguen los femicidios.
Un pibe se suicida, deja una mochila repleta de currículums. Defina desesperación. 
Ayer, nos tocó ir a ver al chico que se suicidó en la línea E. Ya llevo bastantes pero este era distinto, dejo la mochila en un costado y el documento arriba (para que se lo identifique), y esperó hasta que pase el Subte. Tenía 21 años y varias fotocopias de su CV en la mochila.

— Nicolas Vidal (@NicVidaal) 30 de noviembre de 2018

La noticia me acompaña desde hace días y deja la pena, que amenaza quedarse más de la cuenta. Inmoviliza. Quizás es lo que se busca. La ofensiva del desánimo.
Salir de ahí. O intentarlo. Dejar en repeat “Amor” de los Decadentes de acá a fin de año y acallar el insufrible jo jo jo.

Mientras tanto, reviso viejos textos. O intento, en esto de porfiar en la escritura, aunque coincida con Bolaño que está entre las lecturas pendientes.
“Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima.”#RobertoBolaño

— Eva Reed (@lecturaerotica) 16 de mayo de 2018

Saldar cuentas


La fiebre cedió. Sudor frío al despertar y esa voz que no se callaba en mi cabeza, fluía libre, acaso el hilo que falta para una novela inconclusa. O quizás es demasiado prematuro apostar a un murmullo que apareció cuando estaba convaleciente.
¿Escribir es un estado febril? ¿O solo se trata de planificación, de corte y confección cual cirujano exitoso? Ambas opciones (y tantas son válidas), aventuro.
Duele el cuerpo, memoria imprecisa de domingo al abrir los ojos. El barrio en silencio, la gata ronroneando en mi oído. Necesita ir al baño. Tiene cara de “dale o te dejo mi sello acá”.
Descubrir a Neuman y su “Fractura”. Hermosa novela. “los que aparecen ante mí son los que miran con desánimo las vías. Gente rota que, aunque se retuerza y pelee, ya ha sido arrojada a una fosa de la que jamás podrá escapar”, cuenta el protagonista citando a Tamiki Hara. A propósito, qué descubrimiento la literatura japonesa, muchísimo más allá de Murakami.  
Creo que le he escrito con anterioridad.
O esta cita, pensando en hechos recientes: “Él hablaba un francés lleno de síes y escaso de noes. Eso aquí se nota enseguida, porque vivimos dando negativas y refutando al vecino. Para comunicarnos con alguien, necesitamos discrepar. Discrepar y protestar. Yoshie me lo decía a menudo. Que en Francia la protesta es una forma de felicidad. Como para él esa actitud resultaba inconcebible, me llevaba la contraria con asentimientos parciales. Eso me confundía. O peor, me permitía entender lo que deseaba entender. Él me reprochaba que mis respuestas fuesen siempre tan tajantes. Que no supiera expresarle mis negativas con más tacto. Esa ausencia de ambigüedad, digamos, lo despechaba. Creo que la percibía como una cierta falta de amor”.
Novela sobre el amor.“Cuando surgieron las primeras tensiones, nos asustamos mucho. Jamás habíamos tenido la menor discusión, así que ninguno de los dos tenía idea de cómo reaccionar. Llegué a pensar que aquello era el fin. Error. Aquello era el auténtico principio. Sin máscaras ni fantasías. Él y yo. Una pareja. Dos tontos. El amor”.
De algún modo, esta publicación se desvió a Neuman. Quizás porque estuve todo el día en la cama leyendo, afiebrado, adormilado y sudando quejas a través del cuerpo, que me dio una tregua y permitió levantarme.
Retomar la novela. Sentarse y escribir. Arremangarse y revisar desde los cimientos, demoler lo que haga falta. Y no lo escribo pensando en la figura del escritor atormentado. La detesto. Sentarse y escribir para saldar cuentas. Conmigo, con los personajes que han quedado boyando por ahí, con la historia. Y si no se puede, o no convence, al menos darle un cierre digno, aunque la obra no vea la luz. Nada peor que borradores inconclusos.

Imagen Pixabay

La segunda muerte


Septiembre demorado I
Se demora septiembre. No hay muchachas en flor ni hombros dorados por el sol. Faltan las sonrisas cálidas y miradas brillantes, las promesas de pieles a punto de incendiarse gracias a los favores de Cupido o el perfume que hace la vida un poco menos hostil. Falta la vida y sobra la muerte, como sobran las mentiras por televisión.
Se demora septiembre y el frío se queda con las certezas. Me corrijo, arrincona la esperanza, arroja un velo sombrío sobre la Patagonia y dispara las preguntas. Pienso en ellas mientras te espero y el viento le da una mano al bastidor, para secar la serigrafía en el taller improvisado en plena calle.
La figura se hace nítida sobre la tela. Una cara, un nombre, una pregunta que espanta la promoción de la alegría. A favor -flaco consuelo- los jóvenes que se congregan frente al monumento y siguen el camino sembrado por los pañuelos blancos, como si no hubiera otro lugar donde estar, recuperar consignas que ya son colectivas. Otra vez, en este mes que nada tiene de flores y suspiros, de picardía y besos robados en los zaguanes.
Se demora la primavera y una voz pide por aparición con vida. Somos muchos acá, a pesar del viento frío, del propio septiembre y sus imposturas. Y vos que te haces desear. Hasta que te veo a la distancia y levanto los brazos, en este septiembre demorado y sin Santiago.
(A Santiago Maldonado)
Septiembre demorado II
demoler el relato de una muerte
recoger los fragmentos
para ovillar la memoria
el otro como par
compañero
camarada
pura solidaridad
es Santiago
el grito en un río helado
que todavía espera justicia.
La foto ilustra la tapa de Página/12 del día de hoy.
Los textos están incluidos en “Alivio contra la ferocidad” que podés descargar aquí.

El frasco de almendras

El oficial miró a su subordinado, no podía creer lo que estaba oyendo. Dejó que terminara de hablar y contó hasta tres. Por suerte le faltaba poco para jubilarse.

—Usted me está tomando el pelo, ¿No?
—No señor… Bajé a la panadería de Dorita por unas facturas (a propósito, no puede ser más linda esa piba)… y dejé el auto en marcha… entonces sentí una acelerada y cuando me di vuelta, se estaban llevando el móvil…
—¿Cómo le van a robar el patrullero?, ¿Cuánto hace de esto?
—Los tres minutos que tardé en correr hasta acá, señor…
—¿Vio quién era por lo menos?
—Sí… era un masculino… me pareció que era el Nico.
—Ya… Y ahora, ¿a qué vino?
—A poner la denuncia, señor…
¿Es o se hace?… ¿Quiere que se nos caguen de risa en La Capital? Vaya a buscarlo, no creo que ande lejos…
—Pero…
—Pero nada, use la imaginación… ahora le aviso al farmacéutico que su hijo se escapó de nuevo.
El oficial salió de la comisaría y escudriñó la plaza vacía. Más allá del barrendero y el canillita, no vio a nadie. Giró a su izquierda, caminó hasta la esquina y se encontró con el bulevar desierto. Entonces lo vio: subido a la vereda, la puerta abierta, las sirenas encendidas, unas cuadras más adelante. Resopló y corrió hasta el patrullero.
Llegó agitado y sudoroso. El auto estaba en marcha y no había rastros de Nicolás. Dio una vuelta alrededor, apagó el motor y se guardó las llaves. Miró la placa oblonga y oxidada. Helena Valdivia, fonoaudióloga. “Otra vez”, pensó. Saltó la verja de madera, ingresó por la cochera y fue hasta el fondo del patio de la casa abandonada.
—Hola Martínez —lo saludó el joven sin siquiera darse vuelta. Estaba arrodillado, con una mano hurgaba en la tierra negra y con la otra miraba al suelo. “Se secaron las margaritas”, oyó el policía.
El joven se dio vuelta y lo miró. Tenía los ojos vidriosos.
—Pibe… qué me hiciste… ¿otra vez acá?
—¿Vos decís que ella no puede ayudarme?
—Se fue hace un año… Igual tampoco podía…
—¿Por qué no? En el diccionario leí que se ocupaba de trastornos de comunicación.
—…Es que me parece que no se refiere a los tuyos, específicamente.
—No trata con locos, decís…
—No creo que seas loco, ves las cosas de otra manera…
—No sé Martínez… el abuelo dice que se me fritó la mollera…
—Me parece que tu abuelo exagera, todos andamos en nuestro mundo, ¿no te parece?
—Sí, pero de ahí a hablar solo…
—¿Quién no hace cosas raras de tanto en tanto?, Dale pibe, levantate que te llevo a tu casa. Tu viejo debe estar preocupado.
—Martínez…
—Qué…
—La extraño… era hermosa.
—Bienvenido al club del desencuentro.
—¿Del desen qué? Esa no la tengo…
—Cuando dos personas no logran encontrarse, como vos con la doctora. Bah, como muchos, en realidad.
—Martínez…
—Qué…
—Disculpas por llevarme el patrullero.
—No te preocupes, ya tengo una anécdota para mis nietos, aunque primero tenga que conseguirla a la Dorita.
—¿La Dorita? Uh…
—Sí, ya sé, no puede ser más linda esa piba.

II

El hombre sintió el inconfundible siseo de sus pasos contra la vereda y levantó la vista:
—Martínez…
—Qué pibe…
—¿Como anda?
—Bien, ¿vos?
—Mire lo que le traje.
El oficial levantó la vista y lo vio. Traía un frasco y un libro bajo el brazo.
—¿Qué es eso?
—Almendras, con azúcar.
—No entiendo…
—Estaba leyendo a García Márquez. ¿Sabe quién es?
—No, ni idea…
—Me lo regaló mi viejo. Es colombiano creo. Escribe.
—¿Y? sigo sin entender…
—La Dorita, ¿se acuerda?
—Uy, sí, cómo no.
—Bueno, ¿qué me dijo el otro día?, cuando me encontró en lo de la doctora…
—No estoy seguro, pero supongo que tenías que volver a casa.
—Sí… pero además…
—No sé, estaba preocupado por el patrullero.
—Me habló del desencuentro ¿se acuerda?
El oficial asintió.
—Como la doctora y yo… bueno, para eso son las almendras. Mire… escuche, en realidad. Abrió el libro y leyó: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” … ¿entiende? Si le lleva estas almendras la va a conquistar… les puse mucha azúcar.
El oficial lo miró. Vio su nariz chata, los ojos rasgados, la cara redonda, la ternura en la mirada.
—Gracias, pibe —contestó y recibió las almendras.
—Lo dejo, Martínez. Vaya y después me cuenta —balbuceó. —Y no me mire así. Ya sé que se me fritó la mollera, como dice el abuelo.
El oficial lo vio alejarse de la comisaría.
III
La mañana languidecía. Un cielo gris amenazaba el horizonte en una planicie que se extendía hasta lo imposible y juntando las nubes con la tierra. ¿Llovería?
Vio el frasco sobre la mesa. La radio seguía con su estática, interrumpida por el pitido del móvil. “Ma, sí”, pensó. Tomó el regalo del pibe y fue a la panadería, la única del caserío, cada vez más cubierto de polvo y abandono. La vio, el guardapolvo cuadriculado y ese botón que se le soltaba en el inicio del escote.
—Hola, Martínez. ¿Qué necesita?
Cruzaron miradas y él miró su frasco con almendras azucaradas. —¿Leyó a García Márquez?
—¿A quién?
—Es un escritor, creo que no es de acá.
—Mire, Martínez, lo último que leí, fue la receta que le llevé al farmacéutico. A propósito, con los precios de los remedios, entiendo por qué la gente se muere.
Él sonrió.
—Bueno, dígame qué quiere.
—Tome, son para usted.
—¿Para mí? ¿Por qué?
Sintió la transpiración en la palma de la mano. Era ahora o nunca.
—En realidad… fue idea del pibe, de Nicolás.
—¿El opa? Usted también, ¿Por qué le hace caso? Es un amor, pero está loco de remate.
—No crea, eh.
—Bueno, dígame a qué vino. ¿Para qué me va trae esas almendras? Ni siquiera sabe si me gustan.
—No me diga que no le gustan…
Dorita vio el miedo en sus ojos y reprimió una sonrisa.
—Bueno… sí me gustan. Pero todavía no entiendo, como regalo no es muy usual.
—Tienen azúcar, desengualichan a los amores contrariados… Algo así dice el colombiano ése que le nombré… O el Nico, ya no sé…
—Martínez, ¿me está invitando a salir?
—Bueno, si lo quiere ver así… Sí.
—¿Y por qué no lo dijo antes? Mire que es complicado, ¿eh? ¿Qué hace parado ahí?, Me va a convidar una?
El oficial abrió el frasco. Ella lo miró y cierto resplandor le brilló en la mirada. —Exquisitas…
—¿Vio? Tenía razón el pibe…
—Cierro en un rato. ¿Nos vemos en la plaza?
—Allí la espero —dijo Martínez. 
Un texto ya escrito, con leves modificaciones.
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Aproximaciones al mar IV

“La espera me agotó, no sé nada de vos” dejo caer los auriculares alrededor del cuello. Pato ladra pero no la oigo. Y pensar que no me gustaba. Igual que Cerati. ¿Cuántos años tiene? “Vive de prestada”, me advirtió el veterinario, casi como todos.
La tentación del desánimo, la escritura de la oscuridad. Un Presidente y su discurso vacío. Ex país, el punteo de la mañana, una lista de palabras que no termina de convertirse en texto.
El cielo azul entre los ladridos de los perros. “Ando bien, ¿usted?”, contesto mientras recibo a Beethoven, no por el músico, sí por la película. Es el último que retiro para su paseo.
Dejar ir la mente. La brisa en la cara, no sé si agradable, brisa al fin. Bocinazos, el colectivero que manda al diablo a los automovilistas. Nada que desconozcas.
El vaho de las pérdidas cloacales en el asfalto desdice a los anuncios millonarios por tevé. “Sentir algo”, leo en una pared. Estamos todos muertos y no lo sabemos (filosofía muy barata del pesimismo). “No dejarse ganar por la desesperanza”, recuerdo.
¿Cuaderno de notas o Diario contra la ferocidad? “Para escribir un diario hay que tener una seguridad del valor que tiene contar la vida propia que yo no tengo”.Piñeiro, “Una suerte pequeña”. Debate estéril que mando al diablo con el coro perruno al gato que los desafía desde el árbol. Me mira a mí y luego a ellos, seguro de contar con un refugio contra la ferocidad. Le sonrío. Parece que él también. Al fin logro moverlos. Conocen el camino y la plaza es una tentación única.
 ¿Contar en primera o tercera persona? La primera acerca, la tercera aleja, (otra vez Piñeiro). Tus pies sobre la arena, el mar como decorado, la piel desamparada, conmovedora, erótica. Pispear para desvelar, espantar lo irreparable. O intentar resignificarlo. ¿Pararse desde ahí?
Pato me ladra y se pega a mí.  Sabe que dialogamos y aporta su opinión con un lengüetazo cálido en mi mano. Los perros se mueven a mi alrededor y hurgan en el territorio, los dejo ser. Uno que otro me arranca una sonrisa.  Los animales y sus reparaciones.
La hora del regreso. La brisa que más que brisa ya es un viento impertinente. “Sentir la Patagonia”, decías. Dejarse de rodeos, primera o tercera, la escritura “como respuesta a” y “a pesar de”, la contención de un dique, la relevancia de las fisuras por donde se escaparán las palabras.

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Aproximaciones al mar III está acá y los otros dos en este libro para descargar.

Aproximaciones al mar III

De aquella época quedó la brisa sobre la cara, el agua y el humo de los cigarrillos. Sobran canciones y el empeño por espiar de reojo a la vera del camino (la imagen es de Fresán, creo) intuyendo que es imposible reconstruirlo todo.
Si de certezas hablamos, solo el rechazo.
Como suele suceder con lo nuevo, hubo un periodo de deslumbramiento, soñar de a dos en un mundo donde es difícil coincidir, hasta que el espejismo se hizo trizas y quedaron los cristales que pisamos en el suelo.
Con ellos las heridas, la desconfianza en el mar, las palabras que alguna vez escribí (y las que no). Mi naufragio y la indiferencia, la intensidad de tu mirada como salto a lo posible. Demás está decir que no había vuelto a la ciudad, hay lugares donde es difícil el regreso.
Los pasos me arrastraron a nuestra playa, muy cambiada, por cierto. La roca está cubierta por el agua pero persiste el humor de las olas, el aire salado y el murmullo del oleaje, reconciliaciones imprescindibles para esta tarde de invierno.
(Aproximaciones al mar I y II, están en “Alivio por la ferocidad”, que podés descargar gratis,de este enlace).

Imagen: Pixabay

En lo alto está el Cielo, abajo está la tierra

Image by Silas Camargo Silão from Pixabay

—¿Cómo se hizo eso?

—Jugando a la rayuela

—¿No está un poco grande?, ¿Cuántos años tiene?

—Perdí la cuenta luego de los 65, ¿Por qué pregunta?

—Porque a su edad… debería hacer otras cosas. ¿La rayuela, me dijo?

—Sí. Con mi nieta. ¿Conoce el juego?

—Tengo alguna idea, sí. También sé que hay un libro, pero no lo leí. Quédese quieto que lo vendo, abuelo.

—Abuelo, las papas fritas. ¿Cómo que no leyó Rayuela?

—No tengo tiempo, abuelo. No me mire así: entre las recortes presupuestarios, las guardias y los turnos en el hospital, termino molido. No me diga nada, seguro que es un libro para pibes.

—Es un libro entre tantos libros, creo. Y sí, puede ser para pibes (y pibas)… de quince, veinte, treinta, sesenta.

—Quédese quieto le digo, que tengo que vendarlo. ¿Y cómo se juega?

—… A ver si me acuerdo: “la rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo… “, ¿entendió?

—No tanto, pero ¿hasta dónde llegó?

—Casi hasta el cielo, mire, pero sabrá que eso es imposible, ¿no?

—Si usté lo dice… Yo tomé la comunión, la confirmación y todos los santos que andaban dando vuelta por ahí. Ya está… trate de no caminar mucho. Ya que le gusta leer, léase algo, durante unos días y no le dé bolilla a su nieta. ¿Cómo se llama la mocosa?

—A mí me gusta decirle La Maga.

—Pero eso no es un nombre…

—¿Quién le dijo que no?

—Espere, abuelo… no se vaya, necesito que me firme esta planilla, ¿como me dijo que se llamaba?

—Y dele con abuelo… Julio, m´hijo.

(Texto ya escrito, con leves modificaciones)

 
 
 

Lo que queda

La avenida estaba vacía. La arena avanzaba sobre los canteros y el rumor del viento era el sonido de una orquesta disonante, empecinada en terminar la función. La puerta estaba destrozada y en el altar no había rastros de la mantilla. Tampoco crucifijo, ni santos. A uno de los costados, se abría una abertura que —intuyó— sería la habitación del clérigo.
La madera se quejó bajo sus pies. Fue un sonido lúgubre, de profanación y sorpresa. Llegó hasta el único banco que quedaba y miró el púlpito. ¿Qué hacía allí? De los vitrales quedaba un hueco oscuro, como del caserío.
Pensó en su padre y la decisión de recorrer los mismos kilómetros por caminos intransitables. Se preguntó por qué había entrado primero a la capilla si era escéptica por naturaleza. Quizás buscaba algún indicio de aquel viaje que nunca entendió pero que él necesitó para amigarse con sus fantasmas.
Salió a la calle. Enfrente estaba el almacén de ramos generales. Su casa. Levantó la cámara. Una, dos fotos. A la izquierda la estación del tren. A la derecha, la tierra plana contra el horizonte. Y ella en el medio. Todavía dolía el velorio, las lágrimas de su madre, el estupor de su hermana, la muerte y la sorpresa de su vigencia.
¿Hacia dónde ir? Eligió el lugar donde dio sus primeros pasos. No tenía techo y los pastos lo cubrían todo. No había nada familiar y se estremeció. Se sintió ridícula, parada sobre los despojos de un mundo que intentaba recordar con desesperación.
En uno de los rincones de la galería había un macetero de cemento ovalado. Una vaga imagen de haberse apoyado en él para no caerse se le cruzó por la mente. ¿Memorias del cuerpo? Podía sentir la rugosidad del material sobre sus dedos. ¿O era la necesidad de aferrarse a algo? Prefirió asirse al pantallazo pero nada más llegó. Lo miró desde la lente. Y disparó.
Volvió a los restos de la avenida que ahora era una senda ancha con canteros rotos. “Vane 88”, leyó en uno. Restos de un fogón, botellas rotas, una que otra colilla. El santuario de alguien. No había adoquines. Solo la gramilla que sobrevivía entre la arena.
Miró la planicie al fondo. Todavía con el dolor de la pérdida, descubrió el manuscrito de su padre cuando ordenaba su escritorio. El porvenir es una ilusión, rezaba. Estaba sin terminar y era un tributo al poblado, a una época, un esbozo de amistad. Tenía notas en los márgenes, signos de interrogación, tachones, notas al pie.
Se lo devoró en una noche y no pudo quitarse de encima una sensación trunca de algo quebrado, como el silencio de la pampa por el lamento de las aves. Quizás por eso regresó al caserío, con la esperanza de reencontrarse con él y buscar respuestas.
Hasta ahora nada. Solo el presentimiento de que no había sido la mejor de las ideas. Se vio parada en el borde de un mundo que había desaparecido, que intentaba develar a través de una lente y sintió pena. Había muchas maneras de huir del dolor.
Tomó fotos mecánicamente. La estación del tren, el cartel de sala de espera, la vía sin durmientes. Restos de casas. Más llanura. Entrevió el cementerio pero no quiso acercarse. Ya cargaba con una muerte. La que importaba.
¿Nos queda algo de los que se van? ¿Se entierran los cuerpos y los recuerdos? Pensó en el macetero, la presión sobre sus dedos. ¿Es una forma de diálogo con quiénes no están?
Revisaba las fotos en el visor de la cámara cuando vio la figura sentada en el andén. No necesitó ampliarla para reconocer su pelo ensortijado, esa expresión entre ausente y a punto de estallar que dejaba traslucir cuando preparaba sus clases. ¿Había venido a despedirse? ¿O nunca había huido de El Porvenir?
Intuyó que si levantaba la vista no lo encontraría en la estación. O sí. Respiró profundo y se dejó enamorar por el aroma de los pastos. Unas nubes densas taparon el sol y oscurecieron la tarde.

(Disparador de la novela en la que trabajo. El texto está incluido en “Alivio contra la ferocidad”, libro que podés descargar gratis, acá. 

Nota: si bien este libro es gratis porque la intención es la circulación de la palabra en tiempos de ferocidad, no dudes en apoyar a las editoriales que hacen lo posible por sobrevivir en Argentina.

Según una nota publicada hoy por el diario Página/12, un informe de la Cámara Argentina del Libro muestra que las ventas cayeron entre un 25 y 35 por ciento desde el 2015, con tiradas que fueron reducidas a la mitad y caídas de las ventas en un 35%. Además se perdieron un 20 por ciento del empleo en editoriales y cinco mil puestos en la industria de impresión.


Efímera tregua

Dejó de llover.
Las gotas caen pesadas desde el techo sobre las macetas, mueren en el suelo, desperezan la mañana.
Se oyen algunos pájaros.
El aire húmedo entra por la ventana. Todavía impera el silencio.

La gata ya hizo su recorrido por el patio esquivando charcos —supongo que habrá comprobado que todo está en orden— para regresar y adueñarse de la banqueta.
Retrae sus patas delanteras y se posa con suavidad sobre la cuerina.
La oscuridad empalidece y retrocede. Una vez más.
Efímera tregua en un día de ferocidad.

“¿Desde hace cuántos días cae, serena y silenciosa, la lluvia de primavera?
Como de costumbre, preparé los pinceles y la moleta de escribir; sin embargo, por más vueltas que le daba, no se me ocurría nada que contar. Eso de imitar viejas historias es cosa de principiantes. No obstante, dado que mi vida es igual a la de cualquier humilde montañés, ¿qué otras cosas podría yo contar? Me han engañado en torno a los sucesos del pasado, tanto de la Antigüedad como de nuestros días, con el resultado de que yo mismo, a mi vez, engaño a la gente sin saber siquiera que tales sucesos fueron falsos. No hay remedio. Aun así, considerando que hay quienes contando ficciones consiguen que los demás las tengamos en mucho como hechos verdaderos, voy a animarme a seguir escribiendo historias mientras escucho cómo cae, incesante, la lluvia de primavera.”

(Prefacio de “Cuentos de lluvia de primavera”, de Ueda Akinari, edición digital)