
Sábado, feria, frutas y verduras, vendedores. Frituras.
Una moneda o algo para comer por favor.
Tres bolsitas por dos mil pesos.
Por supuesto que tengo, ahí está el alias.
Continuar leyendo «El alivio de la mañana»Cuaderno de notas, textos, reseñas; de Horacio Beascochea.

Sábado, feria, frutas y verduras, vendedores. Frituras.
Una moneda o algo para comer por favor.
Tres bolsitas por dos mil pesos.
Por supuesto que tengo, ahí está el alias.
Continuar leyendo «El alivio de la mañana»—Cómo anda poeta, usted que sabe, ¿Me recomienda libros para leer?— pregunté.
Y así lo hizo. Con Fede nos vemos menos de lo que debiéramos, pero compartimos lecturas, comentarios y textos. Tenemos en común lo de trabajar en silencio y sin estridencias, si de escribir se trata.
Entre esos libros de poesía, me pasó un inédito:
Quién dijoContinuar leyendo «Sigo suelto, corazón»
Pasé toda la noche mirando estrellas
se me llenaron los ojos de vacío,
el viento traía voces desde la esquina
de los tiempos, las robaba y las hacía
pasear por los viejos armatostes
que va dejando el petróleo.
Subido al techo del viejo tráiler desafío
la ferocidad de las ráfagas,
algo adentro del alma debe haber
necesito sentirme vivo,
arañar está percepción obsoleta
de acero oxidado.
-No hay que ser un muerto para ser fantasma-
eso me decía a mí mismo mientras divagaba
debajo de unos pinos negros y estáticos.
¿Quién dijo que la noche no entra en una mirada?
Todo es un diagrama lleno de posibilidades.
(Del poemario, Barreras en la noche, de Federico Espinosa, poeta neuquino).
Afuera. Sabés del afuera, todo es violencia en nombre de la libertad y palos a jubilados.
En el bodegón una piba cantaba acompañada de su guitarra y se oía como olas que arropan la arena.
Te comentaría de Plath y su atrocidad de los atardeceres. O Ernaux: En mis textos, tengo la impresión de estar cavando siempre el mismo hoyo; sus diarios sin plazos de publicación, un mero estar ahí, una zona en construcción.
Maravillosa definición de la escritura.
O más adelante:
Lo que escribo en un diario, sea del tipo que sea, se nutre del presente. Por diferentes razones, ciertamente, como fijar una emoción, un encuentro, unas dificultades de la vida o de la escritura, con la convicción de que escribirlas me ayudará de una manera u otra. El diario es el depósito de la fugacidad.(*)
Quizás no habría lecturas, ni comentarios. Son arteras las casualidades, sí la complicidad tácita de un reencuentro, un diario sin plazos. No sé si suficiente, un primer paso que no estaba mal.
(*) Annie Ernaux, La escritura como un cuchillo, edición digital.
Domingo, todavía no amaneció.
Por alguna razón la gata me despertó temprano. Ignoro dónde está ahora, pero desde hace días, ronda intranquila por la casa, como si se solidarizara con nosotros.
Afuera, desorientación. Tejido social hecho pedazos, apología de la crueldad, violencia de género. Podría seguir enumerando. De nada sirve. O sí. Lecturas a las que aferrarse:
Continuar leyendo «El resplandor del alba»
La poesía era ver nieve en verano, escribe Cecilia Pavón (*).
Un televisor encendido con el documental de Wim Wenders, Buena Vista Social Club.
Está en Mubi.
Me dejo llevar por la música cubana, tonada de liberación y sufrimiento, si las hay.
Los preparativos de la cena. Como trabajador de prensa —vaya paradoja— ignorancia adrede de una realidad atroz. ¿Ningún diputado o diputada va a presentar un proyecto de ley para echar a sus pares que visitaron a Astiz?
Mientras tanto, borradores que avanzan, textos que todavía no conforman un libro. O sí. Sin esperanza y sin desesperación.
Otra vez Cecilia Pavón: En realidad somos todos aprendices de los textos que leemos. Y unos versos más abajo: Escribir desde los sentimientos te enseña que no hay problemas en realidad, los problemas son siempre no poder sentir.
Me lo guardo. Para contrarrestar esta época patética.
(*) Del poema Corona de novia.
(**) En Querido Diario, en Poesía reunida, Blatt & Ríos, edición digital. (Foto libre de Unsplash).
En mi barrio hay días en que las vacas pastan en las veredas y los caballos se pasean impunemente por las calles, como salidos de otro tiempo y espacio. A nadie le sorprende, a pesar de que estemos en el siglo veintiuno.
No faltan expulsados que baten palmas. «Le barro la vereda, le corto el pasto, ¿Me presta una sierra para podarle ese árbol?». Crecen en número, junto a la exaltación de la individualidad y el desprecio a lo diverso, entre otras crueldades.
También hay un supermercado chino y sus ofertas. Allí se congregan vehículos último modelo y quienes ven en cartones, vidrios o cualquier cosa para reciclar, la oportunidad de arrimar algo a la olla.
Y que decir de la panadería que regala pan caliente a los que baten las palmas casa por casa. Bocanada de solidaridad.
De la lejanía, música del altiplano. Quenas y sikus son interrumpidos por la voz pastosa: «la papa, la batata, la cebolla, la zanahoria, señooora… aproveche la oferta señoora», se escucha desde un camioncito destartalado que avanza de milagro. Otra pausa. Más quenas y sikus, en un atisbo de poema barrial que irrumpe en la indolencia de la mañana.

Y la mañana languidece entre lecturas y un texto que avanza, a tientas, como debe ser. Un mar encrespado como puerto. El tiempo de las ballenas como espacio en donde estar.
Continuar leyendo «El tiempo de las ballenas»
¿Qué será esto visto desde el futuro cuando mi tiempo no sea más mío y aunque hoy mismo no lo sea?(*). La poesía de un par en esto de escribir.
Ismael canta Somos.
Y en estos días el que escribe, consciente del privilegio
de nacer en esta orilla, cree que aún este será el tiempo
del ángel temeroso que suspira, átomo que gira en solitario,
alienígena nacido en esta tierra, del sueño sublime, en fin,
del hombre y la mujer que buscan otro mundo posible.

Levantaría la vista y me toparía con tus ojazos oscuros. No sé si sonreirías, pero reconocería en esa intensidad un reconocimiento y un preaviso.
Continuar leyendo «Aproximaciones al mar VIII»
Imagen: Needpix.
Negra y verde. Guardaba las piezas ahí. Papá, su voz. Sentado bajo la parra miraba más allá de la enredadera que trepaba por la pared del patio. Catalán era. Bueno, eso decía tu abuelo.
El llamador de ángeles cuelga del farol. Oxidado y cubierto de telarañas emite un tintineo de bienvenida. Los tubos se entrechocan, preludian el aguacero oscuro que se parece a la casa a la que demoro mi ingreso. Jugueteo con el manojo de llaves enlazadas al motivo de Molina Campos que le compré de apuro en la terminal, en esa visita en que la Pauli me dijo que le quedaba poco y él comenzaba a desvariar, enmarañado entre la realidad y los sueños, como su enredadera.
Continuar leyendo «El peón»