Al borde de la cornisa

Y uno bucea en textos que alivien el día, arrastren las penas, las escurran por las alcantarillas.

A veces, las lecturas dan una mano.

«… y la chatura de la pampa le pareció una forma de silencio, o mejor dicho, la otra cara del silencio que él nunca había visto. Hasta los pájaros hablaban en otro idioma y entre ellos.»*

Silencio ante tanto bullicio.

Un viejo poema proclamaba defender la alegría como una trinchera. Alguien se planta y pide recuperar palabras. Ternura es una de ellas.

Una protagonista y el asilo en un barrio de librerías para refugiarse del dolor.

—Y cuéntame, ¿qué has aprendido viajando y leyendo?

—Muchas cosas. A fuerza de viajar y de leer siempre me convencía de que no sabía nada. Así es la vida. Una duda continua. ¿No había una poesía de Taneda Santōka que hablaba de ello? «Te haces camino entre los montes y solo encuentras otros montes».**

En otras ocasiones no hay lecturas que alcancen y la vida muestra toda su ferocidad. Solo basta mirar alrededor para darse cuenta.

Y uno transita por el borde de esa cornisa diaria.

(*) Kamiya, Alejandra, en el cuento La garza, en La paciencia del agua sobre cada piedra, 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2023. Libro digital, EPUB.

(**) Yagisawa Satoshi, Mis días en la librería Morisaki, edición digital.

Los golpes de remo

Los golpes de remo se funden con la respiración.

Las distintas voces de Oskar conforman un todo que, en realidad, no existe.

El propio Oskar deforma su historia. Habla de fallos de memoria, de insignificancias, de desgana. Deslinda fragmentos de la historia y habla escuetamente tamborileando con el índice en el hule. Rara vez responde a las preguntas. No es que las evite, pero sus respuestas siempre son ambiguas y abiertas.

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La comunión de ciertas palabras

Despertó y supo que había soñado con ella. No recordaba nada, si la sensación de una visita cálida. Quizás era la oscuridad o solo la respiración pausada, la calma y tranquilidad que deja un roce en la cabeza, el silencio de algunos días.

Intentó recordar alguna imagen. Imposible.

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De aquellos días

De aquellos días se asoman recuerdos. Un pariente con la radio al oído. La revista “Gente” y una página a doble faz, con las figuras de los barcos ingleses para ir tachando. La marcha en la escuela desde el 2 de abril, que se interrumpió meses después.

Un poco más acá, poemas de excombatientes, en particular uno que pegué en mi pieza, cerca de un espejo que reflejaba la derrota previsible. Recuerdo el título: “Los recuerdos rompen tumbas”; denunciaba el olvido y los suicidios. Transcurría el Plan Austral o el Primavera.

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Por qué escribir

I

Para vivir por un rato la vida de otro.

Para recordar.

Para emocionarse (y sí, por qué no)

Para (di) (ver)tirse. Y crear. Y creer.

Para sostener la esperanza, diría Santoro.

Para no olvidar y recoger astillas.

Un jugador empedernido condenado al fracaso: no es lo que quería decir pero se arrima, como en las bochas. Bueno, más o menos.

Por lo que quieras.

Pero escribir.


II

“…Entonces le pregunto por qué escribir.

Para acordarte, me dice. Tenés treinta. Sos un pibe. No sabés de qué hablo. Acordarse.

Acordarse, repito.

De lo que viviste, de quién sos.

Cuando se pierde la memoria, dice, uno está perdido.

Mi padre camina con torpeza, rengueando, y habla con dificultad. Quién soy, me pregunto. Uno es el que fue o el que imagina que fue en función del que es ahora acomodando la memoria, para tranquilizar el presente.

Una mañana, mientras mi padre espera un colectivo, un Falcon verde frena en la parada. Cuatro tipos secuestran a una chica. Mi padre forcejea con ellos. Uno de los tipos lo golpea con una pistola. Mientras la cargan en el auto, la chica grita un teléfono. Mi padre vuelve a casa llorando.

Olvidó el número”.

(Saccomanno, Guillermo, El pibe, Bs As, Planeta, 2006, pp-154-155)


III

ESCRIBIR. Señuelos, debates y callejones sin salida a los que da lugar el deseo de “expresar” el sentimiento amoroso en una “creación” (especialmente de escritura).

5. Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.

(Barthes, Roland, “Fragmento de un discurso amoroso”, 1ed. (especial), Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2014, pp.135)

La voz en el aire

“Murió”. Cinco letras en un mensaje de texto. Para qué más. Instantes después llega el flash informativo desde la radio. El sonido lacera el aire, se cuela en la habitación teñida de ocres y la vista se nubla por un instante. Entonces ella gime y ambas entrecruzan miradas. Una tímida sonrisa mientras enrosca su manito en el dedo meñique de su madre.

Se escucha la respiración del movilero, que intenta ponerle palabras a lo incomprensible, como si la muerte tuviera algún sentido. Pero no lo tiene. Mientras amamanta a la bebé, toma el celular, necesita contárselo a alguien. “Lo acabo de escuchar ”, apunta él bajo la misma pena. “Llego en un rato, besos a la gordita”, agrega.

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Cuídese, hay muchos locos en la ruta

Lo primero que vi fue la botella plástica con agua y detergente. Luego la mochila. No eran más de las siete de la mañana.

La voz me sorprendió. “Pensé que ibas a cerrar la ventanilla, no quise asustarte”, dice. “No te preocupes”, repliqué.

“Gracias. Vivo en situación de calle y trato de darle para adelante. ¿Sabés que mucha gente mira para otro lado cuando me acerco? Apenas me ven, se hacen los que consultan el celular, o me dan vuelta la cara, como si fuera a robarles. Si pensara eso, no estaría trabajando”, argumenta y me muestra la escobilla.

“Otras veces levantan el vidrio y miran para adelante, como si no existiera o no estuviera acá. Cuídese y que tenga un buen día, hay muchos locos en la ruta”.

(Palabras más, palabras menos, lunes 13 de marzo).

Y me recordó a otro texto:

Alivio contra la ferocidad – Con letra propia

La guerra y la poesía

Se trata de superar el instante en que parece imposible. No es tarea fácil, ya lo vislumbro al teclear las primeras palabras y la pava que avisa que ya es tiempo.

¿Loros? Sí, Más de uno en el peral. Temo por mis cazadores de jardín y los espanto. Los veo alejarse. Tres que desaparecen bajo los techos vecinos.

El silencio de lo posible en las mañanas de domingo.

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Una puntada en la costura

Lo despertó la angustia de un sueño. No pudo recordarlo, pero quedaba el sabor del desamparo, la nada, la atmósfera aciaga de la oscuridad.

Entonces recordó la pulsera. De hilo, con un tono más claro a su piel marrón. ¿La mano era de mujer?

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