Los lados, las cosas y otras cosas

Hay dos lados, éste y el otro.
La gente, desde luego, se divide en los de éste lado y los de aquél.
Un lado jamás puede admitir al otro, ni locos que estuviéramos.
Hay veces que los lados se llegan a encontrar.
En los lados siempre hay cosas.
Hay las cosas que son y las que no pueden ser.
Hay otras que están bien y algunas que quedan muy bien.
Tener una guitarra sin estuche queda muy bien.
Saber tocar la guitarra es de lo peor.
Aparte de las cosas están las señoras, los señores, las señoritas, los jóvenes y los niños.
 También están los tipos, los pibes y los muchachos.
Hay veces que hay blancos y negros.
Hay los blancos que se pelean con los negros.
Hay amarillos.
Según las ganas que uno tenga existen los que están y los otros.
Algunas veces uno no tiene ganas.
También están disponibles los nerviosos y los malintencionados.
Hay los que casi no son y los que quieren llegar a ser.
Hay los que se hacen ver, los que se hacen y los que se van haciendo poco a poco.
 Estos que se hacen poco a poco son los de carrera.
Hay los hijos de abogados, los hijos de médicos, los hijos de abuelo, los hijos de mamá y también los otros hijos.
Aparte de las cosas están los lugares.
Hay bares, confiterías, boites y otros lugares.
Hay lugares de juego arriba de la mesa y otros juegos por debajo.
Según los juegos, hay manos, manitas, manecitas y manotazos.
Cuando los lugares están llenos a veces se los llama los colectivos.
Los colectivos pueden estar escondidos.
En estos casos alguien comenzó a llamarlos subtes.
Hay muchas tardes de subte.
En los subtes pasan cosas.
Las cosas siempre pasan.
Si sólo pasaran las cosas que uno quisiera, quizás no habría tantas cosas.
Hay cosas que yo no sé, hay cosas que vos no sabés y hay cosas que vos no te imaginás.
Otra de las cosas que hay es el nombre.
También está el renombre.
Además están los que trabajan.
Cuando uno trabaja, muchas veces comete acciones.
Hay acciones que se hacen, acciones que se compran y también acciones que algún día se van a pagar
Por otra parte siempre hay bolsillos llenos y bolsillos vacíos.
También están los militares.
Hay militares de arriba, militares de abajo, militares de aquí, militares de allí, militares de adentro,
militares de afuera y militares de todos los lados.
Pensar que a veces también uno se enoja.
Según como se enojen, están los que van y los que vienen.
También hay los que frecuentan.
Cuando alguien frecuenta algunas cosas incurre en masculino.
Hay veces que tampoco.
También están las voces.
Generalmente hay muchas voces de las otras.
Las voces siempre dicen cosas.
Muchas veces dijeron mentiras.
La verdad es todo lo contrario.
También están las historias, las historias y los tarados.
En una época hubo descubridores y descubiertos.
Hay muchos que todavía no han sido descubiertos.
Hay destapados.
Hay cosas que quedan tan bien que da gusto: un Ford T por ejemplo.
Un Ford T de un señor muy gordo es un lata, en cambio un Ford T de un grupo de muchachos en algunos casos es una locura.
También puede ser un chiche.
 Hace mucho tiempo era chiquitito.
Hubo además muchos que no llegaron a ser ni chiquititos.
Olvidaba decir que hay mucha gente grande.
Cuando a la gente grande le gusta gritar, muchas veces es político.
Hay veces que es afónica.
Los políticos casi siempre se confunden.
Otra cosa son las policías.
Algunas veces se trata de los guardianes del orden.
También está el desorden.
Según las clases de desorden, hay lides, peleas y broncas.
También hubo guerras.
Hay las guerras de mentira y las guerras de verdad.
De vez en cuando alguno vuelve a ser poeta.
Por lo general hay monstruos.
Hay los que se dedican a las bombas.
Hay bombones.
Hay tantas cosas.
Otra cosa es la media.
Hay las medias con raya, las medias sin raya y las sin media.
También están las medias lunas.
Cuando muchos no pudieron comer ni siquiera a una media luna, llegaron a tener hambre. Entonces se empezó a mirar de malos modos.
Sin embargo estaban los que sabían mirar.
También hubo los que ya ni miraban.
Ahora sigue habiendo.
Yo no sé qué va a pasar cuando pase algo.
Roberto Santoro
(De “Obra poética completa” 1959-1977, Ediciones ryr)

Saldar cuentas


La fiebre cedió. Sudor frío al despertar y esa voz que no se callaba en mi cabeza, fluía libre, acaso el hilo que falta para una novela inconclusa. O quizás es demasiado prematuro apostar a un murmullo que apareció cuando estaba convaleciente.
¿Escribir es un estado febril? ¿O solo se trata de planificación, de corte y confección cual cirujano exitoso? Ambas opciones (y tantas son válidas), aventuro.
Duele el cuerpo, memoria imprecisa de domingo al abrir los ojos. El barrio en silencio, la gata ronroneando en mi oído. Necesita ir al baño. Tiene cara de “dale o te dejo mi sello acá”.
Descubrir a Neuman y su “Fractura”. Hermosa novela. “los que aparecen ante mí son los que miran con desánimo las vías. Gente rota que, aunque se retuerza y pelee, ya ha sido arrojada a una fosa de la que jamás podrá escapar”, cuenta el protagonista citando a Tamiki Hara. A propósito, qué descubrimiento la literatura japonesa, muchísimo más allá de Murakami.  
Creo que le he escrito con anterioridad.
O esta cita, pensando en hechos recientes: “Él hablaba un francés lleno de síes y escaso de noes. Eso aquí se nota enseguida, porque vivimos dando negativas y refutando al vecino. Para comunicarnos con alguien, necesitamos discrepar. Discrepar y protestar. Yoshie me lo decía a menudo. Que en Francia la protesta es una forma de felicidad. Como para él esa actitud resultaba inconcebible, me llevaba la contraria con asentimientos parciales. Eso me confundía. O peor, me permitía entender lo que deseaba entender. Él me reprochaba que mis respuestas fuesen siempre tan tajantes. Que no supiera expresarle mis negativas con más tacto. Esa ausencia de ambigüedad, digamos, lo despechaba. Creo que la percibía como una cierta falta de amor”.
Novela sobre el amor.“Cuando surgieron las primeras tensiones, nos asustamos mucho. Jamás habíamos tenido la menor discusión, así que ninguno de los dos tenía idea de cómo reaccionar. Llegué a pensar que aquello era el fin. Error. Aquello era el auténtico principio. Sin máscaras ni fantasías. Él y yo. Una pareja. Dos tontos. El amor”.
De algún modo, esta publicación se desvió a Neuman. Quizás porque estuve todo el día en la cama leyendo, afiebrado, adormilado y sudando quejas a través del cuerpo, que me dio una tregua y permitió levantarme.
Retomar la novela. Sentarse y escribir. Arremangarse y revisar desde los cimientos, demoler lo que haga falta. Y no lo escribo pensando en la figura del escritor atormentado. La detesto. Sentarse y escribir para saldar cuentas. Conmigo, con los personajes que han quedado boyando por ahí, con la historia. Y si no se puede, o no convence, al menos darle un cierre digno, aunque la obra no vea la luz. Nada peor que borradores inconclusos.

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La segunda muerte


Septiembre demorado I
Se demora septiembre. No hay muchachas en flor ni hombros dorados por el sol. Faltan las sonrisas cálidas y miradas brillantes, las promesas de pieles a punto de incendiarse gracias a los favores de Cupido o el perfume que hace la vida un poco menos hostil. Falta la vida y sobra la muerte, como sobran las mentiras por televisión.
Se demora septiembre y el frío se queda con las certezas. Me corrijo, arrincona la esperanza, arroja un velo sombrío sobre la Patagonia y dispara las preguntas. Pienso en ellas mientras te espero y el viento le da una mano al bastidor, para secar la serigrafía en el taller improvisado en plena calle.
La figura se hace nítida sobre la tela. Una cara, un nombre, una pregunta que espanta la promoción de la alegría. A favor -flaco consuelo- los jóvenes que se congregan frente al monumento y siguen el camino sembrado por los pañuelos blancos, como si no hubiera otro lugar donde estar, recuperar consignas que ya son colectivas. Otra vez, en este mes que nada tiene de flores y suspiros, de picardía y besos robados en los zaguanes.
Se demora la primavera y una voz pide por aparición con vida. Somos muchos acá, a pesar del viento frío, del propio septiembre y sus imposturas. Y vos que te haces desear. Hasta que te veo a la distancia y levanto los brazos, en este septiembre demorado y sin Santiago.
(A Santiago Maldonado)
Septiembre demorado II
demoler el relato de una muerte
recoger los fragmentos
para ovillar la memoria
el otro como par
compañero
camarada
pura solidaridad
es Santiago
el grito en un río helado
que todavía espera justicia.
La foto ilustra la tapa de Página/12 del día de hoy.
Los textos están incluidos en “Alivio contra la ferocidad” que podés descargar aquí.

Esconder, desvelar, iluminar las penumbras

“Arenas movedizas” es un gran libro de Henning Mankell, que comienza cuando le diagnostican una enfermedad terminal. Una suerte de memoria que incluye distintas reflexiones y recuerdos inconexos -o no- desencadenados por una noticia y que el autor relaciona con la muerte y cómo nos enfrentamos a ella.

También es un libro sobre las creencias, los  espacios en que depositamos la fe o qué estamos haciendo con un mundo cada día más contaminado, con residuos radioactivos que nos sobrevivirán miles de años. En suma, un libro recomendable.
Transcribo un par de fragmentos, acerca del oficio de laburar con la palabra.

Cuando todo se vuelve demasiado complicado y difícil de abarcar, suelo contemplar una fotografía en blanco y negro que tengo en la pared. Es una foto de cuando yo tenía nueve años. Estoy sentado en un pupitre, en el colegio de Sveg. Cuando veo esa cara llena de curiosidad y la certeza de que todo es posible en la vida, siento que vuelve la fuerza de querer comprender.
La breve glaciación interior queda atrás. Todo vuelve a ser como siempre. Todas las verdades siguen siendo provisionales. La búsqueda de la coherencia puede continuar.
No existe nada más importante, supongo.

Pensé que los últimos relatos verdaderamente importantes trataban de rupturas. De la ruptura de personas, de la ruptura de sociedades enteras a través de revoluciones o de catástrofes naturales. Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra, y en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.
    Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras el otro cava para desvelar.



Mankell, Henning, “Arenas movedizas”, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets Editores, 2015. Traducción de Carmen Montes Cano.

El frasco de almendras

El oficial miró a su subordinado, no podía creer lo que estaba oyendo. Dejó que terminara de hablar y contó hasta tres. Por suerte le faltaba poco para jubilarse.

—Usted me está tomando el pelo, ¿No?
—No señor… Bajé a la panadería de Dorita por unas facturas (a propósito, no puede ser más linda esa piba)… y dejé el auto en marcha… entonces sentí una acelerada y cuando me di vuelta, se estaban llevando el móvil…
—¿Cómo le van a robar el patrullero?, ¿Cuánto hace de esto?
—Los tres minutos que tardé en correr hasta acá, señor…
—¿Vio quién era por lo menos?
—Sí… era un masculino… me pareció que era el Nico.
—Ya… Y ahora, ¿a qué vino?
—A poner la denuncia, señor…
¿Es o se hace?… ¿Quiere que se nos caguen de risa en La Capital? Vaya a buscarlo, no creo que ande lejos…
—Pero…
—Pero nada, use la imaginación… ahora le aviso al farmacéutico que su hijo se escapó de nuevo.
El oficial salió de la comisaría y escudriñó la plaza vacía. Más allá del barrendero y el canillita, no vio a nadie. Giró a su izquierda, caminó hasta la esquina y se encontró con el bulevar desierto. Entonces lo vio: subido a la vereda, la puerta abierta, las sirenas encendidas, unas cuadras más adelante. Resopló y corrió hasta el patrullero.
Llegó agitado y sudoroso. El auto estaba en marcha y no había rastros de Nicolás. Dio una vuelta alrededor, apagó el motor y se guardó las llaves. Miró la placa oblonga y oxidada. Helena Valdivia, fonoaudióloga. “Otra vez”, pensó. Saltó la verja de madera, ingresó por la cochera y fue hasta el fondo del patio de la casa abandonada.
—Hola Martínez —lo saludó el joven sin siquiera darse vuelta. Estaba arrodillado, con una mano hurgaba en la tierra negra y con la otra miraba al suelo. “Se secaron las margaritas”, oyó el policía.
El joven se dio vuelta y lo miró. Tenía los ojos vidriosos.
—Pibe… qué me hiciste… ¿otra vez acá?
—¿Vos decís que ella no puede ayudarme?
—Se fue hace un año… Igual tampoco podía…
—¿Por qué no? En el diccionario leí que se ocupaba de trastornos de comunicación.
—…Es que me parece que no se refiere a los tuyos, específicamente.
—No trata con locos, decís…
—No creo que seas loco, ves las cosas de otra manera…
—No sé Martínez… el abuelo dice que se me fritó la mollera…
—Me parece que tu abuelo exagera, todos andamos en nuestro mundo, ¿no te parece?
—Sí, pero de ahí a hablar solo…
—¿Quién no hace cosas raras de tanto en tanto?, Dale pibe, levantate que te llevo a tu casa. Tu viejo debe estar preocupado.
—Martínez…
—Qué…
—La extraño… era hermosa.
—Bienvenido al club del desencuentro.
—¿Del desen qué? Esa no la tengo…
—Cuando dos personas no logran encontrarse, como vos con la doctora. Bah, como muchos, en realidad.
—Martínez…
—Qué…
—Disculpas por llevarme el patrullero.
—No te preocupes, ya tengo una anécdota para mis nietos, aunque primero tenga que conseguirla a la Dorita.
—¿La Dorita? Uh…
—Sí, ya sé, no puede ser más linda esa piba.

II

El hombre sintió el inconfundible siseo de sus pasos contra la vereda y levantó la vista:
—Martínez…
—Qué pibe…
—¿Como anda?
—Bien, ¿vos?
—Mire lo que le traje.
El oficial levantó la vista y lo vio. Traía un frasco y un libro bajo el brazo.
—¿Qué es eso?
—Almendras, con azúcar.
—No entiendo…
—Estaba leyendo a García Márquez. ¿Sabe quién es?
—No, ni idea…
—Me lo regaló mi viejo. Es colombiano creo. Escribe.
—¿Y? sigo sin entender…
—La Dorita, ¿se acuerda?
—Uy, sí, cómo no.
—Bueno, ¿qué me dijo el otro día?, cuando me encontró en lo de la doctora…
—No estoy seguro, pero supongo que tenías que volver a casa.
—Sí… pero además…
—No sé, estaba preocupado por el patrullero.
—Me habló del desencuentro ¿se acuerda?
El oficial asintió.
—Como la doctora y yo… bueno, para eso son las almendras. Mire… escuche, en realidad. Abrió el libro y leyó: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” … ¿entiende? Si le lleva estas almendras la va a conquistar… les puse mucha azúcar.
El oficial lo miró. Vio su nariz chata, los ojos rasgados, la cara redonda, la ternura en la mirada.
—Gracias, pibe —contestó y recibió las almendras.
—Lo dejo, Martínez. Vaya y después me cuenta —balbuceó. —Y no me mire así. Ya sé que se me fritó la mollera, como dice el abuelo.
El oficial lo vio alejarse de la comisaría.
III
La mañana languidecía. Un cielo gris amenazaba el horizonte en una planicie que se extendía hasta lo imposible y juntando las nubes con la tierra. ¿Llovería?
Vio el frasco sobre la mesa. La radio seguía con su estática, interrumpida por el pitido del móvil. “Ma, sí”, pensó. Tomó el regalo del pibe y fue a la panadería, la única del caserío, cada vez más cubierto de polvo y abandono. La vio, el guardapolvo cuadriculado y ese botón que se le soltaba en el inicio del escote.
—Hola, Martínez. ¿Qué necesita?
Cruzaron miradas y él miró su frasco con almendras azucaradas. —¿Leyó a García Márquez?
—¿A quién?
—Es un escritor, creo que no es de acá.
—Mire, Martínez, lo último que leí, fue la receta que le llevé al farmacéutico. A propósito, con los precios de los remedios, entiendo por qué la gente se muere.
Él sonrió.
—Bueno, dígame qué quiere.
—Tome, son para usted.
—¿Para mí? ¿Por qué?
Sintió la transpiración en la palma de la mano. Era ahora o nunca.
—En realidad… fue idea del pibe, de Nicolás.
—¿El opa? Usted también, ¿Por qué le hace caso? Es un amor, pero está loco de remate.
—No crea, eh.
—Bueno, dígame a qué vino. ¿Para qué me va trae esas almendras? Ni siquiera sabe si me gustan.
—No me diga que no le gustan…
Dorita vio el miedo en sus ojos y reprimió una sonrisa.
—Bueno… sí me gustan. Pero todavía no entiendo, como regalo no es muy usual.
—Tienen azúcar, desengualichan a los amores contrariados… Algo así dice el colombiano ése que le nombré… O el Nico, ya no sé…
—Martínez, ¿me está invitando a salir?
—Bueno, si lo quiere ver así… Sí.
—¿Y por qué no lo dijo antes? Mire que es complicado, ¿eh? ¿Qué hace parado ahí?, Me va a convidar una?
El oficial abrió el frasco. Ella lo miró y cierto resplandor le brilló en la mirada. —Exquisitas…
—¿Vio? Tenía razón el pibe…
—Cierro en un rato. ¿Nos vemos en la plaza?
—Allí la espero —dijo Martínez. 
Un texto ya escrito, con leves modificaciones.
Imagen: Pixabay

Ligero desgarro

 Terminé de leer “La muerte del comendador”, de Haruki Murakami. Me recordó mucho a “El pájaro que da cuerda al mundo”, libro que me parece uno de los mejores del autor, junto a “Kafka en la orilla”.

Como “En el pájaro…”, hay rupturas sentimentales, un pozo, ruidos extraños y lo real que se entrecruza con lo fantástico, reflexiones sobre el arte, la creación artística y los artistas. En definitiva, roza mucho de sus tópicos ya elaborados en varios libros. La obra queda sin definición, a la espera de un libro 2. 
Si nunca leíste nada, es una buena oportunidad para entrar en el universo de este escritor japonés, aunque yo te recomendaría abordar los que mencioné en el primer párrafo. Agrego que este último año leí otros autores nipones que me han gustado más, como Banana Yoshimoto y su “Kitchen”, (reseña que podés leer acá), o “El cielo es azul, la tierra blanca”, de Hiromi Kawakami (también acá para leer), “Lo bello y lo triste”o “Mil grullas”, de Yasunari Kawabata, “La fórmula preferida del profesor”, de Yōko Ogawa o “Si los gatos desaparecieran del mundo”, de Genki Kawamura, por mencionar algunas obras.
Volviendo a Murakami, la novela hace hincapié en más de una oportunidad del proceso de creación artística, reflexiones que Murakami ya ha esbozado en más de un libro, pero por sobre todo en “De que hablo cuando hablo de correr”, donde detalla su pasión por el atletismo y lo entrelaza con el proceso creativo y la construcción de sus novelas. ¿Si lo recomiendo? Como lector de Murakami, sí, aunque reconozco que en esta oportunidad me quedé con sabor a poco.
Transcribo algunos pasajes que me gustaron de “La muerte del comendador”.
Ligero desgarro

Fui a buscar la linterna. Él salió de la casa para ir a por otra que. tenía en el coche. Subimos los siete peldaños de la escalera y nos adentramos en el bosque. No había tanta claridad como la primera noche, pero el reflejo de la luna otoñal aún alcanzaba para ver por dónde pisábamos. Dejamos el templete atrás y nos abrimos paso entre las hierbas para llegar hasta el túmulo de piedras. No había ninguna duda. El enigmático sonido salía de entre los huecos de la piedra. Menshiki caminó despacio alrededor del montículo. Observó atentamente los huecos bajo la luz de la linterna. No se veía nada especial, tan solo piedras cubiertas de musgo y amontonadas en desorden. Miré su cara. Bajo la luz de la luna, parecía una máscara antigua. Me pregunté si él también me veía del mismo modo. —¿Los otros días también salía de aquí? —me preguntó en un susurro. —Sí, exactamente en este lugar. —Es como si alguien lo hiciera sonar debajo de las piedras. Asentí. Me tranquilizaba comprobar que no estaba loco. Lo que hasta ese momento podían ser solo imaginaciones mías se transformó gracias a las palabras de Menshiki en algo real, concreto. Por tanto, no me quedaba más remedio que admitir que en las costuras de la realidad debía de haberse producido un ligero desgarro.

Ideas: 

—Digamos —continuó Menshiki— que sucede algo parecido a esos terremotos con el epicentro en las profundidades del océano. Se produce un enorme cambio en un mundo invisible, en un lugar adonde no llega la luz del sol, es decir, en el terreno de la inconsciencia. Sin embargo, todo ello termina por transmitirse a la superficie de la tierra y produce una reacción en cadena cuyo resultado sí tiene una forma visible. No soy artista, pero puedo entender más o menos el origen de esos procesos porque, en el caso de los negocios, las buenas ideas nacen de un modo parecido. La mayor parte de las veces se trata de ideas que brotan sin más de la oscuridad.

Lo real y lo irreal:

Siempre me había gustado contemplar, por la mañana temprano, un lienzo en blanco, donde aún no había nada pintado. A ese acto lo llamaba el momento zen del lienzo: no había nada, pero eso no quería decir que estuviera vacío. En la superficie completamente blanca se escondía algo por venir. Al aguzar la vista veía muchas posibilidades que en algún momento se concretarían en algo. Era un momento que siempre me había gustado: el momento en que lo que es real y lo que no lo es se confunden.

Cosas:

—Hay cosas que es mejor dejar como están, entre las sombras. El conocimiento no siempre enriquece y la objetividad no siempre es mejor que la subjetividad. De igual modo, la realidad no siempre apaga la ilusión.

Un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa

“Estábamos tomando el té, serían las dos de la mañana, acaso más, cuando Cordes me leyó unos versos suyos. Era un poema extraño, publicado después en una revista de Buenos Aires. Debo tener el recorte en alguna de las valijas, pero no vale la pena de ponerme a buscarlo ahora. Se llamaba «El pescadito rojo». El título es desconcertante y también a mí me hizo sonreír. Pero hay que leer el poema. Cordes tiene mucho talento, es innegable. Me parecía fluctuante, indeciso, y acaso pudiera decirse de él que no había acabado de encontrarse. No sé qué hace ahora ni cómo es; he dejado de tener noticias suyas y desde aquella noche no volví a verlo, a pesar de que sabía dónde buscarme.
Aquella noche dejé enfriar el té en mi vaso para escucharlo. Era un verso largo, como cuatro carillas escritas a máquina. Yo fumaba en silencio, con los ojos bajos, sin ver nada. Sus versos lograron borrar la habitación, la noche y al mismo Cordes. Cosas sin nombre, cosas que andaban por el mundo buscando un nombre, saltaban sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y palpable. Era —pensé después— un universo saliendo del fondo negro de un sombrero de copa. Todo lo que pueda decir es pobre y miserable comparado con lo que dijo él aquella noche. Todo había desaparecido desde los primeros versos y yo estaba en el mundo perfecto donde el pescadito rojo disparaba en rápidas curvas por el agua verdosa del estanque, meciendo suavemente las algas y haciéndose como un músculo largo y sonrosado cuando llegaba a tocarlo el rayo de luna. A veces venía un viento fresco y alegre que me tocaba el pelo. Entonces las aguas temblaban y el pescadito rojo dibujaba figuras frenéticas, buscando librarse de la estocada del rayo de luna que entraba y salía del estanque, persiguiendo el corazón verde de las aguas. Un rumor de coro distante surgía de las conchas huecas, semihundidas en la arena del fondo.
Pasamos después mucho rato sin hablar. Me estuve quieto, mirando al suelo; cuando la sombra de la última imagen salió por la ventana, me pasé una mano por la cara y murmuré gracias. Él hablaba ya de otra cosa, pero su voz había quedado empapada con aquello y me bastaba oírlo para continuar vibrando con la historia del pescadito rojo.”
“… Estoy cansado; pasé la noche escribiendo y ya debe ser muy tarde. Cordes, Ester y todo el mundo, mene frego. Pueden pensar lo que les dé la gana, lo que deben limitarse a pensar. La pared de enfrente empieza a quedar blanca y algunos ruidos, recién despiertos, llegan desde lejos. Lázaro no ha venido y es posible que no lo vea hasta mañana. A veces pienso que esta bestia es mejor que yo. Que, a fin de cuentas, es él el poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin embargo, ama a la vida y solo así es posible ser un poeta”.

(“El pozo”, Juan Carlos Onetti, Eterna Cadencia).

Aproximaciones al mar IV

“La espera me agotó, no sé nada de vos” dejo caer los auriculares alrededor del cuello. Pato ladra pero no la oigo. Y pensar que no me gustaba. Igual que Cerati. ¿Cuántos años tiene? “Vive de prestada”, me advirtió el veterinario, casi como todos.
La tentación del desánimo, la escritura de la oscuridad. Un Presidente y su discurso vacío. Ex país, el punteo de la mañana, una lista de palabras que no termina de convertirse en texto.
El cielo azul entre los ladridos de los perros. “Ando bien, ¿usted?”, contesto mientras recibo a Beethoven, no por el músico, sí por la película. Es el último que retiro para su paseo.
Dejar ir la mente. La brisa en la cara, no sé si agradable, brisa al fin. Bocinazos, el colectivero que manda al diablo a los automovilistas. Nada que desconozcas.
El vaho de las pérdidas cloacales en el asfalto desdice a los anuncios millonarios por tevé. “Sentir algo”, leo en una pared. Estamos todos muertos y no lo sabemos (filosofía muy barata del pesimismo). “No dejarse ganar por la desesperanza”, recuerdo.
¿Cuaderno de notas o Diario contra la ferocidad? “Para escribir un diario hay que tener una seguridad del valor que tiene contar la vida propia que yo no tengo”.Piñeiro, “Una suerte pequeña”. Debate estéril que mando al diablo con el coro perruno al gato que los desafía desde el árbol. Me mira a mí y luego a ellos, seguro de contar con un refugio contra la ferocidad. Le sonrío. Parece que él también. Al fin logro moverlos. Conocen el camino y la plaza es una tentación única.
 ¿Contar en primera o tercera persona? La primera acerca, la tercera aleja, (otra vez Piñeiro). Tus pies sobre la arena, el mar como decorado, la piel desamparada, conmovedora, erótica. Pispear para desvelar, espantar lo irreparable. O intentar resignificarlo. ¿Pararse desde ahí?
Pato me ladra y se pega a mí.  Sabe que dialogamos y aporta su opinión con un lengüetazo cálido en mi mano. Los perros se mueven a mi alrededor y hurgan en el territorio, los dejo ser. Uno que otro me arranca una sonrisa.  Los animales y sus reparaciones.
La hora del regreso. La brisa que más que brisa ya es un viento impertinente. “Sentir la Patagonia”, decías. Dejarse de rodeos, primera o tercera, la escritura “como respuesta a” y “a pesar de”, la contención de un dique, la relevancia de las fisuras por donde se escaparán las palabras.

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Aproximaciones al mar III está acá y los otros dos en este libro para descargar.

Vías y puertos

Fue Nuto quien me dijo que con el tren se va a todas partes, y que cuando terminan las vías, comienzan los puertos, que los barcos tienen itinerarios, todo el mundo es una red de rutas y de puertos, un itinerario de gente que viaja, que hace y que deshace , y en todas partes hay gente capaz y gente necia.

(Pavese, Cesare, “La luna y las fogatas”, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2013., p.133)

Aproximaciones al mar III

De aquella época quedó la brisa sobre la cara, el agua y el humo de los cigarrillos. Sobran canciones y el empeño por espiar de reojo a la vera del camino (la imagen es de Fresán, creo) intuyendo que es imposible reconstruirlo todo.
Si de certezas hablamos, solo el rechazo.
Como suele suceder con lo nuevo, hubo un periodo de deslumbramiento, soñar de a dos en un mundo donde es difícil coincidir, hasta que el espejismo se hizo trizas y quedaron los cristales que pisamos en el suelo.
Con ellos las heridas, la desconfianza en el mar, las palabras que alguna vez escribí (y las que no). Mi naufragio y la indiferencia, la intensidad de tu mirada como salto a lo posible. Demás está decir que no había vuelto a la ciudad, hay lugares donde es difícil el regreso.
Los pasos me arrastraron a nuestra playa, muy cambiada, por cierto. La roca está cubierta por el agua pero persiste el humor de las olas, el aire salado y el murmullo del oleaje, reconciliaciones imprescindibles para esta tarde de invierno.
(Aproximaciones al mar I y II, están en “Alivio por la ferocidad”, que podés descargar gratis,de este enlace).

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