La vendedora de jazmines

Imagen: Pixabay.

—¿No te parece que los jazmines son flores amables para un mundo complicado?

La pregunta me sorprendió y me distrajo de los bocinazos. Levanté la vista y me topé con una melena plateada y unos ojos negros.

Tomó un ramo de la canasta y lo plantó frente a mi cara.

—Olé, pero tomate tu tiempo.

Más de treinta años algo entre tristeza y melancolía en la mirada, dedos largos y con varios anillos. Hundí la nariz entre las hojas blancas y amarillas. El aroma dulce hizo temblar la mañana.

—¿Sabías que la etimología es árabe? Deriva de los moros y su paso por España, trajeron las flores para no olvidar los olores de su tierra.

—¿A cuánto las vendés?

—Te los regalo, a ver si confiás más en el mundo.

Me dejó un ramo y se fue. La vi irse entre una muchedumbre indiferente y apurada. Temí que fuera un espejismo.

Nos volvimos a cruzar días después, en la parada del ómnibus. Inclinada hacia adelante, miraba el piso y se sostenía la cabeza con los codos apoyados en su regazo. Llevaba el pelo recogido con una pinza. La canasta estaba vacía.

—Los vendiste todos.

Levantó la vista, muy seria. No me reconoció, por lo menos al principio.

—Ojalá. Los regalé.

Puse cara de no entender.

—Mi viejo decía que una ración diaria de jardines hacía del mundo un lugar para respirar. Era su mantra para enmendar ausencias.

—¿Le daba resultado?

—Sí, hasta que se lo llevó la pandemia.

Hubo un silencio incómodo, mitigado por el arribo del colectivo y el viaje juntos.

—Vivo en su chacra —deslizó— no podía dejar que se viniera abajo.

Iba a comentarle que no era sano hospedarse en casas habitadas por ausencias, o tomar como propios legados de otros, pero callé.

—¿Te conté que en España hay campos de jazmines? Se extienden contra todo pronóstico entre las ondulaciones del terreno. Bueno, eso decía papá, que los cuidaba en el patio de la casa. ¿Tu parada ya se pasó, No?

—¿Cómo supiste?

Casi una sonrisa. —Lo sé. Hay días que lo extraño demasiado, son los que preparo los ramos y salgo a repartir flores como una enajenada.

No supe qué responder. El colectivo iba vaciándose y la ciudad parecía un recuerdo lejano.

—Me bajo en la última parada, donde gira para no chocarse con mi casa.

Asentí. —Gracias por el dato.

Gracias por escuchar —saludó desde la puerta.

—Nunca me dijiste tu nombre.

—Nunca preguntaste.

La vi irse al amparo de los álamos y sus hojas. El chofer llegó al final del recorrido y me lanzó una mirada desde el retrovisor. Me encogí de hombros.

—La vuelta es gratis —dijo negando con la cabeza.

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