Pasajeros de las edades

«Los meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años, que van y vienen.

Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos de los caballos, todos sus días son viaje y hacen del viaje su morada.

Antiguamente hubo muchos que murieron durante el viaje».*

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El colectivo abandonado

Por fin llovió. Las nubes plomizas están a punto de aplastarme. Alicia se echa a mi lado agitada. A pesar de los años, insiste en acompañarme y disfruta del paseo.

Llego hasta el colectivo abandonado, en ese punto de la ciudad donde comienza el campo y la frontera desdibuja límites, da pie a los interrogantes, profundiza los secretos.

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Aproximaciones al mar VI

De aquel viaje quedaron lecturas, canciones a las que no regresé, una pintura que me obsequiaste, el murmullo del agua.

También la arena bajo los pies, mi desconfianza en las mareas, noches o mañanas incendiarias que la edad nos permitía.

No faltaba el té blanco en el desayuno y la única condición era desconectar los teléfonos. «El Yin Zhen se recolecta cuando nacen los primeros brotes, por eso es tan preciado, dejate llevar por el aroma».

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El sonido de las teclas

Caro teclea rápido. Hosca en las mañanas, está enojada con su padre por no haber resistido a la muerte y dejarse vencer por una sensibilidad vana en un mundo de fieras y cazadores.

Un café recargado y varios minutos en silencio parecen ser la medida justa para entablar algún diálogo que no sea respondido con gruñidos o monosílabos. A pesar de sus tatuajes y el negro en la vestimenta, abraza y protege. O atenaza y destruye, como si tuviera dos personalidades.

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COVID-19: Fragmentos de un diario

Amanecí con una molestia en la garganta. Descarto cualquier cosa, no hay viaje a zona de contacto y no me he movido de casa. «¿Todos no nos sentimos un poco enfermos»? Leí por ahí. Y ya que estamos, ¿Estaremos escribiendo un diario, crónica, novela realista o distópica sobre el COVID-19? Qué aburrido y monotemático será el 2021.

Abro la ventana, el olor a humedad llena la casa. Todos duermen. No son las siete y ya trabajando.
Hay un gato negro que intentamos adoptar. Por ahora viene y come nomás. Ayer le dejamos la puerta abierta del comedor, se asomó un par de veces y escapó.
He decidido que las primeras líneas del día serán para la escritura. Sueños, primeras letras, palabras que asomen en mi cabeza.
Preocupa el futuro, en un alarde de originalidad.
Otro día de cuarentena
Intentar que el miedo no gane. No gana, pero se asoma por la puerta, como el nuevo gatito negro, que ayer se animó a más y recorrió el comedor, la despensa, para salir de nuevo afuera. Se viene una nueva mascota, aunque intuyo que será difícil de atrapar, gato del aire, juguetón que por ahora duerme sobre una heladera vieja, protegido de perros y depredadores. Animales y humanos.
Leía en Twitter: «cuatro pajas en un día, hablame de pulsiones de vida». Cortar una madera con un serrucho gastado, ocupar el cuerpo y la mente, alejarla del «enemigo invisible», gran definición presidencial. Anoche llamé al viejo, a ver cómo andaba. Asustado y guardado.
Lecturas: «Como las estrellas, estamos viendo la luz de un mundo que ya no será igual», o algo por el estilo, de Claudia Piñeiro.
«Concluyo que la escritura es un diálogo de entrecasa, y que, de cualquier tradición, por más pequeña que sea, existen textos parásitos, sin autonomía. Textos cuya significación estriba en las espaldas de otros textos», Humberto Bas, en Gil Wolf.  Quizás como este diario.
Pulsiones de vida y sociedad de la vigilancia. «Qué raro todo», casi una confesión. Trato de mirar la suficiente tevé para estar informado y no morir aterrorizado en el intento. Lecturas dispersas, trabajos manuales, cama elástica como ejercicio y mirada al cielo. Desconfiar de los mensajes motivacionales. Conservar rutinas para no desfallecer. Dispersión.
Parece que la cuarentena se extenderá.
Publicado en Plan B Noticias

Imagen de Akhil Kokani en Pixabay

La joven en los escombros

Lo que te cuento ocurrió hace tiempo, en una vieja ciudad sin nombre pero siempre en guerra. Nos encontrábamos junto a un grupo de colegas, intercambiando rollos fotográficos y comida cuando pasó frente a nosotros una mujer vestida de negro. Llevaba un niño muerto en sus brazos.

La joven venía tropezándose entre la maraña de escombros. La vista perdida. Mirada de hielo; la resignación adherida a la piel. Instantáneamente tomé la cámara e hice unas tomas. ¿Ataques de conciencia? Alguno, pero alcanzaba con responderme que alguien debía retratar estas miserias. Alcanzaba entonces.
Ella no tendría más de 20 años y caminaba entre los saldos del bombardeo en una ciudad tomada por los muertos y las ratas que pululaban por el suelo. Sobre la cabeza del niño  zumbaban moscardones verdes. Enfoqué el lente y disparé tres o cuatro veces. En la última toma, la mujer me miró y  sus ojos negros me hicieron retroceder unos pasos. Al instante giró su cabeza a la derecha y murmuró por lo bajo. Noté que se quedaba en silencio y asentía. Esa sonrisa era el refugio de su locura.
Llegué al hotel y luego de una ducha rápida improvisé mi laboratorio en el baño. Lentamente, la cubeta me reveló los ecos de día y la figura de de la mujer con el niño en sus brazos. A su derecha comenzaba a gestarse una forma tenue, vestida de militar. Colgaba un fusil en el hombro y parecía escucharla con atención.
Algo andaba mal.
Pensé en una superposición de imágenes pero no recordaba haber visto ningún soldado. En la toma en primer plano él le susurraba al oído y ella sonreía, mirando a la cámara. De más está decir que su mirada me persiguió durante muchos años, pero conseguí que el olvido echara un manto de piedad y continué con mi vida.
Hasta que hoy la vi cruzar la ciudad arrasada por el bombardeo norteamericano.
Las mismas ropas, el niño en brazos, los gestos conocidos. Idéntico resultado si tomaba unas fotos. Pero no lo hice, la seguí con la mirada hasta que se perdió en la orilla del horizonte.
(P.D.: Relata muy viejo. Solo le cambié el título. Publicado en la Antología del Círculo de Escritores del Comahue, 2010).

Imagen de Michal Jarmoluk en Pixabay

Aproximaciones al mar V

Fue un despertar cálido, una cercanía que se fue esfumando con el correr de los minutos.
Últimamente regresás en sueños, pliegues y arrugas de un lecho desordenado y vacío.

¿Había olas, arena, estrellas mironas, tus hombros sin breteles?. No estoy seguro. Sí que fue un verano inolvidable, a pesar de mi resistencia al mar.
De los días felices quedó tu olor salino, las caminatas por la playa, las carcajadas. También los silencios de penas que no contabas, miradas a las que debí prestar atención.
Por ahora no pienso regresar. Para qué, si ahí no hay nada.
Aquí adivino las montañas, el lago, el espacio al que huí para que las olas no trajeran tu nombre.
Puedo decir que todavía respiro, trabajo. Hasta voy al cine. Me pregunto si vivo.
Clarea y la luz despeja la insensatez de acompañarte.