Ocurrencia budista

Cuando conocí a Yoshie, vi que el fútbol no le importaba nada. Esa fue otra de las razones para entendernos. Estar en minoría frente a todo el mundo es otra patria, pienso. Él opinaba que patear una hora y media una pelota que rebota poco, y tratar de pasarla por un hueco que no guarda proporción con su tamaño, era necesariamente una actividad estúpida. De chico había jugado al ping-pong y en Nueva York creo que se aficionó al fútbol americano o al básquet, no me acuerdo. Igual que el papá, Ari es fanático de Boca. Así que Yoshie terminó sentándose a ver los partidos con mi hijo. Eso y dibujos animados japoneses. Mazinger, Meteoro. No es que entendiera demasiado lo que pasaba en los partidos, pero le tomó el gusto a festejar juntos los goles. Cada vez que metían uno, Walsh salía huyendo. Lo que le interesaba no era tanto que los equipos hicieran gol, como la posibilidad absurda de que nadie hiciese ninguno. Que un partido tan largo pudiera terminar cero a cero, con un resultado vacío, lo dejó fascinado. La consideraba una ocurrencia budista. Reconozco que jamás pensé, ni por un solo segundo, que el fútbol fuera capaz de resistir alguna comparación filosófica. Me parece que Yoshie entendía el cero a cero como objetivo. En vez de hinchar por alguien, que es lo que hacemos todos (yo siempre hincho por el equipo de mi hijo, el país más pobre o los jugadores más lindos) él admiraba los empates. Nos explicó que en la tradición japonesa no se perdona la derrota. Y que un empate era la única solución honorable para los dos equipos. ¿Pero entonces no querés que gane Boca?, se enojaba Ari.

Andrés Neuman, en “Fractura”

Imagen libre de Pixabay

Esconder, desvelar, iluminar las penumbras

“Arenas movedizas” es un gran libro de Henning Mankell, que comienza cuando le diagnostican una enfermedad terminal. Una suerte de memoria que incluye distintas reflexiones y recuerdos inconexos -o no- desencadenados por una noticia y que el autor relaciona con la muerte y cómo nos enfrentamos a ella.

También es un libro sobre las creencias, los  espacios en que depositamos la fe o qué estamos haciendo con un mundo cada día más contaminado, con residuos radioactivos que nos sobrevivirán miles de años. En suma, un libro recomendable.
Transcribo un par de fragmentos, acerca del oficio de laburar con la palabra.

Cuando todo se vuelve demasiado complicado y difícil de abarcar, suelo contemplar una fotografía en blanco y negro que tengo en la pared. Es una foto de cuando yo tenía nueve años. Estoy sentado en un pupitre, en el colegio de Sveg. Cuando veo esa cara llena de curiosidad y la certeza de que todo es posible en la vida, siento que vuelve la fuerza de querer comprender.
La breve glaciación interior queda atrás. Todo vuelve a ser como siempre. Todas las verdades siguen siendo provisionales. La búsqueda de la coherencia puede continuar.
No existe nada más importante, supongo.

Pensé que los últimos relatos verdaderamente importantes trataban de rupturas. De la ruptura de personas, de la ruptura de sociedades enteras a través de revoluciones o de catástrofes naturales. Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra, y en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.
    Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras el otro cava para desvelar.



Mankell, Henning, “Arenas movedizas”, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets Editores, 2015. Traducción de Carmen Montes Cano.

Ligero desgarro

 Terminé de leer “La muerte del comendador”, de Haruki Murakami. Me recordó mucho a “El pájaro que da cuerda al mundo”, libro que me parece uno de los mejores del autor, junto a “Kafka en la orilla”.

Como “En el pájaro…”, hay rupturas sentimentales, un pozo, ruidos extraños y lo real que se entrecruza con lo fantástico, reflexiones sobre el arte, la creación artística y los artistas. En definitiva, roza mucho de sus tópicos ya elaborados en varios libros. La obra queda sin definición, a la espera de un libro 2. 
Si nunca leíste nada, es una buena oportunidad para entrar en el universo de este escritor japonés, aunque yo te recomendaría abordar los que mencioné en el primer párrafo. Agrego que este último año leí otros autores nipones que me han gustado más, como Banana Yoshimoto y su “Kitchen”, (reseña que podés leer acá), o “El cielo es azul, la tierra blanca”, de Hiromi Kawakami (también acá para leer), “Lo bello y lo triste”o “Mil grullas”, de Yasunari Kawabata, “La fórmula preferida del profesor”, de Yōko Ogawa o “Si los gatos desaparecieran del mundo”, de Genki Kawamura, por mencionar algunas obras.
Volviendo a Murakami, la novela hace hincapié en más de una oportunidad del proceso de creación artística, reflexiones que Murakami ya ha esbozado en más de un libro, pero por sobre todo en “De que hablo cuando hablo de correr”, donde detalla su pasión por el atletismo y lo entrelaza con el proceso creativo y la construcción de sus novelas. ¿Si lo recomiendo? Como lector de Murakami, sí, aunque reconozco que en esta oportunidad me quedé con sabor a poco.
Transcribo algunos pasajes que me gustaron de “La muerte del comendador”.
Ligero desgarro

Fui a buscar la linterna. Él salió de la casa para ir a por otra que. tenía en el coche. Subimos los siete peldaños de la escalera y nos adentramos en el bosque. No había tanta claridad como la primera noche, pero el reflejo de la luna otoñal aún alcanzaba para ver por dónde pisábamos. Dejamos el templete atrás y nos abrimos paso entre las hierbas para llegar hasta el túmulo de piedras. No había ninguna duda. El enigmático sonido salía de entre los huecos de la piedra. Menshiki caminó despacio alrededor del montículo. Observó atentamente los huecos bajo la luz de la linterna. No se veía nada especial, tan solo piedras cubiertas de musgo y amontonadas en desorden. Miré su cara. Bajo la luz de la luna, parecía una máscara antigua. Me pregunté si él también me veía del mismo modo. —¿Los otros días también salía de aquí? —me preguntó en un susurro. —Sí, exactamente en este lugar. —Es como si alguien lo hiciera sonar debajo de las piedras. Asentí. Me tranquilizaba comprobar que no estaba loco. Lo que hasta ese momento podían ser solo imaginaciones mías se transformó gracias a las palabras de Menshiki en algo real, concreto. Por tanto, no me quedaba más remedio que admitir que en las costuras de la realidad debía de haberse producido un ligero desgarro.

Ideas: 

—Digamos —continuó Menshiki— que sucede algo parecido a esos terremotos con el epicentro en las profundidades del océano. Se produce un enorme cambio en un mundo invisible, en un lugar adonde no llega la luz del sol, es decir, en el terreno de la inconsciencia. Sin embargo, todo ello termina por transmitirse a la superficie de la tierra y produce una reacción en cadena cuyo resultado sí tiene una forma visible. No soy artista, pero puedo entender más o menos el origen de esos procesos porque, en el caso de los negocios, las buenas ideas nacen de un modo parecido. La mayor parte de las veces se trata de ideas que brotan sin más de la oscuridad.

Lo real y lo irreal:

Siempre me había gustado contemplar, por la mañana temprano, un lienzo en blanco, donde aún no había nada pintado. A ese acto lo llamaba el momento zen del lienzo: no había nada, pero eso no quería decir que estuviera vacío. En la superficie completamente blanca se escondía algo por venir. Al aguzar la vista veía muchas posibilidades que en algún momento se concretarían en algo. Era un momento que siempre me había gustado: el momento en que lo que es real y lo que no lo es se confunden.

Cosas:

—Hay cosas que es mejor dejar como están, entre las sombras. El conocimiento no siempre enriquece y la objetividad no siempre es mejor que la subjetividad. De igual modo, la realidad no siempre apaga la ilusión.

Vías y puertos

Fue Nuto quien me dijo que con el tren se va a todas partes, y que cuando terminan las vías, comienzan los puertos, que los barcos tienen itinerarios, todo el mundo es una red de rutas y de puertos, un itinerario de gente que viaja, que hace y que deshace , y en todas partes hay gente capaz y gente necia.

(Pavese, Cesare, “La luna y las fogatas”, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2013., p.133)

Tengo toda la escritura por delante

“Escribir fragmentos, escribir notas en una libreta al vuelo de los días, es lo que más se acerca a una escritura que no sabe que miente. Luego, cuando se reelabora, se crean los subterfugios y establecen las maneras de no decir o no decir del todo. Pero aquí, en esta libreta negra, todavía no sé lo que no me permitiría confesar. No importa si lo que digo es cierto. Ni siquiera hace falta saberlo. No sé lo que pasará mañana. No sé lo que escribiré después. Tengo toda la escritura por delante.”

(Lalo, Eduardo, “Simone”, Buenos Aires, Corregidor, 2012, p. 58).
Me rindo ante Lalo, no hay caso. Pienso en la escritura fragmentaria, el derroche de palabras en una libreta, mientras paseo en la ciudad. La señora y su hijo esperan un colectivo que no llega, como yo. Él la abraza, ella simula quejarse, pero se deja contener. “Sos un payaso”, escucho.
Enfrente, una pareja apoyada contra una vidriera de instrumentos musicales. Sus besos, la música de sus gestos.
Me olvidé los auriculares. Bocinazos, prisas, palabras que arrojo sin pensar, acaso como Simone. ¿Por qué todavía seguimos escribiendo?
Pasan los colectivos amarillos y el mío que no llega.
El cielo encapotado, el mimo del olor a lluvia.  ¿Es aquél? No tampoco.