Que la escritura arribe como un don

Descreer. Descreer del mundo equivale a interrogar las formas que lo sustentan.

Hacerlo es una forma de abandono, una renuncia a las ideas universales y la apuesta por una aventura a los límites de la mente.

Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.

Descreer para que la escritura arribe como un don. (*)

Regresar a ciertas lecturas luego del nido vacío, a la espera de nuevos textos que se ocultan en lo cotidiano y las obsesiones o angustias que nos asaltan de manera recurrente, tamizadas con las andaduras del tiempo.

Últimamente pienso en ello. No dejarse seducir por las artimañas conocidas y decir sin ligaduras. Que el autor no eche mano a recursos seguros. Transitar a ciegas, con palabras que sean un salto sin red.

«Escribir como si el acto fuera una carcajada o una expresión armada con silencio. Sé que absolutamente nada cambiará excepto esta página que progresivamente iré ennegreciendo. Esto es una forma de libertad». (*)

Una forma de libertad. O de condena, si la página sigue en blanco.

Escucho un bandoneón. Afuera llueve, un romper monótono de agua contra el techo, el aroma del agua que ingresa por la ventana, que más. Y lo anoto, porque un texto fue en algún momento una libreta vacía. (*), quizás con la esperanza de alguna vez rescatar las anotaciones al margen, miradas tangenciales que revelan un relato incipiente, el que vendrá después de Lo que queda.

(*) Los fragmentos son de Intemperie, de Eduardo Lalo, Buenos Aires, Corregidor, 2016.

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