
Hay una casa donde los susurros se deslizan por los rincones. Repiten liturgias y escuchan los ecos de la memoria. Dicen que sus puertas están abiertas y que atravesarlas es una osadía.
Algunos aseguran que oyen canciones azules que no acaban nunca. Y versos de poetas que arrojan botellas al mar como náufragos ciegos.
Están los que juran que se escuchan los murmullos de voces originarias, rogativas que nos recuerdan su vigencia. Y que llegan de improviso para que no olvidemos su legado.
Otros sostienen que es difícil hallar un portal de ingreso. Y buscan intersticios para hacer trizas lo cotidiano y su terca presencia de muerte y desigualdad.
No sé si es cierto, sí que allí confluyen artistas, pinceles y cuadernos que apuestan a crear entre tanta neblina. A veces alcanza, a veces no. Como la escritura y su manojo de palabras y representación.