La pintura

“La vuelta del malón”, Della Valle Angel.

Hacía frío. El viento cortaba la cara y las nubes plomizas parecían devorarse los edificios. Miré el reloj. Quererla era esperarla. Lo había sido desde el primer día.

Delante de mí el edificio oblongo estaba magníficamente iluminado. Destellos azules, que se volvían rojos para mudar al amarillo, desafiando a los bocinazos y las frenadas de los colectivos. Asentí como si pudiera verme cuando su voz en el teléfono dijo que estaba en camino. Colgué y decidí entrar al museo.

Un joven apático me alcanzó un folleto con detalles sobre las obras del patrimonio nacional que conformaban la Sala Permanente. Me llamó la atención la orquesta típica de Berni, una xilografía de Bellocq, la mirada demorada de una niña de cuello blanco, la vista caída donde el artista había intentado captar un momento único, acaso más importante para los padres que para los hijos, como las fotos de comunión o egresados.

Entonces me topé con el óleo. Ocupaba casi toda una pared. Reconocí en las nubes pardas que se devoraban el ocaso, los momentos previos de un aguacero memorable, acompañado de una sensación de tragedia y oscuridad, de irrupción a lo desconocido.

Admirado, recorrí los diferentes detalles: la cautiva en la grupa del caballo, los perros marchando adelante, la llanura barrosa y los indios que regresaban del malón. Me sorprendió el reflejo de una calavera que Della Valle dejaba asomar en la tierra.

El cacique había atado una cruz a su lanza y otro cona llevaba el acetre. Imaginé los gritos de euforia por el éxito del saqueo, el tembladeral de cascos atravesando la llanura y por un momento sentí el olor a barro y tierra mojada.

—Lo peor es el olor a perro —escuché.

Me sorprendió la voz. Detrás de mí la mujer miraba la pintura y quiso sonreír. Un mohín incómodo, como pidiendo disculpas por haber roto un hechizo.

—-¿Le parece? Yo pensaba en los alaridos y la crueldad.

—Ni tantos gritos, ni tanta crueldad. Ni siquiera la desnudez —dijo y señaló a la mujer.

—Parece desmayada.

—Como si no temiera, ¿No?

La miré. Alrededor de cuarenta años. Pelirroja, llevaba una camisa clara, una pollera larga y el pelo recogido.

—Raro un joven por acá. ¿Refugiándote de la tormenta?

—Esperando a mi novia, la más interesada en venir, la que todavía no llegó. ¿Y usted?

—Y vos.

Asentí —¿Y vos?

—También esperando. Y escapándome un ratito. ¿Sabías que los toldos huelen a cuero de vaca? Un olor insoportable.

—No.

—Pero son muy cálidos. —Esbozó una sonrisa y sus ojos marrones se apoyaron en los míos. Una finas arrugas se le formaron al sonreír.

Algo brilló en su cuello y descubrí una cadena dorada que descendía por su escote y se perdía dentro de su camisa. Contrastaba con la piel opaca, como la iluminación del museo.

—¿Por qué te detuviste en esta pintura? —preguntó.

—Como no detenerse. Además me recuerda a mi infancia. Yo crecí en llanuras así.

—Parece que el cielo se acuesta sobre el horizonte y desdibuja la frontera entre el cielo y la tierra no sabés si estás en el cielo o el infierno, como si el tiempo se detuviera, sin variaciones.

Sonreí. —Sí, algo de eso hay. ¿También sos del interior?

—Digamos que sí. —Por un momento se quedó seria. La intensidad de su mirada sobre mis hombros y a la pintura hizo que me diera vuelta. Y entonces la vi.

En el lienzo su cadena dorada descansaba entre los pechos de la cautiva.

—Nunca quiere que me quite la cruz —oí a mis espaldas.

Me detuve en la pintura y los ojos cerrados de la mujer. Recordé sus largas pestañas, las manos entrelazadas cuando me habló por primera vez.

—Como broma es muy buena —concedí.

—Gracias por la charla —dijo la voz que se desvanecía en la sala.

—Esperá. —Una palma me tapó los ojos y el perfume de Belén lo cubrió todo.

Giré. —¿Estás bien?, tenés una cara.. ¿con quién hablabas?

Miré alrededor, no había nadie.

—Por fin llegás, te extrañé —musité para salir del paso.

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