Escribir a tientas (o Diario del desastre V)

Hay un recuerdo apalabrado por la memoria y el murmullo de una voz. No termino de divisarlo. Ni escucharlo. Pero ronda entre mis dedos, se desliza entre los poros de la piel mientras el tipo me mira cuando abro mi libreta.

Podría decirle que todavía no sé de qué se trata, pero es inevitable detener mi andar, sentarme en el banco de madera y anotar con la esperanza de develar lo que me ronda. Acosar la palabra e ir tras ella por si aparece, con la certeza que va a fallar, según Leila. No pido que el sujeto lo entienda. No hace falta.

Sigo sin divisar el recuerdo pero sé que está ahí. Tampoco entiendo por qué resurgió, de improviso sin concesiones, como esos sueños que no recordamos al despertar y nos mantienen en vilo durante el día, inquietos y recurrentes.

Últimamente escribo a tientas.

Un vistazo a la foto en blanco y negro que acompaña la cara interna de la libreta. Los ecos de una voz que olvidé o que, al menos, es difícil recuperar. Bocetan una presencia a prueba de golpes bajos que repaso con el sosiego de los años. ¿Sabés que estuve tentado de visitarte? De confesarte que no sé si todo salió como pensabas y que pienso bastante en el desamparo que trae la muerte. Y también la vida.

Algunos dicen que tenemos la misma mirada. No lo sé, pero a veces me acosa una melancolía que arriba por asalto y trato de resisitir peldaño a peldaño, reinventando la pena y la alegría, esfuerzo sobrehumano para no detener la marcha, pese a que ahora esté sentado en este banco y las palabras son una retahíla de tachaduras y garabatos apenas legibles.

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