El velo

Aquella Navidad Daniela llegó alrededor de las siete de la tarde. Sentada en el comedor, imponía su presencia con un vestido largo de tonalidades claras. Se la notaba nerviosa, pero eso no me impidió taparle los ojos y susurrarle al oído. Se dio vuelta y sonrió. «Andá a jugar, José», dijo y me acarició la cabeza.

Nunca me gustaron las fiestas de fin de año. No sé si tenía que ver con la ficción de la familia unida o el apuro de mamá para maquillar los moretones, en una renovación anual de que las cosas podían mejorar. La impostura de la esperanza, supongo.

Daniela y mi hermana fueron a su cuarto. La tía Berta preparaba la ensalada rusa y papá y el abuelo cocinaban un lechón adobado, a tono con sus carcajadas y el pingüino de vino que circulaba desde temprano. En la cocina, el tío Ernesto —el que andaba «en algo raro» según el viejo— ayudaba con la mesa y preparaba la picada.

Varios primos correteaban por ahí y se defendían del ataque de los apaches. Yo los miraba desde la cocina y le contaba al tío Ernesto las desventuras de Sandokan y su pasión por Marianna, allá en la Malasia.

La cena transcurrió con normalidad. Cerca de la medianoche, cuando el alcohol elevó los ánimos, el abuelo propuso un brindis. No entendí bien y hasta me parecieron deseos acordes, pero los cruces de miradas me contradijeron. Todos se pusieron de pie y chocaron sus copas.

Daniela se quedó sentada. No dijo nada y se retiró de la mesa. Afuera se escuchaban los primeros petardos y empezaba la ronda de saludos y deseos. Mi hermana la siguió y yo lo intenté, pero un manotazo me sentó en la silla «Es hora de brindar y saludar».

Levanté mi copa junto al resto y recibí besos de mis tías y primos mientras pensaba en ella. Un rato después, logré escabullirme entre porciones de pan dulce y garrapiñadas. La encontré con facilidad, estaba bajo la parra, con el tío Ernesto y Lucía. Mi hermana le apretaba la mano y palidecía con palabras que no alcanzaba a oír pero que eran terribles. Es la última imagen que guardo, ya que mi padre casi me arrancó la oreja y me mandó a dormir.

Me revolví en la cama y los soldados de lord Guillonk hacían lo imposible por asesinarme.

Daniela no volvió a casa. Un día mi hermana también nos abandonó y ni siquiera vino al velorio de papá. Fueron tiempos duros. La adolescencia trajo otros amigos y revelaciones, con chicos casi de mi edad que morían en tierras heladas. Mamá se negaba a hablar de esa época y se refugiaba en las pastillas para dormir.

Supe de secuestros, juicios, horrores develados, complicidades civiles. También de manifestaciones con fotos grandes, como la que se acerca por la calle y que hasta no hace tanto tiempo, miraba con desconfianza. Una muchacha me alcanza un volante. Cuando levanto la vista, la cara de Daniela aparece en una pancarta. La sostenía Lucía.

—Viniste —oí.

—Papá la delató, ¿no?

Ella asintió.

—Lo escuché el día que hablaba por teléfono con el tipo que vívía a la vuelta. Se la llevaron a la salida de una clase.

—Por eso te fuiste de casa…

Un leve movimiento de cabeza como respuesta.

—¿Por qué no me contaste?

—Eras chico… no hubieses entendido.

—¿Y por qué ahora?

—Creo que hay velos que eligen su momento para correrse.

No supe qué contestar.

—Sigo con ellos.—Lucía señaló la enorme bandera que colmaba la calle.—Te espero el domingo a la tarde y charlamos, llevala a Carolina, si querés.

Asentí y la besé en la mejilla. Sentado en el cantero redondo, la vi mezclarse entre la gente.

El beso de Caro me rescató del silencio. —Dale, vamos —dijo y me tironeó hacia la manifestación.

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