No me da la gana mirar la tristeza alrededor

Imagen: Pixabay.

Carlos abre con su llave y enseguida se da cuenta de que pasa algo extraño.

—¿Abuela?

Desde que empezó la carrera, viene casi todos los días a comer a esta casa antigua, tranquila, un tercer piso de suelos de tarima brillante de puro encerada y muebles tan bien cuidados que no aparentan su edad. Del recibidor arranca un largo pasillo que, a un lado, conduce a la cocina y de frente desemboca en los balcones del salón, vestidos con unos visillos de encaje que transparentan una orgía de geranios de todos los colores. Su dueña está a punto de cumplir ochenta años, pero no solo se vale por sí misma. Su nieto sabe mejor que nadie por cuántas mujeres vale, porque ninguna otra le mima tanto ni le cuida tan bien como ella.

—Abuela…

Al enfilar el pasillo, distingue al fondo un resplandor absurdo, intermitente y coloreado, cuyo origen no alcanza a explicarse. Al principio supone que habrán colocado un neón en la fachada de alguna tienda de la acera de enfrente, pero son las dos y media de la tarde de un día del otoño recién estrenado, aún templado, luminoso, cálido incluso mientras luce el sol. Al precio que se ha puesto la luz, nadie derrocharía electricidad en un anuncio a estas horas, piensa Carlos, así que avanza con cautela, un paso, luego otro, descubre que el suelo del pasillo está sucio y empieza a asustarse de verdad. Definitivamente, allí pasa algo raro. La suciedad, en cualquiera de sus variantes, es por completo incompatible con la naturaleza de su abuela, y sin embargo, al agacharse encuentra un fragmento de algo blanco, un poco más allá otro, y otro más. Parecen migas de pan, pero al apretarlos con la uña se da cuenta de que son pedacitos de poliuretano expandido, ese material que se usa para proteger los objetos en sus embalajes. Esto ya le parece demasiado y por eso llama a su abuela a gritos, por tercera vez y por su propio nombre.

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Escribir, enfrentarse a un rostro que no amanece

Se escribe en soledad.

También, agregó Proust, se llora en soledad, se lee en soledad, se ejerce la voluptuosidad, a salvo de las miradas.

Hasta doblar las sábanas (algo tan nimio como eso), precisó Virgina Wolf, puede hechar todo a perder, ahuyentar la escucha silenciosa de la que surge toda escritura.

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Escríbelo para que no perezca

VIVIR PARA CONTARLO

Te he cedido por una vez

el papel y el lápiz

la voz que narra

la crónica que fija contra la muerte

la nostalgia de lo vivido.

Y me va bien el cambio

te aseguro.

Quiero contemplar

quiero ser testigo

quiero mirarme vivir

te cedo gustosamente la responsabilidad

como un escriba

ocupa mí lugar

goza sí puedes con el relevo

serás mi descendencia

mi alternativa.

La que vivió para contarlo.

ESTRATEGIAS DEL DESEO

Las palabras no pueden decir la verdad

la verdad no es decible

la verdad no es lenguaje hablado

la verdad no es un dicho

la verdad no es un relato

en el diván del psicoanalista

o en las páginas de un libro,

Considera, pues, todo lo que hemos hablado tú y yo

en noches en vela

en apasionadas tardes de café

London, Astoria, Arlequín—

solo como seducción…

en el mismo lugar que las medias negras

y el liguero de encaje:

estrategias del deseo.

IN MEMORIAM

Escríbelo

para que no perezca.

Escríbelo

contra el olvido.

Escríbelo

para retenerlo.

Fíjalo en palabras

runas del deseo

abecedario del amor

palíndromo de ama

ama la ama.

Y una vez escrito

una vez fijado en tinta

en papel

en caligrafía

en cuartillas

una vez clavado

retenido

encerrado en palabras

léelo.

Comprenderás entonces

que todo ha sido inútil:

la vida se nos escapó

entre las caricias

y los besos

como se nos escapó en palabras.

In memoriam.

(Cristina Peri Rossi, «Estrategias del deseo», 2004, edición digital)

La Enterprise

Imagen de este sitio

Jugábamos a explorar el espacio. Estacas de madera en la tierra eran el puente de mando de la Enterprise y la llanura el espacio infinito, al ras de la tierra.

O decapitábamos cardos, cual Conan el Bárbaro.

No faltaban (la búsqueda de) ovnis, los juegos clásicos: escondida, ladrones y policías, el fútbol con piedras como arcos y dudosos tiros en los postes, cuando convenía.

El barrio estaba en el fin del mundo, en el borde del campo y la ciudad. Atardecía, cuando se asomaban los relatos de aparecidos y las sombras eran portales a lo desconocido.

Una oveja de mascota

De aquel septiembre lejano, una casa en ele, tres habitaciones, una gran galería y la cocina. Dormir bajo techos altísimos. Una mañana de juegos. Soldaditos en una mesa con un hule con flores.

Una oveja de mascota, por lo menos hasta que fue al matadero. Aunque siempre lo hayan negado. O uno repone y solo fue al campo, con el resto de las ovejas. Ingenuo.

Era un perrito con lana y balidos que correteaba en el patio. Debo el nombre.

Tostadas

Repongo el olor del pan tostado en un frío amanecer de invierno. Todavía está oscuro. Las voces tranquilas, una charla bajo el lujo de la casa propia y al amparo de la intemperie.

Sorprenderme con las primeras luces, las hornallas de la cocina prendida y los primeros leños en la salamandra.

Ella hablaba con mamá. Su alivio porque X’ consiguió trabajo.

Preguntarme si aquello era todo: formarse, trabajar, crecer. Tábano molesto que ya podía percibir antes de ingresar al secundario. Los años y el afianzar un sentido a lo cotidiano, con la esperanza de pactar para vivir contra las prisas a la nada.

La escritura para asir lo que se escurre entre los dedos, como el aire que respiras.

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Aplastar la desesperanza (fragmento)

Imagen (modificada) de Nicole Köhler en Pixabay

He pensado en la desesperanza, en la forma en que se aloja dentro de uno. Al principio no te das cuenta, crece desde el pie, como la canción de Zitarrosa. Pero en sentido contrario, para limar su contracara, despojarte de las fuerzas necesarias para continuar.

¿Continuar adónde? El afuera daña. Y cada vez con más fuerza. Al principio solo fueron piedras, luego se transformó en una andanada. Intifada de la desesperanza.

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Sopla el viento

Aridez. Silencio. Dolores. El cuerpo y sus quejas.

Los pájaros y sus trinos. La ciudad y la furia.

Lista de palabras para eludir el cerco de lo real.

«¿Te puedo molestar?».

Quebrar el mutismo, una apuesta que parece imposible.

«Necesito llegar a Choele y el pasaje sale trescientos pesos».

Mira a la nada como adivinando mi respuesta. Cuidate, le digo.

Sopla el viento, no se lleva la angustia ni su desamparo.

Informe metereológico, garra y entusiasmo, Ray Bradbury

Imagen de israelbest en Pixabay

¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo? ¿Qué ama, o qué detesta?

Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad —y tanto en el amor como en el odio hay garra—, encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.

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El rumor del agua

Caminábamos entre hileras de álamos, altos como el cielo y cómplices de nuestra charla.

Me contabas de las pérdidas, también del estar “bien de la cabeza”, a pesar de todo.

Yo te escuchaba. La felicidad del encuentro fortuito y la pregunta obligada, por qué habíamos tardado tanto.

Miraba los movimientos de tus manos, pero sobre todo oía tu voz. Llegamos a una exclusa abierta, la dicha del riego.

El rumor del agua corría mansa, arrastraba silencios y desencuentros.

Junta dos cosas que no se habían juntado antes y el mundo cambia

«Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante». Así comienza Niveles de vida, de Julian Barnes.

Dividida en El pecado de la altura, En lo llano y La pérdida de la profundidad, la novela nos sumerge en los retos de los primeros vuelos de globos aerostáticos, la elevación del llano a través del amor y las pérdidas amorosas o irreparables.

En la primera de sus partes, se narra los deseos aventureros que querían conquistar el cielo con sus globos aerostáticos. «La primera ascensión de la historia en un globo de hidrógeno la realizó el físico Jacques Charles el 1 de diciembre de 1783. «Cuando sentí que me alejaba de la tierra», comentó, «mi reacción no fue de placer, sino de felicidad». Fue «un sentimiento moral», desliza una voz que emparenta las historias de quienes participaron en los primeros vuelos como Fred Burnaby, miembro del Consejo de la Sociedad Aeronáutica, la actriz Sara Bernhardt, Félix Tournachon (también conocido como Nadar, por sus trabajos fotográficos) y otros aeronautas como los hermanos Godard.

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Ya no llueve

Y uno piensa en los traspiés. O es la llovizna sobre el techo de chapa, la jauría de autos, la soledad de las ciudades.

La inmediatez de lo cotidiano. Una estación de trenes abandonada y cubierta de yuyos, la espera de la muerte, la angustia de sentirse vivo.

En la calle vendedores de bolsitas de residuos, alfajores y pañuelos se confunden con malabaristas. Un barbijo pisoteado, la mirada del oficial de policía. La ciudad y sus prisas, instantáneas de un flâneur en pandemia.

Rodeos y más rodeos para entrarle al hueso, la vida eso que sucede mientras no nos damos cuenta, los «debiera» que no cumplimos, los pequeños triunfos que celebramos en silencio.

Ya no llueve. Por lo menos desde el cielo.