La Salina

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La planicie era eterna. La tierra se unía al cielo en el horizonte y provocaba la angustia de don Álvaro Díaz, comerciante y mercenario por vocación, súbdito de la Corona por conveniencia y cristiano militante, a la hora de imaginar un futuro venturoso en una tierra indómita.

Sus hombres marchaban en silencio. Habían callado desde que dejaran atrás la última colonia española y padecían resignados el sol de diciembre. Los más osados murmuraban. Murmullos de motín contra la insensatez del colonizador. La mayoría dejaba oír un silencio resignado, de cordero rumbo al matadero.

Don Álvaro maldecía su suerte. Hidalgo devaluado, se había embarcado hacia la tierra prometida, hacia el continente “de sirenas semidesnudas, con dientes de oro y collares de diamantes”, al mundo de riquezas que el español debía tomar porque Dios así lo había designado.

Y el espejismo se esfumó al hacer pie en la Colonia. Bastó con ver el fuerte de palos y los perros macilentos royendo viejos huesos. Todo parecía muerto., hasta la mirada de los contados soldados que los recibieron con apatía. Suficiente para darse cuenta de que la travesía que lo había arrojado fuera de España había sido el mejor desacierto de su vida.

Un día oyó a los indios. Cuchicheaban entre sí, recordando los campos blancos, los granos que tomaban del suelo y servían para conservar el tasajo y sazonar los alimentos. Y no dudó Don Álvaro. Un infeliz le confesó a fuerza de tormentos que los campos estaban hacia donde moría el sol, a varias lunas de distancia. Y con la promesa de perdonar la vida de sus hijos, lo obligó a que lo condujera a la Salina.

El guardián de la Salina observó la caravana de andrajos recortada sobre el horizonte. Había dado la voz de alerta y les recordó a los suyos que los animales que estaban bajo los hombres barbados no eran dioses. Sólo grandes perros que hacían temblar la tierra con su galope y acortaban leguas entre toldería y toldería. Por lo menos, así lo aseguraba el sobreviviente de una matanza.

No había presentes para los invasores. Ni sonrisas. Y menos piedad. La sangre de los muertos le habían enseñado a los pampas que la única convivencia posible con los blancos era la muerte, que lo único que podían ofrecer eran caballos. Y mujeres de piel blanca.

Un grito de júbilo alertó a don Álvaro. Uno de sus hombres señaló alborozado el gran manto blanco que apareció de la nada en el horizonte. El nerviosismo de los animales debió alertar a los hombres, pero la ambición era mayor que la precaución de invadir un terreno inhóspito.

La tierra plana se rindió ante la osadía de los intrusos y les permitió acercarse a los médanos de sal mientras el aire se tensaba y el silbido de unas boleadoras destrozaba el cráneo del traidor que había traído a los blancos a tierra sagrada.

Una lluvia de chuzas oscureció el sol e hizo blanco en los hombres de barba y polvo. Algunos alcanzaron a desenfundar sus armas y disparar a discreción, había demasiados conas para no dar en el blanco. Don Álvaro intuyó que sería derrotado en poco tiempo y desenvainó su espada. No moriría sin dar pelea.

La llanura se transformó en un tembladeral de galopes y alaridos, con indios parados sobre sus monturas que se cansaban de clavar tacuaras y pisotear cuerpos. Una gran nube de polvo se adueñó del combate y se sintió la llegada de Gualichu en forma de gritos y disparos.

De pronto la indiada se retiró.

Los gritos de júbilo de los sobrevivientes se acallaron cuando comprendieron lo sucedido. Los indios se habían llevado los víveres, el agua y los caballos, dejándolos solos en la inmensidad del salitral.

Don Álvaro recogió un puñado de sal del suelo y lo dejó escurrir entre sus dedos. Por esos granos había hecho un largo viaje y esos granos lo habían matado, si es que los indios no regresaban antes para terminar su tarea.

Cuentan los pampas que la tierra plana fue clemente y se llevó a los intrusos en pocos días, pero nada fue igual. La llegada del huinca a la Salina anunció los tiempos que vendrían. Soles de guerra y resistencia, de grandes jefes pampas que darían todo por su tribu y que todavía parecen elevar su voz, cuando las ramas de los caldenes se chocan entre sí y azuzan los fantasmas de la llanura y los arenales.

(Texto del año 2009, con leves correcciones. Si la memoria no traiciona, está incluido en La vieja Usina – Letras contra la discriminación: Cuentos y poemas de autores pampeanos, Santa Rosa, La Pampa, Editorial Voces, septiembre de 2009).

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