El olor a tortas fritas

Desgarbado. Cierta suciedad en uñas y manos. Aliento agrio, de vino adulterado. Una vieja gorra de su padre, un familiar, o regalo de un transeúnte incómodo al toparse con él y su cucha de cartón, en el hueco de un medidor de gas.

Me lo cruzaba siempre que te iba a buscar. Vos tenías seminarios y cursos en la escuela y yo dejaba mi empleo de chapista, de mazazos frenéticos y sordera anunciada. Él tenía la voz ronca y si estaba cuerdo se paraba en medio de la calle y dirigía el tránsito con gestos exagerados, poniendo énfasis en que los autos no pisaran la senda peatonal o que algún desprevenido no cruzara la calle si no debía.

Estaba ahí, un detalle más de la pintura urbana.

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Dejar los libros era una manera de regresar

Martín recordó la puerta que había pasado por alto y regresó al comedor. Estaba cerrada. Probó con el manojo de llaves hasta que la cerradura cedió.
La sorpresa fue mayúscula.
Allí, en medio de pampa, había un tesoro impensado. Columnas de libros apilados, que supuso parte de la biblioteca personal de Leandro, descansaban al abrigo de la oscuridad, sorprendidos por su profanación.
El Negro se entretuvo mirando los títulos. Tragedias griegas, las obras completas de Tolstoi, Dante y su Comedia, unos compendios de la historia de la filosofía, ensayos históricos y una gran variedad de textos que recorría buena parte de la Literatura Universal. Se preguntó por qué Leandro no los había llevado consigo. Quizás dejar los libros era una manera de regresar y no despedirse del pasado, aferrarse a la esperanza de un improbable pero no descartado regreso.

A propósito del Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor, en Argentina.
Fragmento de «El porvenir es una ilusión», novela publicada por Colisión Libros, Buenos Aires, Argentina.

Malabares en silencio

Pero hay un tipo de silencio que es casi tan fuerte como un grito. Eso fue lo que conseguí. Un silencio a todo mi alrededor, denso y total, oí correr el agua en la cocina. En el exterior, oí el ruido sordo de un periódico doblado al golpear la avenida, y luego el silbar suave, desafinado, del chico que se alejaba otra vez en su bicicleta*

Rumiaba pensamientos cuando lo vi. No más de diez años y con un talento inalcanzable lanzaba bastones al aire. Tres. Con uno en cada mano hacía girar a su antojo el tercero, que oscilaba arriba y abajo sin caerse, rodaba hacia los extremos, para volar y reiniciar la danza en plena calle. No más de diez años. Malabares para sobrevivir, el gesto serio y concentrado. Casi nada de juego, toda necesidad. Ni siquiera mi aplauso le robó una sonrisa.
Bocinazos, la furia por el espejo retrovisor ante mi demora. El enojo contra el par y la complacencia con bandoleros que reclaman esfuerzos mientras se empeñan en pisotearte los derechos. No ve el que no quiere. O no le conviene. O calla y lo aprueba.
Siguen los bocinazos. “Gracias”, dice el pibe. Retomo la marcha, desoigo los insultos del automovilista que venía detrás. Malabares para sobrevivir, pero no juega. Llego a casa, lo escribo, no lo publico, el lujo del flâneur  y el estómago lleno.
Quizás lo mejor es un blog sin entradas nuevas.
Hasta que el silencio grita.
(*) Chandler, Raymond, “El largo adiós”, 1953, Traducción: José Luis López Muñoz, edición digital.

El almanaque, su dictadura

Volví a anotar palabras. No sin esfuerzo, porque el pulso hace de las suyas.
Poso: sedimento contenido en una vasija. Descanso quietud.
“Poso de melancolía”, no está mal, solo previsible.
“El poso de la mañana encandilaba el amanecer que aparecía detrás de los cerros”, alguito mejor.
Abro la ventana. Recorro la casa, enorme y callada. O será el almanaque y su dictadura que hacen doler los huesos.
Desdoblo el pañuelo. Le quito algunas arrugas y lo extiendo en el respaldar de la silla. Falta para anudarlo bajo el mentón.
“Poso de memoria que le dejamos a quienes vienen”, eso sí.
El patio, otoño y sus amarillos. La gata al sol,al lado de mi silla. De vez en cuando mira, esperando mi compañía.” ¡Ya voy!”, le aviso,  y sirvo el té en una taza.


Publicado en Plan B Noticias

El sonido viaja en todas direcciones

Pampa 

… y entonces lo que decíamos se parecía a un canto que quién sabe hasta dónde llegaría: la pampa es también un mundo hecho para que viaje el sonido en todas direcciones; no hay mucho más que silencio. El viento, el chillido de algún chimango y los insectos cuando andan muy cerca de la cara o, casi todas las noches menos las más crudas del invierno, los grillos. 

Polvareda

Una nube de tierra se alzaba entre el suelo y el cielo limpio, celeste, bajo los rayos que caían con fuerza de plomo: llegamos uno de los últimos mediodías del verano. La polvareda puede parecer estática, puede parecer algo tan propio del cielo como el sol y los chimangos, pero no, si se levanta del suelo hay movimiento y si hay movimiento hay peligro: es preciso llegar a distinguir qué o quién la provoca, interrumpe la caída del polvo al suelo, lo mantiene en el aire, le pelea y le gana a la gravedad.

Hermosa novela que estoy leyendo.

La diuca, el pájaro que salva al mundo

La Pampa y el largo Sur en que se inscribe, la Patagonia toda, constituyen una región austera y heroica, curtida de olvidos y despojos, pero a la vez, hermosa y hechizada. Vivimos en una tierra mágica, cuyo pacto de existencia con el Universo se renueva día a día. O mejor dicho, noche a noche.

Porque al filo del alba, cuando todavía la oscuridad es absoluta y relumbra Wüñyelfe, el lucero de la madrugada, el mundo afronta la pregunta decisiva, la duda mayor: ¿amanecerá? El porvenir se juega a suerte o verdad.

El día o la nada. La continuidad de la vida -sólo posible con el sol-, o su interrupción y el cese de la maravilla cotidiana.

Encrucijada tremenda, disyuntiva final que en ese momento único de la noche, de cada noche, coloca a todo lo que alienta sobre la tierra ante el “cara o ceca” de la muerte o la vida; ante el anverso o reverso del naipe del destino.

El mundo vacila y se estremece. El mundo queda en vilo frente a esa horqueta de senderos, que se reitera inexorable.

… Y un pájaro lo salva. Noche a noche, un pájaro salva al mundo. Un pajarito pequeño, “gris plomizo, vientre y garganta blancos”, que en el instante crucial, en el inmenso silencio de la noche patagónica, canta. Rompe a cantar. Y amanece. Es ella, la diuca, (la racadiuca, la “yuquita» del cariño infantil). Y la vieja sabiduría del hombre de la tierra, la siempreverde palabra del pueblo, así lo enseña: “La diuca no canta porque esté por amanecer. Canta para que amanezca.”

Aprendamos su lección.

Me pareció muy bello. El texto es de Edgar Morisoli, del libro: “La lección de la diuca”, 2003,  Pitanguá Santa Rosa, La Pampa, incluido en el CD: «Edith Rossetti canta a Edgar Morisoli!.

Acerca de Edgar Morisoli

Edgar Morisoli nació en Acebal (Santa Fe) el 5 de noviembre de 1930. Es poeta, escritor y ensayista. Aunque nacido en Santa Fe, reside Santa Rosa, La Pampa, siendo pampeano por adopción.

Fue miembro fundador de la Asociación de Escritores Pampeanos.

Muchas de sus poesías han sido musicalizadas. Su libro de ensayos: «Fábula del tiburón y las sardinas. El ALCA y la cultura», plantea ya desde su título la temática que desarrolla en profundidad con lúcido análisis. La repercusión de su obra se expande más allá de los límites provinciales. «La poesía de Morisoli -cargada de matices, de lectura lenta- edifica una sólida épica de aquellos personajes cuasi anónimos que poblaron el oeste pampeano, o esas zonas de obreraje y paisanos de la patagonia; su gesta es cantar para que no se los lleve el olvido» ha dicho de él Sergio De Matteo. «Cancionero del río Colorado», «Solar del viento», «Tierra que sé», «Salmo bagual» y «Última rosa, última trinchera» son algunos de sus poemarios.

Obras publicadas:

“Salmo Bagüal», 1957/1959;

“Solar del Viento”, 1966;

“Tierra que sé”, 1972;

“Al Sur Crece tu Nombre”, 1974;

“Obra Callada» (1974-1986)”, 1994;

“Cancionero del Alto Colorado», 1997;

“Bordona del Otoño/ Palabra de Intemperie”, 1998;

“Hasta Aquí la Canción”, 1999;

“Cuadernos del Rumbeador”, 2001;

“La Lección de la Diuca”, 2003;

“Última Rosa, Última Trinchera”, 2005;

“Un Largo Sortilegio”, 2006;

“Tabla del náufrago”, 2008;

“Pliegos del amanecer”, 2010;

“Porfiada luz”, 2011.

Obra inédita:

“Tiempo Litoral”, (Selección poética 1948-1955);

“¿De quién es el Aire?”, (Notas y ensayos breves 1985-2005);

“El mito en armas o anunciación de Castelli Inca”.

Es autor de numerosas canciones musicalizadas por Reinaldo Labrín, Guillermo Mareque, Delfor Sombra, Lalo Molina, Cacho Arenas, Oscar García, Beto Leguizamón, Guri Jáquez, Raúl Santajuliana, Ernesto del Viso, Juani De Pian, Juan Manuel Santamarina, José Gabriel Santamarina, Luis Wanzo y Mario Díaz, editadas por diversos sellos de Argentina y México. Entre ellas se encuentra la cantata: “Epopeya del Riego” (1990), por solista, conjunto de cámara, recitante y coro.

Han interpretado plásticamente su poesía, entre otros, los artistas María del Carmen Pérez Sola, Luis Trimano, Jorge Sánchez, Marta Arangoa, Raquel Pumilla, Dini Calderón, Alfredo Olivo, René Villanueva, Eugenia Lomazzi, Cristina Prado, Teresita López Lavoine, Paula Rivero, Osmar Sombra y Martín Viñes.

Sus “poemas a voces” “Grito de la Piedra” (1966), “Jornada de los Confines” (1976) y “Bienvenida y Adiós”, han sido interpretados por grupos actorales, con acompañamiento musical, en Santa Rosa y General Pico. La cantata “Epopeya del Riego” se presentó en Santa Rosa, Neuquén y Colonia 25 de Mayo.

A partir de textos suyos referentes a la Crezca Grande del río Colorado (catástrofe sucedida en 1914), musicalizados por Miguel Touceda y demás integrantes de los “Músicos del Galpón” de General Pico, se montó el espectáculo “El Bautista de la Rinconada”, con coreografía del Ballet Municipal de dicha ciudad conducido por Sergio Roldán. Además de General Pico, se presentó en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán.

Su obra está incluida en las siguientes antologías, comentarios escritos y grabaciones sonoras: “Suma de Poesía Argentina 1538-1968”, Guillermo Ara, Bs. As., 1970; “40 Años de Poesía Argentina: 1920-1960”, José Isaacson y Carlos E. Urquía, Bs. As., 1964; “Antología de la Poesía Argentina”, Raúl Gustavo Aguirre, Bs. As., 1979; “Generación Poética del 50”, Luis R. Furlán, Bs. As., 1974; “El 60”, Alfredo Andrés, Bs. As., 1969; “Poesía Gauchesca del Siglo XX”, Eduardo Romano, Bs. As., 1977; “Textos Literarios de Autores Pampeanos”, Norma Durango de Martínez Almudévar y Doris Gonzalo de Giles, Santa Rosa, 1986; 2ª edición, 1995; “Este Canto es América”, Héctor David Gatica, Bs. As., 1993; “Cancionero Pampeano”, Dirección Provincial de Cultura, Santa Rosa, 1975; “Cancionero de los Ríos”, Honorable Cámara de Diputados, Santa Rosa, La Pampa, 1985/86. / 2ª edición, 2001; “Raicillas: Músicos y Poetas de La Pampa” (casete), Santa Rosa, 1991; «País de vientre abierto. Poesía Social Argentina de principios del siglo XXI», Vicente Zito Lema y Roberto Goijman, Chubut/Buenos Aires, 2005.

Colabora en publicaciones de La Pampa, Río Negro, Córdoba, Chubut, Santa Fe y Buenos Aires. Es socio fundador de la Asociación Pampeana de Escritores y pertenece a la Asociación de Poetas Argentinos.

Su página en Facebook para más info:

Mate con cáscara de naranja

“¿Cómo que no creeś? Escuchá, no te miento: mate amargo indiferencia; lavado enemistad; dulce amistad; muy dulce habla con mis padres para pedir mi mano; muy caliente: me muero de amor por vos; frío desprecio…”

—¿Con cáscara de naranja? —me interrumpió.

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