Malabares en silencio

Pero hay un tipo de silencio que es casi tan fuerte como un grito. Eso fue lo que conseguí. Un silencio a todo mi alrededor, denso y total, oí correr el agua en la cocina. En el exterior, oí el ruido sordo de un periódico doblado al golpear la avenida, y luego el silbar suave, desafinado, del chico que se alejaba otra vez en su bicicleta*

Rumiaba pensamientos cuando lo vi. No más de diez años y con un talento inalcanzable lanzaba bastones al aire. Tres. Con uno en cada mano hacía girar a su antojo el tercero, que oscilaba arriba y abajo sin caerse, rodaba hacia los extremos, para volar y reiniciar la danza en plena calle. No más de diez años. Malabares para sobrevivir, el gesto serio y concentrado. Casi nada de juego, toda necesidad. Ni siquiera mi aplauso le robó una sonrisa.
Bocinazos, la furia por el espejo retrovisor ante mi demora. El enojo contra el par y la complacencia con bandoleros que reclaman esfuerzos mientras se empeñan en pisotearte los derechos. No ve el que no quiere. O no le conviene. O calla y lo aprueba.
Siguen los bocinazos. “Gracias”, dice el pibe. Retomo la marcha, desoigo los insultos del automovilista que venía detrás. Malabares para sobrevivir, pero no juega. Llego a casa, lo escribo, no lo publico, el lujo del flâneur  y el estómago lleno.
Quizás lo mejor es un blog sin entradas nuevas.
Hasta que el silencio grita.
(*) Chandler, Raymond, “El largo adiós”, 1953, Traducción: José Luis López Muñoz, edición digital.

El almanaque, su dictadura

Volví a anotar palabras. No sin esfuerzo, porque el pulso hace de las suyas.
Poso: sedimento contenido en una vasija. Descanso quietud.
“Poso de melancolía”, no está mal, solo previsible.
El poso de la mañana encandilaba el amanecer que aparecía detrás de los cerros”, alguito mejor.
Abro la ventana. Recorro la casa, enorme y callada. O será el almanaque y su dictadura que hacen doler los huesos.
Desdoblo el pañuelo. Le quito algunas arrugas y lo extiendo en el respaldar de la silla. Falta para anudarlo bajo el mentón.
“Poso de memoria que le dejamos a quienes vienen”, eso sí.
El patio, otoño y sus amarillos. La gata al sol,al lado de mi silla. De vez en cuando mira, esperando mi compañía.” ¡Ya voy!”, le aviso,  y sirvo el té en una taza.


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Huir hacia adelante

Llegué anoche, tarde, gracias a la gauchada de un baqueano. Una casa a oscuras pero con electricidad y en forma de ele, frente a un gran caldén y un bebedero para vacas.
Abrir la puerta fue encontrarme con un olor conocido. Supuse que en algún lugar habría leños que descansaban en un cajón, custodios de una estufa de hierro. En una de las paredes hay un almanaque viejo de Molina Campos, no podía ser de otra manera. Un centro de mesa con un posa pava de hilo. Le faltan algunos nudos.

El comedor daba lugar a dos habitaciones y un baño enorme. Me instalé en la de huéspedes, por la cama de una plaza. Instalar es una forma de decir, tiré el bolso y regresé a la sala principal.
Sin televisión. Una radio de onda corta con voces en italiano y una casa vacía sumergida en un poso de melancolía. Todavía me pregunto por qué me dejaste esta propiedad, aunque aventuro que influyó mi manía de escuchar tus historias, el hipnotismo de tu voz que se fue callando cuando se apagó la abuela.
Me fui a dormir entre el rumor del campo y una sensación de tregua con el mundo. Y apareció tu rostro, era evidente, si estaba huyendo hacia adelante como alguna vez me reprochaste. Cabello ¿azulado? a la altura de los hombros. Me despertó la memoria de un beso, el hoyuelo en la comisura cuando movías los labios, estocadas traperas que aparecían como destellos entre el follaje de los árboles. Los nuestros, no estos.
Con el alba a mis espaldas, recorro otra vez la casa. Resuenan mis pasos y el perro que raspa la puerta. Nunca me gustaron, pero le abro y me mira de una forma que es imposible resistirse. Por suerte la garrafa tiene gas. El aroma del café dice buen día y una brisa sofocante entra por la ventana, parece que hará calor.
¿Qué hago aquí?  Quizás es el lugar ideal para terminar la novela. O no. Pero debía irme de nuestras calles, pasar página. El amor y sus desatinos.
Enciendo la computadora y dejo correr la música.
La hoja en blanco, el cursor que parpadea mientras abro mi libreta negra y garabateo las primeras frases, con lapicera y a mano, para sentir el pulso de la escritura, esperar las palabras, dejarlas llegar. Nota al pie: concentrarme en un trazo legible que luego pueda reinterpretar; qué mejor definición del oficio.
La tentación de teclear tu nombre. Me encantaría que estuvieras aquí. Pero no estás.
Entonces escribo.

 

El sonido viaja en todas direcciones

Pampa 

… y entonces lo que decíamos se parecía a un canto que quién sabe hasta dónde llegaría: la pampa es también un mundo hecho para que viaje el sonido en todas direcciones; no hay mucho más que silencio. El viento, el chillido de algún chimango y los insectos cuando andan muy cerca de la cara o, casi todas las noches menos las más crudas del invierno, los grillos. 

Polvareda

Una nube de tierra se alzaba entre el suelo y el cielo limpio, celeste, bajo los rayos que caían con fuerza de plomo: llegamos uno de los últimos mediodías del verano. La polvareda puede parecer estática, puede parecer algo tan propio del cielo como el sol y los chimangos, pero no, si se levanta del suelo hay movimiento y si hay movimiento hay peligro: es preciso llegar a distinguir qué o quién la provoca, interrumpe la caída del polvo al suelo, lo mantiene en el aire, le pelea y le gana a la gravedad.

Hermosa novela que estoy leyendo.

La diuca, el pájaro que salva al mundo

La Pampa y el largo Sur en que se inscribe, la Patagonia toda, constituyen una región austera y heroica, curtida de olvidos y despojos, pero a la vez, hermosa y hechizada. Vivimos en una tierra mágica, cuyo pacto de existencia con el Universo se renueva día a día. O mejor dicho, noche a noche.

Porque al filo del alba, cuando todavía la oscuridad es absoluta y relumbra Wüñyelfe, el lucero de la madrugada, el mundo afronta la pregunta decisiva, la duda mayor: ¿amanecerá? El porvenir se juega a suerte o verdad.

El día o la nada. La continuidad de la vida -sólo posible con el sol-, o su interrupción y el cese de la maravilla cotidiana.

Encrucijada tremenda, disyuntiva final que en ese momento único de la noche, de cada noche, coloca a todo lo que alienta sobre la tierra ante el “cara o ceca” de la muerte o la vida; ante el anverso o reverso del naipe del destino.

El mundo vacila y se estremece. El mundo queda en vilo frente a esa horqueta de senderos, que se reitera inexorable.

… Y un pájaro lo salva. Noche a noche, un pájaro salva al mundo. Un pajarito pequeño, “gris plomizo, vientre y garganta blancos”, que en el instante crucial, en el inmenso silencio de la noche patagónica, canta. Rompe a cantar. Y amanece. Es ella, la diuca, (la racadiuca, la “yuquita” del cariño infantil). Y la vieja sabiduría del hombre de la tierra, la siempreverde palabra del pueblo, así lo enseña: “La diuca no canta porque esté por amanecer. Canta para que amanezca.”

Aprendamos su lección.

Me pareció muy bello. El texto es de Edgar Morisoli, del libro: “La lección de la diuca”, 2003,  Pitanguá Santa Rosa, La Pampa, incluido en el CD: “Edith Rossetti canta a Edgar Morisoli!.

Acerca de Edgar Morisoli

Edgar Morisoli nació en Acebal (Santa Fe) el 5 de noviembre de 1930. Es poeta, escritor y ensayista. Aunque nacido en Santa Fe, reside Santa Rosa, La Pampa, siendo pampeano por adopción.

Fue miembro fundador de la Asociación de Escritores Pampeanos.

Muchas de sus poesías han sido musicalizadas. Su libro de ensayos: “Fábula del tiburón y las sardinas. El ALCA y la cultura”, plantea ya desde su título la temática que desarrolla en profundidad con lúcido análisis. La repercusión de su obra se expande más allá de los límites provinciales. “La poesía de Morisoli -cargada de matices, de lectura lenta- edifica una sólida épica de aquellos personajes cuasi anónimos que poblaron el oeste pampeano, o esas zonas de obreraje y paisanos de la patagonia; su gesta es cantar para que no se los lleve el olvido” ha dicho de él Sergio De Matteo. “Cancionero del río Colorado”, “Solar del viento”, “Tierra que sé”, “Salmo bagual” y “Última rosa, última trinchera” son algunos de sus poemarios.

Obras publicadas:

“Salmo Bagüal”, 1957/1959;

“Solar del Viento”, 1966;

“Tierra que sé”, 1972;

“Al Sur Crece tu Nombre”, 1974;

“Obra Callada” (1974-1986)”, 1994;

“Cancionero del Alto Colorado”, 1997;

“Bordona del Otoño/ Palabra de Intemperie”, 1998;

“Hasta Aquí la Canción”, 1999;

“Cuadernos del Rumbeador”, 2001;

“La Lección de la Diuca”, 2003;

“Última Rosa, Última Trinchera”, 2005;

“Un Largo Sortilegio”, 2006;

“Tabla del náufrago”, 2008;

“Pliegos del amanecer”, 2010;

“Porfiada luz”, 2011.

Obra inédita:

“Tiempo Litoral”, (Selección poética 1948-1955);

“¿De quién es el Aire?”, (Notas y ensayos breves 1985-2005);

“El mito en armas o anunciación de Castelli Inca”.

Es autor de numerosas canciones musicalizadas por Reinaldo Labrín, Guillermo Mareque, Delfor Sombra, Lalo Molina, Cacho Arenas, Oscar García, Beto Leguizamón, Guri Jáquez, Raúl Santajuliana, Ernesto del Viso, Juani De Pian, Juan Manuel Santamarina, José Gabriel Santamarina, Luis Wanzo y Mario Díaz, editadas por diversos sellos de Argentina y México. Entre ellas se encuentra la cantata: “Epopeya del Riego” (1990), por solista, conjunto de cámara, recitante y coro.

Han interpretado plásticamente su poesía, entre otros, los artistas María del Carmen Pérez Sola, Luis Trimano, Jorge Sánchez, Marta Arangoa, Raquel Pumilla, Dini Calderón, Alfredo Olivo, René Villanueva, Eugenia Lomazzi, Cristina Prado, Teresita López Lavoine, Paula Rivero, Osmar Sombra y Martín Viñes.

Sus “poemas a voces” “Grito de la Piedra” (1966), “Jornada de los Confines” (1976) y “Bienvenida y Adiós”, han sido interpretados por grupos actorales, con acompañamiento musical, en Santa Rosa y General Pico. La cantata “Epopeya del Riego” se presentó en Santa Rosa, Neuquén y Colonia 25 de Mayo.

A partir de textos suyos referentes a la Crezca Grande del río Colorado (catástrofe sucedida en 1914), musicalizados por Miguel Touceda y demás integrantes de los “Músicos del Galpón” de General Pico, se montó el espectáculo “El Bautista de la Rinconada”, con coreografía del Ballet Municipal de dicha ciudad conducido por Sergio Roldán. Además de General Pico, se presentó en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán.

Su obra está incluida en las siguientes antologías, comentarios escritos y grabaciones sonoras: “Suma de Poesía Argentina 1538-1968”, Guillermo Ara, Bs. As., 1970; “40 Años de Poesía Argentina: 1920-1960”, José Isaacson y Carlos E. Urquía, Bs. As., 1964; “Antología de la Poesía Argentina”, Raúl Gustavo Aguirre, Bs. As., 1979; “Generación Poética del 50”, Luis R. Furlán, Bs. As., 1974; “El 60”, Alfredo Andrés, Bs. As., 1969; “Poesía Gauchesca del Siglo XX”, Eduardo Romano, Bs. As., 1977; “Textos Literarios de Autores Pampeanos”, Norma Durango de Martínez Almudévar y Doris Gonzalo de Giles, Santa Rosa, 1986; 2ª edición, 1995; “Este Canto es América”, Héctor David Gatica, Bs. As., 1993; “Cancionero Pampeano”, Dirección Provincial de Cultura, Santa Rosa, 1975; “Cancionero de los Ríos”, Honorable Cámara de Diputados, Santa Rosa, La Pampa, 1985/86. / 2ª edición, 2001; “Raicillas: Músicos y Poetas de La Pampa” (casete), Santa Rosa, 1991; “País de vientre abierto. Poesía Social Argentina de principios del siglo XXI”, Vicente Zito Lema y Roberto Goijman, Chubut/Buenos Aires, 2005.

Colabora en publicaciones de La Pampa, Río Negro, Córdoba, Chubut, Santa Fe y Buenos Aires. Es socio fundador de la Asociación Pampeana de Escritores y pertenece a la Asociación de Poetas Argentinos.

Su página en Facebook para más info:

Mate con cáscara de naranja

“¿Cómo que no creeś? Escuchá, no te miento: mate amargo indiferencia; lavado enemistad; dulce amistad; muy dulce habla con mis padres para pedir mi mano; muy caliente: me muero de amor por vos; frío desprecio…”
—¿Con cáscara de naranja? —me interrumpió.
—Ven a buscarme. —Le marqué el folleto con el dedo. Sonrió, sonreímos. Era de noche y la luz del porche le iluminaba la cara opacada por el brillo de sus ojazos negros.

Encendí la computadora con la escena que regresaba una y otra vez. Y aparecieron las imágenes, los recuerdos, los olores. Sus dedos con anillos, la frescura de su voz.
Morena, grande, de cuerpo donde acurrucarse. La vi llorar un día en la oficina y le alcancé un pañuelo descartable. Un “gracias” y algo a medio camino entre una sonrisa. El mate estaba helado, pero le ofrecí uno. “Está horrible”, advertí. El sonido de la yerba cuando sorbés y no sale nada. “Es cierto, está horrible”, dijo.
Ella volvió a su cubículo. Yo al mío. El día languideció; oficinistas de ceniza en un fin de año que parecía irse al infierno. Alguien prometía mejoras en un futuro que nunca llegaba. El mismo que había arrastrado a más personas en la pobreza.
Bajamos los escalones del moderno edificio. Un auto que de alta gama y vidrios polarizados la esperaba con la impunidad  de quienes se estaciona en lugares prohibidos. Ella dudó en subirse pero lo hizo. Creí que me echaba un vistazo mientras se iba.
No sé si había pasado una semana. O dos, pero otro día nos topamos en la cocina. Esta vez con el mate recién hecho, le ofrecí uno. “La próxima vez dulce, y si es con cascarita de naranja, mejor”. Sonreí. Devolvió la sonrisa. “¿Mejor”?. “Sola”, respondió, “era un infeliz adorable, peligroso si rascabas un poquito”.
Los cruces en la cocina siguieron y de algún modo, terminé en su casa. Luego de la separación había vuelto con sus padres, felices de tenerla. Hija única, la luz de sus miradas que habían vuelto a brillar. Roberto, canoso y calvo, con cabello gris sobre las orejas. Laura, profesora jubilada, familia de clase media, círculo escaso de amigos y muy fieles.
Comenzamos a vernos. Ambos veníamos de rupturas cercanas y todavía nos lamíamos las heridas, quizás por eso íbamos despacio. Novios de más de treinta, caricias esporádicas, con charlas en el porche en un verano con apagones y noches de infierno.
El primer beso llegó afuera de su casa. Ella tenía una remera de esas que desnudan un hombro y un escote  que dejaba entrever el nacimiento de los pechos, firmes, operados, regalo del infeliz. Sus labios sabían a naranja, una huella cítrica que te quedaba en la boca y te pedía algo más. Íbamos despacio como dije. Intuyo que porque todavía pensaba en él o porque una barrera le impedía acercarse a mí. Ya me lo contaría cuando hiciera falta.
En enero viajé a mi tierra natal. “Vení, tus sobrinos están enormes y tenemos pileta”. Buen plan para poner en orden los pensamientos, mientras ella se iba a la costa con sus padres.
Volví a Buenos Aires, tostado, sin las urgencias de la Capital. La noche que fui a verla a su casa, algo había cambiado. No de sus padres, que me recibieron con los brazos abiertos. “Tengo algo que contarte”.
Nos encerramos en su habitación. Me confesó que él la había llamado, que le juraba haber cambiado y que la necesitaba. Baldazo helado. Entrelazamos las manos y yo me sumergí un momento en ese lunar en la muñeca. Le pedí que se cuidara.
“Sabés que estoy, por lo menos por un tiempo”, lancé mientras el dolor arremetía para acodarse en la garganta. O era angustia. No importaba tanto. “Algo más”, agregó:“renuncié a la oficina. Me voy a trabajara su empresa”. Desenlazamos las manos. Creo que esbocé una sonrisa y la besé en los labios, un roce corto, para robarme su sabor, impune y sin permiso. No volví a verla. Pero no borré su contacto, esperanzado en alguna novedad que no llegaba.
Un día recibí un mensaje de su mamá. Tuve que releerlo dos o tres veces. Entonces recordé la noticia, la que naturalizamos a diario a pesar del horror y encendí la televisión. Los medios seguían el caso desde temprano. Un paparazzi captó el retiro del cuerpo o de lo que quedaba de la casa del asesino. Reconocí el tatuaje en la muñeca que se escapaba de la bolsa negra. No quise escuchar los detalles pero adiviné la relación de rupturas y de violencia, de golpes que me negó en más de una charla, en aquel porche.
No debí dejarla sola. Los no que ahora no sirven de nada. Somos monstruos y nos tienen miedo. Entonces encendí la computadora y esbocé unas líneas torpes, difusas. Amanecí con el mate helado, amargo y el reflejo de un rostro devastado o de asesino serial.
Laura me abrazó muy fuerte en el velorio. Roberto moría en vida y me apretó el brazo. Estuve un rato. Prometí volver, convencido que no podría cumplir esa promesa.
Por suerte me equivoqué. Quizás ayudó la fecha de su cumpleaños, o el mensaje de su mamá de caminar juntos las calles con su foto. Lo cierto es que estoy frente a su puerta, no sin antes haber pasado por el cementerio.
Te dejé un mate recién cebado, con cáscara de naranja y la promesa de volver más seguido.

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Santitos

No suelo promocionar mis libros. No me sale, no está en mí. Creo más en el trabajo silencioso, si es posible constante, premisa que cumplo a medias. Podría enumerar elogios en privado (tu libro ahora ya está en poder de un amigo, porque libros como estos no se quedan en las estanterías. Van en las mochilas, en las carteras, bien apretaditos contra el cuerpo, contra el pecho), me escribió (a propósito de “El porvenir es una ilusión”) un lector  y creo que es un gran destino para lo que uno escribe, la circulación de mano en mano, del boca a boca.

También le temo a las poses o figuras de las y los escritores. A veces me gusta definirme como laburante de la palabra que —de paso— incluye a mi oficio diario de trabajador de prensa.

He perdido la urgencia de publicar, una etapa más en este oficio de escribir y lo único concreto es que leo y leo, comparto algunos textos y de tanto en tanto escribo, mientras demoro el cierre de una nueva novela, acaso con demasiadas voces dispersas.

Hoy me desperté y leí unas generosas palabras sobre “Series y Grietas”, obra editada por Colisión Libros y presentada en la Feria Internacional en Buenos Aires, allá por el 2015. De más está decir que agradezco profundamente el comentario.

Fui al libro y quizás porque la publicación se iniciaba con el calor, me acordé de “Santitos”.
Les dejo el cuento a continuación.
Santitos
El calor era agobiante y acentuaba mi desánimo. Crucé la calle polvorienta y toqué la puerta señalada. Cuatro golpes. Una, dos, tres veces, según la seña sugerida.
 “A mí me ayudó”, había dicho el Roque y se empinaba la botella. —Queda la baba, ¿la querés?, —señaló mostrándome el resto de cerveza. Rechacé el convite, guardé la dirección en mi bolsillo y apoyé la cabeza en el paredón. La vecina de enfrente nos espiaba desde la ventana. Casi todo estaba en su lugar.
 “La extraño”, le confesé y mi amigo me palmeó la espalda. “Andá a ver a la vieja, haceme caso. Te puede dar una mano; yo recuperé a la Negra gracias a ella. Y mirá que es brava la petisa, ¿eh?”. Lo cierto que ahí estaba. Parado frente a una puerta de chapa salpicada con estampitas de santos que no había visto nunca.
—¿Quién es? —dijo la voz apagada.
—Me envía el Roque —musité.
—¿Quién?
—El Roque. Dijo que usted me podía ayudar.
—¿A qué?
—Necesito recuperar a una mujer…
—¿Y qué hiciste? —escuché del otro lado de la puerta.
Miré la chapa oxidada. Parecida a la carta que me jugaba. —¿Me puede abrir, por favor?
—Ella no es de por aquí, ¿No?
—¿Cómo lo sabe?
—Porque sino el Roque no te hubiera mandado —oí que quitaba el pasador de la puerta y la chapa dio lugar a una vieja arrugadísima con el pelo hasta la cintura.
—Pasá, Ramiro.
—¿Cómo supo mi nombre?
No me contestó. Sólo se corrió a un costado, cediéndome el paso.
La habitación estaba en penumbras y me costó unos segundos habituarme a los sahumerios encendidos. Velas y una música coral decoraban el ambiente.
—Sentate —dijo y señaló una pequeña banqueta. Nos quedamos frente a frente. —¿Qué hiciste? No me contestaste la pregunta.
—No preguntarle su nombre, ni cómo ubicarla. No la puedo olvidar.
—¿Dónde la conociste?
—En lo del Kevin. Alta fiesta con el primer sueldo en la fábrica. ¿Lo conoce? Vive contra las bardas, ahí donde se termina la ciudad y uno no sabe si comienza el desierto o qué.
—¿Dónde están las cruces?
—Sí. Esas. Las que crecen con el tiempo y nadie ve o quiere ver.
—Todos le huimos a la muerte.
—Pero esas muertes están hechas de balas y puñaladas, de enfrentamientos que nadie se cree y cuentas sin saldar, siempre perdemos los mismos, ¿sabe?
La vieja me miró. Creí percibir un brillo en sus ojos claros.
—Lo sé. Contame de la chica.
Miré el piso de cemento, cubierto de una pátina blanquecina.
—La verdad, estaba bastante aburrido hasta que la vi. Apareció en la puerta: musculosa blanca, piel morena. Si la lindura era posible, se encontraba ahí. ¿Los ojos? De un negro profundo y un andar que levantaba hasta los muertos. Se acercó y me saludó. Le pregunté quién era. No contestó. Solo sonrió y me tomó la mano. Nos fuimos afuera… el resto se lo imaginará.
—¿Qué pasó después?
—Volvimos por unos tragos. Entonces se inició la batahola y oímos las sirenas. Nos desbandamos y ella desapareció. La busco desde hace días, ya no sé qué hacer.
—¿Has pensado en la posibilidad de que no fuera de por acá?
—Eso ya lo sé. Recorrí toda la barriada y nunca la encontré.
—Justamente —dijo la vieja. —De más allá —agregó señalando hacia las cruces, donde se termina la ciudad y uno no sabe si comienza el desierto o qué.
—No se burle. Además lo que dice no puede ser posible.
—¿Por qué no?
—Porque la sentí, estuvo conmigo.
—¿Y quién te dijo que no pueden sentir?
—Usted me está cargando, déjese de joder.
La vieja se levantó y desapareció por unos instantes. Volvió con un diario amarillento y una estampita.
—Mirá.
Vi la foto y palidecí. La noticia tenía varios meses, un siniestro de tránsito.
—No entiendo.
—No todo se entiende ni puede explicarse.
—¿Cómo sabía que era ella?
—Porque no sos el primero que viene.
—¿Atraparon al tipo? Acá no lo cuentan.
—No lo sé—Se puso de pie y dio por terminada la conversación.
—¿Sabe? No sé si creerle.
La vieja se dirigió a la puerta, me dio la estampita y me miró a los ojos. —Por el pasillo central, cuarta fila, a la derecha. La tercera cruz, por si te animás, tiene esta foto —dijo parada en el marco.
—¿Le debo algo por esto?
—Nada. Le gustan las calas, poné una en tu casa y rezá la oración que está aquí detrás —agregó señalando el papel.
—Yo no creo mucho…
—Pero necesitás seguir adelante —respondió y cerró la puerta.
Salí de allí. El cementerio se veía en la lejanía, contra la barda, donde se termina la ciudad y uno no sabe si comienza el desierto o qué. Recorrí las pocas cuadras que me separaban de él y compré las flores. Pero no me animé a entrar. Necesitaba llegar a casa y ponerlas en agua.

Fondista

Memoria quebradiza, austera, esquiva, que deja escapar imágenes y olores.

Lecturas silenciosas y voraces, la calma de una mañana cualquiera, previa al sofocón de los recuerdos.

Cartas viejas, textos inconclusos, renuentes, el olvido de tu voz.

La maquinaria forzada y altiva de algunas palabras.

Descreimiento de poses y frases. Más lecturas.

Un poema conmovedor de Chantal Maillard: escribir/como quien muerde un rayo/con los brazos en cruz.

Una llanura que todavía conmueve, el país de los tíos, el continente de las flores y el arenal de la memoria.

Arremangarse y sumergirse en el borrador cual fondista al que le faltan pocos kilómetros y sabe que debe llegar o desfallecer en el intento.

Respirar profundo, recuperar aliento, burlarse de las premisas.

Escribir con la persistencia de la memoria y la tiranía de las palabras.

Imagen: Pixabay

La vela

La botella estaba firme en el medio de la calle. Vacía, impune, de madrugada. La seguí con la mirada y pasé a su lado.

Ladridos de perros. El silencio espeso de la muerte.

En casa, restos de una despedida. Pibes y pibas afuera, el vaho irremediable de las flores, la bronca de una muerte clandestina.

¿Fueron ciertos los coágulos, el dolor, la mirada de la enfermera?

Adentro, mamá sollozaba entre hipos, abrazada por su compañero.

Les pedí que dejaran esto atrás. No me escucharon, no tenían por qué.

Mi hermana apretaba el pañuelo verde y encendía una vela junto a mi foto.

Publicado en Plan B Noticias
#AbortoLegalYa, #Pañuelazo