La marca en la pared (O semillas de una novela)

Cada vez que pasaba por ahí no podía evitar echarle un vistazo. La escalera estaba apoyada en la única pared que había quedado en pie, sobreviviente inmune al fuego, en una suerte de resistencia sublime o de porfía del tiempo, según cómo se mire.

La pared conservaba las huellas del incendio y era el único testimonio de una estación de tren que contó alguna vez con su techo a dos aguas y sus andenes cargados de viajes, sueños y huidas.

La escalera había perdido sus dos primeros escalones y detrás de ella podían adivinarse las huellas blancas de unos dedos que desentonaban con el tizne del muro. Nadie se animó a derribarla quizás como recuerdo de la locura de Ramírez, que hacía tiempo que venía tomando alcohol puro y aquella noche no tuvo mejor idea que acercarse con una botella y comenzar a hacer cruces en las paredes para purificarse de sus pecados.

Fue cuestión de minutos para que la madera ardiera hasta el infinito, pese a nuestros baldes con agua, gritos y corridas.

De Ramírez nos quedó esa marca en la pared y de la estación, la escalera, la pared y quizás algún que otro recuerdo exagerado de los parroquianos que se juntan en el bar del Gallego.

Según papá, aquello fue el principio del fin. Luego llegaron los decretos del cierre de los ramales y el pueblo se fue muriendo de a poco, sin ternura, con una lenta agonía y la certeza que la zozobra comenzó después, cuando abandonamos nuestra tierra porque la economía no sabía de personas ni historias y algunos celebraban el dólar barato y la estabilidad de los electrodomésticos en cuotas.


(Vías, ramales, estaciones abandonadas. Una novela construida de pequeños indicios que prefiguran otros textos).

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El Renault 4 (otro comienzo para «El porvenir es una ilusión»

La charla le llegaba a ramalazos. Debía irse del bar. Iba para dos horas que estaba ahí.

—Ahora se puede caminar más tranquilo.

El otro asintió y bebió un sorbo de café.

—Faltaba orden. Mirá que no le tenía mucha confianza.

—Y libertad—concedió y llamó al mozo con el brazo levantado.

—Dejá yo invito —dijo el más joven.

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El monte y el río

En mi patria hay un monte.
En mi patria hay un río.

Ven conmigo.

La noche al monte sube.
El hambre baja al río.

Ven conmigo.

Quiénes son los que sufren?
No sé, pero son míos.

Ven conmigo.

No sé, pero me llaman
y me dicen: «Sufrimos».

Ven conmigo.

Y me dicen: «Tu pueblo,
tu pueblo desdichado,
entre el monte y el río,
con hambre y con dolores,
no quiere luchar solo,
te está esperando, amigo».

Oh tú, la que yo amo,
pequeña, grano rojo
de trigo,
será dura la lucha,
la vida será dura,
pero vendrás conmigo.

Del libro Los versos del capitán, de Pablo Neruda.