Papá movía las manos

Soñé con papá. Hacía mucho que no aparecía en sueños. Estábamos sentados en el andén de la estación en su pueblo, del que nunca pudo despegarse y que terminó por llevárselo. Mi hermana dice que estoy loca, pero para mí, si algo acabó con él, fue este país.

No recuerdo qué me decía pero se lo veía radiante. Movía las manos como lo hacía al explicar el derrotero de los personajes de Soriano con los que pretendía entusiasmar a los pibes de las barriadas, en lecturas con una voz impostada que aún extraño.

Como dije, se lo veía feliz, si me permiten la palabra. Su ánimo contrastaba con la estación cubierta de yuyos y el cartel incompleto de Villa lanca que daba la bienvenida a un pueblo en el medio de la nada.

Intuyo o repongo que me contaba de su primer viaje con mamá. Entusiastas profesores dispuestos a hacer del mundo un lugar agradable. De la mano de las letras, por supuesto. Pero no contaban con el cierre de los ferrocarriles, el abandono de la casa familiar, la migración obligada de Villa Blanca.

Creo que él nunca se recuperó. A pesar de nosotras y de continuar con las clases en la ciudad hasta que la Alianza estalló por el aire. Pero esa es otra historia.

No sé si logró transmitirnos su entusiasmo ni qué pensaría de mis estudios de programadora. Hay más tranquilidad en variables y rutinas, menos manoseo, más rigurosidad en consignas que no permiten otra interpretación. O por lo menos intento creerlo.

Lo cierto es que papá confiaba en las palabras, las que se caen de los carteles, las que echamos mano para sostener la cordura o consolidar una visión de pares, con menos postergados.

Algo de eso me confesaba en aquel andén cubierto de yuyos.

Movía las manos.

Sonreía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *