“Demasiado lejos” y tan cerca, la novela de Malvinas de Sacheri

Agoniza marzo. Dos mozos observan la represión en Casa de Mayo desde Casa Rosada. Hacía tiempo que no se veían cosas de estas, dice uno de ellos.

Así comienza Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri. Novela que entrelaza la vida de tres familias, un equipo diplomático cuatro parroquianos, dos mozos en Casa Rosada y la Junta Militar en una sola causa: recuperar Malvinas.

La obra es un retrato de tres meses frenéticos en los cuales las y los argentinos transitaron desde la Euforia, a la Inquietud y luego, la Desolación.

En la misma semana este país puede pasar de la tragedia más rotunda a la felicidad más inconmensurable sin que a nadie se le mueva un pelo reflexiona uno de los personajes, español y dueño de un bar, mientras desde el exterior una multitud festeja la recuperación de las Islas.

Son los tiempos de la Euforia, del patriotismo que ocupa la esfera pública, mientras que fracasan las gestiones diplomáticas.

 «¿Alguna otra mala noticia que se le haya quedado en el tintero? Sí. Que tanto en Europa como en los Estados Unidos, cuando piensan en Argentina lo único que se les viene a la cabeza es que el Proceso de Reorganización Nacional es una máquina de violar derechos humanos, y que si como muestra basta un botón, eso de mandar asesores militares a Centroamérica es justamente, y ni más ni menos, exportar torturadores. Listo. Cartón lleno. ¿O queda algún número sin sacar en esa lotería de desgracias? Sí. Que la opinión pública británica, aunque hasta el otro día no tenía ni la más pálida idea de dónde quedaban las Falklands, como las llaman ellos, ahora no está dispuesta a aceptar ninguna otra opción que no sea que los argentinos saquen de ahí a sus soldados, y ahí está el problema, porque quién le explica ahora, decime vos, quién le explica ahora a Galtieri que tienen que retirar las tropas argentinas, y la bandera argentina y toda la fanfarria argentina, porque lo peor no es explicárselo a Galtieri y que lo entienda, sino a toda esa gente que fue a la Plaza de Mayo a gritar: “¡Viva la patria!” precisamente por lo del desembarco y la bandera y la fanfarria… Mientras cierra la valija y revisa por enésima vez que no se deja nada olvidado, Alcira vuelve a pensar en la mediación que Haig está emprendiendo, y en qué va a pasar si fracasa. Porque en ese caso no hace falta conocer demasiado de relaciones internacionales, ni ser demasiado inteligente, para saber que se va a armar la podrida. Y, en el contexto en el que se están moviendo, “la podrida” significa, ni más ni menos, balas, muchas balas, y muchos muertos.».

Y, entre la euforia, la lucidez de algunas familias, el miedo de que sus hijos sean reincorporados al servicio activo y los envíen a Malvinas. Pero, ¿Cómo evitar el entusiasmo de ser parte de la Historia? Así parten tres amigos a las Islas, a pesar de las recomendaciones en contrario de sus seres queridos.

Con personajes muy ricos como la diplomática Alcira Planas o el dueño del bar, que advierte que Argentina va a un conflicto armado con un país que ya participó en dos guerras mundiales, el avance de la lectura nos sumerge en la segunda parte del libro, Inquietud, y sus malas noticias: recuperación de las Islas Georgias, ataque a las Malvinas el 1 de mayo, hundimiento del Crucero General Belgrano.

Noticias que intentar ser maquilladas con una maquinaria de propaganda que sigue alentando el patriotismo y exagera las bajas inglesas:

«Cuando se supo la noticia del Belgrano todo el mundo estaba conmocionado por el hundimiento. Angustia. Indignación. Tristeza. Preocupación. Y de pronto, dos días después, todo el mundo toca el cielo con las manos. De repente todo cristo sabe lo que es un misil Exocet, un destructor Tipo 42, un avión Super Étendard. El problema no es el entusiasmo de los legos. El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el score… Nadie va a convencer a estos tipos de que necesitan moderarse, de que la única alternativa para el gobierno argentino es comprometerse en una negociación. No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones.».

Y en el bar, las discusiones se suceden entre quienes defienden el accionar de las Fuerzas Armadas y otros que empiezan a manifestar sus reparos, como Cullen, que se toma el trabajo de ir a la Biblioteca, hacer un croquis sobre la información emitida en los comunicados sobre el conflicto y advierte que los ingleses no solo han desembarcado en Malvinas, están a 80 kilómetros de Puerto Argentino:

«—¿Tiene idea de qué distancia hay entre el encendedor y el servilletero, o sea, cuánto mide la isla Soledad de ancho?

La pregunta de Weissman es atinada, piensa Solano. Está preguntando cuán lejos desembarcaron los ingleses con respecto a Puerto Argentino.

—Es interesantísimo —responde Cullen, que parece agradecido por la pregunta—. Lo tomé de la escala del mapa que copié. O sea que no es nada exacto. Pero en donde más anchas son, las islas tienen como ochenta o noventa kilómetros, pónganle. Esa es más o menos la distancia entre el desembarco inglés y la capital de las islas.

Solano se queda mirando la superficie de la mesa, la que ahora incluye el cenicero, el encendedor de un lado y el servilletero del otro. En el medio queda la superficie lustrosa de la madera. Ochenta kilómetros. Solano no sabe nada de traslado de tropas ni de maniobras bélicas, pero ochenta kilómetros le suenan a que los ingleses están cerca. Muy cerca».

Y los ingleses, siguen avanzando. Y comienza la Desolación, la tercera parte del libro. Peregrinar de familias en busca de información de sus hijos, la certeza de la derrota y de que en una guerra hay infinidad de muertes:

«—¿Es verdad que cuando hieren a un soldado, o lo matan, a la familia le informan enseguida?

El efecto de las palabras de Magalí vuelve a ser inmediato. El milico la mira a los ojos, asiente y habla con firmeza.

—Sí, señorita. Apenas nos enteramos nosotros le avisamos a la familia. Eso, como que hay Dios.».

Y como hay Dios, la guerra tiene el final anunciado. Y algunos lo perciben. 

«Los comunicados de ayer. Porque ayer, de repente, hablaron de que los ingleses están atacando en monte Dos Hermanas, en monte Harriet, en monte Longdon. Y claro, sin un mapa, esas palabras son nombres, nada más. Pero si tenés un mapa, como tiene Carlos, y mirás esos nombres en el mapa, pues te caés de culo, porque eso está ahí nomás de Puerto Argentino. Otra que ochenta kilómetros. Deben ser cinco, diez kilómetros, no más que eso.

Y sin embargo, con lo fácil que sería que la gente entendiese todo si le mostraran un mapa, los militares no muestran un mapa ni por equivocación. Y si él no hubiese conseguido el que consiguió, en esa librería cartográfica que encontró después de dar un millón de vueltas, tampoco entendería nada».

Sobre el cierre, la angustia de las familias que buscan información sobre sus hijos, al término del conflicto armado. «… Marisa está a punto de gritar porque está alargando la mano hacia el hombro de ese soldado para que el soldado se gire hacia ella y le muestre su rostro, pero se siente muy sola porque ahí debería estar su marido y deberían estar sus hijas con ella, porque no es algo que una madre tenga que hacer sola, no está bien, no hay derecho, no es justo, ésa es la cuestión, no es justo que una madre tenga que tocar el hombro de ese soldado vuelto de espaldas para que ese soldado se gire y saber, de una vez por todas, si tu hijo está muerto o está vivo».

Si la memoria jamás está fijada y se parece más bien a una obra abierta, como plantea el historiador italiano Enzo Traverso, la ficción puede conmovernos cuando se arrima a la Historia. Y Demasiado lejos, de Eduardo Sacheri conmueve, retratando un fresco de personajes y sus estados de ánimo, los de un pueblo, que continúa reivindicando la valentía de quienes fueron enviados a combatir contra un ejército profesional, pertrechados con el sentimiento y la certeza de que las Malvinas, son argentinas.

Publicado en Plan B Noticias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *