Me oye teclear. No es el aporreo frenético del trabajo, sí el pausado. Se detiene, deja caer su ratita de peluche y luego sigue con su juego, un siseo que rebota contra algunos muebles de la habitación, alguna embestida más fuerte y un que otro derrape que termina en las paredes.
El mono de la tinta
Este animal abunda en las regiones del Norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo; está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta.
Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo.
WANG TA-HAI (1791).
(Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,“El mono de la tinta, en “El libro de los seres imaginarios”)
No hay monos, sí gatos. La reina de la casa acompaña cuando escribo, porque se da una vuelta y me topa, para seguir su camino. Si la cosa va en serio, se enrolla a mi lado mientras me mira desde sus enormes ojos negros y amarillos. Nunca parpadea, lo cual a veces inquieta un poco. No sé si es una orden de «No aflojés» o bien su sello que está más allá del bien y del mal.