Sacheri estuvo en la Feria del Libro de Neuquén y dio una amena charla sobre el oficio. La diferencia entre cuento y novela, la paciencia a la hora de escribir para escuchar a los personajes, conocerlos, animarse a fracasar, que también forma parte de un guiso que se cocina en nuestras cabezas.
“Lo primero que escribí fue una carta a mi viejo, una carta simbólica, una carta inútil, una carta imposible de olvidar. Y me hizo bien escribirla, sin un destinatario más que yo mismo.”
“Empecé a escribir cuentos porque los podía escribir en uno o dos días. Y no es que sea más fácil escribir un cuento que una novela. Son complejidades diferentes, pero la ventaja de escribir cuentos, es que en poquito tiempo, te avivás si camina o no camina. Capaz que lo escribís en uno o dos días, aunque después lo corrijas un montón”
“Yo siempre lo comparo con cruzar un río. En el cuento ves la otra orilla. Te metés a nadar y ves la otra orilla. Y la corriente te lleva, terminás en un lado u otro. Si la cosa camina mal, pegás la vuelta, porque seguís viendo la orilla de la que partiste. Yo demoré unos cincuenta cuentos y tres libros para decir que me iba a animar a escribir una novela, porque la complejidad de la novela es que te metés a nadar en un río cuya otra orilla no ves. Y cuando te metés a nadar, trabajás dos, tres meses, levantás el cogote y lo que ves es agua, para donde mires, lo único que hay es agua”.
Me quedo con aquello de que escribir hace bien. Aunque uno no sepa bien para qué.
Otro diciembre
Me espera con el pucho apagado entre los labios y saluda con un movimiento de cabeza. Se sienta bajo el olmo, en una silla que todavía resiste su peso. Se quita la gorra y la cuelga en el respaldo. Sonrío. O intento. Dicen que el viejo solo habla conmigo.
—Que hacés…
—Bien. ¿Y usted?
—¿Lloverá? Nora olía a lluvia. Y más cuando me miraba de esa manera donde el único lugar era la cama, el despiole que armábamos.
Pedía por ella cuando lo rescaté del caserío abandonado. Juraba que se la habían llevado los indios, que no pudo hacer nada para evitarlo.
—Molesta diciembre, no sé si te lo dije —lanza. —No solo por esos ladinos. A veces aparece la vecina de Pablo. La que se tiró a las vías del tren. O el pequeño atropellado por los ladrones que escapaban de la policía. Lo seguí al chiquito hasta el caldén aquél, ¿lo ves?
Lo escucho. No me atrevo a decirle que no está en El Remanso, que el pueblo fue abandonado hace muchos años.
—¿Qué hora es? Tengo que ir a abrir la estafeta postal. ¿Te conté que ahí nos conocimos? Tenía una letra chiquita y con ribetes. Igual que ella. Verla fue quererla.
Enfrente la brisa mueve el pino y sus guirnaldas. El esplendor de las luces y los adornos contrasta con la soledad de los viejos que esperan por visitas.
—¿Te quedás un rato? Componé ese mate. Al fin y al cabo todas son composiciones. ¿De qué otra manera podía acercarme a Nora? Toda una tarde escribiendo. Leyó la carta, la dobló al medio. Casi una sonrisa.
El agua está caliente. Pienso en sus fantasmas que salen de madrugada a recorrer la ciudad, cuando las penumbras se resisten a irse y el sol es una amenaza en el horizonte.
—Ahora sí. —dice y chupa dos veces más.
—Vengo a invitarte. En casa todos quieren conocerte.
Niega con un movimiento de cabeza.
—No puedo, mirá si aparece la Nora y no estoy ¿Te conté que yo tocaba el acordeón? Las farras que armábamos para estas fechas. ¿Por qué me sacaste del caserío y seguís viniendo? Yo estaba bien allá.
Una pausa, tensa. Demasiado larga. —Te agradezco pero no insistas —agrega. Se calza la gorra y su mirada traspasa las paredes del asilo.
—Otro diciembre —oigo.
Me ignora el mate. Algo ha cambiado, más allá de que anochece. Sé que no va a hablar más.
El enfermero se sorprende al verme en la cocina.
—¿Qué hace falta?
—¿Para qué te vas a quedar? Don Roque ya está en su mundo.
—No sé. Creo que se lo debo.
—¿No te espera nadie en casa?
Pienso en la vieja y su enojo por el faltazo.
—No es eso. A veces hay lugares en los que hay que estar.
El tipo asiente. Afuera se escucha un petardo.