Las palabras están cansadas. Agotadas de que las nombren en vano, hartas de la hipocresía, los ninguneos y los ninguneados.
Diario desatendido
Y todo empezó con un correo electrónico, sobre confirmación para “seguir recibiendo notificaciones cuando se publiquen nuevos comentarios en el blog Con letra propia”.
De ahí a reflotar el espacio, la decisión que fue tomando forma. Fue mi primer refugio, allá a fines del 2009. Lugar donde conocí a personas que escriben. Algunas lo siguen haciendo. Otras no. Antes de que Facebook se lo comiera todo. Habría que hacer un espacio virtual para los blogs olvidados, una suerte de cementerio virtual.
En lo personal, estamos de nuevo. Con el primer amor. El único canal de comunicación, una suerte de diario desatendido, de notas contra la hipocresía de los tiempos actuales.
En este sentido “Alivio contra la ferocidad”, va tomando forma. Textos urgentes que trabajo sin prisas y con pausas, tan diferentes al sueño de anoche, donde el relato fluía entre los dedos, se escurría entre el teclado y avanzaba imparable a una resolución.
En la realidad, la página en blanco se muere de risa mientras retengo la respiración y las palabras pugnan por salir.
Alguien golpea las manos. No es buen tiempo para vender autos, pero lo escucho. “El precio de la cuota lo ponés vos”, dice. Acepto la publicidad. “Gracias por escucharme”, agradece a modo de despedida.
El aroma de las remolachas hervidas y el zapallo inundan la casa y se mezclan con la confusión de la página que sigue en blanco, obvio.
No puedo recordar el sueño, pero la sensación de que el texto fluía sigue presente. Y me aferro a ella mientras las primeras gotas mojan el patio y la gata duerme en el sillón. Ronca. Mi envidia absoluta.
El guiso de lecturas a la hora de escribir
Sacheri estuvo en la Feria del Libro de Neuquén y dio una amena charla sobre el oficio. La diferencia entre cuento y novela, la paciencia a la hora de escribir para escuchar a los personajes, conocerlos, animarse a fracasar, que también forma parte de un guiso que se cocina en nuestras cabezas.
“Lo primero que escribí fue una carta a mi viejo, una carta simbólica, una carta inútil, una carta imposible de olvidar. Y me hizo bien escribirla, sin un destinatario más que yo mismo.”
“Empecé a escribir cuentos porque los podía escribir en uno o dos días. Y no es que sea más fácil escribir un cuento que una novela. Son complejidades diferentes, pero la ventaja de escribir cuentos, es que en poquito tiempo, te avivás si camina o no camina. Capaz que lo escribís en uno o dos días, aunque después lo corrijas un montón”
“Yo siempre lo comparo con cruzar un río. En el cuento ves la otra orilla. Te metés a nadar y ves la otra orilla. Y la corriente te lleva, terminás en un lado u otro. Si la cosa camina mal, pegás la vuelta, porque seguís viendo la orilla de la que partiste. Yo demoré unos cincuenta cuentos y tres libros para decir que me iba a animar a escribir una novela, porque la complejidad de la novela es que te metés a nadar en un río cuya otra orilla no ves. Y cuando te metés a nadar, trabajás dos, tres meses, levantás el cogote y lo que ves es agua, para donde mires, lo único que hay es agua”.
Me quedo con aquello de que escribir hace bien. Aunque uno no sepa bien para qué.
