Atolladero.
Nada sale de un cerebro cansado.
El mate recién hecho, el silencio de un domingo. Refugiarse, como si fuera posible.
Uno de mis gatos, la fruición al tomar agua, le va la vida ahí.
«¿Estás escribiendo algo?».
«Nada».
Lecturas. Fundación de pueblos en el sur, refugios de maleantes, hombres y mujeres golpeados por la vida y marginados, entre amigos del poder que usurpaban tierras de indios. Temas que rozan dos narrativas de por acá que leí en los últimos días, recomendables. (1 y 2).
Una Argentina parecida a la de ahora, de pobreza creciente y autoritarismo.
Cables con información de ese país que en nombre de la libertad se queda con el petróleo de todos.
Había un poema de Neruda, algo sobre Vietnam, napalm y muerte, si la memoria no me traiciona.
Las palmas en la puerta son una soga a la que aferrarse. Alto, huesudo y de barba. Borbotea palabras. No le entiendo. Me acerco, me cuenta que puede cortarme el pasto —veo por qué no soy jardinero— que no quiere que le regale nada, que está desesperado, que «por suerte consiguió una changa y cobra en unos días», pero que todavía falta.
«Antes que llame a la policía o me mande a pasear, yo trabajé toda mi vida, tengo dos manos y tengo salud, pero no tengo nada ahora».
Le agradezco y niego con la cabeza, no sin antes dejarle una ayuda económica que me avergüenza. Se sorprende, acostumbrado al maltrato o a que lo traten de «chorro», como el Presidente a lo que desprecia. Si no hay pan, que haya circo.
No encuentro el libro de Neruda. Igualmente, me parece que ahí tampoco estaba ese poema. Lo leí de adolescente. Salía de la biblioteca de la Legislatura con un amigo. Recuerdo a uno de los bibliotecarios, creo que cojeaba. «Qué hacés, Salgari», me decía, porque me sumergía en todos los libros de Sandokan.
Nos están faltando piratas, o la noción romántica del pirata que imparte sablazos, le roba al imperio, combate la injusticia.
«Odio este mundo moderno, pero me gusta la persona en la que me he convertido. Puedo exagerar a veces pero jamás he mentido, al menos que fuese necesario. Siempre traté de poner en esta tierra lo que creía que debía estar en ella. Ahora que me hago cada día más viejo puedo decirles que si tienen alguna idea, no duden en alimentarla, cuídenla como a cualquier animalito, denle espacio para crecer hasta que tenga el tamaño necesario para meterse de cabeza en el mundo ese que no les gusta, del que tanto se andan quejando, y así cuando menos se lo esperan habrán creado un lugar más acorde a sus necesidades, o al menos habrán montado un buen quilombo. Es ahí cuando lo ordinario se vuelve extraordinario». (1).
Cuántos significados para la palabra sur.
«Últimamente escribo a tientas», garabateé por ahí.
«Vamos a ser iguales a los hombres, padre cura. Iguales de verdad, no como ahora. Ya no vamos a ser cosas al servicio de ningún bruto. No nos van a poder tomar o lastimar como si nada. Y si alguno toma y lastima a una mujer como me lo hicieron a mí, la va a pagar con todo, la autoridad ya no los va a perdonar ni felicitar como hacen ahora, que el comisario mira para otro lado y el juez de Paz los aplaude. No va a haber más soldaderas por obligación, como mi mamita; si hay, será porque ellas quieren. Una mujer va a hacer lo que se le antoje con su cuerpo. Vamos a ser libres, padre cura, ¿me entiende? Libres de verdad. Libres, vivas y hermosas. Así va a ser. Aunque a ustedes, los hombres, no les guste nadita. Sueño con ese día. Sueño que va a llegar».(2).
Pero el cura era el confidente del policía, canta el Nano en La abuelita de Kundera.
Contra lo ordinario
Nadie ha podido demostrar hasta ahora
de manera fehaciente
que los pequeños deseos
son más fáciles de conseguir que los grandes.
Solo se ha podido demostrar
de manera fehaciente
que son más numerosos.
Cristina Peri Rossi.
Me quedo con que son más numerosos.
Los libros que cité:
(1) En Zapala debe estar nevando, de Gustavo Lupano, de Neuquén.
(2) El desierto en la boca, de Matías Stiep, de Río Negro.