Textos reunidos, a 50 años del Golpe Cívico-Militar

El 24 de marzo se conmemora el 50° aniversario del golpe cívico-militar de 1976, cuando -en representación del estado argentino- se cometieron delitos de lesa humanidad y secuestraron a hombres y mujeres, para trasladarlos a centros clandestinos de represión donde fueron torturados y asesinados.

Escribí varios textos que dan cuenta de aquellos años. Comparto algunos.

El día que nunca terminó de encajar

Abrió los ojos. No necesitó mirar las manecillas fosforescentes para saber la hora. Soltó las imágenes del sueño y se tomó unos minutos, habituándose a la oscuridad, hasta que fue necesario levantarse. Despacio. Para no marearse.

El espejo del baño le devolvió las arrugas y los ojos oscuros, intensos. Todavía.

En la cocina, el primer hervor del agua terminó por despabilarla, se dejó embriagar por el aroma del café en saquitos.

No vayas a trabajar, recordó.

Su negativa. «Por qué no, si no hice nada malo».

Aquel día nunca terminó de encajar ni languideció con las ocupaciones cotidianas, las que dan algún sentido y tranquilidad. Y supo que algo andaba mal cuando él no regresó a casa. En la radio, voces ásperas, el país bajo el control operativo de las Fuerzas Armadas.

Los primeros llamados a los compañeros de trabajo. Nadie sabía nada en la fábrica, convenientemente custodiada por soldados y un carro de asalto. La denuncia policial, la artera esperanza de que regresaría, el inicio de la espera y la búsqueda, el velo del no te metás, la incertidumbre.

Fueron años que prefiere no recordar y en los que sobrevivió gracias al barrio, al recuerdo de Beto, que los empujó a organizarse para reclamar por cloacas y agua, la garita del ómnibus.

Un día el velo se rasgó y supo del secuestro de delegados y delegadas, reconstruyó su historia particular en el dolor colectivo. Y se reconoció en otras olvidadas. Fue natural reclamar en la calle. Desde entonces.

En la radio, voces de conmemoración y actos en todo el país. Alguien pide una canción. Ella se mira las arrugas. Desparramando fe, las Madres del amor.

Mensaje de hija que no había visto, emojis con muchos corazones, el «descansá» de todas las noches. «Te paso a buscar a las seis». Asintió, como si ella pudiera verla y se dejó arropar por el olor a pan tostado, Beto, su compañía.

Anuncian buen tiempo para la tarde.

Uno de los más importantes -al menos en extensión- es la novela «El porvenir es una ilusión», editada por Colisión Libros, una historia de amistad en tiempos turbulentos.

Transcribo el capítulo 1

Hoy

La noticia no me sorprendió, como si sólo fuera cuestión de tiempo para que la certeza tomara cuerpo y no naufragara en las traiciones de la esperanza. Salí al patio y me refugié unos instantes bajo el parral. Algunos rayos de sol se colaban entre las hojas y anunciaban la dureza de un verano diferente.

Una de mis hijas –la que no conoció Martín– luchaba por atarle el pelo a una de sus muñecas mientras la embadurnaba con barro. “Es crema para la cara, papá”, se atajó ante mi vistazo indisimulado.

El Negro odiaba el calor. Aseguraba que era para burgueses venidos a menos y oficinistas pálidos, ansiosos por hacinarse en playas atiborradas de turistas. Su recuerdo es como esas huellas de nuestro cuerpo que coinciden con los secretos de la memoria. Están ahí y tienen su historia, sus confidencias, sus humores. Están ahí para demostrarnos que estamos vivos.

En los días leves tenía la esperanza de que mi amigo viviera en algún país europeo (siempre pensé que podía ser escandinavo) y que se negaba a volver a casa por resentimiento, amargura o demasiada melancolía.

En los días espesos, su ausencia hería el alma.

Como hoy.

Todavía conservo sus cartas. Una de las últimas, fechada en diciembre de 1978, lamentaba el triunfo de Argentina en el Mundial. Sin embargo yo podía leer entre líneas —porque para eso son los amigos— que todavía tenía la confianza suficiente para iniciar el camino de regreso.

En cada sobre de remitentes falsos como Calle de la Buena Vida o el Libertador de América, había un párrafo para nosotros, Flores, y aquel breve paso por La Colonia. Todo camuflado con frases como “no puedo olvidar el aroma del perfume que tenías aquella tarde” o “no descuides a mi jardín rechoncho, espero que no se haya llenado de cardos rusos”.

Más de una vez estuve tentado de contarle que mi versión de consignatario de hacienda se había ido al diablo, pero me contuve. O que pasé varios meses en la cárcel “por las dudas”. Mi tiempo a la sombra acabó con mi negocio y confirmó la intuición de que las botas de cuero, ponchos caros y cuchillos de plata no congenian con los que cuestionan el orden impuesto. Y darle una mano al Negro fue una afrenta que no me perdonaron.

Fueron tiempos duros. Subsistimos gracias a la resistencia sublime de Claudia, que siempre se las ingenió para traer un pedazo de pan a la mesa. Algunos ahorros, bisutería, venta de cosméticos y otras baratijas lograron capear el temporal. Transcurría el año 1983 cuando Alfonsín aseguraba que con la democracia se come, se educa, se vive y la tormenta pareció alejarse del horizonte.

Creo que esos años sirvieron para despedirme de los mandamientos familiares. No porque fueran una carga sino porque cada uno debe transitar su propia senda y la mía parece surcada por libros, citas y alumnos a los que trato de contagiar mi entusiasmo por las palabras, con su miríada de versos y relatos.

Acaso como éste, que subyace mientras la vida pasa y reclama por saldar una deuda pendiente, deuda que no tiene que ver con el dinero sino con nuestra piel, habitada por sueños, miserias o lealtades. Como la vida misma.

Y si fuera posible reducir nuestra historia a varios relatos, uno de ellos estaría atravesado por llamadas telefónicas: una que recibí de Flores preguntándome por el Negro y otra que le devolví al mes siguiente pese al miedo y la incertidumbre.

Cuando colgué el teléfono, aquel 29 de junio de 1976, supe que había cruzado una línea. Pero no había vuelta atrás. Ignoro si el interventor de La Colonia me confesó el operativo porque sospechaba de mí o porque simplemente tenía que contárselo a alguien. Era una rata, un servil con el poder que disfrutaba muy bien de su rol social.

Lo cierto es que su soberbia me permitió saber que iban de nuevo tras mi amigo y mi advertencia no sorprendió a Flores. “¿Por qué lo hace?”, preguntó. “Por la misma razón que usted”, creo que contesté. Después los días se tornaron cenicientos y fueron cubiertos con un velo tenue y solidario, acorde con un invierno que parecía interminable.

Me encontraba en prisión cuando el comisario me contó que los grupos de tareas habían arrasado mi casa e incendiado mi biblioteca. Los pormenores de la huida del Negro los tuve cuando recibí su primera carta desde Brasil. Simulaba ser un primo de Claudia que llevaba tiempo sin escribirnos y recordaba una lejana visita a La Colonia.

Yo había recuperado la libertad hacía poco tiempo y la noticia fue un alivio para nosotros. Intuí que Flores me debía una explicación y fui a verlo. El hombre ya vivía en la ciudad y soportaba el desprecio de sus camaradas, quienes lo consideraban un inútil, un perdedor derrotado por el whisky, confinado a pudrirse en oficinas sofocantes.

El comisario me citó un día en su casa; la del barrio policial, la que continuaba sin Leonor pero recibía las visitas domingueras de su hijo. Su jardín abandonado contrastaba con las rejas nuevas y el césped reluciente de las casas vecinas. Era un paria entre sus pares, el diferente de la manada, el disconforme que disfrutaba de su rol dentro de una institución rígida.

Allí me contó que la idea había sido suya. Que no lo habían planeado pero Ramírez había facilitado las cosas. También que Martín estuvo escondido en el caldenal, hasta que llegó la ayuda. No me lo confesó, pero creo que se alegró cuando le mostré la carta recibida. “Manténgame al tanto”, deslizó.

Es curioso el vínculo que puede formarse entre dos hombres. Nunca nos frecuentamos pero siempre nos tuvimos presentes, como aquella vez que apareció en casa, me dejó mi ejemplar de “La Ilíada” y un cuaderno con anotaciones de Martín, de su exilio interior. “Lo encontré cuando hacía el bolso”, agregó luego de confirmarme que La Colonia había sido abandonada tras el cierre del destacamento policial.

Quizás por eso, porque no puedo explicarlo o porque simplemente debo mantenerlo al tanto, es que vine a verlo y estamos frente a frente, en su oficina de detective privado que huele a misterio rancio y rincones húmedos, a perfume barato y maridos engañados.

—Página 3, nacionales, arriba a la derecha —dije.

Releyó la nota un par de veces y tiró el diario sobre la mesa ratona. —¿Ahora qué hacemos?—preguntó.

Le mostré mi bolso de viaje.

—Me voy a La Colonia, ¿quiere venir?

—¿Por cuánto tiempo?

—El necesario. Necesito contar esta historia y los detalles están allá.

Flores me miró.

—Está loco Leandro. Déme unos minutos que junto unas cosas».

Otro fragmento:

Era cerca de la medianoche cuando un aguacero impensado se desplomó sobre el despojo de Colonia El Porvenir y la iglesia develó todas sus goteras. Una razón más para largarnos cuanto antes de este caserío al que parece no agradarle nuestra visita. Sé que es una jugarreta de mi imaginación y que no es posible, pero ayer vi a la vieja Lucía. Llevaba un gato siamés en su regazo y se dirigía al consultorio del doctor Vitali, como todas las mañanas. No le dije nada a Flores, pero me hice una escapada hasta el cementerio. Su panteón estaba abierto. No me animé a entrar.

Quizás hay que dejar los espectros en el pasado. Quizás no era tan buena idea esto de recordar a Martín y avivar fantasmas. O a lo mejor es el momento ideal después de los indultos presidenciales y un plan económico parecido al de Martínez de Hoz pero aplicado a comienzos de los noventa.

Traje conmigo el cuaderno de anotaciones del Negro, sus dudas ante una lucha que, intuyo, sentía en retroceso desde que Montoneros pasó a la clandestinidad y las acciones militaristas estuvieran a la orden del día. “Cuando vos confiás en un compañero, cuando tu vida depende de una cita diaria no te hacés tantas preguntas”, escribió en uno de los márgenes.

Sonrío. Esa respuesta es para mí. Es fácil reflexionar sobre los hechos unos quince años después. Supongo que por eso le dejó el cuaderno a Flores, a sabiendas que éste me lo alcanzaría alguna vez y entablaríamos este diálogo sobre la historia que, al fin y al cabo, es un diálogo sobre nosotros y nuestro tiempo.

Pavada de frase. Grandilocuente y jactanciosa. Estoy seguro que Martín se hubiera muerto de risa, aunque era consciente que aquellos años fueron de palabras absolutas, no había lugar para medias tintas. Patria o muerte, Liberación o Dependencia, así se percibía. El futuro estaba al alcance de la mano y había llegado la hora de los pueblos.

“Aquí estoy para vivir/mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo/desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida/y un solo trago es la muerte.” , escribió Martín en este cuaderno que sigue hablando conmigo y desliza sus palabras en una suerte de diálogo postergado que se puede realizar en cualquier momento, pues para eso están los amigos.

Suerte de diálogo postergado, esto va de mal en peor. Quizás ya sea hora de volver a casa, cruzar el Aqueronte con la esperanza de no hundirme y dejar que el olvido haga su trabajo. Pero todavía no puedo. Coincido con Martín – y seguimos con los diálogos – que este caserío abandonado es un metáfora del país, los restos de un porvenir habitado por nostálgicos y derrotados (porque no somos otras cosa Flores y yo) que no se resignan a las risas superficiales y al olvido por decreto.

Otro relato:

 Los abrazos


Sabés, toda historia puede reducirse a palabras. No es nuevo. La mía, la nuestra. Letra por letra. Algunas en detrimento de otras. Aprenderás a darte cuenta (ya lo hiciste. No te estaría escribiendo, sino). Palabras que espantaron el sinsentido y alcanzaron para quedarnos más cerquita de la vida.

Porque había que apostar la vida en aquellos años. Y los viejos lo hicieron.

La lluvia empapa la ventana y el cielo plomizo parece devorarse la tierra. Escribir se parece a las gotas en el vidrio. Las palabras golpean, se desvanecen y caen en hilera, mientras repaso las fotos que te traje, como si en ellas estuvieran las certezas de lo probable.

Tacho. Pienso. Muerdo el lápiz. Pido otro café. El mozo me mira y vuelve a los pocos minutos. “Gentileza de la casa”, dice. Levanto los ojos y lo interrogo con la mirada. “No vienen muchas poetas, acá”, se excusa.

Le sonrío y vuelvo al papel. El recuerdo de tu recuerdo sigue ahí, me persigue desde que me levanté y mi cara de insomnio en el reflejo perezoso me dio los buenos días. Y supe que tenía que escribirte. Contar tu historia, nuestra historia.

Escribo sin parar, casi como una loca, sin filtrar. Yo tuve más suerte que vos, porque una noche me dejaron en la casa de los tíos. De madrugada, con un timbrazo y unos pocos días encima. Supongo que habrán ayudado los contactos influyentes.

Entra un pibe vendiendo estampitas y un vaho de combustión inunda el bar. A nadie parece importarle. Acá es común. Nadie busca a nadie y muchos fingen preocuparse por los otros. Pero les importan poco.

Ya me contarás de tu pueblo.

Dicen que es imposible, pero yo estoy segura de que crecí con tu recuerdo. Con un ruido inexplicable, casi un llanto débil. A veces, lo sentía con mayor intensidad. Otras, me era muy difícil percibirlo. Pero ahí estaba. Y no debía olvidarlo. Cómo decirte: un aleteo recurrente, el tábano de Sócrates. ¿Qué leerás? Porque estoy segura de que sos un lector impresionante. Los viejos lo eran.

Por suerte están ellas. Allí fui una mañana de invierno. A escondidas de los tíos que al principio querían saber poco de esa época. ¿Has pensando en ese juego? Yo siempre. Desde muy chica. Me provocaba mucha angustia eso de taparse la cara, contar, buscar y encontrar. Una metáfora que impresiona, ¿no?

“Estoy segura de que yo tenía un hermano”, les dije. Y me permitieron dejar una muestra de sangre. La carrera de Economía se fue al diablo y me anoté en Historia. Como no.

Traje fotos de los viejos. Son en blanco y negro te imaginarás. Se conocieron en una peña me contaron las Abuelas. Dicen sus compañeros que el flechazo fue mutuo y que poco importó la tormenta que se les vino encima.

Del secuestro hablaremos juntos. No me animo a escribirlo.

El trueno y la vibración en el vidrio anuncian que la tormenta dejó de ser pasajera, para instalarse convencida en la mañana. El agua corre furiosa, arrastrando cartones, botellas de plástico y papeles. Se lleva todo a su paso. Como la verdad.

Ahí viene el tío. Él también está emocionado por conocer a su sobrino. Ojalá que pare de llover, si no te vamos a empapar todo. Aunque eso es lo de menos. Te lo vas a tener que bancar, che.

Anoche casi no dormí. Bueno, en realidad, creo que es desde que escuché que “el resultado había sido positivo”. ¿Cómo serás?; ¿Te aturdirá la multitud como a mí?; ¿O nada que ver?; ¿Más alto, más bajo? Soy un manojo de nervios. Más que de costumbre, bah.

Preguntas y más preguntas, que empezaremos a desandar después de las miradas, los redescubrimientos, los abrazos. Qué maravilla los abrazos. ¿Pensaste alguna vez en ellos?

Por último, dejo este cuento. Integra el libro «Series y grietas», también editado por Colisión Libros.

El juego de camisetas

—¡Dale, dale! —vociferaba el desconocido con el pucho apagado entre los labios. Su hijo eludía a un defensor, pateaba otro centro que el nueve cabeceaba afuera y originaba lamentos y aplausos cerrados de la parcialidad local.

Desde la tabla que hacía de banco de suplentes visitantes, Raúl sonreía. Arengaba a los sabandijas que corrían detrás de la pelota y resistían un partido adverso desde el comienzo.


El clarear brillante lo distrajo. El griterío de los padres se confundió con los pelotazos y el siseo de los álamos se desvaneció en el recuerdo. Vio por la ventana las nubes anaranjadas que parecían colarse detrás de las ramas a merced de la brisa.

Un tic tic, de patitas urgentes por conseguir un baño, lo olisquearon un instante y el lengüetazo en la mejilla, fue la señal ineludible de los gestos que consolidan el cauce de los días.

Giró hacia la derecha y evitó mirar la cama matrimonial. Se calzó los anteojos y a través de los lentes gruesos los objetos dejaron su desenfoque habitual, tomando las formas acostumbradas.

El agua helada espantó los restos de la noche. En la cocina, la salamandra resistía el frío que se colaba por debajo de la puerta. El anciano tomó uno de los leños del cajón y lo echó al fuego. Luego encendió el calentador y apoyó la pava.

Coqui movía la cola y raspó la puerta una vez más. “Dale, andá”, le dijo y el perro salió disparado hacia el patio, con una agilidad impropia para su edad.

“La soledad es un estado mental”, pensó. Creyó oír un andar sereno por las habitaciones, el murmullo de Aída canturreando aquella vieja canción gallega. “¿Querés un mate”?, preguntó cediendo a las jugarretas de la memoria.

El silencio de la casa abrigó la respuesta. Calabaza en mano, Salió al extenso patio y lo recorrió con la mirada. Herramientas por el suelo, una huerta que no resistió la inclemencia de las heladas y el taller de carpintería al fondo parecieron saludarlo, junto a la medialuna naranja que se asomaba tras los álamos.

 Detuvo su vista en el sol y respiró profundo, sabiéndose armónico en un lugar en el mundo, el mismo que había soñado con Aída, ése en el que el renacimiento de los frutos y las cosechas se fundía junto al de sus hijos e hijas.

Llegó hasta el taller y el navajazo del invierno le dio la bienvenida. El cuzco iba delante, cruzándose y moviendo la cola. Entonces vio las cajas de cartón. Estaban debajo de unos trapos embadurnados con aceite de tractor y el cajón de las herramientas. Todavía se preguntaba por qué no las había quemado o enterrado, aunque sabía la respuesta.

Se acercó y les quitó la miríada de objetos que las cubría. Vio las publicaciones y se estremeció: pese a los años el recuerdo no parecía tan lejano.

Su hijo se las había traído una tarde. Se lo veía nervioso, tenso. Había llegado acompañado de dos compañeros de la Universidad que fumaban sin cesar, lo saludaron con un gesto de cabeza y lo esperaban en la tranquera de ingreso a la chacra.

—¿Viejo, me las podés guardar?

Él asintió. Hacía meses que no lo veía. Estaba flaco, sin afeitar y se lo veía cansado.

—¿Y mamá?

—Adentro, ¿querés pasar?

—No che, no puedo. Me voy a ir por un tiempo. Trataré de hacerles saber dónde estoy.

—¿Tan brava está la cosa?

—Sí. También te dejo las camisetas.

—Bueno —contestó y se fundieron en un intenso abrazo. El joven sonrió, lo apretó con fuerza y desapareció junto a las últimas luces del atardecer.

Desde entonces, no supo más de él.

Al principio pensó que era por la vorágine de la época. Luego una certeza ruin comenzó a socavarle las entrañas y ascendía desde su estómago en forma de acidez. Una mañana no aguantó más y le dijo a Aída: “Voy a verlo a Sepúlveda, a ver si sabe algo”.

Ella lo miró y le agradeció con la mirada. La diabetes y el sobrepeso ya habían comenzado a cercarla y desmejoraba con los días, aunque Juan sabía que estaba preocupada por su “Raulito”. Desde su partida intempestiva y como una gallina clueca, había protegido a todos sus hijos bajo las alas. Pese a la certidumbre y la sensación de que el lobo podía entrar a su antojo en el gallinero.

—Qué dice, Don Juan, ¿cómo va esa chacra? —interrogó el comisario y su cara se transfiguró al oír el nombre de Raúl. —Mire… hay cosas que mejor no preguntar… ¿No cree?

—No. No creo, por eso estoy acá. ¿Qué sabe, Sepúlveda? —inquirió con rudeza.

—Más respeto que puedo encerrarlo por desacato a la autoridad. Yo le diría que se vaya olvidando de su hijo. No era buena hierba —contestó alzando la voz y posando el arma en la culata de su arma.

—No me ofenda. Yo sé cómo era mi hijo. ¿Ya se olvidó de los campeonatos barriales, la taza de leche, los abrigos?

—Váyase don, si no quiere que lo meta en el calabozo.

Llegó a su casa y el cruce de miradas con Aída fue suficiente.

Ella lloró durante semanas. El tiempo pasó, Argentina ganó el Mundial de Fútbol, perdió una guerra con los ingleses y su chacra continuó con los ciclos frutales. Las cajas del primogénito, quien continuaría con la tradición de mimar y cuidar de la tierra, fueron a parar al taller de carpintería y se cubrieron de polvo, aunque nadie las tocó. Si sus hijos preguntaban, la respuesta era la de siempre: “Son de Raúl, dejálas ahí”.

La democracia y los años posteriores trajeron detalles del horror. Una mañana de invierno supo de su destino final en uno de los tantos vuelos de la muerte. En un acto reflejo fue hasta el taller y le quitó el polvo a las cajas, como si en aquellos objetos pudiera encontrar un espacio de comprensión, cierto alivio ante llagas y dolencias.

Oyó el andar sereno a sus espaldas y se dio vuelta. Sin decir nada, se fundieron en un largo abrazo. Aída tomó las remeras y las atesoró en la habitación de Raúl, junto al resto de objetos sensibles que los padres suelen guardar sobre sus hijos, confiados en que pueden habitarse de olores y recuerdos.

El lamido de Coqui lo trajo al presente. Miró las publicaciones amarillentas sepultadas en las cajas y cometiendo un sacrilegio, se llevó algunas, pese a que Aída las aborrecía acusándolas del destino de su hijo, en una suerte de resguardo necesario que asocia culpas con objetos. El sol ya era más que una intención en el horizonte. Juan le echó otro vistazo e ingresó a su casa.

Ya en el comedor, se preguntó cómo sería él. Todavía no podía creerlo, pero era cierto. Miró el reloj en la pared. La cita era a las diez. En su chacra, no podía ser de otra forma. El espejo del baño reflejó sus arrugas y los ojos cansados, habitados por un brillo diferente. “Ojalá estuvieras aquí, Aída”, aunque intuyó que —de una u otra manera— estaba junto a él.

La noticia se la habían confirmado hace una semana y desde entonces dormía apenas unas horas, si podía conciliar el sueño. Al principio le pareció una locura y se resistió a creerlo, aplicando un cerrojo a la esperanza. Hasta que la fortaleza cedió. Con la franqueza de lo posible.

Fue hasta el comedor. “Raúl tenía una compañera. Y fueron padres”, recordó. Al principio no comprendió y supuso que su hija le estaba jugando una mala pasada. “Sos abuelo. Y nosotros tías”, agregó emocionada.

Miró las publicaciones desparramadas sobre la mesa y el antiguo juego de camisetas celestes con guardas azules, con la leyenda de Juegos Evita en el frente y el perfil inconfundible debajo; huellas que había atesorado en una obstinada defensa de la memoria, tan necesarias como las arrugas de sus manos o las herramientas de trabajo, presintiendo que alguien las rescataría algún día.

El sonido del auto lo sorprendió. Se asomó a la ventana y se estremeció: el joven que descendía junto a sus hijas, era muy parecido a Raúl, o por lo menos a su recuerdo de hace tantos años. Su vista se nubló por un instante y sintió la humedad en sus ojos. Suspiró profundo, se abrochó la campera y salió a recibir a los visitantes.

P.D.: Podés encontrar más textos, con las etiquetas El porvenir es una ilusión, 24M, y Lo que queda, en Con letra propia.

Gracias por leer.